sábado, 15 de marzo de 2008

"La edad de oro", de Camilo Marks



Crónica del forastero no dejó muy contento a Teillier en su época, pero los años se han encargado de comprobar cuán equivocado estaba el poeta. Si hay un poeta chileno cuyos versos rememoran el paraíso perdido, la edad de oro, la infancia sin manchas, esa etapa angélica de la vida sin culpas, sin remordimientos, sin pecado, ese autor es indudablemente Jorge Teillier (1935-1996). La crítica literaria lo catalogó, muy temprano, como el creador, en el país, de la poesía de los lares, es decir, del hogar o de la aldea primigenia, la pequeña ciudad del amor romántico, donde se originan las leyendas y la gente conversa todo el día (en este caso, Lautaro, la sureña localidad donde el bardo nació). Y Teillier, con justa razón, se quejó, una y otra vez, de las limitaciones y el reduccionismo de ese encasillamiento. En verdad, su producción -doce colecciones de poemas, en general breves y de corte narrativo- iniciada en 1956 con el excepcional tomo Para ángeles y gorriones, al que siguieron El cielo cae con las hojas y El árbol de la memoria es bastante más compleja y diversa de lo que el adjetivo lárico sugiere. Los críticos solemos cometer errores, de peso o livianos. Tal vez no fue tan grave, después de todo, haber calificado a Teillier con esa bella palabra, que él mismo reivindicaría años más tarde. Porque ella alude a una época en que fuimos felices mientras creíamos en las utopías o, simplemente, porque durante la niñez o el inicio de la adolescencia, nunca se es del todo infeliz. Hacia 1963, el éxito y la fama de Teillier se volvieron contra él y algunos amigos -en especial Enrique Lihn- comenzaron a acusarlo de escapista, apolítico, juvenil en exceso y descuidado en el estilo. La respuesta de Teillier fue el ensayo "Los poetas de los lares: nueva visión de la realidad en la poesía chilena" (1965), una acabada defensa ética y estética de sus versos, con un gran respaldo conceptual, así como una apología de la nostalgia, el mal poético por excelencia. Tal movimiento entroncaba con una genuina tradición nativa, desde Gonzalo Rojas a N. Parra y Efraín Barquero y en el ámbito mundial se vinculaba con R.M. Rilke, Dylan Thomas, Serguei Esenin. Pero mucho más importante que lo expuesto había sido la publicación, dos años antes, de Poemas del país de nunca jamás (Tajamar Editores, Santiago, 2003, 97 páginas. Precio de referencia $7.800) y luego Cuadernos del hijo pródigo, conocido más adelante como Crónica del forastero. El nombre del primer volumen era bastante provocativo y alude, desde luego, a Peter Pan, de J. M. Barrie, autor victoriano de poco prestigio intelectual; además, el título podía hacer pensar fácilmente que se trataba de estrofas para niños. Como sabemos, el muchacho que no quería madurar volaba a la casa de la familia Darling para oír, agazapado en la ventana, los cuentos de la madre, decidiendo llevarse a Wendy al País de Nunca Jamás, una isla donde ella asumiría el rol de la Señora Darling y relataría historias a los niños perdidos, al tiempo que los acostaba. En "Un desconocido silba en el bosque", el magistral cuarteto que inaugura el ciclo, la lectura nocturna es el conjuro para llegar a una realidad superior y entablar un diálogo con nuestra propia imaginación: Se apaga en la ventana/la bujía que nos señalaba el camino./No hallábamos la hora de volver a casa,/pero nos detenemos sin saber donde ir/cuando un desconocido silba en el bosque. Crónica del forastero, a pesar de contener pasajes tan memorables como los del texto previo, no dejó muy contento a Teillier, pues describió este trabajo como "un intento épico para el cual todavía no estoy preparado". Para gran fortuna nuestra y mayor gloria de la lírica nacional, los años se han encargado de comprobar cuán equivocado estaba el vate de La Frontera y así lo prueban las líneas que cierran esta excepcional selección: "Debo enfrentar de nuevo al río./Busco una moneda./El río ha cambiado de color./Veo sin temor/la canoa negra esperando en la orilla".






Sábado 13 de diciembre de 2003