miércoles, 31 de marzo de 2010

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento



XII



Estoy afirmado
en el cerco rodeado de ortigas.
Leo
hasta que la tarde entrando a la casa del cerro
cierra el pozo luminoso del patio.
Los salmones vuelven a sus cobijos.
Un coipo asoma su chata cabeza. Los matapiojos
vuelan entre juncos. Las trilladoras
trepidan hasta pasada la puesta del sol.

En el bosque oigo rechinar los eucaliptos, ese
millar de puertas que se cierran. Voces lejanas
llaman a los bueyes. El
viento sopla los dedos friolentos de los pinos.
Los mapuches vuelven a sus reducciones por la Calle del Medio.

En el cementerio, la hermana espera que la visiten.
Los amigos de siempre
encapuchados por la vaga neblina del crepúsculo
juegan al tejo después del asado al palo.

Camino,
camino
hasta donde se alarga
la llama de una vela
en la ventana de un pobre zapatero.
Alguien ha regresado
con un libro de Dickens bajo el brazo.
¿Dónde están los demás? ¿Ya los héroes
de “La Hispaniola” no agitan sus linternas sordas
para indicar los derroteros de la Isla?

No me espera sino el miedo
que golpea los muros.
Una sombra hace estremecerse los trigales.
Los árboles acogen a la sombra
y dicen: “Moriremos,
moriremos”. Pero no importa ser abandonado
por los cansados ángeles de la guarda. Para el
forastero, los villorrios
donde aguardan el pan y el vino de los prostíbulos
que transforman las ranas en princesas.

Es el fin del paseo.
Una vaga onda en la laguna
donde el coipo esconde su cabeza.