sábado, 5 de enero de 2008

"Recuerdos de Jorge Teillier", de Juan Cristóbal




Conocí a Jorge, allá por los años 65, cuando viajé a Chile por un exilio involuntario. Él trabajaba en la Universidad de Chile, en el Boletín, donde publicaban, junto a otro poeta (Waldo Rojas), la revista.

Recuerdo que yo había comprado, antes de conocerlo, su libro de poemas El árbol de la memoria. Cuando se enteró de ello me preguntó qué poema me había gustado más. Le respondí: “Cuando todos se vayan”. Eso me abrió las puertas de su amistad (que jamás fueron muy fáciles para nadie), pues descubrí que era uno de sus poemas preferidos, junto al de “Retrato de mi padre, militante comunista”. Si bien el poema está dedicado a Eduardo Molina (un gordito bajito y colorado, buen conversador, de gran cultura y excelente humor, que anunciaba siempre un libro -El Gran Taimado- que jamás apareció, que conocía Europa sin haber salido nunca de Santiago -solamente a través de las postales-, y que dijo una frase que Jorge siempre repetía: “La novela es la poesía de los tontos”), en realidad, el poema es un homenaje a Ray Bradbury -confesión que me hiciera Jorge- lo cual se puede colegir de su lectura.

Jorge nació un 24 de junio de 1935, en Lautaro, sur de Chile, día en que falleciera Carlos Gardel, al que admiraba de sobremanera Teillier. Y falleció un 22 de abril de 1996. Está enterrado en el camposanto de La Ligua, a unos 60 kms. de Santiago, pueblo donde viviera los últimos cinco años de su vida. De rostro fino y alargado, a veces melancólico, otras veces aire distraído, siempre un poco en las nubes, se despachaba con toda tranquilidad un libro de 300 páginas en un día y era capaz de comentarlo y criticarlo acuciosamente pues tenía una extraordinaria y prodigiosa memoria. Era hincha de la Universidad de Chile, en Santiago, y del Green Cross, en su pueblo, y del Celta de Vigo en España. Le encantaba traducir a Trakl, Gotfried Benn y Serguei Esenin. Era capaz de recitar, mientras tomaba unas copas de vino, poemas íntegros de Rilke y Dylan Thomas.

Pero a tres años de su muerte, me gustaría recordarlo, mas bien, por una veta poco conocida en él: su fino sentido del humor. Veamos algunas anécdotas del poeta.

Un día andaba peregrinando con Enrique Lafourcade por el sur de Chile y le pidió que llegaran a Perquenco. ¿Qué vamos a hacer?, le preguntó el amigo. No sé. Nada, supongo, contestó el poeta. Y luego de un momento: Te vas a desilusionar -agregó- porque Perquenco se cae a pedazos. Como los viejos reinos, dijo el amigo. Sí, como todos los reyes, contestó el poeta.

Jorge publicó un poemario titulado Poemas del País de Nunca Jamás, inspirado en Peter Pan. Pero él creía en ese país, y como a todas las cosas que le agradaban, le inventaba sus mitos. Decía que en ese país los poetas entran gratis a los parques de diversiones, y que en una ciudad de Bolivia, una tarde soltó una silla voladora y mató a cinco poetas bolivianos, que, por supuesto, habían entrado gratis, exterminando de este modo a toda la poesía boliviana. Por lo que durante algunos años no hubo poetas y los bolivianos se la pasaban llorando y rasguñándose la piel hasta que comenzaron a crecer unos niños que se alimentaban de camanchaca, pegados a las ventanas.

A Jorge jamás le encantaba demostrar sus conocimientos culturales. Silencioso, observador, escuchaba siempre. Y, al paso, como distraído, rectificaba fechas, datos, personajes, transformando al enseñador en enseñado. Todo esto debido a su educación sureña que ordena “no demostrar inteligencia”. O como decía Borges “no hay que humillar a los tontos”. Jorge afirmaba que Neruda escribió justamente contra los embajadores tontos, específicamente contra un “afernandezado afrancesado”. Aconsejando no demostrar nunca inteligencia, sino cierta simpleza. Por eso los políticos inteligentes no llegan lejos, decía el poeta de los Veinte poemas de amor, pues las calidades de político e inteligente parecen reñidas, excluyentes. Teillier descubrió que Neruda había tomado la cita del poeta chino Su Tung Po, quien en el año 1200 escribió: “Hijo mío, quiero que seas tonto para que puedas llegar a ser embajador”.

Cierta vez Teillier participó en unas jornadas organizadas por la Universidad Católica llamadas “El escritor y su fantasma”. El acababa de llegar de México. Se trataba de escuchar a los autores respecto a su obra, sus demonios y el fantasma personal que suelen arrastrar. Teillier habló perfectamente de lo primero y cuando alguien le preguntó: ¿cuál es su fantasma?, Jorge contó que había estado en México, que había visto a sus amigos, que lo había pasado tan bien conversando con Poli Délano en Cuernavaca que “yo me quedé allá, y el que ahora habla con ustedes es mi fantasma”, contestó.

En otro encuentro de escritores latinoamericanos, donde los poetas y escritores se adueñaron prontamente de la tribuna para debatir el fondo y la forma y los dominios y terrenos de la literatura latinoamericana, Jorge de pronto se paró y preguntó en voz alta: “¿No sería bueno que abriéramos las ventanas de esta sala para que entre la primavera con sus soles y sus brisas a oxigenar nuestro espíritu? Podríamos escuchar lo que vinimos a escuchar y que cada poeta lea lo que tenga que leer, para que al fin la poesía suba a la tribuna”.

Cierta vez, en una entrevista concedida en marzo del 90, Jorge esbozó una nueva forma para la enseñanza, a la que denominaba La educación de la Cimarra (La cimarra es una voz utilizada en los campos chilenos y argentinos para referirse al hecho de “hacer novillos”, es decir, para el caso, “hacer estudiantes”). Ella consistía en lo siguiente, según fundamento del poeta: “La educación de los animales es más verdadera que la de los hombres, ya que está regida por los instintos y no por la mentira. Lo primero que hay que hacer es hacer trizas el televisor, luego jugar mucho. Incluso los alumnos pueden pelearse, para que hagan lo que tienen ganas de hacer. El horario debe ser abierto, día y noche. En el colegio también deben estudiar mujeres para que todos pololeen (se enamoren) tranquilamente. En ese colegio sólo irán profesores que quieran ir y que quieran reír o llorar con sus alumnos, a pesar de lo cual se les seguirá pagando. Toda la enseñanza debe ser sin represión, aunque no sepan lo que están haciendo, ¿por qué es necesario saberlo?, la cimarra será entretenida por ella misma. Deben haber muchas canchas de fútbol, jardines con ajedrez, piscinas y animales, juegos de cachito y dominó, esto último es muy bueno para la vida. Y, por supuesto, un bar restaurante. Todo gratis. ¿Quién pagaría todo esto? Sino hay nadie, decía melancólicamente y con cierta alegría, la escuela podría funcionar en un bosque”.

Y cuando estuvo en Lima, la primera vez en 1974, y fue al taller de poesía en San Marcos dijo: “A mí me han dicho que soy el último romántico, pero lo mismo le dijeron a mi amigo Teófilo Cid (gran poeta chileno surrealista: JC) cuando murió, que había dicho: cuando me muera no va a faltar el idiota que diga, vamos a enterrar al último romántico. Ojalá que cuando yo muera digan mejor: vamos a enterrar al último bohemio, aunque yo he enterrado ya a los últimos 28 bohemios”.

Quisiera rescatar, ahora, su concepto sobre el poeta y la poesía. Decía, especialmente, en los últimos años de su vida: “No me interesa hablar de poesía, prefiero hablar con mi gato o el jardinero. Aprendo más y me aburro menos. No me interesa ser personaje, porque cuando te ven así, tu poesía pasa a segundo plano. No me interesa si escribes o no escribes. En cambio ser poeta en serio es una responsabilidad. La gente no debe escribir poesía, deben ser poetas. La poesía no es una carrera, eso queda para la hípica. La poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño. La poesía no me interesa sólo como acto estético, sino ético. Una manera de cambiar el mundo es empezando a cambiarse a sí mismo. No importa ser bueno o mal poeta, sino transformarse en poeta, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, de nada vale escribir poemas si somos personajes antipoéticos”.

Teillier, en sus últimos libro, habló mucho sobre los bares y los seres marginales, los “dioses derivados”, los outsiders que deambulan, tras el fracaso, por viejas cantinas de pueblo chico o suburbios antiguos de ciudades grandes. En 1991 declaró a Carlos Olivárez: “Me gusta el bar porque es un lugar de solitarios. Yo veo el bar como un barco, los concurrentes son la tripulación”. Le encantaba también conversar con los boxeadores, especialmente fracasados. Y en La Ligua, los escolares cuando salían del colegio al mediodía, iban a conversar con el poeta en un bar donde siempre estaba al mediodía para conversar sobre literatura e historia (Jorge estudió Historia pero no pudo terminar la profesión).

Teillier publicó fundamentales libros, entre otros: El árbol de la memoria, Para ángeles y gorriones, Poemas del País de Nunca Jamás, Para un pueblo fantasma, Cartas para reinas de otras primaveras, El molino y la higuera. En Lima le publicamos un poema inédito: “Invoco un nombre: Pablo” (Arteidea 1997), dedicado a Pablo Neruda. Dejó (hasta ahora) dos libros póstumos: Hotel Nube y En el mudo corazón del bosque (verso tomado de un poema de O.W. Milosz). Con Jorge publicamos La isla del tesoro en 1982, que fue maltratado por cierto critiquillo de sobrenombre andino, en un diario de izquierda. Poemario que fue reeditado en Chile en 1996, en homenaje a su fallecimiento y en el marco de la Feria del Libro por la editorial Dolmen, a la cual fui invitado para la presentación del mismo. Lo que constituyó mi mayor alegría. Bueno, dejemos al poeta, y que las aves y la lluvia sigan viviendo y creciendo en su gloriosa leyenda.