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jueves, 24 de junio de 2010

"Retrato de mi padre, militante comunista", de Jorge Teillier





En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas,
va mi padre en su Dodge 30
por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día,
para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.

Desde hace treinta años
grita “Viva la Reforma Agraria”
o canta “La Internacional”
con su voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución
sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo –su héroe de infancia—
luchaba por Perla White.

Porque su esperanza ha sido hermosa
como ciruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafferte
(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,
cuando al Partido sólo entraban los héroes).

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos
que ha destinado a sus nietos.

Que siga por muchos años
cantando la Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

Que sus días lleguen a ser tranquilos
como una laguna cuando no hay viento,
y se pueda reunir siempre con sus amigos
de cuyas bromas se ríe más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos.

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

















miércoles, 12 de agosto de 2009

"Aproximaciones a la poesía de Jorge Teillier", de Alfonso Calderón







Al publicar Herman Melville, en 1851, su Moby Dick, trata de configurar, a partir de las vidas y ocupaciones de los arponeros, el mundo. El bien y el mal, el capitán y la ballena blanca, permiten a Melville sugerir una ordenación del universo, mediante el cruce de la novela de aventuras y la alegoría.

Veo en la poesía de Jorge Teillier idéntica ambición. La aldea es, también, una imagen del universo. La superposición de un paisaje visible y del paisaje de ensueños, la confrontación de una infancia paradisíaca y de una infancia con zonas negras son rasgos esenciales de su lírica. El poeta tiene plena conciencia de ello, como se comprueba en este texto en prosa, muy poco conocido:

“El paisaje visible de la región de Sologne se convirtió en un paisaje de ensueños. De esto tenía conciencia Alain-Fournier, el que, en una carta a su cuñado Jacques Rivière, decía: ‘Jammes ha mostrado el paisaje como extendiendo una tela. Gide ha expresado la sensualidad del paisaje... Yo no quiero encontrar, como Gide en el paisaje actual, palabras que sugieran el misterio; yo describiré el otro paisaje, el paisaje misterioso’. Este paisaje misterioso es el de un dominio perdido, cuya presencia invisible plantea sobre todo el Gran Meaulnes, confiriéndole perennidad, y dándole el carácter de testimonio de la búsqueda de una edad de oro que alguna vez estuvo en la tierra. El país sin nombre buscado por el colegial Agustín Meaulnes –que estuvo una vez en él, sin poder hallarlo después- es ese paraíso perdido que confusamente el hombre sabe que estuvo alguna vez en la tierra, y cuya última muestra sería la infancia”[1].

Hay en la obra del poeta –que comienza con Para ángeles y gorriones (195ó) y sigue con El cielo cae con las hojas (1958), El árbol de la memoria (1961), para cerrarse con Poemas del país de nunca jamás (19ó3) y Los trenes de la noche (19ó4)- una fundamental unidad (como la que existe en Cántico y clamor, de Jorge Guillén). Esta consiste en la reiteración de un mundo poético que se va condensando, reiterando, amplificando, como un corro, pero, al mismo tiempo, formulando sus propias leyes, su mítica particular, a través de un asedio a memorias reales y ficticias.

El cine mudo, los viejos discos, los libros, las personas, los lugares sirven para recrear el pasado. El rollo que se pone en movimiento, el viejo disco de 78 revoluciones, un autopiano anacrónico o un organillo, la historia de piratas, son medios de contacto con ese orden secreto, mágico perdido. Las revistas de antaño con las hazañas de los primeros deportistas, las películas primeras, las noticias de las primeras guerras del siglo, la era del jazz, la época de la prohibición, la historia de la Frontera (nuestro humilde Far West), sirven para que Teillier afirme su visión literaria y la acerque a cierto tipo de manifestaciones musicales de los últimos treinta años (pienso en las imitaciones de una orquesta completa del conjunto de los Mills Brothers, en El paso del tigre, o en la creación de los Beatles, buscando un cantar fuera de la melodía).

Me atrevo a sugerir algunos aportes fundamentales de Teillier a la lírica nacional, esbozándolos:

a) Creación y asentamiento de una nueva mítica poética;
b) Búsqueda de un lenguaje en el que existe un núcleo emotivo capaz de dejar que muchas imágenes eficaces puedan perpetuarse independientemente del poema, sin perder la voluntad de vínculo;
c) Hallazgo de un metarrealismo, o realismo secreto, que no aspira al regocijo estático del bodegón, sino a existir dentro de una temporalidad subjetiva, y
d) Aprovechamiento de una tradición literaria dispersa (Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan y Wendy, Pickwick Paper's, Stevenson, Salgari, Alain Fournier, Un huracán en Jamaica, el desorden sobrerrealista de los hermanos Marx, etc.) para reaparecer desde el otro lado del espejo con la palabra propia.

La conciencia de hallarse en un mundo probable, cuya temporalidad efectiva es accidental, produce en los lectores de Teillier un falso efecto de juego que conviene desterrar. No es una poesía alegre, porque la nostalgia de la edad dorada tiene su propia historia, sus propias leyes, sus puertas cerradas, como lo advirtió, frenética y delirantemente, Thomas Wolfe.

Si alguna vez, inicialmente, Teillier se distrajo en los decorados, embriagándose –como Valéry decía a propósito de Flaubert- “con lo accesorio a expensas de lo principal”, habría que cargarlo a la cuenta de su juventud (Para ángeles y gorriones es obra escrita antes de los veinte años). Ahora Poemas Secretos y otros textos inéditos anticipan los rasgos inherentes de un cambio. La madurez, eso sí, proviene, antes que del enriquecimiento del mundo circundante, de una lección de las palabras (muchos de los fracasos de la lírica chilena se deben a la inadecuación entre los materiales de la experiencia y los materiales verbales). Asigno a esta reabsorción del mundo poético anterior mediante la búsqueda del campo interior de las palabras (ese otro lado del espejo) un estado muy valioso dentro de la obra de Jorge Teillier. Me remito a observar este fragmento de “La portadora”.

            Y nuestros días son palabras pronunciadas por otros,
            palabras que esconden palabras más grandes.
            Por eso te digo tras las pálidas máscaras de estas palabras
            y antes de callar para mostrar mi rostro verdadero:
             “Toma mi mano. Piensa que estamos entre la multitud
            aturdida y satisfecha ante las puertas infernales,
            y que ante esas puertas
            por un momento, llenos de compasión, aprisionamos amor
                        en nuestras manos
            y tal vez nos será dispensado
            conservar el recuerdo de una sola palabra amada
            y el recuerdo de ese gesto,
            lo único nuestro.


De la individualidad romántica, que se cierra en Los trenes de la noche, se llega ahora a una conciencia estricta de los deberes del poeta como portador de verdades poéticas para los otros, para los demás. Del imperio gozoso de las libres sensaciones –visible en los dos primeros libros- y del regocijo de la memoria fiel, se pasa al descubrimiento de otra tonalidad de las palabras, más firmes, más seguras y propias. El poeta conoce ahora el otro lado de la luna.








en Muertes y maravillas, de Jorge Teillier, 1971.








[1] Jorge Teillier: “El Gran Meaulnes cumple cincuenta años”, El Mercurio, 3-XI-1963. Conviene también tener presentes estas palabras: “... la infancia no es sólo el dominio de la pureza, sino que también allí los ángeles de las tinieblas extienden sus alas”. (‘La terrible infancia’), Las Últimas Noticias, 13-II-1965.













lunes, 22 de junio de 2009

"El retorno de Orfeo", de Jorge Teillier




In memoriam de Rosamel del Valle


La sangre blanca de un cerezo
era el anuncio de nuevas puertas.
Te marchaste junto al invierno
que con su lámpara desenreda las raíces
y hace surgir los sueños de los antepasados.
Viajas junto al invierno,
a las ardillas y a los pájaros nevados
que siempre recuerdan tus manos
alimentándolos en los parques transparentes.

La primavera quiso retenerte
para que descifraras una vez más
los jeroglíficos de sus ramas.
La primavera prometía en vano
el naranjo de la infancia en el patio de cemento
o transformaba en viñedo tu copa de vino.
Ya el tiempo había escrito “muerte” con tinta invisible.
Tú leías sus cartas
sabiendo que cada mañana uno debe despedirse de la muerte
diciendo “Hasta mañana”.
“—Tu muerte o mi muerte –decías— serán como el derrumbarse
fortuito de una lámpara”.
Ahora el invierno ha recogido esa lámpara
y te ilumina en el viaje del retorno
hacia lo más profundo de la noche
“lejos de donde la luz pueda alcanzarte”.


















domingo, 3 de agosto de 2008

"Aparición de Teófilo Cid", de Jorge Teillier






Antes del lóbrego fluir
de los taxis por la ciudad nocturna,
antes de los gatos y perros vagabundos
rodeando los tarros de basura
que crecen para el alba de los desventurados
antes que los brocales de la Frontera
fueran cerrados
por el trabajo de las abejas de la muerte
en los turbios espejos de las pensiones,
el río recién nacía al reflejo de su rostro
unido al rostro de su amada,
y a su paso florecían las lomas de la infancia,
el sol brillaba como el yelmo del Conquistador
y el bosque le entregaba el tótem de los aucas
que nadie supo describir
bajo sus tristes párpados entornados.

Antes de esos bares donde comen los pobres
estrujando sus últimos billetes
como un invierno mendicante las hojas de los álamos,
antes del tiempo estepario de los bares y el Café
antes del despertar friolento en las plazas sin fotógrafos,
antes del cáliz del cloroformo del hospital,
y de la implacable costra de cemento
que se preparaba a sellar sus días,
resonaba siempre en sus oídos
como el mar en los caracoles
el rumor de la casa natal
y el sueño le traía
el regazo de los verdes paraísos.

Ahora
que el náufrago de la noche,
el viejo gladiador vencido
desdeñado por la luz de la ciudad
“servidora sólo de los ricos”
sea hallado por la lluvia del Ñielol
que piadosa lave sus huesos
y nos devuelva su rostro original.

Ahora que su recuerdo sea la llama azul que remienda los puentes
preparando el paso de la primavera
que viene a oprimir locamente los timbres
y su palabra
esa flor que nos aguarda entre los escombros
del tiempo que nos vence
y que él ya ha vencido.


























sábado, 12 de julio de 2008

"En la última página de un libro de Robert Louis Stevenson", de Jorge Teillier





In Memoriam del Capitán J. W. Flint,
muerto en Savannah, 17...

              En el lecho moriste
sin gaya multitud que bendecir
con la última pirueta allá en la horca.
              El fiel Darby Mc Graw
buscaba el ron postrero. El Segundo traía
las monedas de plata para sellar tus párpados
a espaldas del temido Cocinero.

              Por la ventana abierta
el aliento del pantano presagiaba el Infierno.
Pero tú aún cantabas: “Quince hombres quieren
el cofre del muerto”... Y había
blancos gritos de gaviotas y blancos esqueletos
entre los pinos de la Isla lejana.

Y ahora, Capitán resucitado,
siempre irás en pos de otro Tesoro
y surcas la viva luz, el Mar de los Recuerdos
de quienes son los fieles pasajeros
de los crueles y puros navíos de la infancia.

























lunes, 30 de junio de 2008

"A Francis Jammes, en su centenario", de Jorge Teillier





Buen Francis Jammes, amigo del fiel perro
que escondíase de la muerte debajo de la mesa,
te ofrezco el frescor de un ramo de cerezas
que no ha marchitar jamás ningún destierro.

Patriarca de la barba florida, que conocías
los simples nombres llenos de poesía
de todas las muchachas y todas las aldeas
y de cuanto manjar en la despensa alardea,

yo te traigo leche que recién van a ordeñar,
trigales infinitos para tu claro mirar,
el rústico sendero de los vinos pipeños
y una era olvidada para acoger tus sueños.

Que el Burdeos de mis abuelos, por donde tú paseabas,
se abra como una col fresca en la huerta del lar,
y sea yo la sombra con la que contemplabas
los leños y las castañas que van a crepitar.
























jueves, 19 de junio de 2008

"El poeta en el campo", de Jorge Teillier





(Pintura de Marc Chagall)

También podríamos estar tendidos
en el primer plano del cuadro
con la chaqueta manchada de pasto
y de nuestro sueño
quizás surgirían
un caballo indiferente
una vaca de lento rumiar
una choza de techo de paja.

Pero
el asunto
es que las cosas sueñen con nosotros,
y al final no se sepa
si somos nosotros quienes soñamos con el poeta
que sueña este paisaje,
o es el paisaje quien sueña con nosotros
y el poeta
y el pintor.





























domingo, 1 de junio de 2008

"El poeta de este mundo", de Jorge Teillier





a René—Guy Cadou (1920-1951)


Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y
            el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
(“Helena como una gota de rocío en tu vaso”).
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas
            de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de
            Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en
            el invierno
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasserie Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.

En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
            al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.

Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo
            que nos desborda
,
que no significa nada si no permite a los hombres acercarse
            y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos
            del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente
            a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a
            los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los que quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada
            que decir.
La poesía
es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.

Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda
            la primavera
mirando un cesto con manzanas.
“He visto morir a un príncipe”
dijo uno de tus amigos.

Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues también sabías que se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro que
cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.
















viernes, 23 de mayo de 2008

"Lewis Carroll", de Jorge Teillier





Un profesor de matemáticas de Oxford
El reverendo Dogson
Ligeramente tartamudo y zurdo
Nos deja en la primera casilla de otro mundo
Allí para el unicornio somos monstruos fabulosos
Y se oye el ruido de armaduras
De caballeros que piensan mejor cuando están cabeza abajo

El señor Dogson pasea con tres niñitas
Tal vez sueña fotografiarlas desnudas
Pero estamos en el siglo XIX
En plena Era Victoriana
Y se contenta con escribirles cartas festivas
Con narrarles historias
Sobre el otro lado del espejo
y ver fluir sus tiernos rostros en el atardecer de una barca

El nombre de Alicia significa ahora Aventura
Y cuando lleguemos a la octava casilla
Empezaremos a ser reyes
En un juego que ya no vamos a olvidar.

























miércoles, 14 de mayo de 2008

"Frutos del verano", de Jorge Teillier

Fragmento



IV

Tal vez es triste haberse amado
Haberse amado haberle puesto nombre a un árbol
Una mano se vuelve pájaro sin jaula
Sol que los primeros hombres temen no volver a ver
Y aún no se ha descubierto el fuego.




















viernes, 2 de mayo de 2008

"Madrigal", de Jorge Teillier





Te amaré de nuevo
Como a la muerte y a los ríos de septiembre
Mis años tienen la forma de tu cuerpo
Sé la nieve que cae sin decir palabra
Tu silencio es el fin del mundo






* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho)-publicado en 1971-, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".








sábado, 19 de abril de 2008

"Tantos milagros", de Jorge Teillier





Tantos milagros para nada
Cuando al oír un solo nombre
Cae nieve legendaria
Haciendo inclinarse las ramas

Tantos rostros justos y bellos
Como las naranjas en el mediodía de la mesa
Tanta lluvia que siempre llega a tiempo
Tantas calles
Donde las mismas niñas saltan a la cuerda

Tantos milagros para nada
Para apagarse como mi memoria
Un guijarro abandonado por el sol
Que se remonta tras un horizonte
Que ni las aves de la más alta esperanza
Pueden jamás soñar alcanzar







* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".







lunes, 31 de marzo de 2008

"Una casa sin luz", de Jorge Teillier




Una casa sin luz
Una frente en los vidrios
Y por la escalera de caracol
Suben los conjurados
Que esperan al visitante traído por la noche

Tus huellas
En el camino de los notros.
Una mano deshoja
La rosa que para ti crecía en la colina.
Alguien recuerda que te gustaba ver
Al sol desordenando las palomas

Te hallarás frente a una casa sin luz.
Sabes que allí te esperan.
Te lo dicen las calles
Por donde un anciano pasa encendiendo los faroles.
Tú temes entrar en esa casa.

Alguien despierta y cree
Que tus pasos son los pasos de la lluvia.
Ya no quedan huellas en el sendero de los notros.
Preguntarán por ti a gente de otra orilla
Y después dirán que es mejor no nombrarte.







* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".









jueves, 13 de marzo de 2008

"Otro cantar", de Jorge Teillier




Mientras el resplandor del mediodía
Torna más oscuros a los hombres en sus fosas
Las semillas del sol
Hallado en los bolsillos de mi vieja camisa
Hacen germinar todas mis horas

Despójenme de cuanto tengo
Un pájaro volando vale más que cien en la mano
Con mi alfabeto dispongo de lo que necesito
Abejas bosques cardos arroyuelos
Y un vaso de vino canta
La canción de la sola golondrina
Que hace para mí el verano
La canción de todos los blancos ramos
De un porvenir que aún guarda silencio








* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".






jueves, 28 de febrero de 2008

"Por última vez", de Jorge Teillier



Por última vez
fui a tu casa
y frente a la reja de calle
sólo había un pájaro muerto,
y yo no te vería nunca más
y la ciudad era un monumento fúnebre.
De vuelta
todas las muchachas hermosas se parecían a ti,
no quería oír más
las canciones que escuchábamos juntos,
como siempre
vi como se entrelazaban
las vigas de fierro del gran osario de la Estación,
y juré no verte más,
no verte nunca más,
y tú habías citado un verso mío
escrito en la misma Estación:
“Me acostaré con cualquiera menos contigo”.
Las ruedas del tren me repetían esa frase
y yo me desperté cerca del pueblo
que no sería más el mismo pueblo
porque un día te llevé a él,
y quisiera estar en alguno
donde nada pudiera hacerme recordarte,
pero qué cosas pueden no hacerme recordarte.






* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".







sábado, 16 de febrero de 2008

"Carta", de Jorge Teillier




Cuando al fin te des cuenta
que sólo puedo amar los pueblos
donde nunca se detienen los trenes,
ya podrás olvidarme
para saber quien soy de veras.

Sabrás quien soy de veras
y los anillos de la corteza del árbol
serán señal de nuestros desposales,
y podrás entrar al bosque
donde te hallé antes de conocerte.

Y el bosque donde te hallé sin conocerte
se llenará con las hojas de mis palabras.
La noche será luminosa de ojos de caballos
que vienen a beber las aguas del recuerdo
para que siempre haya un amor que no muere.

Porque siempre hay en mí un amor que no muere
y eso te lo dirán los pueblos donde el tren no se detiene,
y el guitarrista ebrio
que entona la canción que te escribí
hará detenerse el remolino de las calles
para mostrarte el camino hacia el bosque.






* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".






lunes, 28 de enero de 2008

"Una ventana", de Jorge Teillier





Todas las nubes
me anunciaban que tú llegarías,
cuando despertaba para volverme
hacia la ventana de los sueños.
Pero tú debías extraviarte:
los pájaros se comían las migas
que sembré para señalarte el camino.
Alguien vestido siempre de negro te vigilaba
y quería transformarte en otra,
para que yo no te reconociera.
Hasta que de pronto nos encontramos
y la realidad hecha pompas de jabón
voló de retorno al país de la pureza.





* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".






domingo, 13 de enero de 2008

"Poema de invierno", de Jorge Teillier




El invierno trae caballos blancos que resbalan
            en la helada.
Han encendido fuego para defender los huertos
de la bruja blanca de la helada.
Entre la blanca humareda se agita el cuidador.
El perro entumecido amenaza desde su caseta
            al témpano flotante de la luna.

            Esta noche al niño se le perdonará
                        que duerma tarde.
            En la casa los padres están de fiesta.
            Pero él abre las ventanas
            para ver a los enmascarados jinetes
            que lo esperan en el bosque
            y sabe que su destino
            será amar el olor humilde de los senderos
                        nocturnos.

El invierno trae aguardiente para el maquinista
            y el fogonero.
Una estrella perdida tambalea como baliza.
Cantos de soldados ebrios
que vuelven tarde a sus cuarteles.

            En la casa ha empezado la fiesta.
            Pero el niño sabe que la fiesta está en otra parte,
            y mira por la ventana buscando
                        a los desconocidos
            que pasará toda la vida tratando de encontrar.






Publicado en MUERTES Y MARAVILLAS (1971).





jueves, 27 de diciembre de 2007

"La llave", de Jorge Teillier




Dale la llave al otoño.
Háblale del río mudo en cuyo fondo
yace la sombra de los puentes de madera
desaparecidos hace muchos años.

No me has contado ninguno de tus secretos.
Pero tu mano es la llave que abre la puerta
del molino en ruinas donde duerme mi vida
entre polvo y más polvo,
y espectros de inviernos,
y los jinetes enlutados del viento
que huyen tras robar campanas
en las pobres aldeas.
Pero mis días serán nubes
para viajar por la primavera de tu cielo.

Saldremos en silencio,
sin despertar al tiempo.

Te diré que podremos ser felices.





* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".







jueves, 13 de diciembre de 2007

"Tarde", de Jorge Teillier




La tarde es una canción
a veces tarareada
por un viajero solitario.
Cuando la canción se apaga
el viento trae palabras
que los árboles no comprenden.

Hojas miedosas se refugian en los cuartos.
Ellas huyen del árbol lleno de musgo,
ese brujo que ha pactado con la noche
y nos ordena cerrar las ventanas.

Toque de queda en el cuartel. Mis amigos
dejan de hacer tagüitas en el río.
¿A qué viajero que una vez cantaba
aún siguen esperando en este pueblo?

Las sombras nos tienden la mano
para llevarnos al molino
en donde junto a una muchacha
cuentan largas historias a los muros.

Rechazamos las manos de las sombras
pues sólo queremos pactar con la noche.
En un árbol hueco tumbado en el camino
se refugia un viajero,
y a ningún viajero que cantaba solitario
debe esperarse ya en este pueblo.