miércoles 28 de diciembre de 2011

Entrevista a Jorge Teillier, de Lorenzo Peirano






Lorenzo Peirano: Hablemos del poema "Nadie ha Muerto aún en esta Casa". Usted una vez me dijo que hay una premonición en este poema.
Jorge Teillier:
Claro, era mi casa de Lautaro, pero nadie murió y todos murieron.

Se acabó la casa.
Claro.

Al poco tiempo vino el golpe…
No vino el golpe…

Sigamos.
Sigamos que es una casa de Lautaro, que es la casa construida por mi padre. Nadie murió, pero todos están muertos, porque ya nadie existe. Esa casa… yo la fui a ver y no había nadie, todos habían desaparecido. Pero eso lo supe antes del llamado pronunciamiento.

Ocurrió antes.
El poema, sí.

Por eso es como una premonición.
Sí.

Después vino el golpe.
Pronunciamiento digamos; para ser elegantes, para ser siúticos (toca madera).

Este poema no fue incluido en la antología del "Fondo de Cultura Económica". Curioso, ¿no? Debió haber estado.
Según su opinión. Según la mía…no, pero es bueno.

Descifrémoslo.
Un nogal. ¿Qué significa un nogal? Lo más antiguo, el cuidador. Las rosas, las viñas, había un parrón, todo. "Ninguna mano busca una mano ausente" (lee el poema); quiere decir que nadie busca a nadie. "El fuego (aún) no añora a quien cuidó encenderlo". Todos se van a ir; la casa se va a quedar sin fuego. "La noche no ha cobrado sus poderes". Todavía no ha llegado la noche. "Nadie ha muerto, pero todos han muerto"… por supuesto. Todos vamos a desaparecer. No es la muerte real, la muerte que todos tenemos que asumir, sino la muerte de una casa donde estaban sus habitantes. Murieron los habitantes, se acabó. Pero al final todo es optimista: los pasos van a ser los habituales; vamos a volver. "El fuego enseña a los niños su lenguaje/ el rocío se divierte columpiándose en las rosas./ Nadie ha muerto aún en esta casa". Después se borra todo, como se borran las casas. Pero fui a ver mi casa de Lautaro hace unos pocos meses. No había ningún habitante. Nosotros habíamos desaparecido; no quiere decir que estuviéramos muertos, excepto mi querido hermano Iván que está muerto, por supuesto.

Y también está muerta su madre.
Mi madre, sí. Pero la casa no esta muerta, está igual; está esperando. La casa me espera.

En su poesía siempre hay casas.
Un hombre sin casa no es un hombre.

Pero, ¿es una casa o son muchas casas las que hay?
Una.

La casa de Lautaro.
Digamos, la natal. La casa que los padres…

La casa de la infancia…
La casa que te dejaron los padres. No se puede renunciar a ella.





25 de febrero, 1995











miércoles 23 de noviembre de 2011

"Pequena confissão", de Jorge Teillier. Traducción de Antonio Miranda






(en memoria de Serguei Esenin)


Sim, é certo, gastei meus cotovelos nas barras dos bares.
As donzelas me amaram mas preferia as putas.
Talvez nunca devia ter deixado
O país de tetos de zinco [*]  e cercas de pau.
No meio do caminho da vida
Vago pelos arredores do povoado
E nem sequer que se ouvem as carretas
Cuja música amo desde pequeno.
Despertei com vontade de fazer um testamento
— desejo que lhe ocorre a todo mundo —
Mas preferi olhar uma pistola
A única amiga que não nos abandona.

Tudo que se diga de mim é verdadeiro
E a verdade é que não me importa muito.
Me importar sonhar com caminhos de barro
E gastar meus cotovelos nas barras dos bares.

“É melhor morrer de vinho que de tédio”.
Sem pensar que possa haver novas colheitas.
Tanto faz que as amadas rolem de mão em mão
Quando se gastam os cotovelos nas barras dos bares.

Não devia jamais sair do povoado
Onde qualquer um pode ser meu amigo.
Onde crescem as iniciais gravadas
Na árvore do túmulo de minha irmã.

A aragem da manhão é sempre nova
E a saúdo com a uma velha conhecida,
Porque mesmo sendo um boxeador abatido
Vou dar minhas ultimas patadas.

E com o orgulho de sempre
Digo que as amadas podem rolar de mão em mão
Pois sempre é meu o primeiro vinho que oferecem
E gasto meus cotovelos nas barras do bares.

Como sempre voltarei para a cidade
Escutando um perdido ranger de carretas
E sonharei com tetos de zinc e cercas de pau
Enquanto gasto meus cotovelos nas barras dos bares.
















[*] Corresponderia aos nossos tetos de telhas de amianto. N.A.





















 

jueves 10 de noviembre de 2011

"Confieso que he bebido". Nuevo libro de Jorge Teillier en FCE





Estamos en la década de 1980. Jorge Teillier es un exiliado en Santiago de Chile. Su familia cotidiana son su compañera, Cristina, y los parroquianos-amigos del restaurante Unión, más conocido como la Unión Chica. La familia directa ha debido repartirse por el mundo.

En 1980 y 1981, por invitación de Enrique Lafourcade, el poeta escribe en el diario El mercurio. Con amena erudición, ofrece crónicas sobre bares, restaurantes y costumbres culinarias de Chile y de países por donde anduvo de visita: Perú, Panamá, España. Dedica varios relatos a costumbres culinarias del mundo de antaño y de entonces. No falta, por supuesto, alguna crónica sobre comidas y bebidas de La Frontera, el terruño natal.

Un recuerdo entrañable viene a mi memoria: primavera de 1981, hora de almuerzo en un restaurante en Papudo, con mi padre-poeta y Cristina. El disfrute es máximo: vista al mar, cariño, una conversación espléndida..., y mariscos y pescados que, por ausencia obligada del país, llevaba siete años sin gozar.

De la mano de esa añoranza, invito hoy al lector a sentarse real o imaginariamente frente al mar y encarar la lectura de estas crónicas con una docena de ostras y un vino blanco, para invocar mágicamente la compañía insuperable del poeta Jorge Teillier.




Sebastián Teillier






Agradecimientos especiales a Camila Bralic


lunes 24 de octubre de 2011

"Cuando mi cabeza era un girasol...", de Beatriz Ortiz de Zárate


a Jorge Teillier


Cuando mi cabeza era un girasol
bajo un cielo sin nubes
el rencor de los dioses
me arrebató el amor
de un ángel poeta.

Entró en la casa del vino
donde las uvas moradas
derraman el delirio.

Hoy las agujas del reloj
señalan la muerte.




1997







* Beatriz Ortiz de Zárate es pintora y la segunda esposa de Jorge Teillier. Se casaron el 8 de junio de 1963 y se separaron el año 1976.





jueves 5 de mayo de 2011

"Trenes que no has de beber", de Jorge Teillier y Germán Arestizábal

Poemas y fragmentos de Jorge Teillier ilustrados por Germán Arestizábal





Yo me invito a entrar
a la casa del vino
cuyas puertas siempre abiertas
no sirven para salir.








Viajemos, antes que las aves
den comienzo al verano,
cuando vuelvan al estero
en busca de su olvidada imagen.








Una locomotora de lata
abandonada en la basura.
Una araña teje en ella su red
y sólo atrapa una gota de rocío.







Sólo nos queda mirar la luz de la luciérnaga,
ese débil chispazo de la hoguera del verano
más débil que la memoria de una ola.
Miremos la luz de la luciérnaga.
A ella se ha reducido el mundo.






Camino con el cuello
       del abrigo alzado
esperando ver aparecer luces
       de algún perdido bar
mientras huellas de amores
       que nunca tuve
aparecen en mi corazón
como en la ciudad los rieles
       de los tranvías
que dejaron hace tanto tiempo de pasar.














Publicado por Ediciones GrilloM, 1994






lunes 25 de abril de 2011

"Pacto con Teillier", de Gonzalo Rojas







1. Lo que pasa con el gran lárico es que nació muerto de sed
y no la ha saciado,
ni aun muriéndose la ha saciado, ni aun yéndose
barranco abajo en Valparaíso este lunes, ni aun así
la ha saciado
dipso y mágico hasta el fin entre los últimos
alerces que nos van quedando, -¡yo
también soy alerce y sé lo que digo!-: lo que nos pasa con este Jorge
Teillier es que ha muerto.



2. Y yo aquí sin nadie, vagamundo sin él, en el carrusel
de la Puerta del Sol, vacío
entre el gentío, errando
por error, andando-llorando
como habrá que llorar hombremente en seco -la pena
araucana al fondo- a un metro
del mentidero de Madrid bajando
por la calle del Arenal a la siga de Quevedo
que algo supo de la peripecia
del perdedor, y algo y algo
de las medulas que han gloriosamente ardido.



3. Ay, polvo enamorado, ya este loco habrá
entrado en la eternidad de su alcohol
que era como su niñez, ya habrá bebido
otra vez sangre de cordero bajo la lluvia
a cántaros de Lautaro que fue su reino de rey
por parición y aparición, ya Lihn
le habrá llenado la copa, ya Esenín
le habrá abierto la puerta alta al gran despiadado
de sí mismo. Aquí le dejo
mi pacto que no firmamos a tiempo, la danza
de Isadora le dejo, el beso,
la risa fresca de Mafalda que no está, la
figura
de lo instantáneo de la que
pende el Mundo.












en Río Turbio, 1996














martes 29 de marzo de 2011

"Jorge Teillier, el pasajero de la realidad oculta", de Luis de Paola






Ha pasado por España Jorge Teillier, primero entre los poetas chilenos de su generación y quizá de Latinoamérica. Sobrio como su poesía misma, dejó pasar ofertas -entre ellas la de una editorial de Barcelona para publicarle una antología-, se calzó su vieja manta de Castilla de color ajedrezado y volvió a Chile para fundar una revista (Cantalao), no sin que antes compartiéramos como dos buenos amigos que hace tiempo no se ven -para decirlo con letra de tango-, un poco de vino y de recuerdos. Nacido en 1935 en el pueblo de Lautaro (provincia de Cautín, al sur), desde 1956 en que publicó Para ángeles y gorriones, hasta 1971 en que la Editorial Universitaria da a conocer su precoz antología titulada Muertes y maravillas, la poética nostalgiosa, metarrealista y angustiada de Jorge Teillier sorprendió en América desde a Pablo Neruda y Mario Benedetti a Alfonso Calderón, Alone y Miller Williams. Neruda opinaba que después de Poemas del País de Nunca Jamás (1963), Teillier podía sentarse a esperar tranquilamente el aplauso de la posteridad. Su poesía, sin embargo, consta ya de ocho títulos de invariable belleza.

Hijo de sus obras y padrastro de las ajenas, como diría Quevedo, Teillier nos enseñó a muchos a jinetear el caballo de la poesía sin caernos demasiado. Nos enseñó, por ejemplo, que inventar un poema no conste en lanzar una catarata de imágenes y ritmos verbales llamativos, sino en empezar por decir toda la verdad, que quien lea esa última apelación deba meterse en una trama poética casi invisible (a lo René-Guy Cadou, a lo Montale) como en una telaraña. Es más: que el lector debe convertirse en cómplice o enemigo del poeta, ya que la aventura creadora es consecuencia y hasta sinónimo de la aventura de vivir, y no un juego para pasar el tiempo, puesto que en todo caso es el tiempo quien juega con nosotros.

«Porque no importa -postula- ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre».

Copio estas palabras en un departamento donde la avería de lo cotidiano amenaza averiarme los oídos (hay televisores y diálogos en la vecindad a tal volumen que se deben escuchar en Biarritz) y pienso que el silencioso oficio de la poesía es un resignado sacerdocio que no tiene como recompensa otro cielo que ella misma, mientras -como dice el propio Teillier- el sastre del tiempo cose nuestra mortaja.

Fueron tantos los que con igual vehemencia me hablaron bien y mal de él, que acaso por oposición a estos últimos -los envidiosos son muchos, y están muy bien organizados- nuestra amistad llegó a ser comparable a la de François Capella y Roch Siffredi, los románticos gangsters de la película Borsalino.

Ahora que en Chile es el tiempo de las nieves, me lo imagino bebiendo algo con el poeta Altenor Guerrero en los mostradores de los clubes pobres de Santiago con dúos de piano y batería, mirando los vidrios de colores a cuadros, los borroneados espejos de luna, las ruinosas escaleras de madera y recordando, con palabras de nuestro venerado Cadou, a los amigos ausentes: Venez donc car je vous apelle¨.










en El País, 3 de agosto, 1976















viernes 4 de marzo de 2011

Presentación de "Metalenguajes sobre El fantasma del faro Evangelistas", basado en el poema de Rolando Cárdenas






El viernes 18 de marzo de 2011 será presentado el trabajo de investigación, fotografía y comic denominado Metalenguajes sobre El fantasma del faro Evangelistas, obra basada en el texto homónimo del poeta magallánico Rolando Cárdenas (1933-1990), perteneciente a los autores Juan Carlos Alegría (1958), Niki Kuscevic (1964) y Víctor Hernández (1970). Este trabajo beneficiado por el Fondo de Desarrollo de las Artes y la Cultura en su convocatoria del año 2010, será presentado en el Patio de Luz del Centro de Emprendimiento y Cultura de la Ilustre Municipalidad de Punta Arenas, ubicado en calle José Menéndez # 741, a partir de las 19:00 horas. Se invita a toda la comunidad a participar de esta actividad










jueves 27 de enero de 2011

"Teillier íntimo", de Francisco Véjar







Entre un lord inglés y un boxeador contra las cuerdas, como dijera Jorge Boccanera, era Jorge Teillier. Nacido en Lautaro el mismo día de la muerte de Carlos Gardel, y fecha, además, en que los mapuches celebran el año nuevo. Su lugar de origen fue la Frontera, el pequeño Far West, como le llamaba Pablo Neruda. Esa zona está entre el Bío-Bío y el Toltén, territorio poblado por colonos (Lautaro fue fundada en 1881). La vegetación virgen había sido desplazada por avellanos, pinos y eucaliptus. El tipo de construcción era europea. Se hablaba tanto en castellano como en francés, inglés y mapuche.

Un mundo que Teillier jamás olvidó. El universo poético al cual se adhirió siempre está transido de fantasmas, duendes, viejas cajas de música, estaciones de trenes y por supuesto, el sur real e imaginario que vivieron sus antepasados y cuyos sueños, ya muertos, lo acompañaban en el retorno a la provincia. ¿Influencias o afinidades? En algún momento: Mary Webb, la novelista de Gales, vecina y folletinista de Dylan Thomas, Knut Hamsum, Selma Lagerlöf y Francis James. Los tiempos cambian pero yo no cambio, solía decir en otro lugar, cuyo nombre era El Molino del Ingenio, campo ubicado entre La Ligua y Cabildo (IV Región de nuestro territorio).

Ahí se radicó, a lo menos en los últimos 10 años de su vida. En esos predios tenía una pequeña casa de madera que fuera de un molinero muerto. En su pieza, rodeada de una enorme y selecta biblioteca, había puesto en los muros: postales, el equipo de fútbol de Polonia (con un autógrafo del entrenador), el equipo de Francia (sin autógrafo), unos dibujos a pastel hechos por su nieto y una foto de su abuelo francés. A veces estaba gran parte del día en el escritorio leyendo a sus preferidos, Novalis y Hölderlin, ambos románticos alemanes. Cuando estaba en El Molino del Ingenio sus días se repartían entre los pueblos más cercanos. En una oportunidad nos pusimos chaquetas de cuero y sombreros y nos fuimos a recorrer los bares de Cabildo. Le decía a la gente que yo era una persona rica y que había comprado unos terrenos y que iba a organizar unos tijerales a los que invitaríamos a todo el mundo. Entonces nos regalaban whiskies. En la Ligua en cambio, el bar preferido era el de Don Rocha. Curioso lugar, habitado por espejos y vieja clientela. Sobre una de esas mesas de roble Teillier escribió: "Estoy donde Don Rocha frente a un vaso de whisky./ Sí, nostalgias del Far West, nostalgia de rebaños y trigales infinitos, de lunas azules y de un tiempo sin tiempo".

Al describir el campo, donde habitaba, nos dice: "Estoy viviendo frente a un molino y una higuera, como René Char, el último de los grandes surrealistas, el lugar se llama El Molino del Ingenio y fue fundado por Gonzalo de los Ríos, capitán de Pedro de Valdivia, abuelo de la Quintrala, nuestra Marquesa de Sade chilena, que fuera dueña en el siglo XVII de estos dominios, situados hoy día entre La Ligua y Cabildo. La Ligua es un pueblo que vive de los dulces y los tejidos. Existe la mayor cantidad de automóviles per cápita del país, y también la mayor cantidad proporcional de diabéticos. Sólo he encontrado a dos poetas en muchos años. Cabildo es un pueblo de mineros y prostíbulos, con mucho carácter, las carnicerías se llaman ‘El suspiro’, ‘El pequeñito’ y ‘La caricia’. Estoy viviendo frente a un molino, en una casa de madera -como el molino- que es ahora propiedad del Ejército".

La casa de campo era silenciosa, conversábamos alrededor de dos grandes chimeneas hasta altas horas de la madrugada. Me leía ediciones hechas por él mismo. Recuerdo una en homenaje a René Char, otra en homenaje a Elvis Presley, que según Teillier pertenecía como él a un "Club de los corazones solitarios". Recuerdo poemas inéditos que leía con voz catarrosa, interrumpido apenas por el incesante ruido de una cascada. Lo recuerdo haciendo traducciones de Pink Floyd y observando ensimismado a su gato Pedro: "Sabio budista Zen/ que mira la lluvia/ porque sabe que la lluvia existe". Creo que era una persona atípica en cualquier lugar del mundo. En el prólogo al libro Muertes y maravillas, sostiene: "no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido, encerrado en una oscuridad sin puerta de escape, que vemos deambular por el mundo literario". Muchos de sus textos los escribía al reverso de sobres de cartas, en servilletas y hasta en carátulas de viejos discos. Desgraciadamente gran parte de esos textos se perdieron para siempre.

En la ciudad de Santiago frecuentaba el bar La Unión Chica. Durante años ese lugar se transformó en punto de encuentro de numerosos poetas que buscaban refugio en el interior de sus puertas. Le gustaba La Unión Chica, porque era uno de los pocos bares que había sobrevivido a los años de la dictadura militar en nuestro país. De esa experiencia nació la antología Nueva York 11 que reunía a los asistentes a las tertulias literarias de ese bar. "Somos privilegiados -decía-. Son veinte para las seis de la tarde y estamos aquí en un bar conversando hace tres horas. Sin prisa, sin necesitar nada más que un pequeño estímulo intelectual. No va a haber otros como nosotros en unos años más en Chile (...). Esto es una ‘aristocracia’ ”. Además de estos testimonios quedó un legajo de actas, con poemas, cartas, dibujos y solicitudes de ingreso de nuevos asistentes a las tertulias. Otro de los sitios visitados en Santiago, era "El refugio López Velarde" en la Sociedad de Escritores de Chile, ahí lo conocí junto a Poli Délano. Esa noche nos bebimos varias botellas de vino y se habló del escritor británico, Malcolm Lowry, en Bajo el Volcán. En el "Refugio López Velarde", se juntaba con Rolando Cárdenas, Armando Rubio, Yolanda Lagos Garay y otros poetas.

En una de sus cartas hace alusión al conocimiento enciclopédico que tenía acerca del deporte y además habla de las ciudades que echa de menos: "No es raro echar de menos Madrid, Calafell, el Escorial. Aquí me consuelo leyendo revistas deportivas (1945: Argentina Campeón de S.A. De la Matta, Mendez, Pedernera, Labruna y Loustau en la delantera). Escribo algunos poemas como quien lanza botellas al mar. ¿Seremos los últimos sobrevivientes que recojan las palabras de la tribu de Eddy, Miloca, Dylan, René Guy Cadou, Rojas Giménez (¡Vivan las arbitrarias mescolanzas!), Cendrars, los tripulantes de Stevenson. Aquí estoy con los niños de Dickens sometido a los padrastros que aman sólo la prosa. Bueno, un abrazo a ti y a los muchachos. No seas grasa y escríbeme. Y no silbes demasiado por las calles". (Santiago del Penúltimo Extremo, 29-VI-1976. San Pedro y San Pablo. Temperatura máxima 14 grados. Mínima; 2, 5 bajo cero a las 2.30 AM).

Su opción de vida se adhería a la de poetas como: Serguei Esenin y Dylan Thomas. En ese sentido era incorregible. El poema que mejor refleja esa situación es Pequeña confesión: "Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones./ Me amaron las doncellas y preferí a las putas./ Tal vez nunca debiera haber dejado/ El país de techos de zinc y cercos de madera./ En medio del camino de la vida/ Vago por las afueras del pueblo/ Y ni siquiera aquí se oyen las carretas/ Cuya música he amado desde niño./ Desperté con ganas de hacer un testamento/ -ese deseo que le viene a todo el mundo-/ Pero preferí mirar una pistola/ La única amiga que no nos abandona./ Todo lo que se diga de mí es verdadero/ Y la verdad es que no me importa mucho./ Me importa soñar con caminos de barro/ Y gastar mis codos en todos los mesones./ "Es mejor morir de vino que de tedio"/ Sin pensar que puedan haber nuevas cosechas./ Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano/ Cuando se gastan los codos en todos los mesones./ Tal vez nunca debí salir del pueblo/ Donde cualquiera puede ser mi amigo./ Donde crecen mis iniciales grabadas/ En el árbol de la tumba de mi hermana" (Para un pueblo fantasma, 1978).

Fue por excelencia el guardián del mito hasta que lleguen tiempos mejores. Fiel a sí mismo hasta el último día de su existencia -afirma- : "Mi mundo poético era el mismo donde ahora suelo habitar, y que tal vez deba destruir para que se conserve: aquel atravesado, por la locomotora 245, por las nubes que en noviembre hacen llover en pleno verano y son las sombras de los muertos que nos visitan, según decía una vieja tía; aquel mundo poblado por espejos que no reflejan nuestra imagen sino la del desconocido que fuimos y viene desde otra época hasta nuestro encuentro, aquel donde tocan las campanas de la parroquia y donde aún se narran historias sobre la fundación del pueblo. La poesía es para mí una manera de ser y actuar, aún cuando tampoco pueda desarticularla del fenómeno que le es propio: el utilizar para su fin el lenguaje justo para este objeto. Mi instrumento contra el mundo es otra visión del mundo. Para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte".

Otra de las formas didácticas de enfrentar su trabajo poético, era la de hacer nuevas versiones de obras de otros poetas. Dylan Thomas hizo algo similar al ensayar infinitas imitaciones de autores afines a su universo. Recordemos que el poeta norteamericano Robert Lowell, publicó un libro de poemas titulado: Imitation, y según algunos críticos es su mejor poemario. Jorge Teillier, no estuvo ajeno a ideas semejantes. Un ejemplo sería la versión que hace a partir de un poema de Czeslaw Milosz, llamado “Canción del fin del mundo”: "El día del fin del mundo/ La abeja ronda sobre los geranios,/ El pescador teje una red luminosa,/ En el mar juegan los alegres delfines,/ Los tiernos gorriones saltan en el alero/ Y luce dorada la piel de la serpiente,/ Como debe ser". Teillier después de leer este texto de Milosz, escribe su poema: “Fin del mundo”. "El día del fin del mundo/ será limpio y ordenado/ como el cuaderno/ del mejor alumno del curso./ El borracho del pueblo/ dormirá en una zanja,/ el tren expreso pasará/ sin detenerse en la estación/ y la banda del regimiento/ ensayará infinitamente/ la marcha que toca hace veinte años en la plaza./ Sólo que algunos niños/ dejarán sus volantines enredados/ en los alambres telefónicos/ para volver llorando a sus casas/ sin saber qué decir a sus madres,/ y yo grabaré mis iniciales/ en la corteza de un tilo/ sabiendo que eso no sirve para nada./ Los amigos jugarán fútbol/ en el potrero de las afueras./ Los evangélicos saldrán a cantar a las esquinas./ La anciana loca paseará con quitasol./ Y yo diré para mí mismo: ‘El mundo no puede terminar./ porque las palomas y los gorriones/ siguen peleando por la avena en el patio’ ”. (Poemas del país de nunca jamás, 1963).

Además de los trabajos antes señalados, escribía a lo menos diez versiones de cada uno de sus poemas. En varias oportunidades, encontré versos suyos al reverso de ediciones, como: Alicia en el país de las maravillas. Ahí se leía de su puño y letra: "Nieva/ y todos en la ciudad/ quisieran cambiar de nombre". "Si el mismo camino que sube/ es el que baja/ lo mejor es mirarlo desde esta ventana". (Le Monde) "Nada que agregar/ a la siesta de la silla de paja/ junto a la piedra redonda".

Era un solitario como Rilke. Esperaba ver de nuevo un ovni, como el que vio al mediodía del mes de enero de 1958. Jugaba ajedrez y apostaba con muy mala suerte a los juegos de azar. Le hubiese gustado estar con Baudelaire, si hubiese dado muerte a su padrastro, el General Aupick, también haber hecho un viaje en velero hacia Chiloé (isla del sur de Chile), y uno en el ferrocarril de Temuco a Carahue, la Ciudad que fue. En el prólogo del libro de Teillier Para un pueblo fantasma (1978), Lafourcade, describe la atmósfera que rodeaba la casa natal del poeta: "Jorge Teillier jugaba al extranjero. No había dudas. -Aquí estuvo el molino -me decía, señalándome unas ruinas- ¡fue el mejor incendio del pueblo, en muchos años....! Jugaba al extranjero cuando todos le iban reconociendo y el: ¡Hola Jorge! se multiplicaba. Lautaro, unos tilos, unos olmos, la plaza, el Kiosco de la banda del regimiento, la novia, el camino circular de las novias, el círculo de tiza de las amadas. Como si acabara de mandarla a hacer, allí estaba otra, la niña blanca, de rasgos aymaraes, y ojos febriles, y boca de pez con sabor a manzanas ácidas.”

Frío, humedad. El salón de la casa tenía su chimenea apagada. Allí hubo bautizos, santos, cumpleaños, despedidas, llegadas, horas de alegría, los hijos en el colegio, horas de inquietud, alguien enfermo, alguien que no había ido, alguien que no escribía, es Jorge, mamá, que juega a irse, él lo leyó en alguna parte, leyó que no era de este mundo, y, mucho menos de Lautaro. La idea le atrajo y comenzó a desaparecer. Juego peligroso, el de los niños terribles de Cocteau, y mucho antes, ya descrito por “el niño poeta de Charleville”. Yo acompañé a Teillier al pueblo de Lautaro. Corría el invierno de 1994. Estábamos en Temuco, en un encuentro de escritores Chileno-Mapuche. Un día temprano, pasamos al bar del tren y nos desayunamos dos whiskies dobles. Después de escuchar varias canciones en el Wurlitzer e incluso de apostar a un tema con las manos atrás y decir: "la máquina no nos vencerá", partimos a la ciudad sagrada. El almuerzo fue en el Hotel de France. Luego la inevitable visita al cementerio donde yace su hermana: "Vivo en la apariencia de un mundo/ Tú no sabes ni puedes saberlo/ Tú no puedes conocer a mi hermana./ Yo mismo apenas la conozco/ Porque murió antes de que yo naciera/ Y esa llaga adelantó mi llegada./ Por eso crecí antes de lo debido/ Y la primavera es una rápida hojarasca/ Y el verano un congelado reloj de arena./ Ya sólo puedo yacer en el lecho de mi hermana muerta./ El vacío de mi hermana me sigue cada día / Cuando yo muera habré muerto antes de su muerte": ("Hermana" del libro de poemas Cartas para reinas de otras primaveras, 1985).

Poco antes que muriera, en 1996 trabajábamos en su libro de poemas que se llamó: En el mudo corazón del bosque. Además preparaba la Antología de poesía universal, traducida por poetas chilenos. Su vida, como siempre, fluctuaba entre la ciudad y el campo. Lo vi a una semana de su muerte. Pensaba viajar a la feria del libro de Buenos Aires. Con Krupskaia (mi mujer), lo acompañamos a elegir una maleta para el viaje. Nos despedimos en el metro de Santiago. Supe que a pocos días de partir para siempre, fue a visitar a la que fuera su segunda esposa, Beatriz Ortiz de Zárate. Llevó Champagne como en los viejos tiempos. Recuerdo que una vez me dijo: "No fue el helado viento/ quien marchitó las ramas./ Quien marchitó las ramas/ fui yo, que les conté mis sueños". No nos vimos nunca más.











en Revista de Libros, 5 de marzo 2000.











miércoles 22 de diciembre de 2010

Recuerdo de Jorge Teillier hablando sobre Eliseo Diego, de Hernán Lavín Cerda







La primera vez que nos vimos fue en aquella hermosa casa de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), en julio de 1966. Nicolás Guillen nos presentó en su oficina. Recuerdo que mi carta de presentación, aquella carta invisible, fueron los saludos fraternales que le enviaba otro gran poeta-niño de nuestra lengua, Jorge Teillier, desde Santiago de Chile, aquel Chile o País de Nunca Jamás, de siempre, de los dominios perdidos, aquel País de la Infancia sumergida en la bruma que sólo puede alimentarse de memoria. Teillier me había dicho durante el otoño de 1964 en el Parque Forestal, junto al Museo de Bellas Artes: "Si alguna vez viajas a Cuba, pregunta por Eliseo Diego. Es un espíritu sabio y silencioso: un poeta excepcional. En su voz resucita la infancia de todos, que estuvo a punto de extraviarse para siempre. Habla con él, búscalo, no dejes de verlo. Nicolás Guillen es el poeta más conocido y divulgado, pero Eliseo es la otra voz, la visión más íntima, la épica de la niñez prodigiosa, la voz y la imagen sensible de los mundos interiores, la presencia de los espejos familiares que sutilmente rescatan el rostro múltiple de quienes fuimos y seremos durante la infancia. Como yo, Eliseo Diego es un lector muy entusiasta de las novelas David Copperfield, de Charles Dickens, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y El gran Meaulnes, de Alain Fournier. Aún no lo conozco en persona, pero lo leo y voy descubriéndolo con asombro y devoción. Tuve la fortuna de leer algunos poemas de su libro En la calzada de Jesús del Monte, que se editó por primera vez en 1949, y me sentí deslumbrado. Hay algo misterioso y casi clandestino en la voz de Eliseo: es un soplo subterráneo que hace vibrar los vasos comunicantes entre la vida y la muerte. 'Ah el terrible esplendor de estar vivo,' como dice en uno de sus textos. Si algún día viajas hacia el Caribe y llegas a la isla de Cuba, pregunta por él y no dejes de verlo. Búscalo, querido Hernán, y que Nicolás Guillen o Cintio Vitier te digan cómo encontrarlo".

En aquella casa de La Habana, bajo el calor y la humedad indomables, conversamos sobre la nueva poesía de Chile y de Cuba, así como de Teillier y de su libro El árbol de la memoria ("Qué bellos poemas y qué título más afortunado", me dijo)...















Fragmento de "Eliseo Diego: El habitante de la memoria",
en Letras.s5.com














viernes 29 de octubre de 2010

"Si alguna vez", de Jorge Teillier






Si alguna vez
mi voz deja de escucharse
piensen que el bosque habla por mí
con su lenguaje de raíces.










Publicado en el libro EN EL MUDO CORAZÓN DEL BOSQUE, 1997.











lunes 18 de octubre de 2010

"La amada vikinga del poeta Jorge Teillier", de Miguel Núñez Mercado






La memoria de sus antepasados persigue a Cristina Wenke. Sus ancestros se remiten a los antiguos vikingos. En la lengua vernácula su apellido significa “valiente guerrero”. Sus raíces familiares están en el norte de Alemania. El pueblo de Olemburgo es el punto de partida.

Su casa está llena de recuerdos y retratos de antepasados de viriles y hermosas figuras. Ostentan uniformes con condecoraciones del Zar y del Káiser. Fueron “valientes guerreros” en conflagraciones de otros tiempos y otras tierras.

En su memoria se mezclan desde Antoine de Saint Exupery -que fue un eventual rival de su padre en los cielos de la Primera Guerra- hasta el creador de los Zeppelines. Hay, también, una historia de amor, que trajo a su abuela, enamorada de Emilio Williams, Cónsul de Chile en Bremen, a vivir a Talca. Allí creó, entre otras cosas, el Molino Williams.

Son los personajes reales de una novela que Cristina Wenke pretende escribir algún día. Por ahora, la guarda entre sus numerosos recuerdos. Su historia más cercana tiene como protagonistas a sus padres, el condecorado piloto alemán de la Primera Guerra Hans Wenke y Senta Williams. Aunque ya no están, su memoria aún le humedece sus ojos azules.

Él trajo a Chile la estirpe vikinga de los Wenke. Trabajó en el Molino Williams y administró un fundo en Colchagua. También, junto a Roger Magdhal -y Luis Bastidas-, fueron los introductores de la Palta Fuerte en Chile. Compró las tierras donde aún existían huellas del antiguo Convento Jesuita de San Pascual (Las Condes).

Allí, Cristina Wenke nació y vivió una hermosa infancia. “Yo -recuerda- conviví mis primeros años con un maravilloso misterio. En la casa descubrí que había subterráneos con viejos túneles y celdas. También me convencí que existían duendes, que se paseaban por todas las piezas. A veces, creía verlos o los escuchaba cuando golpeaban las puertas o ventanas”.

A principios de los años 30 Hans Wenke compró, a la sociedad Mattei y Schwenke, el Fundo el Molino del Ingenio, en el límite entre La Ligua y Cabildo. Su madre se enamoró del valle. “Entonces era una viña. Ella decía que se había enamorado de la magia del valle, de su ambiente, del clima, de la luz que irradiaba. Además, había sido una propiedad de ‘La Quintrala’, lo que, después, para mí fue algo maravilloso”.

La precoz imaginación de Cristina Wenke vaticinaba que en sus genes tenía vocación artística. “Mi bisabuelo -dice- coleccionó valiosas obras de arte y mi abuela fue pintora, poetisa y, además, cantaba”. Los largos años de internado en el Santiago College no lograron aplacarle sus sueños de ser artista.

A los 16 años, dejó el colegio y se dedicó a la danza. Tuvo por maestro a Ernst Uthof. “Aunque demostré que tenía condiciones para el baile moderno, me retiré‚ luego. No soportaba al profesor de ballet clásico, quien me decía que por tener las piernas largas no podría llegar a ser una buena bailarina”.

Ingresó a la Escuela de Bellas Artes a estudiar Pintura y Escultura. Allí conoció al escultor Ricardo Mesa. Se enamoró y se casó con el. Vivió, junto a su marido, años fervorosos. Estudió en Alemania, con el maestro Tomas Stadler. Viajó, seis meses, por Italia con un anafe para ahorrarse la comida. Fue parte de la delegación chilena en el Primer Festival de la Juventud en Rusia. Un viaje que no olvida.

Después de varios años de casados, Cristina Wenke y Ricardo Mesa se separaron. Entretanto, había nacido una hija de ambos: Vinka. Su retrato de niña, pintado por su madre, cuelga de uno de los muros de su mágica casa -ahora modernizada- de la calle San Pascual de Las Condes.

A través de las ventanas se ve a un pequeño “duende” que juega entre los árboles. Es su nieto Andrés. Como los antiguos fantasmas de la infancia de Cristina Wenke recorre, revoltoso, todos los rincones de la casa. De repente, aparece y desaparece en la tenue oscuridad de una tarde que anuncia lluvias.



JORGE TEILLIER: UNA “RARA AVIS”


Sin embargo, la historia de Cristina Wenke está ligada, más que nada, al poeta Jorge Teillier. Se conocieron en las graderías del Estadio Nacional, en una actividad política. Fue un día de fines del año 1972 en que Fidel Castro, de visita en Chile, era el orador principal.

Cristina Wenke recuerda que “fui invitada por el pintor Germán Arestizábal. Él era amigo de Jorge y, ambos, habían quedado de encontrarse en el estadio. Yo no lo conocía personalmente, pero sabía que era poeta. Había leído su libro Para Ángeles y Gorriones.

Entonces, Jorge Teillier era una “rara avis” para la poesía chilena del momento. Era extraño que en un tiempo de profundas definiciones políticas, un poeta escribiera: “Los labios del tiempo despiertan/ y pronuncian, mojada de lluvia/ la primera palabra que recuerdan...”. Era la descripción de un invierno en Lautaro, la ciudad natal de Jorge Teillier Sandoval.

Cristina Wenke recuerda que “aunque yo también escribía -pues he tenido varios talentos, pero no constancia- ese día no hablamos de poesía con Jorge. Creo que conversamos un rato de lo que había dicho Fidel. Luego nos despedimos como dos personas que sólo recién se conocen. Me quedó su imagen de un hombre muy apuesto, inteligente y sensible. Nada más”.

Durante varios días, Cristina Wenke no supo nada del poeta. “Mi amigo, el escritor Armando Casigolli, me dijo que estaba muy mal, pues había tenido un ataque de ‘delirum tremens’. Sin embargo, el sábado 17 de octubre de 1972 llegó a verme a mi casa de San Pascual. Su salud estaba bien y allí comenzó el idilio”.



UN CABALLERO DEL SUR

Pese a la dulce atmósfera de sus poemas, no fue un inicio romántico. “Alguna vez me dijo que para él yo era `infinita, enorme y maravillosa’. Hasta me dedicó más de un poema. Sin embargo, cuando le recordaba su falta de manifestación de afectos, Jorge decía que él era un ‘Caballero del Sur’, que este tipo de señores era duro en mostrar sus emociones románticas”.

“Repetía -agrega Cristina Wenke- que había una serie de normas que le impedían hacer tal o cual cosa. Solía repetir una frase que, según él, era del pistolero Billy the Kid: ‘Los tiempos cambian, pero yo no’. Trajimos sus cosas desde la casa donde vivía en José Miguel de la Barra y comenzamos a vivir en San Pascual”.

Ambos estaban separados. Jorge Teillier había dejado atrás su matrimonio con Sybila Arredondo, quien partió a Perú a vivir con el escritor José María Arguedas. Con ella había tenido dos hijos: Carolina y Sebastián. Además, había terminado una fervorosa relación con Beatriz Ortiz de Zárate, que le costó el odio secular de quien fuera, hasta entonces, su amigo: el poeta Enrique Lihn.

Cristina Wenke sostiene que el poeta Jorge Teillier siempre fue un seductor. “Era un hombre apuesto. Tenía unas facciones perfectas y era delgado, a veces, en extremo. A mí, quizás por mi oficio de escultora, me llamaba la atención su frente. Le decía que allí lo había besado Dios. A él le gustaban esas palabras”.

La escultora sostiene que “no sólo seducía a las mujeres. También los hombres quedaban pasmados por su inteligencia y su memoria. Sus poemas seducen. No se explica de otro modo esta verdadera devoción que tiene entre los jóvenes de hoy”.



CON LOS CODOS EN LOS MESONES


Sin embargo, Jorge Teillier no llegó solo a vivir a la casa de San Pascual. El poeta quien reconocía en sus poemas que “había dejado los codos en los mesones de los bares”, padecía de una grave adicción al alcohol.

Jorge Teillier le dijo al escritor Carlos Olivares, que los publicó en sus Conversaciones... : “Estamos aquí, en un bar, conversando hace tres horas...No va a haber otros como nosotros en unos años más en Chile...Esto es una aristocracia”.

Cristina Wenke dice que tratar de hacerlo entender que debía curarse de su adicción fue su gran batalla. “Desde que llegó a mi casa traté que dejara de beber. Nunca perdí la esperanza. Era un hombre tan inteligente, que no necesitaba estímulo alguno para crear sus poemas o aprender cualquier cosa que se le antojara. Tenía una memoria privilegiada y recordaba hasta las cosas más inverosímiles”.

En unas cuantas oportunidades, Cristina Wenke consiguió internarlo en clínicas de rehabilitación. “Incluso, una vez Enrique Lafourcade lo llevó a su casa y lo invitó a varios tragos donde diluyó pastillas para que se durmiera. Costó mucho, pero al final lo venció el sueño. Allí llegaron los enfermeros que se lo llevaron. Sin embargo, todo era en vano y, después de algunos días, desaparecía de la casa y volvía a beber. Si yo le recriminaba su conducta, me acusaba de nazi”.

Pese a su adicción alcohólica, Jorge Teillier no perdía nunca su condición de “Caballero del Sur”. “A su lado podían estar todos borrachos, pero él no perdía su compostura. Se mantenía lúcido y cuerdo. Se acordaba de todo, citaba poemas enteros. Recordaba cosas, con detalles, que cualquiera otra persona había olvidado. Sabía que el trago, que era su compañero desde la juventud, lo estaba matando, pero él no era capaz de vencerlo”.

Sin embargo, no era un predicador del vino. Cristina Wenke recuerda: “A veces se le acercaban personas que le decían que eran alcohólicos y él se enojaba. Los reprendía diciendo que él sufría mucho por su adicción al alcohol y que no era ninguna razón para estar orgullosos”.

Pero Jorge Teillier seguía en lo mismo y diciendo que se iba a matar en algún momento. “Incluso hasta anunciaba en la prensa la fecha de su muerte. Durante muchos años tuvo una pistola, con la que decía que terminaría suicidándose. Pero, en realidad, se estaba matando, lentamente, todos los días”, sostiene Cristina Wenke.

La escultora cuenta que “una vez le mandé a hacer un horóscopo especial con un astrólogo, que consideraba lugar, fecha y hora del nacimiento. El hombre analizó los datos y quedó impresionado. Preguntó por qué tanta belleza, inteligencia y sensibilidad, en un ser tan autodestructivo. Comentó: ‘se está haciendo pedazos de a poco’. Yo lo sabía y él también”.



EL MOLINO DEL INGENIO

Cuando fallece la madre de Cristina Wenke, el Fundo el Molino del Ingenio se dividió entre los cuatro hermanos. “A mí me correspondió la parcela donde estaba el molino. Me fui con Jorge a vivir allá, en 1987, creyendo que en el campo podría ayudarlo a salir de la bebida. Construimos una casita para que él tuviera un estudio y sus cosas. Allí escribió bastante y pudo leer sus libros, que eran miles”.

En sus primeros tiempos en su nuevo hogar el poeta se sintió tranquilo. “De todos modos, echaba de menos a sus amigos. Hablaba del sur como del Paraíso perdido. Reclamaba porque en La Ligua y Cabildo no encontraba poetas. Decía que los poetas sólo podían nacer entre los bosques y la lluvia sureña. Después aseguraba que todo Chile quedaba al sur del mundo y que la Ligua y Cabildo también eran el sur del planeta”.

Cristina Wenke dice que trataba que el poeta se quedara en casa. “Sin embargo, siempre se las arreglaba para salir. Decía que tenía que ir al Correo o a sacar fotocopias. Alguna vez le dije si no era mejor tener una fotocopiadora en la casa. Uno sabía que era sólo el pretexto para salir a beber en los bares de La Ligua o Cabildo. Por allí había hecho amigos con los que compartía sus tragos. Él prefería a la gente sencilla y le gustaba escuchar más que hablar. Volvía a casa bebido y contando las más extraordinarias historias que había oído”.

Algunos de estos relatos se los contaba en numerosas cartas a sus amigos. “Escribía como si estuviera desterrado, loco o muerto. Los firmaba con nombres de poetas que ya no estaban vivos. Aunque siempre mantenía el remitente de la Casilla 52, El Molino de Cabildo, para que le respondieran. Aunque él decía que ‘el poeta no es de este mundo’, siempre comprendí que necesitaba ese vínculo. Pasábamos algunos meses en la casa de San Pascual en Santiago. Él se trasladaba al Bar ‘La Unión Chica’, donde se juntaba con otros poetas”.

Jorge Teillier le confesó a su amigo, el escritor Carlos Olivares, “El poeta tiene que vivir para escribir, pero cuando de repente una mujer se da cuenta que para un poeta es más importante un poema que estar con ella, empieza el conflicto. Ahora, al trago no sólo le tienen celos, le tienen horror. Pero resulta que muchas personas son insoportables sin trago”. Cristina Wenke define un rasgo desconocido del poeta. “Era machista. Decía que `rara vez surge una buena idea de la cabeza de una mujer’ “.



LA VIDA: UNA MORADA IRREAL

La relación entre el poeta y la escultora se mantuvo en el tiempo. “Jorge -dice Cristina Wenke- vivía conmigo y tenía su estudio aparte. Allí tenía sus libros, sus retratos de equipos de fútbol, de boxeadores que yo desconocía, de cantores de tango, de estaciones ferroviarias. Decía que a La Ligua le faltaba su estación de trenes y que la de Cabildo estaba cerrada. En realidad, los trenes habían partido hacía mucho tiempo, pero él tenía un amor enorme por ellos. En su infancia en Lautaro vivía a media cuadra de las vías férreas”.

El poeta compartía su casa-estudio con perros y gatos. “Su gato ‘Pedro’ aparece hasta en sus poemas. Era un animal astuto, y tenía actitudes como de un ser humano. A veces, cuando veía que el perro ‘Tommy’ iba a pasar por su lado, se hacía el dormido. Apenas estaba al alcance de sus garras lo tomaba de una pata. “Tommy murió un año después de la muerte de Jorge, en la misma fecha”, recuerda Cristina Wenke.

Pese a que la escultora nunca dio por perdida su batalla por rehabilitar del alcohol al poeta, dice que fue no fue tan difícil vivir con él. “Quizás nunca comprendió que todo lo que traté de hacer por él fue por amor. Tal vez yo tampoco comprendí su alma atormentada por todo lo que él creía perdido. Sus poemas reflejan ese mundo de la memoria, donde realmente él habitó siempre. Yo sé que él también me quiso y le gustaba estar conmigo. Unos tres días antes de su muerte, se acercó a mí y me tomó entre sus brazos. Fue una cosa hermosa y emocionante. Sentí que fue como saldar una serie de cuentas que ambos teníamos pendientes”.

Cristina Wenke sabía que el poeta moriría pronto. “Ya no hacía caso de nada. Yo trataba que cumpliera las dietas que aconsejaban los médicos. El decía, como siempre, que moriría pronto. “Me voy a morir -profetizó el poeta- frente a un molino. Si lo quiere Dios y la Virgen Santísima, en la que no creo, excepto en la Virgen de Petorca. El 22 de abril de 1996, la siempre milagrosa Nuestra Señora de la Merced le cumplió su íntimo deseo”.

Un año antes de su muerte, Cristina Wenke, también había tenido un sueño premonitorio. “Era la visión de una mujer que le traía al poeta una túnica alba para que se la pusiera. Jorge, muy contento, se la probó y, ante mi asombro, le sentaba maravillosamente bien... Ella se fue y estuve varios días tratando de descifrar ese sueño. Se lo conté a un amigo, que me preguntó: ‘¿Era una túnica de ángel?’. Sí, eso era. Ahí supe que Jorge debía regresar”.











en La página de Andrés Morales






miércoles 6 de octubre de 2010

"Notas sobre el último viaje del autor a su pueblo natal", de Jorge Teillier

Fragmento




1

En el pueblo
donde algunos me conocen
como el poeta cuyo nombre suele aparecer en los diarios,
paseo por la Calle Comercio
que ahora se llama Avenida Bernardo O’Higgins
(Como en Santiago).

He comulgado con la tierra.
Voy a la Sidrería
Allí están los parroquianos de siempre
y me saludan mis viejos compañeros de curso
que sueñan con ser alcaldes o regidores o comprarse
            una citroneta.
Ha cerrado el cine.
Aún quedan affiches que anuncian películas de sepia.
A lo largo de los cercos
las ortigas siguen hablando con su indestructible lenguaje.
En el techo de mi casa se reúne el congreso de los gorriones.
Pienso por primera vez
que no pertenezco a ninguna parte,
que ninguna parte me pertenece.






 












martes 28 de septiembre de 2010

"Conversaciones con Jorge Teillier", de Carlos Olivárez

Extracto





Carlos Olivárez: Yo encuentro que tú tienes simpatías por un tipo de personas con oficios o costumbres medio outsiders, que son boxeadores, futbolistas, hípicos, cantantes de tangos. No son personas de grandes éxitos. Recuerdo que en una oportunidad diste una charla sobre el tango y el estrado estaba en un ring.
Jorge Teillier: El presidente era Ramón Tapia, que fue tercera medalla olímpica en Melbourne, peso medio pesado.

Estabas rodeado de una serie de boxeadores tristes.
Además, era un club de admiradores del tango. Sabían muchísimo. Sabían quien cantó “Percanta que me amuraste”. Yo pregunté: ¿alguien sabe cómo se llamaba originalmente ese tango? Levantaron la mano todos. Se llamaba “Lita” y después se cambió a “Mi noche triste”.

¿Has pensado por qué en este mundo de los tangueros, de los boxeadores y futbolistas se da este tipo de erudición?
Construyeron un mundo propio, no diré marginal, porque marginal tiene un tono peyorativo; pero se trata de un mundo personal, completamente autónomo, con sus jerarquías y noblezas.

Ahora eso no es posible. El margen es donde está la luz.
Tienes razón. Para llegar a ser agregado cultural, primero hay que lavar las calles de las putas. Estar al margen, cierto margen. Para llegar al éxito, primero hay que ser marginal. Lo que hablo es de otra cosa. El tipo marginal por voluntad es alguien que consagró la vida a lo que realmente amó. Un tipo [que] amó la hípica, como quien conocemos de la Unión Chica: Augusto Morales. Fuera de haber estudiado leyes, compañero de Miguel Arreche y Alberto Rubio, se dedicó después a la hípica y al tango, pero no es un hombre marginal: es un hombre realizado.

Los norteamericanos tienen una palabra para esto: el outsider, el que se puso fuera de la maquina de la producción.
Pero si soy un outsider y estoy fuera de la máquina entonces no ingreso nunca. No entro a un partido político, no entro a un gobierno, no me interesa lo contingente. A lo mejor es eso lo que me interesa. Si me interesa la poesía antes que nada, soy un outsider.

O el anarca, el que no reconoce la autoridad.
El anarca es distinto. No es un revolucionario. El revolucionario es un hombre que quiere cambiar la sociedad. El anarca quiere ser él y que todos hagan lo que quieran. Eso es lo que dice Jünger.

Yo podría comprender la erudición de un hípico. De su sabiduría depende el dinero que tiene en juego.
Además, está su respeto de los iguales: ¿cómo va a saber menos? Tiene que saber quién fue el padre o el abuelo de tal yegua, y tiene que saberlo con exactitud.

Pero la erudición de los tangueros...
Conozco gente aficionada al tango que se han dado de combos porque uno decía que “Marionetas” de Tallin la había cantado mejor Florean Ortiz que Gardel. Se armó una batahola.

Bueno, son cosas inaceptables. ¿Quién podría aceptar tamaña falta de respeto?
Son principios de vida, también los futbolistas. ¿Qué pueden decir si alguien les pregunta un dato? Van a dudar. No es posible, ellos deben saberlo todo.

Y tú ¿sabes, por decirte algo, la alineación del Colo Colo del 1941?
¿La alineación del Colo Colo del 1941? (Esto está transcrito textualmente, sin ninguna aclaración posterior). Bueno, creo que sí. Veamos: Diano, argentino, al arco; Salfate y Camus en la zaga; Hormazábal, Pastén y Medina; Zorrel, Zocarrá, peruano, Domínguez, Norton y Rata Rojas. Están los once. Fueron campeones invictos.

¿Esta erudición es inútil?
¿Por qué va a ser inútil? Es una manera de sobrevivir. Todo el mundo necesita un estímulo. Del mismo modo que conozco a gente que compra todo lo que se publica en poesía.

El paco Rivano me dijo que él era quien había publicado por primera vez a Rolando Cárdenas en unas hojas que él editaba.
No. Publicó a Rolando, y a mí también, pero no fue lo primero.

Este tipo de personajes del que estamos hablando, ¿será una especie en extinción?
¿Cómo va a estar en extinción el fútbol y la hípica? Es gente que ha realizado el sueño chileno cuando llegan a saber los detalles de su profesión. Los boxeadores tienen mucho que ver con los escritores, poseen rasgos comunes: tienen éxito si tienen un buen manager; tienen publicidad, popularidad.

¿Éxito con las mujeres?
Todo poder tiene éxito con las mujeres. Al poder llegan las mariposas nocturnas. Después todos quedan abandonados con sus viejos recortes color sepia. La del boxeador –como la del escritor- es una carrera solitaria. Si no es solitaria dejas de ser escritor y empiezas a ser empresa.

Brodsky afirma en el discurso de aceptación del Premio Nobel que los poemas de Valery sólo podían ser escritos por él. El mejor escritor para los poemas de Valery era Valery. Nadie podía ayudarle.
Valery consultaba a Mallarmé.

No importa. Él sabrá si le hace caso o no, igual que el boxeador cuando está peleando es él contra otro que está en las mismas.
Tiene que enfrentarse a un público que es él mismo. Son actividades solitarias y al final, si no se han cuidado, se termina solo y abandonado. Cuando hemos hecho un recuerdo de tantos poetas podemos hacer un recuento de tantos boxeadores. Hay un nacimiento parecido. Un hombre nace para pelear y el otro para escribir. No quiero hace ninguna glorificación del boxeo, pero en este tipo de personas hay algo que me interesa; no puedo explicarlo claramente por qué.














1993














sábado 11 de septiembre de 2010

"La Unidad Popular y el fin de un mito", de Jorge Teillier





Empiezo a escribir pensando en el Otoño, grávido de semillas y futuro. Y me gusta escribir Otoño y Esperanza con mayúsculas, porque este tiempo es para reflexionar en la Primavera que viene, cuando confío en saludar el triunfo de Salvador Allende con brazadas de aromos, así como en 1838 se saludó el triunfo de Pedro Aguirre Cerda. “El artista es, inevitablemente, un sujeto político. Su nulidad, su carencia de sensibilidad poética probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética”, escribía César Vallejo en 1927. Aun cuando el espectáculo de una elección presidencial tome aspectos neurotizantes y a veces circenses, que no pueden menos que disgustar, considerada en su profundidad es un compromiso ineludible para el escritor que no deja de ser un ciudadano, y que comparte el destino de su pueblo. Recuerdo que en 1952 yo fui allendista, y los allendistas en el Liceo de Victoria nos contábamos con los dedos de la mano. En mi pueblo natal obtuvo 45 votos Allende en 1952, en 1964 fueron 1500, pese a todas las dificultades de la campaña en la zona de Cautín, una de las más dominadas por el latifundio. Del Frente del Pueblo a la Unidad Popular hay una línea inquebrantable, ascendente, una corriente impetuosa que lleva a nuevos destinos. “The people go on”, como dice Carl Sandburg. Hace unos meses recuerdo que con amigos poetas saludamos con emoción el hecho de que Pablo Neruda fuera proclamado candidato a la Presidencia por el Partido Comunista, que reconocía al vate como el exponente máximo de sus filas, cristalizador de la inteligencia y la sensibilidad del pueblo. Neruda y luego Salvador Allende son candidatos humanistas, contrapuestos al frío ingeniero que representa la Derecha.



DE “EL PALETA” A “DON JORGE”


Por lo demás, Jorge Alessandri es un político neutro, que no tiene otra imagen que la proporcionada por su fuerte propaganda. En 1958 se le dio un carácter populachero y se le llamaba “El Paleta”, su eslogan era “Se la puede”. Ahora ya no se puede recurrir a esa simpleza y entonces es “Don Jorge”, el hombre austero, el hombre de los “pensamientos” que no son nada más que perogrulladas. Se pretende mostrarlo como un ente arquetípico, “El Padre” o más bien dicho “El Patrón”. Para quienes forjan esta imagen, el pueblo es sólo objeto de menosprecio, una masa que no puede pensar ni bastarse a sí misma, evidentemente menor de entendimiento y de edad. La imagen de la demagogia de derecha en todo el mundo, la de un Oliveira Salazar, el sanguinario dictador “tecnócrata” e “independiente de los partidos políticos”. Justamente al revés de un candidato popular, que es el aglutinante de la lucha que cada trabajador debe dar para mejorar su situación y la del país. La Derecha pide sumisión; la Izquierda, conciencia. La Derecha comete un profundo error psicológico: el arisco solterón de la calle Phillips no puede dar de modo alguno la imagen del “Padre”, y es, además, en esencia “antichileno”. El hombre de la galleta y el agua mineral si ser apolíneo tampoco es dionisíaco: se moriría de indigestión con sólo leer la Epopeya de las comidas y bebidas de Chile de Pablo de Rokha. Es antidionisíaco y antiheroico, no se le puede comparar en absoluto con un Balmaceda, capaz de dar la vida por su causa. Se equivocan además quienes creen en el mito del “alessandrismo”. Arturo Alessandri encarnó los anhelos de la clase media y el pueblo en 1920, pero fue arrojado al desván de la historia cuando se transformó en un “parvenu”. Su sucesor Gustavo Ross (de mucha similitud con Jorge Alessandri) fue derrocado el 38, y Fernando Alessandri en 1946. Los pueblos no se alimentan de mitos y de palabras: Winston Churchill fue derrotado por los laboristas ingleses en 1945 y el mismo De Gaulle tuvo que retirarse a su pacífica aldea. No hay hombres providenciales ni enviados. En este momento la Unidad Popular a través de su candidato cristaliza la evolución histórica del pueblo chileno, que podemos hacer arrancar de 1812 cuando José Miguel Carrera da forma violenta al ideario de la Independencia política en contra de la oligarquía representada por los “Larraínes” (como lo reconoce el propio historiador reaccionario Jaime Eyzaguirre).



COHERENCIA HISTÓRICA

Una línea que va de Carrera a Portales, enemigo del librecambismo –pieza fundamental de la economía liberal y cosmopolita-, y primer prócer que denuncia el peligro del imperialismo estadounidense, y que continúa en Balmaceda, derrocado por intentar recuperar las riquezas nacionales. La Derecha actual quiere adueñarse de estas figuras a las cuales en su tiempo repudió. Muy bien lo dijo Joaquín Edwards Bello: “El Alessandri de 1920 como el Balmaceda de 1891 no fueron gratos a la clase que le hizo una estatua”. Los mismos ataques recibidos por el revolucionario Alessandri del 20 los recibió Allende el 64 y los sigue recibiendo el 70. “La trama peruano-bolchevique” era el titular de El Diario Ilustrado del 31 de agosto de 1920 (ahora cierto magazine denunció “la unidad moscovita”) y el 9 de mayo en el mismo Ilustrado se declaraba: “Alessandri amenaza con la revolución social, la ruina y el trastorno a la usanza rusa”. En los círculos bancarios circulaba la siguiente consigna: “Si quiere guardar la mitad de su fortuna, gaste la otra mitad contra Arturo Alessandri”. Contra cualquier cambio en las estructuras político-sociales ha habido campañas del miedo y muy bien la palpamos en 1964. La experiencia hará, sin duda, que esta campaña sea derrotada en 1970. Contra esto las fuerzas de la Unidad Popular deben apelar a recursos nuevos y audaces. Quiebra del esquematismo de lenguaje que a veces sufren nuestros políticos (en este sentido nos parece que el discurso de Pablo Neruda al recibir la candidatura presidencial fue ejemplar en el sentido de renovación), y quiebra del molde tradicional de las campañas electorales, como es el caso de la reacción de los trabajadores que desenmascaró y redujo a sus verdaderas proporciones al candidato de la Derecha en la provincia de Concepción, tan audaz y profunda como la próxima primavera y con su misma certeza esperamos el triunfo de la Unidad Popular y la quiebra para siempre de uno de los mitos más nefastos para la historia chilena, junto a la reafirmación de tareas ya iniciadas por los Padres de la Patria.










en Plan (n.48), mayo de 1970











domingo 29 de agosto de 2010

Testimonio de mi amistad con Jorge Teillier, de Poli Délano







Nos conocimos en 1954, cuando ambos entramos al Instituto Pedagógico, encontrándonos como los pares que se buscan. Él escribía poesías, yo cuentos, y de pronto estábamos reunidos en alguna sala del campus con otros escritores en germen: Jorge Naranjo, Carlos Santander, Cristian Hunneus. Algo así como un taller sin dirección. Asistíamos juntos a los ramos generales de nuestras carreras y tuve el privilegio de leer algunos de los primeros poemas de Jorge garabateados en sus cuadernos de materias. Muy pronto aparecieron editados en su primer libro Para ángeles y gorriones. También, a veces, nos encontrábamos en reuniones "de célula", de la Jota. Además, frecuentábamos las casas de escritores mayores que nosotros, como Armando Cassígoli y Rubén Azocar, así como la del músico-compositor Roberto Falabella, que convocaba artistas de toda disciplina. Tertulias movidas, peleadas, cantadas y bebidas en las que no faltaban las musas. Fuimos amigos durante todas las épocas y hasta nos encontramos durante los años malos, una vez en México, muchas en Chile, a mi regreso.













"Revista de Libros" de El Mercurio,
Viernes 3 de junio de 2005














jueves 24 de junio de 2010

"Retrato de mi padre, militante comunista", de Jorge Teillier





En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas,
va mi padre en su Dodge 30
por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día,
para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.

Desde hace treinta años
grita “Viva la Reforma Agraria”
o canta “La Internacional”
con su voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución
sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo –su héroe de infancia—
luchaba por Perla White.

Porque su esperanza ha sido hermosa
como ciruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafferte
(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,
cuando al Partido sólo entraban los héroes).

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos
que ha destinado a sus nietos.

Que siga por muchos años
cantando la Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

Que sus días lleguen a ser tranquilos
como una laguna cuando no hay viento,
y se pueda reunir siempre con sus amigos
de cuyas bromas se ríe más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos.

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

















martes 15 de junio de 2010

"De John Keats: Cuando siento miedo de morir", de Armando Roa Vial *






Cuando me asalta el miedo a morir
sin que mi pluma haya enarbolado mis insignes sentimientos,
o sin que el grano reunido por mis versos
se reparta entre el montón de mis libros;
cuando me asomo al rostro estrellado de la noche,
a la anchurosa estela de los símbolos sombríos
y me turba malograr la vida, el no abrazar
su silueta con la mágica mano de un porvenir;
y cuando siento, delicada criatura de un instante,
que nunca más volveré a contemplar tu rostro,
que jamás volveré a deleitarme con el brío
auroral de tu amor; entonces me quedo a solas,
sobre la costa del mundo, barruntando
hasta que el amor y la fama se hundan en la nada.









en Estancias en homenaje a Gregorio Samsa, 2001
[Edición definitiva (2001-2008)]**









* Consigna Armando Roa vial, que las seis primeras líneas de este poema, de Keats, fueron escritas a cuatro manos, en 1996, con Jorge Teillier. Cabe señalar que este poema está ubicado en la sección denominada "Imitaciones y versiones de Gregorio Samsa", del libro de Armando Roa Vial arriba citado.

** Esta edición definitiva pertenece a Ejercicios de filiación, de Armando Roa Vial, publicado en abril de 2010. Este libro agrupa su "obra poética completa, publicada e inédita, escrita entre 1998 y el 2008".