lunes, 18 de octubre de 2010

"La amada vikinga del poeta Jorge Teillier", de Miguel Núñez Mercado






La memoria de sus antepasados persigue a Cristina Wenke. Sus ancestros se remiten a los antiguos vikingos. En la lengua vernácula su apellido significa “valiente guerrero”. Sus raíces familiares están en el norte de Alemania. El pueblo de Olemburgo es el punto de partida.

Su casa está llena de recuerdos y retratos de antepasados de viriles y hermosas figuras. Ostentan uniformes con condecoraciones del Zar y del Káiser. Fueron “valientes guerreros” en conflagraciones de otros tiempos y otras tierras.

En su memoria se mezclan desde Antoine de Saint Exupery -que fue un eventual rival de su padre en los cielos de la Primera Guerra- hasta el creador de los Zeppelines. Hay, también, una historia de amor, que trajo a su abuela, enamorada de Emilio Williams, Cónsul de Chile en Bremen, a vivir a Talca. Allí creó, entre otras cosas, el Molino Williams.

Son los personajes reales de una novela que Cristina Wenke pretende escribir algún día. Por ahora, la guarda entre sus numerosos recuerdos. Su historia más cercana tiene como protagonistas a sus padres, el condecorado piloto alemán de la Primera Guerra Hans Wenke y Senta Williams. Aunque ya no están, su memoria aún le humedece sus ojos azules.

Él trajo a Chile la estirpe vikinga de los Wenke. Trabajó en el Molino Williams y administró un fundo en Colchagua. También, junto a Roger Magdhal -y Luis Bastidas-, fueron los introductores de la Palta Fuerte en Chile. Compró las tierras donde aún existían huellas del antiguo Convento Jesuita de San Pascual (Las Condes).

Allí, Cristina Wenke nació y vivió una hermosa infancia. “Yo -recuerda- conviví mis primeros años con un maravilloso misterio. En la casa descubrí que había subterráneos con viejos túneles y celdas. También me convencí que existían duendes, que se paseaban por todas las piezas. A veces, creía verlos o los escuchaba cuando golpeaban las puertas o ventanas”.

A principios de los años 30 Hans Wenke compró, a la sociedad Mattei y Schwenke, el Fundo el Molino del Ingenio, en el límite entre La Ligua y Cabildo. Su madre se enamoró del valle. “Entonces era una viña. Ella decía que se había enamorado de la magia del valle, de su ambiente, del clima, de la luz que irradiaba. Además, había sido una propiedad de ‘La Quintrala’, lo que, después, para mí fue algo maravilloso”.

La precoz imaginación de Cristina Wenke vaticinaba que en sus genes tenía vocación artística. “Mi bisabuelo -dice- coleccionó valiosas obras de arte y mi abuela fue pintora, poetisa y, además, cantaba”. Los largos años de internado en el Santiago College no lograron aplacarle sus sueños de ser artista.

A los 16 años, dejó el colegio y se dedicó a la danza. Tuvo por maestro a Ernst Uthof. “Aunque demostré que tenía condiciones para el baile moderno, me retiré‚ luego. No soportaba al profesor de ballet clásico, quien me decía que por tener las piernas largas no podría llegar a ser una buena bailarina”.

Ingresó a la Escuela de Bellas Artes a estudiar Pintura y Escultura. Allí conoció al escultor Ricardo Mesa. Se enamoró y se casó con el. Vivió, junto a su marido, años fervorosos. Estudió en Alemania, con el maestro Tomas Stadler. Viajó, seis meses, por Italia con un anafe para ahorrarse la comida. Fue parte de la delegación chilena en el Primer Festival de la Juventud en Rusia. Un viaje que no olvida.

Después de varios años de casados, Cristina Wenke y Ricardo Mesa se separaron. Entretanto, había nacido una hija de ambos: Vinka. Su retrato de niña, pintado por su madre, cuelga de uno de los muros de su mágica casa -ahora modernizada- de la calle San Pascual de Las Condes.

A través de las ventanas se ve a un pequeño “duende” que juega entre los árboles. Es su nieto Andrés. Como los antiguos fantasmas de la infancia de Cristina Wenke recorre, revoltoso, todos los rincones de la casa. De repente, aparece y desaparece en la tenue oscuridad de una tarde que anuncia lluvias.



JORGE TEILLIER: UNA “RARA AVIS”


Sin embargo, la historia de Cristina Wenke está ligada, más que nada, al poeta Jorge Teillier. Se conocieron en las graderías del Estadio Nacional, en una actividad política. Fue un día de fines del año 1972 en que Fidel Castro, de visita en Chile, era el orador principal.

Cristina Wenke recuerda que “fui invitada por el pintor Germán Arestizábal. Él era amigo de Jorge y, ambos, habían quedado de encontrarse en el estadio. Yo no lo conocía personalmente, pero sabía que era poeta. Había leído su libro Para Ángeles y Gorriones.

Entonces, Jorge Teillier era una “rara avis” para la poesía chilena del momento. Era extraño que en un tiempo de profundas definiciones políticas, un poeta escribiera: “Los labios del tiempo despiertan/ y pronuncian, mojada de lluvia/ la primera palabra que recuerdan...”. Era la descripción de un invierno en Lautaro, la ciudad natal de Jorge Teillier Sandoval.

Cristina Wenke recuerda que “aunque yo también escribía -pues he tenido varios talentos, pero no constancia- ese día no hablamos de poesía con Jorge. Creo que conversamos un rato de lo que había dicho Fidel. Luego nos despedimos como dos personas que sólo recién se conocen. Me quedó su imagen de un hombre muy apuesto, inteligente y sensible. Nada más”.

Durante varios días, Cristina Wenke no supo nada del poeta. “Mi amigo, el escritor Armando Casigolli, me dijo que estaba muy mal, pues había tenido un ataque de ‘delirum tremens’. Sin embargo, el sábado 17 de octubre de 1972 llegó a verme a mi casa de San Pascual. Su salud estaba bien y allí comenzó el idilio”.



UN CABALLERO DEL SUR

Pese a la dulce atmósfera de sus poemas, no fue un inicio romántico. “Alguna vez me dijo que para él yo era `infinita, enorme y maravillosa’. Hasta me dedicó más de un poema. Sin embargo, cuando le recordaba su falta de manifestación de afectos, Jorge decía que él era un ‘Caballero del Sur’, que este tipo de señores era duro en mostrar sus emociones románticas”.

“Repetía -agrega Cristina Wenke- que había una serie de normas que le impedían hacer tal o cual cosa. Solía repetir una frase que, según él, era del pistolero Billy the Kid: ‘Los tiempos cambian, pero yo no’. Trajimos sus cosas desde la casa donde vivía en José Miguel de la Barra y comenzamos a vivir en San Pascual”.

Ambos estaban separados. Jorge Teillier había dejado atrás su matrimonio con Sybila Arredondo, quien partió a Perú a vivir con el escritor José María Arguedas. Con ella había tenido dos hijos: Carolina y Sebastián. Además, había terminado una fervorosa relación con Beatriz Ortiz de Zárate, que le costó el odio secular de quien fuera, hasta entonces, su amigo: el poeta Enrique Lihn.

Cristina Wenke sostiene que el poeta Jorge Teillier siempre fue un seductor. “Era un hombre apuesto. Tenía unas facciones perfectas y era delgado, a veces, en extremo. A mí, quizás por mi oficio de escultora, me llamaba la atención su frente. Le decía que allí lo había besado Dios. A él le gustaban esas palabras”.

La escultora sostiene que “no sólo seducía a las mujeres. También los hombres quedaban pasmados por su inteligencia y su memoria. Sus poemas seducen. No se explica de otro modo esta verdadera devoción que tiene entre los jóvenes de hoy”.



CON LOS CODOS EN LOS MESONES


Sin embargo, Jorge Teillier no llegó solo a vivir a la casa de San Pascual. El poeta quien reconocía en sus poemas que “había dejado los codos en los mesones de los bares”, padecía de una grave adicción al alcohol.

Jorge Teillier le dijo al escritor Carlos Olivares, que los publicó en sus Conversaciones... : “Estamos aquí, en un bar, conversando hace tres horas...No va a haber otros como nosotros en unos años más en Chile...Esto es una aristocracia”.

Cristina Wenke dice que tratar de hacerlo entender que debía curarse de su adicción fue su gran batalla. “Desde que llegó a mi casa traté que dejara de beber. Nunca perdí la esperanza. Era un hombre tan inteligente, que no necesitaba estímulo alguno para crear sus poemas o aprender cualquier cosa que se le antojara. Tenía una memoria privilegiada y recordaba hasta las cosas más inverosímiles”.

En unas cuantas oportunidades, Cristina Wenke consiguió internarlo en clínicas de rehabilitación. “Incluso, una vez Enrique Lafourcade lo llevó a su casa y lo invitó a varios tragos donde diluyó pastillas para que se durmiera. Costó mucho, pero al final lo venció el sueño. Allí llegaron los enfermeros que se lo llevaron. Sin embargo, todo era en vano y, después de algunos días, desaparecía de la casa y volvía a beber. Si yo le recriminaba su conducta, me acusaba de nazi”.

Pese a su adicción alcohólica, Jorge Teillier no perdía nunca su condición de “Caballero del Sur”. “A su lado podían estar todos borrachos, pero él no perdía su compostura. Se mantenía lúcido y cuerdo. Se acordaba de todo, citaba poemas enteros. Recordaba cosas, con detalles, que cualquiera otra persona había olvidado. Sabía que el trago, que era su compañero desde la juventud, lo estaba matando, pero él no era capaz de vencerlo”.

Sin embargo, no era un predicador del vino. Cristina Wenke recuerda: “A veces se le acercaban personas que le decían que eran alcohólicos y él se enojaba. Los reprendía diciendo que él sufría mucho por su adicción al alcohol y que no era ninguna razón para estar orgullosos”.

Pero Jorge Teillier seguía en lo mismo y diciendo que se iba a matar en algún momento. “Incluso hasta anunciaba en la prensa la fecha de su muerte. Durante muchos años tuvo una pistola, con la que decía que terminaría suicidándose. Pero, en realidad, se estaba matando, lentamente, todos los días”, sostiene Cristina Wenke.

La escultora cuenta que “una vez le mandé a hacer un horóscopo especial con un astrólogo, que consideraba lugar, fecha y hora del nacimiento. El hombre analizó los datos y quedó impresionado. Preguntó por qué tanta belleza, inteligencia y sensibilidad, en un ser tan autodestructivo. Comentó: ‘se está haciendo pedazos de a poco’. Yo lo sabía y él también”.



EL MOLINO DEL INGENIO

Cuando fallece la madre de Cristina Wenke, el Fundo el Molino del Ingenio se dividió entre los cuatro hermanos. “A mí me correspondió la parcela donde estaba el molino. Me fui con Jorge a vivir allá, en 1987, creyendo que en el campo podría ayudarlo a salir de la bebida. Construimos una casita para que él tuviera un estudio y sus cosas. Allí escribió bastante y pudo leer sus libros, que eran miles”.

En sus primeros tiempos en su nuevo hogar el poeta se sintió tranquilo. “De todos modos, echaba de menos a sus amigos. Hablaba del sur como del Paraíso perdido. Reclamaba porque en La Ligua y Cabildo no encontraba poetas. Decía que los poetas sólo podían nacer entre los bosques y la lluvia sureña. Después aseguraba que todo Chile quedaba al sur del mundo y que la Ligua y Cabildo también eran el sur del planeta”.

Cristina Wenke dice que trataba que el poeta se quedara en casa. “Sin embargo, siempre se las arreglaba para salir. Decía que tenía que ir al Correo o a sacar fotocopias. Alguna vez le dije si no era mejor tener una fotocopiadora en la casa. Uno sabía que era sólo el pretexto para salir a beber en los bares de La Ligua o Cabildo. Por allí había hecho amigos con los que compartía sus tragos. Él prefería a la gente sencilla y le gustaba escuchar más que hablar. Volvía a casa bebido y contando las más extraordinarias historias que había oído”.

Algunos de estos relatos se los contaba en numerosas cartas a sus amigos. “Escribía como si estuviera desterrado, loco o muerto. Los firmaba con nombres de poetas que ya no estaban vivos. Aunque siempre mantenía el remitente de la Casilla 52, El Molino de Cabildo, para que le respondieran. Aunque él decía que ‘el poeta no es de este mundo’, siempre comprendí que necesitaba ese vínculo. Pasábamos algunos meses en la casa de San Pascual en Santiago. Él se trasladaba al Bar ‘La Unión Chica’, donde se juntaba con otros poetas”.

Jorge Teillier le confesó a su amigo, el escritor Carlos Olivares, “El poeta tiene que vivir para escribir, pero cuando de repente una mujer se da cuenta que para un poeta es más importante un poema que estar con ella, empieza el conflicto. Ahora, al trago no sólo le tienen celos, le tienen horror. Pero resulta que muchas personas son insoportables sin trago”. Cristina Wenke define un rasgo desconocido del poeta. “Era machista. Decía que `rara vez surge una buena idea de la cabeza de una mujer’ “.



LA VIDA: UNA MORADA IRREAL

La relación entre el poeta y la escultora se mantuvo en el tiempo. “Jorge -dice Cristina Wenke- vivía conmigo y tenía su estudio aparte. Allí tenía sus libros, sus retratos de equipos de fútbol, de boxeadores que yo desconocía, de cantores de tango, de estaciones ferroviarias. Decía que a La Ligua le faltaba su estación de trenes y que la de Cabildo estaba cerrada. En realidad, los trenes habían partido hacía mucho tiempo, pero él tenía un amor enorme por ellos. En su infancia en Lautaro vivía a media cuadra de las vías férreas”.

El poeta compartía su casa-estudio con perros y gatos. “Su gato ‘Pedro’ aparece hasta en sus poemas. Era un animal astuto, y tenía actitudes como de un ser humano. A veces, cuando veía que el perro ‘Tommy’ iba a pasar por su lado, se hacía el dormido. Apenas estaba al alcance de sus garras lo tomaba de una pata. “Tommy murió un año después de la muerte de Jorge, en la misma fecha”, recuerda Cristina Wenke.

Pese a que la escultora nunca dio por perdida su batalla por rehabilitar del alcohol al poeta, dice que fue no fue tan difícil vivir con él. “Quizás nunca comprendió que todo lo que traté de hacer por él fue por amor. Tal vez yo tampoco comprendí su alma atormentada por todo lo que él creía perdido. Sus poemas reflejan ese mundo de la memoria, donde realmente él habitó siempre. Yo sé que él también me quiso y le gustaba estar conmigo. Unos tres días antes de su muerte, se acercó a mí y me tomó entre sus brazos. Fue una cosa hermosa y emocionante. Sentí que fue como saldar una serie de cuentas que ambos teníamos pendientes”.

Cristina Wenke sabía que el poeta moriría pronto. “Ya no hacía caso de nada. Yo trataba que cumpliera las dietas que aconsejaban los médicos. El decía, como siempre, que moriría pronto. “Me voy a morir -profetizó el poeta- frente a un molino. Si lo quiere Dios y la Virgen Santísima, en la que no creo, excepto en la Virgen de Petorca. El 22 de abril de 1996, la siempre milagrosa Nuestra Señora de la Merced le cumplió su íntimo deseo”.

Un año antes de su muerte, Cristina Wenke, también había tenido un sueño premonitorio. “Era la visión de una mujer que le traía al poeta una túnica alba para que se la pusiera. Jorge, muy contento, se la probó y, ante mi asombro, le sentaba maravillosamente bien... Ella se fue y estuve varios días tratando de descifrar ese sueño. Se lo conté a un amigo, que me preguntó: ‘¿Era una túnica de ángel?’. Sí, eso era. Ahí supe que Jorge debía regresar”.











en La página de Andrés Morales