sábado, 11 de septiembre de 2010

"La Unidad Popular y el fin de un mito", de Jorge Teillier





Empiezo a escribir pensando en el Otoño, grávido de semillas y futuro. Y me gusta escribir Otoño y Esperanza con mayúsculas, porque este tiempo es para reflexionar en la Primavera que viene, cuando confío en saludar el triunfo de Salvador Allende con brazadas de aromos, así como en 1838 se saludó el triunfo de Pedro Aguirre Cerda. “El artista es, inevitablemente, un sujeto político. Su nulidad, su carencia de sensibilidad poética probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética”, escribía César Vallejo en 1927. Aun cuando el espectáculo de una elección presidencial tome aspectos neurotizantes y a veces circenses, que no pueden menos que disgustar, considerada en su profundidad es un compromiso ineludible para el escritor que no deja de ser un ciudadano, y que comparte el destino de su pueblo. Recuerdo que en 1952 yo fui allendista, y los allendistas en el Liceo de Victoria nos contábamos con los dedos de la mano. En mi pueblo natal obtuvo 45 votos Allende en 1952, en 1964 fueron 1500, pese a todas las dificultades de la campaña en la zona de Cautín, una de las más dominadas por el latifundio. Del Frente del Pueblo a la Unidad Popular hay una línea inquebrantable, ascendente, una corriente impetuosa que lleva a nuevos destinos. “The people go on”, como dice Carl Sandburg. Hace unos meses recuerdo que con amigos poetas saludamos con emoción el hecho de que Pablo Neruda fuera proclamado candidato a la Presidencia por el Partido Comunista, que reconocía al vate como el exponente máximo de sus filas, cristalizador de la inteligencia y la sensibilidad del pueblo. Neruda y luego Salvador Allende son candidatos humanistas, contrapuestos al frío ingeniero que representa la Derecha.



DE “EL PALETA” A “DON JORGE”


Por lo demás, Jorge Alessandri es un político neutro, que no tiene otra imagen que la proporcionada por su fuerte propaganda. En 1958 se le dio un carácter populachero y se le llamaba “El Paleta”, su eslogan era “Se la puede”. Ahora ya no se puede recurrir a esa simpleza y entonces es “Don Jorge”, el hombre austero, el hombre de los “pensamientos” que no son nada más que perogrulladas. Se pretende mostrarlo como un ente arquetípico, “El Padre” o más bien dicho “El Patrón”. Para quienes forjan esta imagen, el pueblo es sólo objeto de menosprecio, una masa que no puede pensar ni bastarse a sí misma, evidentemente menor de entendimiento y de edad. La imagen de la demagogia de derecha en todo el mundo, la de un Oliveira Salazar, el sanguinario dictador “tecnócrata” e “independiente de los partidos políticos”. Justamente al revés de un candidato popular, que es el aglutinante de la lucha que cada trabajador debe dar para mejorar su situación y la del país. La Derecha pide sumisión; la Izquierda, conciencia. La Derecha comete un profundo error psicológico: el arisco solterón de la calle Phillips no puede dar de modo alguno la imagen del “Padre”, y es, además, en esencia “antichileno”. El hombre de la galleta y el agua mineral si ser apolíneo tampoco es dionisíaco: se moriría de indigestión con sólo leer la Epopeya de las comidas y bebidas de Chile de Pablo de Rokha. Es antidionisíaco y antiheroico, no se le puede comparar en absoluto con un Balmaceda, capaz de dar la vida por su causa. Se equivocan además quienes creen en el mito del “alessandrismo”. Arturo Alessandri encarnó los anhelos de la clase media y el pueblo en 1920, pero fue arrojado al desván de la historia cuando se transformó en un “parvenu”. Su sucesor Gustavo Ross (de mucha similitud con Jorge Alessandri) fue derrocado el 38, y Fernando Alessandri en 1946. Los pueblos no se alimentan de mitos y de palabras: Winston Churchill fue derrotado por los laboristas ingleses en 1945 y el mismo De Gaulle tuvo que retirarse a su pacífica aldea. No hay hombres providenciales ni enviados. En este momento la Unidad Popular a través de su candidato cristaliza la evolución histórica del pueblo chileno, que podemos hacer arrancar de 1812 cuando José Miguel Carrera da forma violenta al ideario de la Independencia política en contra de la oligarquía representada por los “Larraínes” (como lo reconoce el propio historiador reaccionario Jaime Eyzaguirre).



COHERENCIA HISTÓRICA

Una línea que va de Carrera a Portales, enemigo del librecambismo –pieza fundamental de la economía liberal y cosmopolita-, y primer prócer que denuncia el peligro del imperialismo estadounidense, y que continúa en Balmaceda, derrocado por intentar recuperar las riquezas nacionales. La Derecha actual quiere adueñarse de estas figuras a las cuales en su tiempo repudió. Muy bien lo dijo Joaquín Edwards Bello: “El Alessandri de 1920 como el Balmaceda de 1891 no fueron gratos a la clase que le hizo una estatua”. Los mismos ataques recibidos por el revolucionario Alessandri del 20 los recibió Allende el 64 y los sigue recibiendo el 70. “La trama peruano-bolchevique” era el titular de El Diario Ilustrado del 31 de agosto de 1920 (ahora cierto magazine denunció “la unidad moscovita”) y el 9 de mayo en el mismo Ilustrado se declaraba: “Alessandri amenaza con la revolución social, la ruina y el trastorno a la usanza rusa”. En los círculos bancarios circulaba la siguiente consigna: “Si quiere guardar la mitad de su fortuna, gaste la otra mitad contra Arturo Alessandri”. Contra cualquier cambio en las estructuras político-sociales ha habido campañas del miedo y muy bien la palpamos en 1964. La experiencia hará, sin duda, que esta campaña sea derrotada en 1970. Contra esto las fuerzas de la Unidad Popular deben apelar a recursos nuevos y audaces. Quiebra del esquematismo de lenguaje que a veces sufren nuestros políticos (en este sentido nos parece que el discurso de Pablo Neruda al recibir la candidatura presidencial fue ejemplar en el sentido de renovación), y quiebra del molde tradicional de las campañas electorales, como es el caso de la reacción de los trabajadores que desenmascaró y redujo a sus verdaderas proporciones al candidato de la Derecha en la provincia de Concepción, tan audaz y profunda como la próxima primavera y con su misma certeza esperamos el triunfo de la Unidad Popular y la quiebra para siempre de uno de los mitos más nefastos para la historia chilena, junto a la reafirmación de tareas ya iniciadas por los Padres de la Patria.










en Plan (n.48), mayo de 1970