viernes, 9 de mayo de 2008

"Francis Jammes, el poeta rústico", de Jorge Teillier






"¿No sabéis lo que es un poeta? Verlaine... ¿Nada? ¿Ningún recuerdo? No. ¿No le distinguís de lo que conocéis? No hacéis distinciones, lo sé. Pero leo otro poeta, uno que vive en París, otro. Uno que tiene una casa tranquila en la montaña que suena como una campana en el aire puro. Un poeta dichoso que habla de su ventana y de las puertas vidrieras de su biblioteca, que reflejan, pensativas, una lejanía amada y solitaria. Precisamente, es el poeta que yo hubiera deseado llegar a ser; pues que sabe tantas cosas acerca de las muchachas, y yo también habría sabido muchas cosas de ellas. Conoce muchachas que han muerto hace cien años; no importa que hayan muerto, porque él lo sabe todo. Y eso es lo esencial...".

El poeta que Rilke hubiera querido ser, según cuenta en Los cuadernos de Malte es Francis Jammes, a quien describe como el dichoso dueño de una casa familiar, rodeado de objetos tranquilos y sedentarios, mirando el reloj del pueblo a lo lejos. Francis Jammes, cuyo centenario de nacimiento se conmemora este año. Al parecer, su destino ha sido el de ser considerado un poeta de tono menor y grato, un poco descuidado, al cual las historias literarias dan un lugar entre los simbolistas y cuyos poemas han quedado relegados a los libros escolares, destino por demás envidiable para un poeta. La poesía está marcada por un continuo fluir de movimientos que niegan y devoran a los anteriores, y tras el dadaísmo y el surrealismo, la poesía de Francis Jammes, al parecer ha perdido actualidad aun cuando poetas de la llamada Escuela de Rochefort o neorrománticos, y críticos como Pierre de Boisdeffre lo señalen como un maestro vigente. Desvalorización y rehabilitación de poetas son una constante histórica y en las letras castellanas es señalado el ejemplo de Góngora, para no citar sino un caso. Pero Francis Jammes es como Milocz uno de los pocos poetas que están más allá de la literatura, que son auténticos, verdaderos como la naturaleza y que por su don de comunicación y sinceridad están también más allá de las modas y por eso mismo nunca pasarán de moda, como puede acontecerle a la mayoría de los renovadores de un momento. En un tiempo en que las relaciones humanas se deterioran por el maquinismo, la incomunicación, en que las megápolis aíslan al individuo del mundo animado, una poesía como la de Francis Jammes puede ser redescubierta y aspirarse como una bocanada de aire puro y necesario.

Francis Jammes nació en el Bearn, sur de Francia, 1868 y murió en 1938. Su revelación data de 1895, cuando publica por cuenta propia en una imprenta provinciana, su primer libro, que es recibido con la admiración de temperamentos tan disímiles como los de Mallarmé, Mauricio Barrés, André Gide (contra el cual Jammes postulaba la fijeza y la fidelidad, el arraigo, al revés del fervor por la movilidad y el cambio preconizado en ese entonces por el autor de Los alimentos terrestres). Admirado por sus mayores y sus pares que veían en él "no a un primario que es un ignorante, sino a un primitivo, que es un sabio que se simplifica" y a un poeta que –como pedía Rilke– era uno de los pocos que "mostraba como si fuera el primer hombre de la tierra aquello que ha vivido, ha visto, ha amado, ha perdido", o llegaban a afirmar –como lo hacía su coetáneo Paul Claudel– que era "el único y quizás el último poeta que representaba aún en Francia el don gratuito y divino de la poesía" (1930). Su maestrazgo se ejercía sobre jóvenes como Saint John–Perse, Alain–Fournier, Jules Superville, François Mauriac, o extranjeros como Ilya Ehrenburg, el que cuenta en sus Memorias (Gentes, Años, Vida) cómo peregrinó, asaltado por tribulaciones que lo llevaban al cristianismo, hacia el pueblo de Francis Jammes, buscándolo como un guía, aun cuando se dio cuenta, dice el soviético, que no hallaría en el "poeta de inocencia franciscana" un maestro sino un padre que le ofreció un vaso d aguardiente de cerezas preparado por él mismo. Los años de Francis Jammes transcurrieron sin mayores sobresaltos, y es uno de los pocos autores que unen vida y poesía. Habitó siempre en dos pequeños pueblos de los Pirineos: Orthez y Hasparren. En su juventud fue pasante de notario, pero nunca ejerció, dedicándose a las labores literarias. Trabajó duramente y sus libros publicados bordean el centenar, entre poemas, novelas, ensayos y biografías, aun cuando nunca alcanzó mayor bienestar económico. Era un típico francés de provincia: católico, aficionado a la pesca, la caza, la jardinería, buen padre de familia (tuvo ocho hijos), alegre, y gustador de la buena mesa, como ejemplar francés del Mediodía.

Al hacer un punto aparte, podemos hablar de Francis Jammes en Chile. Su auge estuvo en la década del 20, cuando los escolares aprendían sus poemas de memoria, las adolescentes se conmovían con "Manzana de Anís" y muchos poetas seguían su paso. Entre otros, Jorge González Bastías y algunos de los de la generación del 20: Alberto Rojas Giménez (que escribió un poema dedicado a Clara de Ellébeuse, heroína de Jammes), Armando Ulloa, Romeo Murga, Víctor Barberis. En ellos está clara la ligazón con el Jammismo: un estilo directo que no pretende ser "estilo", vocabulario simple, observación poética de las realidades más cotidianas, sentimentalismo amoroso mezclado a sensualidad violenta... Merece recordarse además a Sergio Atria, quien realizó excelentes traducciones de Jammes en la revista Claridad, órgano de la combativa Federación de Estudiantes. Al cumplir ahora su primer centenario, tal vez se pueda uno dirigir a Francis Jammes como Mario Benedetti a Rubén Darío: "Tienes cien años, pero no los representas".





Publicado en el número 5 de Árbol de Letras, en abril de 1968,
y luego en La Tribuna de Los Ángeles, el 10 de agosto del mismo año.