jueves, 29 de mayo de 2008

"Teillier, el último romántico". Entrevista a Jorge Teillier por Bárbara Délano






- En el prólogo a Muertes y maravillas dices que la infancia está presente en tus poemas "porque es el tiempo más cercano a la muerte". Pero esta infancia -aclaras- no es una infancia idealizada, exenta de males, es "una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la admiración ante las maravillas del mundo". Respecto a esto, lo que más me llama la atención es la frase final del párrafo: "nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos". ¿Te refieres entonces a que tu recurrencia a la infancia más que una retrospección lírica es un intento por recuperar lo perdido, lo lárico?
Napoleón tiene una frase que es muy ofensiva para mí: "Los tontos piensan siempre en el pasado, los inteligentes en el presente y los locos en el futuro". Yo vivo más en el pasado que en el presente. El presente y su contingencia no me interesan. En cambio lo que pasó se puede inventar, recrear. Es algo que está vivo en mí, quizá una no-superación anímica, inmadurez tal vez. Creo que en la fuente de todo poeta hay una inmersión en el pasado, que es, como tú dices, nostalgia de un futuro, de haber perdido un mundo que fue mejor, que no va a existir (soy pesimista por naturaleza), el mundo de la casa natal, de la protección, de la pureza primitiva, de los compañeros de juego que se han transformado en amigos bebedores.

- ¿El tiempo perdido?
El tiempo perdido, otro siglo que no sea éste, que no me gusta nada.

- ¿Qué tratas de decir en tu poesía?
No trato de decir nada a propósito. No creo en la poesía de mensaje que va ha cambiar el mundo. Lo único que podemos aportar es un poco de irrealidad, de magia de belleza, es como ver películas mudas o tarjetas color sepia.

- ¿Cuál es el proceso de creación? ¿Cómo se da en ti el desarrollo para llegar a elaborar un poema?
En primer lugar, para mí los estímulos son muy importantes. Por ejemplo, salí a pasear con mi hija Carolina (después de muchos años) y en eso hay toda una cosa fellinesca. Curiosamente ella se acordaba solamente de las vivencias de la infancia. Con esto quiero decir que lo que importa no es el paisaje, sino el hombre en el paisaje. A veces sueño los poemas y luego los escribo, o me estimula fijar un estado de ánimo, como una fotografía. Rara vez corrijo. Prefiero hacer varias versiones. A veces queda así, otras podo en exceso quitando espontaneidad. En esto no hay sistematicidad, sólo destellos, servilletas dejadas en los bares, poemas arrugados en mis bolsillos. En realidad, nunca sé en verdad lo que voy a decir hasta que ya está dicho.

- Daniel Barros, en su trabajo Poesía Sudamericana actual dice que eres un poeta que "cuenta cosas". Y creo, efectivamente que, en este sentido, tu poesía carece de intelectualismo y se acerca más a lo pictórico y a lo cotidiano.
Yo no soy poeta de pensamiento abstracto. Siempre recurro a comparaciones ligadas, concretas. No me interesa la vida interior. Mi poesía efectivamente, es pictórica y tiene ancestros campesinos en la preocupación por lo cotidiano, por los detalles, por el fuego de la chimenea, en fin.

- Dijiste que no te interesa dar un mensaje en la poesía. Sin embargo mencionaste que la poesía es como fijar un tiempo, dejar constancia de algo. Estoy pensando en tu poema "Treinta años después", en el cual hay mucho de testimonio, de mensaje.
Pero referido siempre a un estado de ánimo subjetivo. Eran los cambios que venían, una especie de adelantamiento del futuro. En mi último libro Para un pueblo fantasma - y lo dice Jorge Boccanera, un crítico y poeta argentino- el pueblo fantasma puede ser perfectamente Chile. Así como desaparecieron mi casa natal y mi familia, en gran parte desapareció también una forma de ser de un país, un tono de fraternidad, gratuidad, de menos utilitarismo... otro ritmo.

- Pero eso no tiene nada que ver con dar un mensaje en el sentido de mostrar una alternativa, abrir un camino concreto, estereotipar una salida.
Exactamente. Sin embargo, así como Chile, mi poesía ha cambiado (y esta es quizá la relación de testimonio que existe). El otro día me preguntaron por qué era tan trágica. Respondí que no estamos en un país muy alegre precisamente, a pesar del Jappening con Ja. Eso se refleja en mi poesía, que ha comenzado a ser menos melancólica y más depresiva.

- ¿Y que pasó con esa veta de treinta años después?
Las circunstancias hicieron que yo definiera mi camino por otro lado. Además, aquí en Chile tenemos la censura, que implica una autocensura muy grande. La situación del escritor es desalentadora. La polémica al respecto, planteada por la SECH, debe ser continuada.

- ¿Cómo puedes explicar tu interés por el box, aparentemente tan disímil con la poesía?
Me interesan los boxeadores como personajes trágicos (aparte, yo nunca peleé cuando niño: soy cobarde). Los boxeadores siempre terminan como Laurel y Hardy: "tristes, solitarios y finales". Son como gladiadores modernos. Y, como soy pesimista, también yo siento que voy a terminar como gladiador golpeado. De alguna manera están solos contra el mundo y después el mundo los abandona.

- De ti dicen que eres el último romántico.
Siempre habrá un último romántico.

- En el mismo prólogo ya citado declaras que para ti la poesía es un modo de ser y actuar; tu instrumento contra el mundo concebido como "otra visión del mundo" ¿Compartes aún esta afirmación? ¿Crees en el valor material, vivencial de la poesía? Y perdón que sea reiterativa: ¿qué es la poesía para ti?
Es el vaso de vino tinto que no me puedo tomar al almuerzo, algo que te ayuda a vivir. Me gusta vivir, pero me mata. Podría ser al revés ¿no? El futuro para mí está negro, por eso me estoy poniendo religioso. Según mi hijo es puro oportunismo.












en El Caballo Rojo, suplemento de El Diario de Marka.
Lima, 15 de enero de 1984.