lunes 22 de junio de 2009

"El retorno de Orfeo", de Jorge Teillier




In memoriam de Rosamel del Valle


La sangre blanca de un cerezo
era el anuncio de nuevas puertas.
Te marchaste junto al invierno
que con su lámpara desenreda las raíces
y hace surgir los sueños de los antepasados.
Viajas junto al invierno,
a las ardillas y a los pájaros nevados
que siempre recuerdan tus manos
alimentándolos en los parques transparentes.

La primavera quiso retenerte
para que descifraras una vez más
los jeroglíficos de sus ramas.
La primavera prometía en vano
el naranjo de la infancia en el patio de cemento
o transformaba en viñedo tu copa de vino.
Ya el tiempo había escrito “muerte” con tinta invisible.
Tú leías sus cartas
sabiendo que cada mañana uno debe despedirse de la muerte
diciendo “Hasta mañana”.
“—Tu muerte o mi muerte –decías— serán como el derrumbarse
            fortuito de una lámpara”.
Ahora el invierno ha recogido esa lámpara
y te ilumina en el viaje del retorno
hacia lo más profundo de la noche
“lejos de donde la luz pueda alcanzarte”.








* Poema perteneciente a la segunda parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada “II. Libro de homenajes”. La aquí presentada es su versión definitiva en PARA UN PUEBLO FANTASMA. Existe sin embargo una versión anterior a MUERTES Y MARAVILLAS, rotulada como MC0011159 en la Biblioteca Nacional de Chile, que fue publicada al parecer en un periódico, pero de la que se desconoce su referencia.

* Orfeo (en griego
Ορφέυς) -según Robert Graves en Los mitos griegos- "hijo del rey tracio Eagro y la musa Calíope, fue el poeta y músico más famoso de todos los tiempos. Apolo le regaló una lira y las Musas le enseñaron a tocarla, de tal modo que no sólo encantaba a las fieras, sino que además hacía que los árboles y las rocas se movieran de sus lugares para seguir el sonido de su música". Se unió a los argonautas y se casó con Eurídice, a la que tras su muerte fue a buscar al Averno. Graves relata así este famoso episodio: "Utilizó el pasaje que se abre en Aorno, en Tesprótide, y, a su llegada, no sólo encantó al barquero Caronte, el perro Cerbero y los tres Jueces de los Muertos con su música melancólica, sino que además suspendió por el momento las torturas de los conde-nados; de tal modo ablandó el cruel corazón de Hades que éste concedió su permiso para que Eurídice volviera al mundo supe-rior. Hades puso una sola condición: que Orfeo no mirase hacia atrás hasta que ella estuviera de nuevo bajo la luz del sol. Eurídice siguió a Orfeo por el pasaje oscuro guiada por el son de su lira, y sólo cuando él llegó de nuevo a la luz del día se dio la vuelta para ver si ella lo seguía, con lo que la perdió para siempre". Dioniso envió a las Ménades de Deyo, Macedonia, a que lo mataran desmembrándolo por predicar que Apolo era el más grande de todos los dioses. Su cabeza fue arrojada al río Hebro, la que siguió cantando y flotando hasta la isla de Lesbos.

* Rosamel del Valle (nacido Moisés Filadelfio Gutiérrez Gutiérrez en Curacaví el 13 de noviembre de 1900 y muerto el 22 de septiembre de 1965 en Santiago de Chile) fue poeta, aunque también incursionó en la narrativa. Entre sus poemarios más conocidos se encuentran
Orfeo (1944), El joven olvido (1949), El sol es un pájaro cautivo en el reloj (1963) y Adiós enigma tornasol (publicado póstumamente en 1967). Debe su seudónimo a un amor de juventud, llamada Rosa Amelia del Valle.

* El verso “—Tu muerte o mi muerte –decías— serán como el derrumbarse fortuito de una lámpara” es otra de las citas 'inexactas' a la que nos acostumbra Teillier, que escribe citando de memoria. Éste pertenece al homenajeado Rosamel del Valle y pertenece al libro
El sol es un pájaro cautivo en el reloj, a la página 44. Corresponde, particularmente, a un fragmento de la 'sección' nominada "Entre sus sueños / El troglodita". El fragmento en su completitud dice así: "El mundo es en ti una barca con guirnaldas en la soledad del mar, una danza lejana en la que mis ojos te sostienen entre olas más preocupadas de la música de las profundidades del viento. Tu muerte o mi muerte serán un día como el derrumbe fortuito de una lámpara". (Las negritas son mías).

* El verso final “lejos de donde la luz pueda alcanzarte” es una cita inexacta contenida a manera de epígrafe en el libro El joven olvido, de Rosamel del Valle u que en realidad pertenece a Novalis. La página 11 del citado libre está dedicada a su mujer: "A/ THÉRESE DULAC// 'En lo profundo del seno de la tierra,/ Lejos de donde la luz pueda hallarnos...
' ". (Las negritas son mías). Los versos pertenecen a Los himnos de la noche (1799-1800) y en el original rezan así: "Hinunter in der Erde Schoß,/ Weg aus des Lichtes Reichen/".



Alteraciones históricas detectadas por estrofa:
(En
negritas los cambios -introducción, yuxtaposición, error o supresión- dados entre los distintos libros y la versión original "inédita". Los versos por estrofa están designados como vX, siendo X el número del verso que corresponda.)

Epígrafe: tanto en MC0011159 como en la versión de MUERTES Y MARAVILLAS decía: “Homenaje a Rosamel del Valle ”.

Primera estrofa: en la versión inédita de esta primera estrofa parte en el tercer verso de la versión definitiva: "Te has marchado junto al invierno/ / ese antiguo guerrero/ que con sus lámparas desenreda las raíces/ y hace surgir los sueños de los antepasados./ Viajas junto al invierno/ y a esos pájaros de nieve/ que recuerdan a tus manos alimentándolos en los parques cristalinos/ y saben que siempre/ hay una puerta abierta más allá del fin del mundo". En MUERTES Y MARAVILLAS los últimos cuatro versos eran así: “Viajas junto al invierno/ y a las ardillas los pájaros de nieve/ que siempre recordaban tus manos / alimentándolos en los parques transparentes. // ”.

Segunda estrofa: en la versión primera inédita referida e identificada como MC0011159 esta estrofa decía así: "La primavera en vano quiso retenerte/ para que descifraras los jeroglíficos de sus ramajes./ La primavera prometía en vano el naranjo de la infancia en el patio de cemento,/ y hablaba con el sueño de resurrección de las uvas en los lagares./ Ya el tiempo había escrito “muerte” con tinta invisible./ Solamente tú podías leer esos mensajes./ Sabías que cada mañana hay que despedirse de la muerte diciendo “hasta mañana”./ —"Tu muerte o mi muerte –decías— serán como el derrumbarse fortuito de una lámpara”./ Ahora el invierno ha recogido esa lámpara/ y te ilumina en el viaje/ de regreso a lo más profundo de la noche/ lejos de donde la luz pueda alcanzarte.//. En la versión de MUERTES Y MARAVILLAS el v7 en la versión inicial dice: “Ya el tiempo había escrito “muerte” con su tinta invisible.”. Una leve diferencia se da en el v11 de la primera versión, que comienza diciendo: “Tu muerte...”. El verso final “lejos de donde la luz pueda alcanzarte” está entre comillas en la versión definitiva de PARA UN PUEBLO FANTASMA, en cursivas en la versión de MUERTES Y MARAVILLAS, pero sin marca alguna -acaso por una limitación tipográfica- en su primera publicación intitulada como "Inéditos:" que sin información de procedencia es llamada "El regreso de Orfeo/ homenaje a Rosamel del Valle", ubicable en Referencias críticas de la Biblioteca Nacional de Chile, bajo el identificador MC0011159.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio










martes 2 de junio de 2009

"Epitafio", de Charles Cros





Aquí yacen los mensajeros del rey,
leones del mar de la Patagonia.
Dios los condujo desde la Cruz del Sur a la Estrella Polar
por el camino del contra sentido.
Ellos no hicieron nada como nadie
porque ellos murieron al revés,
como los hombres del Ponant antaño,
cuando partían a morir al Cabo de Hornos.
Ellos no tenían nada que hacer aquí,
no más que los marinos de allá lejos,
sino encontrarle un sentido a la vida.
Porque no es necesario ser un hombre,
para descubrir al fin, moribundo,
dónde se encuentra la Patagonia.










Traducción de Jorge Teillier






en La invención de Chile, de Armando Roa Vial y Jorge Teillier, 1994.








miércoles 13 de mayo de 2009

"Materias y ensueños en la poesía de Jorge Teillier", de Guillermo Quiñones





Jorge Teillier nació en el pueblo de Lautaro, allí en plena región de la Frontera en Chile, es decir, en la zona que durante más de tres siglos fuera el límite entre españoles y aborígenes, entre el poder imperial invasor y nuestros mapuches primitivos e independientes, en la zona hasta hace sólo un siglo [1] de pugnas y fricciones entre dominadores y un pueblo indómito que no se dejaba avasallar.

En este medio en el que también se mantienen todavía reminiscencias de campamento, de Far West o de un mundo elemental y pionero, como tan vívidamente lo ha evocado Neruda en sus Memorias, transcurren la infancia y la adolescencia de Teillier. Acotemos que esta región casi recién nacida a la vida chilena, con ciudades fundadas o refundadas a fines de siglo pasado, ha sido, sin embargo, pródiga para nuestra poesía. Quizás Neruda, “desbordando el mundo igual que los inviernos” [2], haya hecho olvidar un poco que de la Frontera proceden Diego Dublé Urrutia, Juvencio Valle, Teófilo Cid, Aldo Torres Púa, Jorge Jobet, Pablo Guíñez, Miguel Arteche, Floridor Pérez y Omar Lara, entre otros significativos poetas chilenos.

Nacido en 1935 y con su primer libro publicado en 1956, Jorge Teiilier pertenece, cronológicamente, a la “Generación del 50”. Debemos dejar en claro que a nuestro poeta no le agrada la pertenencia a tal grupo, particularmente por su tendencia al cosmopolitismo, “su desarraigo, su falta de sentido histórico, su egoismo pequeño burgués” [3]. Sin embargo, a treinta años de su aparición y cuando se pierde a la distancia su efímero auge, ya se puede decantar con alguna claridad cuánto hubo de valor real y cuánto de propaganda o éxito pasajero en la llamada “Generación del 50”. Sin lugar a dudas, dicho grupo no es homogéneo y en él, creemos, no es difícil -aunque no lo hemos visto señalar por ningún crítico- visualizar tres corrientes que reflejaron las tres tendencias que se iban consolidando en el conflictivo período de lucha de clases que se desarrolla en Chile después de la Segunda Guerra Mundial: una tendencia aristocratizante, una ideología centrista y conciliadora, de raíz cristiana y una posición que se identificaba con nuestra realidad, nuestro pueblo y sus luchas. Como no deseamos que este problema nos distraiga de nuestro tema central, solamente nos limitaremos a anotar aquí que la mayoría de los poetas que cronológicamente corresponden al “50”, tienen un acento vernáculo, en contra de la sofisticación, la extravagancia y la visión de mundo decadente que explotó hábilmente Enrique Lafourcade, escritor con el cual se tiende a identificar a la “Generación del 50”. Piénsese, por ejemplo, en poetas como Alfonso Alcalde (1921), Raúl Rivera (1926), Pablo Guiñez (1929), Efraín Barquero (1931), Sergio Hernández (1932) o Rolando Cárdenas (1933)... Todos ellos tienen insoslayables vínculos, conscientes y subconscientes, a menudo mágicos, con nuestra naturaleza y nuestro pueblo. Por consiguiente -y además por otras razones- corresponde ubicar a Teillier en el grupo de los poetas “del 50”.

Su tiempo y su espacio -su infancia y adolecencia transcurridos en el período de la Guerra Fría y en la región de la Frontera -determinan poderosa aunque soterradamente la poesía de Teillier.

Un inventario cualquiera, ligero o acucioso, de las materias que pueblan su poesía dará un resultado parecido a éste: terrones, hierbas, árboles, un huerto, hongos, nidos, castillos de madera, la reja de fierro, un caballo perdido, el pozo, la leña, la casa natal, patios innumerables, espejos, el olor a café en el molinillo de la tía solterona, la banda en la plaza, el tren que se aleja de la antigua estación... Es decir, se trata del mundo de la aldea. Materias y ámbitos provenientes de los pequeños poblados nutren la poesía de Teillier. Su origen, su temperamento y su visión de mundo han arraigado en él ese respeto y esa identificación con la naturaleza que le permiten concluir con admirable naturalidad que “un día llegaremos a ser árbol”. Igualmente una sabiduría antigua, heredada de sus antecesores poéticos -Francis James, Milosz, Alain Fournier, Rene Guy Cadou, Antonio Machado, “hermano mayor mal vestido y triste”, y los chilenos Teófilo Cid y Juvencio Valle-, le han inculcado esa comunión con su tierra natal y le otorgan esa capacidad de decir y predecir a su pueblo, cuyo destino puede “leer en la palma de sus calles”.

Rural y sureña, la poesía de Teillier es también expresión del doloroso sino de la aldea chilena del sur y, en verdad, de toda Latinoamérica durante el presente siglo, cual es el éxodo, el desarraigo. Año tras año, generación tras generación, las aldeas latinoamericanas van viendo reducirse su población por el éxodo, especialmente de sus jóvenes que emigran a las ciudades grandes en busca de fuentes de trabajo o estudios y posibles o aparentes mejores condiciones de vida. Releyendo a este poeta de los lares, se vive entonces el conflicto del provinciano, quien, desde el universo elemental y agreste de la aldea, es trasplantado a la “costra de cemento” y artificio de la ciudad. Su inadaptación y su anhelo de una vida sencilla, inmemorial, lo persiguen:

“Como de costumbre volveré a la ciudad
Escuchando un perdido rechinar de carretas
Y soñaré techos de zinc y cercos de madera
Mientras gasto mis codos en todos los mesones.”

Su arraigo telúrico y su repulsa a la ciudad “enferma de smog” conllevan otra variante -la más visible y reiterada-: el sueño poético del retorno hacia el mundo lejano de la infancia. Alguna vez en revista Trilce, explicó Teillier que para él “la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo”. Efectivamente, desandando años y distancias, camino al ayer, esta poesía rescata el mundo irrecuperable de la infancia, y resulta casi increíble cómo este poeta es capaz de descubrir y redescubrir matices (fugaces matices sobre todo), un mundo mágico de inagotable poesía en los estrechos -¿o inconmensurables?- lindes de la infancia y la provincia. Su homenaje al dibujante chileno “Coré” es un poema que suscribiríamos, que suscribirían “en el fondo de la casa sin muros del recuerdo”, todos los ojos que alguna vez se posaron en las páginas de El Peneca, semanario de un tiempo cuando la manipulación ideológica del niño a través de las revistas infantiles no aparecía todavía tan evidente.

Pero no tan sólo infancia. El poeta que aprendió con Alain Fournier el secreto de encender “para siempre las estrellas de la adolescencia”, posee un tono, un hálito expresivo que trasunta una espiritualidad joven -íbamos a escribir juvenil, cuando un duende precavido nos advirtió que Teillier ya cumple los cincuenta, aunque nos cueste aceptarlo. Quizás ese dejo adolescente se desprende un poco de esa suerte de “tierna indiferencia”, de la fragilidad de los vínculos o de cierta tendencia contemplativa y autocontemplativa: el poeta se busca a menudo en los espejos, en los antepasados y en el correr de los años. Tampoco podemos olvidar aquí la poderosa influencia que ejerció el existencialismo sobre los escritores “del 50” y que, en alguna medida, contribuye a esa visión de mundo en que las cosas se repiten o se trastocan, en la que abrimos los brazos “para abrazar el vacío” y, por sobre todo, esa obsesiva convicción de que nuestras existencias no son más que una brizna dentro de “ese río silencioso”...

La lucha contra el tiempo enemigo, contra “la reja que no se volverá a abrir”, cubre toda la poesía de Teillier, quien alguna vez, explicando la simbología de los trenes como la expresión de la fragmentación implacable del tiempo de la aldea, ha confesado: “Alguna vez correrá un último tren, pensaba yo, cuál será ese último tren, así como tantas veces pienso, quién pronunciará por última vez mi nombre, quién leerá por última vez un poema mío”. En esa lucha, el poeta posee una aliada íntima, la llave que “une la memoria con el olvido”. Esta llave o varita de la intemporalidad le permite descubrir que “el loro de John Silver envidia mi cerveza” y es también vínculo con viejos rituales de solidaridad elemental:

“Habla con los vagabundos
y devuélveles el vaso de vino
que un día uno de ellos
le dio a tu antepasado el pastor
antes que existieran los cotos de caza.”

Este retorno a la “edad de oro” y esta brega contra el tiempo revelan todavía otras dos hebras distintas de la urdimbre espiritual que subyace tras de esta poesía.

Una de dichas hebras es esa especie de halo mágico que hace que esta poesía enraizada en la aldea y la infancia trascienda lo cotidiano y sea capaz de revelar contornos imperceptibles, matices prodigiosos de la realidad oculta. Este poder de descubrir lo inusual, lo maravilloso o el encanto escondido en la cotidianidad, reside en la peculiar forma de imaginar y soñar el mundo, y expresarlo, “removiendo la dura corteza de las apariencias” en imágenes al mismo tiempo tenues y densas de emotividad, de interiorización y de naturalidad. La realidad secreta surge entonces -ponemos algunos ejemplos- como ese paisaje de Marc Chagall “que suena con nosotros” o aquella taberna “cuyas puertas siempre abiertas no sirven para salir” o, en fin, descubrir que “la felicidad no es sino un leve deslizarse de remos sobre el agua”.

La otra hebra del tejido espiritual que trasunta esta poesía reside en los anhelos de sosiego, reposo y paz. Al igual que en Teófilo Cid, resuena en los oídos de Teillier “como el mar en los caracoles / el rumor de la casa natal”. Los ensueños de la casa, tan frecuentes en esta poesía, conllevan siempre una connotación lírica: el huerto y el árbol familiar que prestan amparo, el fondo del patio de la casa paterna (donde se conjugan la seguridad y la aventura), la mesa maternal o la morada familiar, recomponen un mundo grato, apacible, seguro. Parte sustancial de este mundo es la casa de madera. Siempre la casa ha de ser de madera: ella nos vincula al bosque, sus aromas y sus trinos y restaura, en alguna medida, una intimidad plácida y libre. Libertad y placidez enlazadas. El yo y el universo armónicamente enlazados, como en el recuerdo de la lejana infancia rural y desformalizada de la Frontera.

Este anhelo de paz y recogimiento recorre soterradamente los ocho libros de poesía de Teillier y se refleja en su nostalgia “de lo que no nos ha pasado, pero debiera de pasarnos”, en la persistencia de vivencias tenues, sutiles y en su suave hálito expresivo, pues “la poesía / es un respirar en paz”. Otras veces, como ocurre con las reiteradas imágenes del sueño, la ansiedad de un mundo plácido es más ostensible. Seguramente, el poema más divulgado de Teillier es “Retrato de mi padre, Militante Comunista”, poema en el que, como retribución a la lucha y a la esperanza revolucionaria, se formulan dos anhelos: el advenimiento de la revolución y que los días del padre “lleguen a ser tranquilos / como una laguna cuando no hay viento” ... “en el silencio interminable de los campos”.

Con la honestidad consustancial a un poeta que ha entregado su vida a la poesía “con la paciencia del guardavía / con la persistencia de la zarzamora”, Teillier ha confesado en el artículo ya citado sus limitaciones temperamentales respecto a la poesía social y cómo el no poder escribirla le “creaba un sentimiento de culpa que aún suele perseguirme”. Por ello, no puede pasar desapercibido que en su creación poética posterior a 1973, diferentes símbolos o signos de indicio nos remiten el drama que en estos años vive Chile. Es verdad que con el correr de los años, el poeta ha acentuado o ha hecho más ostensible el tono autobiográfico de su poesía, esas pequeñas confesiones como “la noche es mi mejor amiga” o “es mejor morir de vino que de tedio”. Pero es igualmente efectivo que la compulsiva situación del Chile de hoy determina que una poesía sincera -en la que más de una vez asoman las “sombras de los amigos muertos”-, diga en tono desacostumbrado que “el único país donde me siento extranjero es mi país” o que “vivo en un tiempo en que mandan los padrastros”. De rico subtexto, el poema “En el Mes de los Zorros” nos habla de “esa calle que ahora los ancianos vigilan airados, / porque no pueden extirpar la zarza de ardientes raíces”, y evocando una vez cuando se abrió “una ventana por donde no entra la noche”, se nos insta a escuchar por siempre “a los bosques secretos / predicando libertad con cada una de sus hojas” y se vislumbra premonitoriamente el hundimiento de los ancianos airados “en un pozo que el cielo no conoce”.

Hecha de materias terrestres y de ensueños, de Sur, lucidez y ebriedad, esta poesía es un doble retorno a la aldea y a la infancia, un suave y tierno retorno a la tierra y al corazón humano.







en Araucaria de Chile, N.31, 1985





NOTAS

[1] Sólo en 1881 logra el gobierno de Chile la llamada “pacificación de la Araucanía, es decir, el sometimiento del pueblo mapuche mediante una planificada campaña militar, la erradicación y el despojo.
[2] Las citas de este trabajo están tomadas de Jorge Teillier, Para un Pueblo Fantasma. Ed. Universitaria, Valparaíso, 1978.
[3] Otras citas proceden del artículo que Jorge Teillier tituló “Sobre el Mundo Donde Verdaderamente Habito o La Experiencia Poética”, publicado en revista TRILCE, Nº 14, 1968.












miércoles 29 de abril de 2009

Entrevista a Jorge Teillier por Vicente Parrini





Se trata de un poeta que nació frente al molino Grobs en Lautaro un 24 de junio de 1935 (día en que se nos fue Carlitos Gardel) y que hoy vive junto al molino de El Ingenio, cerca de La Ligua, en los mismos paisajes que asoló la temible Quintrala. De un hombre que ha publicado 9 libros de poemas (desde Para Ángeles y Gorriones -1956- hasta Cartas Para Reinas de Otras Primaveras - 1985-) adscrito a un sentido de la poesía que denominó “lárico” y que postula un “tiempo de arraigo”, donde lo que importa no es sólo lo estético, sino la creación del mito, de “un espacio y tiempo que trascienda lo cotidiano, utilizando lo cotidiano”. Se trata de un muchacho que no baila ni hace gimnasia y, al igual que Jack Kerouac, prefiere escribir un poema a llamar por teléfono. Se trata de un hombre extraño, vagabundo, que suele reírse de los demás como de sí mismo y promete suicidarse el 24 de junio o el 11 de diciembre, día en que nació Carlos Gardel.

Son las 10 de la noche de un viernes Primero de Mayo y sólo se escucha el agua del río que corre junto al molino. A unos metros, en el interior de una casa de inquilinos, habita Jorge Teillier Sandoval, uno de los más notables poetas chilenos. Acompañado de los 14 gatos de Cristina, su tercera mujer, y el vino -su más fiel compañero-, vaga, como a él le gusta, en este exilio auto-impuesto luego de largos años de permanencia en la capital, donde llegó una tarde cualquiera para estudiar Historia y Geografía en el Instituto Pedagógico.

Jorge Teillier vive solo (“pero no desvinculado”), rodeado de cerros que parecen venir cerrándose sobre el paisaje de La Ligua, y mantiene extrañas conversaciones con su gato Pedro, un interlocutor que no inoportuna con frases solemnes. El poeta como siempre crea su propio espacio, su tiempo secreto, su relación mágica con el entorno. El poeta sigue siendo un niño que ríe iluminado, imprevisible, que cuenta historias de sus antepasados, del sur en La Frontera, de sus amigos poetas del bar La Unión Chica...

Teillier está cansado, es un poco tarde para preguntas, pero de todas formas comulga con nosotros, así entre silencio y silencio, un cuento, una sonrisa, un poco de esperanza... Como a él le gusta.

¿Por qué escribes poesía?
T
e podría contestar como el poeta “silbo porque tengo miedo de entrar al cementerio”... Sé que escribo versos nada más. Pero lo malo es que a veces no trabajo en la poesía. Según la gente yo no quiero a nadie y eso es malo también... me quiero demasiado a mí mismo. No me quiero porque me autodestruyo, pero autodestruirse es quererse tanto que no soportas al prójimo... Acá en Chile toda la gente anda con cara de puñete, como decía mi amigo el “chico” Molina...

¿Estás dispuesto a dar algún consejo?
Yo no soy del Ejército de Salvación y no tengo ningún mensaje que darle a nadie, ni consejos. No me interesa ni la religión, ni la política, salvo como referencias culturales... (Silencio), pero rezo de vez en cuando... Es como recordar un poema hermoso, es tener fe en los antepasados, en el mensaje de 2000 años.

Cuándo rezas, ¿pides algo para ti o para los demás?
Rezo sin pedir nada para mí ni para nadie... Los dictadores quieren que todos sean como ellos, que todos sean buenos alumnos, son como los rectores de liceo, pero con más poder, por supuesto. Tienen poder de vida o de muerte. En el fondo toda persona que quiere tener poder está perdida... El poder llega solo, sin que tú lo pidas, porque es una gracia.

¿Y los poetas aspiran al poder?
Por supuesto... la mayor parte. Neruda, De Rokha, Huidobro, nuestros maestros, aspiraban al poder. Todos querían ser profetas y no se daban cuenta que hay que estar solitarios... Como decía Baudelaire, “le tengo un miedo de perro a todo aquel que me imite o me lea”. A él le interesaban las putas y las adolescentes, nada más.

¿De qué otra forma se expresa ese afán de poder que tú señalas?
Tenían su tribu, sus seguidores, se odiaban entre ellos en vez de amarse a sí mismos como dice El Evangelio. En el fondo eran dictadores. Claro -agrega sonriendo- que eran dictadores intelectuales: cuando oían hablar de la pistola, como Goering, el jefe de la fuerza aérea del Tercer Reich... Pero, en todo caso, no creo que eso sea malo... todos eran buenas personas.

¿Qué recuerdos tienes de Pablo de Rokha?
De Rokha quería ser único y eso no puede ser, porque el único es mi gato Pedro. Claro que escribió de nuevo la historia de Jesucristo. Tiene una frase muy buena que dice: “Jesucristo marchaba por el Gólgota con la cruz a cuestas sudando como roto chileno”... Es una maravilla que no se le ocurre a nadie.

Y si no el poder, ¿cuál es el principal anhelo de Jorge Teillier?
Jorge Teillier aspira al anonimato más absoluto. Lo único que quiere es tener casa y dinero y publicar cien ejemplares para regalar a los amigos. No me interesa hablar de poesía, prefiero conversar con Marchant -rondín del fundo El Ingenio- o el jardinero... Aprendo más y me aburro menos...

Me da la impresión que tú quieres desaparecer detrás de tu obra poética...
Claro. No me interesa ser personaje, porque cuando te ven así, tu poesía pasa a segundo plano. Por eso me agrada ir al bar de “Don Rocha” en La Ligua. No me interesa si escribes o no escribes. En cambio ser poeta en serio es una responsabilidad.

¿Cuál sería entonces la responsabilidad de un poeta?
Desarrollarse como persona y ser testigo de algo, dar un testimonio que alguien en el mundo pueda recibirlo. Pero tú no escribes para ellos... sino para los que se te parecen y no sabes quienes son. Yo soy un solitario como Rilke. Estar con gente, ser un personaje público me da asco.

Algunos críticos te han llamado “el último de los románticos” y otros “el último de los malditos”.
Lo de maldito es un slogan que me han puesto. Soy un tipo tranquilo de casa, no tengo nada en contra... de casi nadie. Tal vez me relacionan por el trago y porque soy un marginal en el sentido de que no me interesa que me vaya bien con la poesía. Poesía es espíritu. Los poetas verdaderos, entre comillas, escriben para tener figuración y eso a mi no me interesa en absoluto, si me llega me llega. La poesía no es una carrera: eso queda para la hípica...

¿En qué se diferencian los poetas del resto de las personas?
¿De quiénes, por ejemplo?

De los panaderos, por ejemplo...
En nada. Efraín Barquero era panadero y poeta y Santos Chávez era pintor y panadero... Tal vez se diferencian en que se creen distintos y no lo son, eso es todo. Claro que los poetas tienen otras necesidades a los seres corrientes. Necesitan ocio, plata, regalos, mujeres que no molesten, tranquilidad. Quieren tener la vida asegurada y eso no quiere decir que no trabajen. “Orden, lujo y voluptuosidad”, como decía Baudelaire. En todo caso yo no tengo ninguna de las tres cosas, ni tampoco las tendré... son puras aspiraciones no más.

¿Por qué necesitan el orden?
La poesía, por ejemplo, estoy escribiendo mis obras completas y no puedo tener horario fijo... que la gente que me rodea también esté ordenada, me gusta mucho eso.

¿A la gente en Chile le interesa realmente la poesía?
No mucho, pero le tienen respeto. Es un sentimiento ambivalente: creen que los poetas son locos, fracasados o extravagantes, pero además piensan que el país ha ganado prestigio con sus poetas. Claro que si tú dices que eres poeta te miran con sospecha... En este pueblo, La Ligua, por ejemplo, hay una vieja tradición de analfabetismo: el primer periódico se fundó en 1882 y ahora no existe ninguno. Pero bueno... en realidad, ¿para qué van a saber leer? En todo caso a mí me confunden con vendedor viajero, incluso me han creído representante de la Coca-Cola. Además este pueblo no me gusta porque no tiene poeta, y un pueblo sin poeta no es un pueblo.

¿Cuál es el poeta de Lautaro?
Todos los lautarinos son poetas excepto los afuerinos, los extranjeros.

Me contabas que hay un regimiento con más de 1000 hombres en Lautaro... tal vez se pueda encontrar algunos poetas...
En el regimiento no hay poetas... hay puras gargantas no más, como decía mi amigo Lisandro Paulsen, que en paz descanse. Era productor de vino y vendía 70 mil litros al mes. Un día supo que a lo mejor trasladaban el regimiento de Lautaro a Curacautín por razones estratégicas: ¡Qué desastre!, se quejaba, si los militares se van voy a tener 1500 gargantas menos... Era pinochetista, pero le importaban un pepino la doctrina de la seguridad nacional y todo eso. Sólo los veía como gargantas.

En tus poemas aparece en forma recurrente la imagen del molino, en especial aquel frente al cual naciste en Lautaro y que después se incendió...
Ese fue un incendio memorable (un espectáculo grandioso)... Cuando se quemó el molino Grobs frente al cual nací, la gente corría detrás de los carros, corrían a buscar trigo tostado, las mujeres de los bomberos lloraban pensando que sus maridos no iban a volver... A mi primo Osvaldo le gustaban mucho los incendios y era bombero. Nos pedía que lo despertáramos cuando empezara uno en el pueblo. En una ocasión le avisamos y preguntó a cuantas cuadras quedaba. Cuando supo que eran ocho, siguió durmiendo... Aquella noche se quemó la mitad del pueblo porque corría viento y las chispas volaron. Mi primo Osvaldo tuvo que arrancar en pijama a la calle, ya que las llamas llegaron hasta nuestra casa.

Tu padre también fue bombero...
Sí, mucho tiempo, pero después lo echaron cuando salió la ley de defensa de la democracia, en tiempos de Videla, le prohibieron a todos los comunistas ser bomberos... También tuve un tío que era maquinista en la ciudad de Victoria. En la locomotora tenía la foto de su mujer y en su casa la foto de su locomotora. Era comunista como mi padre. Además era despreciado por una parte de su familia, porque se había casado con la muchacha que vendía avellanas frente al teatro del pueblo... Recuerdo a otro tío que fue héroe de la Primera Guerra Mundial en la Legión Extranjera y una frase que siempre usaba con placer: “Suicídate, no te vas a arrepentir”, decía muy serio cuando quería levantar el ánimo...

A esta altura de los recuerdos la conversación se interrumpe cuando vuelve la luz a la casa de El Ingenio, que permaneció a oscuras durante un rato por la caída de unas torres en la Quinta Región. Teillier comenta que prefiere los incendios a la dinamita y apaga la vela que había encendido ante la emergencia. Ha llegado Marchant a entregarle su correspondencia. La madre (que vive exiliada junto a su padre en Sucia) ha escrito una carta y Jorge Teillier un poco triste la lee silencioso.

¿Te agrada recibir cartas?
No mucho porque hay que contestarlas, tengo 92 cartas por contestar...

¿Y escribir cartas?
Sí, pero en La Ligua las deposito en el basurero en vez de echarlas al buzón: tienen el mismo color y la misma forma.

Se puede recurrir al teléfono...
Como decía Jack Kerouac: “si te dan ganas de hablar por teléfono mejor escribe un poema”...

Otra posibilidad es vivir de los recuerdos...
No. Considerando a toda la gente a la que debo plata más vale que me olvide. En todo caso no tengo mala memoria, más bien buena. Aunque sea la inteligencia de los tontos, es fundamental para un poeta tener buena memoria.










en revista Kritica, octubre de 1987.















martes 31 de marzo de 2009

"Carta de Chile", de Jorge Teillier




A Nemesio Antúnez in memoriam

Abro un sobre de luto.
Carta llegada de Chile.
Y encuentro una cama de bronce
vigilada de amarillo
y de sábanas azules
azul velamen
para volar en el azul.

Gracias a usted Nemesio
Harpo Marx
toca su arpa inmortal
en los barrotes amarillos.

Sabíamos
que la cama donde nos desposamos con el sueño
es el mejor medio de transporte
y usted lo ha conseguido.
Usted ha demostrado
un blanco que vive a mano izquierda
para que nunca más las derechas
tengan derecho
a quitarnos la increíble transparencia
de un mundo que nos enviaba cartas
que nunca necesitaban un franqueo.









Publicado en el libro EN EL MUDO CORAZÓN DEL BOSQUE, 1997.





* Nemesio Antúnez Zañartu (nacido el 4 de mayo de 1918 en Santiago de Chile y muerto en la misma ciudad el 19 de mayo de 1993) fue un destacado pintor y grabador, además de un reconocido docente y director del Museo de Bellas Artes durante dos períodos distintos. También fundó el Taller 99. (Aquí 4 obras: "Cama multiplicada" (1985); "Tanguería Valparaíso" (1985); "Todos los colores" (1984); "La Moneda ardiendo" (1974).

* Harpo Marx (nacido Adolph Marx el 23 de noviembre de 1888 en New York City y muerto en Los Ángeles el 28 de septiembre de 1964, todo lo anterior en Estados Unidos) fue un famoso actor de películas cómicas y fue parte de los míticos Hermanos Marx. Su caracterización consistía en el uso de una peluca naranja y una gabardina, aunque su principal rasgo era hacer el papel de mudo. Además tocaba el arpa tanto en su cotidianeidad como en la pantalla. Murió tras una operación cardíaca en el que se puso un bypass que luego presentó un mal funcionamiento.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio









miércoles 25 de marzo de 2009

Teillier Stencil







Stencil de Jorge Teillier

Fotografía de Julia Toro
Stencil por Julio Narbona, Mateo Goycolea y Aldo Garrido
Valparaíso - Santiago


en juliatoro.blogspot.com




2009









viernes 6 de marzo de 2009

"Retratos de Jorge Teillier, de Patricia García Villarroel", de Lorenzo Peirano





Como la vida de Teillier, así pretende ser esta publicación que conjuga casi 300 fotografías de la existencia del poeta y palabras de sus versos y de sus cercanos. Es un "libro vivaracho, de familia, de amigos, de otros poetas, sus contemporáneos, y de poesía en palabras de Jorge Teillier", asegura Armando Uribe en el prólogo.

Hace años el poeta Jorge Teillier, en San Pascual, hojeaba extasiado un libro de fotografias de Dylan Thomas. Si mal no recuerdo, en aquella casa había muchos libros de aquella índole. Hermosos libros que Teillier compartía con su compañera, la escultora Cristina Wenke. Libros que enseñaban perfectos rostros etíopes, o increíbles fotografías de "La Madonna della Scala", de Michelangelo. A Teillier, según me dicta la memoria, no le disgustaba ser fotografiado. En 1992, Dannys McNally publicó una biografia de Jack Kerouac; biografía muy comentada por "la Cofradía" en aquel tiempo. El material gráfico de aquel libro: las figuras de Neal Cassady, Allen Ginsberg, William Burroughs y el mismo Jack Kerouac, dejaron huella. Sabido es que Teillier adivinó en el destino del escritor Beat por excelencia, su propio destino.

Y ahora, al conmemorarse los diez años de la muerte del poeta, han ocurrido muchas cosas. Porque Jorge Teillier es tal vez el poeta chileno más admirado y (verdaderamente) leído de nuestros días. De todo lo que ha ocurrido, quiero referirme a un libro que permanecerá como belleza dentro de la belleza. Ya que este libro es una magnífica obra de fotografía y de recopilación de testimonios.


Reminiscencias de felicidad

La "intención" de Patricia García Villarroel era que "imagen y palabra, como en un mosaico, fueran develando la vida, la personalidad y la atmósfera que rodeaba al poeta y también a una generación, la suya". Testimonios de la familia Teillier, nostálgicas fotografias de gente recién llegada de Europa; imágenes del poeta cuando niño; testimonios también de quienes le conocieron: Poli Délano, Ariel Peralta, Juan Cristóbal, Vicente Parrini, Armando Roa Vial y Francisco Véjar, entre otros, dan vida a este volumen. Pero al decir "testimonios", digo, quiero decir, "fotografias", por sobre todo. En esencia, fotografías perfectamente destinadas en el libro (impreso en papel couché de 130 gr) que, como era el deseo de Patricia García -repito- "formaran un mosaico", un cuerpo que al ser recorrido insinuara sensaciones (gratas sensaciones) de fragmentación, asimetría y complejidad. Y esto ha sido plenamente logrado.

Ahora, la pregunta sería: ¿Se trata de un libro de fotografias de autor o de registro familiar y de amistades? Primordialmente, según mi parecer, sería una mezcla, una "intencionalidad", una agradable confusión. Sin duda, las fotografías de Paz Errázuriz, Beltrán Mena, Álvaro Hoppe, Ilonka Csillag, Gabriel Barra, Julia Toro, Raúl Álvarez Vásquez, Patricia García (quien ha demostrado una generosidad ejemplar), Leonora Vicuña y Beatriz Ortiz de Zárate, son de autor. Destaco, en este sentido, el retrato realizado por Beatriz a los hermanos Teillier (Jorge e Iván). La expresión de sus rostros corresponden a las verdaderas expresiones que sobrevivieron a través de los años. No está de más hablar de la suave luz colada y de la enredadera que se desliza por la pared de la casa familiar de Lautaro, detalles de una mañana soleada de verano, o más bien, reminiscencias de felicidad. Porque éste es "un libro feliz", como escribió en el prólogo el Premio Nacional, Armando Uribe.

Pero es un libro que también nació de la separación, del fin de una dichosa etapa. "Retratos de Jorge Teillier", comienza a gestarse en 1997. Patricia García, quien vivió durante diez años con Sebastián, hijo del poeta, recuerda que a Teillier "lo rodeaba una atmósfera mágica". Entre ellos surgió la amistad y el respeto. Amistad y respeto que, con el paso del tiempo, se extendió a la familia Teillier (cuya participación ha sido imprescindible en el libro). Desde el inicio de este trabajo, que con su opaco blanco y negro nos permite percibir las sombras y matices de las calles de Victoria, y el impresionante puente ferroviario de Traiguén en sus distintas etapas, fotografiado por el legendario Georges Teillier Pannelier, uno puede imaginar cómo se empieza a hilar la aventura, el encanto de aquella Frontera que, posteriormente, plasmaría en magníficos versos su nieto, el poeta Jorge Teillier.

De manera especial (por sus méritos artísticos y su calidad humana, al compartir este libro álbum con sus pares) destaco las imágenes de Patricia García. Menciono, en primer lugar, aquella "clásica" fotografía en la que aparecen los hermanos Teillier junto a Rolando Cárdenas, en noviembre de 1987, esperando, en el aeropuerto, el regreso de Fernando Teillier, el padre ausente por catorce años. Asimismo, destaco la serie "Teillier con gansos", fotografías tomadas en El Molino del Ingenio, en 1989.


Una vara necesaria

Con la colaboración de Andrea Goic en el diseño, y de Miguel Ruiz en la edición de los textos, Patricia García Villaroel "fraguó" este recuerdo inspirado en la "alegría perenne que da el ruiseñor de Keats". "Cuántas veces me he sentido casi enamorado de la muerte aquietadora", escribió el poeta inglés; tal como había sentido Rilke; tal como sintió Jorge Teillier.

Retratos de Jorge Teillier es un libro de imagen y palabra que merece la mayor atención. Hay en él seriedad, respuestas y delicadeza; coloca una vara que era necesaria.










en El Mercurio, 3 de septiembre de 2006.