viernes, 27 de junio de 2008

"Dylan Thomas cuando era cachorro de artista", de Jorge Teillier






En un principio la tarea del poeta es recuperar lo irrecuperable. Recuperar los dominios perdidos, de la infancia y la juventud es el afán que guía a Dylan Thomas en dos libros en prosa que recién aparecen traducidos al castellano. Hablamos de Retrato del artista cachorro (The Portrait of the Artist as a Young Dog) y Con distinta piel, traducción bastante libre por cierto de Advertures in the Skin Trade.

El deslumbramiento ante la vida, el amor a la gente, las cosas, los más pequeños seres que sella la poesía de Thomas infunden también soplo vital a sus dos novelas. Y la pasión por el existir se mezcla con la atracción por la muerte cuya secreta presencia de todas horas el poeta siempre quiere revelar a la luz. La última fotografía de Dylan Thomas ilustra este doble impulso; en ella aparece el poeta lanzándose dentro de una fosa recién abierta que un otoño glorioso ha llenado de hojas en un cementerio rural de los Estados Unidos.

Nuestro encuentro con el artista cachorro se produce durante un viaje fantasmal que el pequeño Dylan hace a la granja de su tío, un borrachín que vende lechones para embriagarse los sábados. Y la palabra encantatoria del poeta hace revivir la granja y la casa con todos sus colores, olores, sonidos, y con sus extraños habitantes, como ese primo Gwilym que se parece a una pala, predica en un galpón en ruinas, y escribe lujuriosos poemas a muchachas, cuyos nombres cambia por el de Dios cuando sufre accesos místicos. Otro pariente que aparece en el episodio segundo del libro es el Abuelo, quien en rebelión contra la vejez, guía quiméricos carruajes por rutas invisibles.

Entre gente como ésa, y en el paisaje de Gales –situado como dice Mary Webb, "mitad en el país de las hadas"– crece Dylan Thomas, "minúsculo narrador de cuentos" –así se autodefine– y poeta. Poeta no tanto porque escriba versos desde los doce años, pues –claro está– ser poeta no consiste en escribir en líneas más o menos regulares, sino en poseer un don mágico que transforme lo visible en invisible: poner en libertad a la loca por la casa. Así, desde su niñez Dylan aprendió a convertirse a voluntad ora en un príncipe de las mil y una noche, ora en una gran músico, en un sabio excepcional, etc.

Este proceso alquímico de transformación de una realidad en otra culmina en el episodio de la iniciación amorosa descrito en Con distinta piel, cuando el joven Dylan, recién llegado a Londres encuentra en un restaurant a una muchacha, quien inesperadamente lo insta a desnudarse y sumergirse dentro de la tina de baño para realizar un acto de amor. Pero el poeta no puede consentir que una sala de baño sea el sórdido paisaje que asista al primer conocimiento de la mujer (hablamos en sentido bíblico) y por conjuro de su imaginación la tina se convierte en un riachuelo puro lleno de peces luminosos, se oyen cantar los pájaros, y la joven desvergonzada se torna en sirena que convence al amado (con nefastas consecuencias) de que el frasco de agua de colonia del botiquín es una botella de brandy.

La serenidad es para los viejos, pensó el joven Mr. Thomas. Por eso recorría incansablemente las calles y los caminos de Gales, como lo hacía en otro lugar de Gran Bretaña, cien años antes, el joven Mr. Charles Dickens. Sí, había que ser amante de la noche, recorrer la ciudad cuando todas las luces están apagadas, situarse bajo un puente viejo para oír los chillidos de las lechuzas y los relatos de dos desconocidos, quienes le cuentan cómo sus matrimonios fracasaron por una equivocación cometida "exactamente como los perros". Sí, había que conocer y amar a todos los habitantes del pueblo (y después conocer y amar a todos los habitantes de la tierra), amar con ternura y piedad infinita al amigo que en un día de paseo bajo un sol deslumbrante olvida mirar al mar porque no puede ver sino la imagen de su hermano muerto, a las viejas prostitutas que hacen una colecta para beber una ronda de ron, a las mujeres inaccesibles –cisnes de dos metros de estatura– que parecen recién salidas de una revista de modas. ¿Y quién sino un muchacho como Dylan Thomas podría reunirse con un trío de fracasados provincianos para escribir una novela en conjunto, que se llamaría Donde fluye el Tawe?

Somos testigos en un relato alucinante, "La vieja Garbo", de cómo se revela a Dylan Thomas el mundo que vive dentro de las paredes de vidrio de un vaso, y empieza a amar la cerveza "con su espuma blanca y viviente" y los bares como ese Fishguard donde se puede ver marineros tejiendo, y a donde lo lleva, en un primer periplo alcohólico, el achacoso Mr. Evans, director del diario del pueblo, quien es a Thomas como Mentor a Telémaco y Leopold Bloom a Stephan Dedalus, ese otro cachorro de artista, tan distinto al que nos ocupa ahora.

La última historia de las que integran el Retrato (y perdónesenos que contemos un libro como quien cuenta una película cualquiera), acontece durante un sábado caluroso, "falso y bonito como una pintura chata bajo un sol vulgar". Dylan se pasea aburrido por la playa, con dos libras en los bolsillos, en busca de mujer. La busca con remordimientos "pues un poeta debe vivir acompañado sólo de sus visiones" (¿no es verdad William Blake?), pero también es poesía encontrar a una muchacha de mal vivir en un bar, irse con ella y perderla absurdamente en un caserón donde voces de desconocidos se burlan del poeta que la llama sin esperanzas en un laberinto de puertas en la oscuridad. Y quizás esa muchacha sea el símbolo de la adolescencia perdida en ese desolado amanecer en el cual sin embargo el poeta ve la resurrección en la madera rota y el polvo. Escuchémoslo: "Entonces salió al vasto espacio, bajo las grúas inclinadas y las escaleras. La luz de la única lámpara mortecina, en su círculo herrumbroso caía sobre las pilas de ladrillos y la madera rota y el polvo que en un tiempo había sido casas, donde la pequeña y casi desconocida pero inolvidable gente del pueblo había vivido y amado y muerto y siempre, perdido".

Con distinta piel publicada en forma póstuma en 1955, fragmento inconcluso de una novela y continuación del Retrato, es la saga del muchacho provinciano que llega a la capital. Pero no es un provinciano cualquiera sino un poeta. Y puesto que la aventura es la poesía (o viceversa y la poesía es amiga del azar y enemiga del orden establecido, el viajero desgarra todas las direcciones que pueden serle útiles y conserva sólo la de una desconocida prostituta, pues el poeta espera no tanto dedicarse al periodismo, como dice, sino vivir de alguna mujer. Y el viajero al llegar a Londres se sienta en un bar a tomar cerveza, esperando que por gracia de la suerte alguien le ofrezca hospedaje. Naturalmente ese alguien llega, y se trata de un mueblista ebrio (Nuevo Mentor, nuevo Bloom) quien lo lleva a un cuarto inverosímil donde el recién llegado debe dormir en lo alto de una inestable ruma de divanes.

El "Comerciante en pieles" narra luego endemoniadamente cómo traba relación con la "fourmillante cité / cité pleine de réves", a través de su gira por tabernas y salas de baile en compañía de una trouppe excéntrica comandada por una temible vieja dueña de restaurante que se ha enamorado de Dylan. El libro queda inconcluso al amanecer cuando el poeta se ha sumergido en el más infernal de los tugurios. Como es propio de alguien que no hace distinción entre vida y obra, el final del libro llegó en 1953, cuando tras una gira similar por los bares de Greenwich Village, en una nevosa madrugada, víctima del delirium tremens, Dylan Thomas muere en un hospital. Pero naturalmente la vida no termina con la muerte, cuando la carne se ha hecho verbo como acontece con Dylan Thomas. Y siempre se podrá repetir con él: "la muerte no tendrá señorío".

Sí:

Y la muerte no tendrá señorío. / Aunque las gaviotas no vuelvan a chillar en sus oídos / ni las olas estallen ruidosas en las costas; / aunque no broten flores donde antes brotaron ni levanten / ya más la cabeza al golpe de las lluvias; / aunque estén locos y muertos como clavos / las cabezas de los cadáveres martillearán margaritas; / estallarán al sol hasta que el sol estalle, / y la muerte no tendrá señorío.

Así sea.







En Ultramar, Santiago, N°5 (junio de 1960), p. 3