viernes, 15 de febrero de 2008

"No vi su rostro muerto", de Lorenzo Peirano




Ya han pasado más de cuatro años... cuatro años que uno no logra asimilar. Jorge Teillier murió ayer o quizás hoy día. Su entierro en La Ligua aún se lleva a cabo: alumbra un sol humosamente claro, como neón de funeraria; una banda, por otros motivos, toca cerca de la iglesia; los escritores se saludan; hay evocaciones y lecturas de los poemas del amigo muerto. En la entrada del cementerio recitan "El poeta de este mundo" y hablan en nombre de "La Unión Chica", desde la tragedia de Edgar Allan Poe y Teófilo Cid, Miguel Serrano pronuncia palabras entrañables: "Tu hermana muerta permanece en ti, y por eso ahora no estás solo, y ella te enseñará el camino de la patria mágica"; luego cantan "Un desconocido silba en el bosque", mientras la urna va camino hacia la tumba.

Sin embargo, junto a ese "ahora" doloroso que es recuerdo, existen otros recuerdos: Santiago, una tarde de verano, una pieza vieja en la penumbra (escapamos del calor) a la que llamamos living; Jorge Teillier dice: La vida es trabajo; enseguida busca entre sus papeles, comentando: No me acuerdo cómo es (se refiere a un poema reciente); lo escribí en un bar; al fin comienza a leer: Esto ocurre en un bar-restorán en el barrio oriente. La garzona me dice que si soy de verdad Jorge Teillier, mientras abre una botella de vino blanco, el más barato. Yo le digo que sí lo soy, y le regalo un cuarteto de Apollinaire sin firmarlo, escrito en una servilleta. Ella me dice "estudié literatura y conozco a Apollinaire, pero usted me gusta más que Apollinaire". Perdón, Guillermo, yo digo ahora. Tú sabes que eres mucho mejor que yo. Esto pasó en Santiago de Chile. Blaise Cendrars también creía que tú eras mejor que él. Después fui a tomar el metro, los ciegos cantaban peor que nunca; pero me di cuenta de que la poesía existe y dije "Guillaume, recuerda, el otoño es nuestro". Terminada la lectura, Teillier sonríe con timidez y agrega: Es un poema cómico, anecdótico; es como una página de diario; lo escribí inmediatamente; después lo voy a cambiar, por supuesto; pero la anécdota es verdadera. Y comprendo entonces que esta tristeza y esta nostalgia forman parte de un "claroscuro" que otro poeta y hermano me ha enseñado. Porque, ya lo sabemos, Jorge Teillier no llegaba, sino que aparecía.

Nuevamente estoy en la iglesia; me encamino hacia el ataúd (Pero una banda de músicos ebrios / nos guía hacia circos pobres / para que hallemos a todos los amigos), me encamino hacia su rostro seguramente ya distinto; me encamino y me detengo; no veré su rostro muerto; es imposible todo esto. ¿Qué han visto los que han mirado a través del vidrio de esa urna? (Yo me invito a entrar / a la casa del vino / cuyas puertas siempre abiertas / no sirven para salir). Quiero hablar del hombre vivo; recuerdo los años ochenta, cuando algunos sostenían que Teillier era un poeta en decadencia, casi un personaje. Pero el poeta de Lautaro, el niño que a campo traviesa / va hacia la casa de los vecinos / con un ganso bajo el brazo / bajo la luna espiada por cohetes / en la que no se verán ya nunca más / la Virgen, San José y el niño, el hombre tranquilo que todo lo sabía, se encontraba en un "plano de existencia - aquí y ahora, como diría Armando Uribe- superior". En aquellos días colaboraba en revistas y folletos; cosas que editaba la gente joven. En los noventa empezó un reconocimiento más "efectivo" (en el mundo práctico): traducciones de sus poemas al inglés, antologías y una candidatura al Premio Nacional: Me interesa la parte económica. Así me salvo del asilo de ancianos o del Hogar de Cristo, del que estoy muy cerca, declaró al respecto entrevistado por Las Ultimas Noticias. También aparecen en mi mente ciertos impostores que pretendían contraponer Hotel lucero a Hotel nube. Ciertas astutas discusiones sobre la "rigurosidad" en el lenguaje y los puntos medios de los lados del triángulo y los estribillos periódicos... Hablar del hombre vivo, de aquella vez en que con una tristeza inmensa me dijo no entender por qué hacían esto, tras leer "Un largo día viernes". Todavía lo escucho comentar muy sorprendido, ante la reedición de "Para ángeles y gorriones". Me lo van a publicar de nuevo... dicen que les gusta a los jóvenes, cosa muy rara... El hombre vivo que, como escribió Sara Vial, "supo decirnos, casi al oído, la belleza".

El poeta Jorge Teillier murió en el año bisiesto de 1996, cuando el sol se encontraba en Tauro, un lunes del mes de abril. No voy a referirme a esa mañana espantosa. Tengo junto a mí algunos recortes de diario; lo que se publicó después de su "deceso". El Dr. O'Connor, un señor de rasgos marcados y cigarrillo en la comisura de los labios, escribió: Y ahora, la misma chunga cultural que ha logrado ponerlo en boca de todos, y que supo derramar lágrimas de cocodrilo, a la hora undécima (cuando ya estaba bien frío y no podía molestar a nadie), nunca fue capaz de darle un saludo con el sombrero en la calle. ¿Qué pueden tener que ver con la poesía, sobre todo cuando alcanza niveles sublimes?

En días pasados se discutió mucho sobre el último Premio Nacional de Literatura. El hecho es que podemos pensar si es merecido o no; podemos, ya lo entendemos, tratar el tema a viva voz. Sin embargo, los ataques de que ha sido objeto el galardonado se encuentran bien lejos de la prudencia y, evidentemente, de la literatura. Teillier y Zurita no fueron amigos, eso está muy claro; pero imagino que a Teillier no le gustaría el nivel de la controversia. Por último, no olvidemos que a Jorge Teillier este "reconocimiento" le fue negado, y eso es lo grave, y para siempre.





Domingo 29 de Octubre de 2000