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miércoles, 31 de marzo de 2010

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento



XII



Estoy afirmado
en el cerco rodeado de ortigas.
Leo
hasta que la tarde entrando a la casa del cerro
cierra el pozo luminoso del patio.
Los salmones vuelven a sus cobijos.
Un coipo asoma su chata cabeza. Los matapiojos
vuelan entre juncos. Las trilladoras
trepidan hasta pasada la puesta del sol.

En el bosque oigo rechinar los eucaliptos, ese
millar de puertas que se cierran. Voces lejanas
llaman a los bueyes. El
viento sopla los dedos friolentos de los pinos.
Los mapuches vuelven a sus reducciones por la Calle del Medio.

En el cementerio, la hermana espera que la visiten.
Los amigos de siempre
encapuchados por la vaga neblina del crepúsculo
juegan al tejo después del asado al palo.

Camino,
camino
hasta donde se alarga
la llama de una vela
en la ventana de un pobre zapatero.
Alguien ha regresado
con un libro de Dickens bajo el brazo.
¿Dónde están los demás? ¿Ya los héroes
de “La Hispaniola” no agitan sus linternas sordas
para indicar los derroteros de la Isla?

No me espera sino el miedo
que golpea los muros.
Una sombra hace estremecerse los trigales.
Los árboles acogen a la sombra
y dicen: “Moriremos,
moriremos”. Pero no importa ser abandonado
por los cansados ángeles de la guarda. Para el
forastero, los villorrios
donde aguardan el pan y el vino de los prostíbulos
que transforman las ranas en princesas.

Es el fin del paseo.
Una vaga onda en la laguna
donde el coipo esconde su cabeza.

















sábado, 18 de octubre de 2008

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento



X

Vamos a pasear por los extraños pueblos

ELISEO DIEGO


La noche era un trozo de carbón a punto de arder.
Nada más hermoso que ver al fogonero lanzar paladas.
El horno cambiaba el carbón por oro.
Te dejaron subir a la locomotora.
Hay que amar a la locomotora como a un gran animal doméstico,
amar sus resoplidos, sus nubes de vapor,
la lluvia de hollín con que te bautiza cada estación.


Pero ya han pasado todos los trenes. Han pasado los trenes, la segura rotación de los juegos de las cuatro estaciones: el trompo, el volantín, las bolitas, el emboque. Todo eso es triste. Mientras escribo unos gatos nuevos maúllan tristemente. Y recuerdo el placer de poner mi nombre en los cuadernos el primer día de clases.


Te asomas alarmado a la ventanilla del vagón.
Tu padre bajó al andén para hablar con un amigo,
temes oír de un momento a otro el silbato de partida.
Empiezas a conocer los pueblos de la Frontera.
Tienen nombres que en la lengua de la Tierra
quieren decir: “Guanaco echado”, “Río de brujos”, “Lugar
            de cenizas”.
Viste apolillarse los columpios de una plaza de juegos.

Un zapatero nos saludaba con la V de la victoria.
Se hablaba de la pelea de Godoy con Joe Louis y de la batalla
            de Stalingrado.

Hubo un desfile celebrando la caída de Berlín
y la Bomba Atómica era el fin de todas las guerras.

En un pueblo alojabas en casa de una tía y leías el “Pacífico
            Magazine” con noticias de la Guerra del 14,
en otro viste que al atardecer la gente iba llevando sillas
            para asistir a una función de cine,
en otro escuchaste a los músicos de la Banda Municipal tocar
            “Titina” en un kiosco a punto de caer.

Días de descubrir las aldeas
como más tarde el sabor de cada bebida,
peligrosos como los cercos de alambre de púa en donde uno
            puede enredarse al salir de caza.
Aldeas que he recorrido
por calles fangosas que llevan a las afueras.
Allí hay gente que muere sin haber visto nunca el mar.
Hay muchachos jugando fútbol.
Se cantan rondas que ya no se escuchan en las ciudades:

            Yo me quería casar
            con un mocito barbero.
            Me sentaron en una silla
            y me cortaron el pelo…


En el bar del Hotel estuve esperando las campanadas
            que anuncian la llegada del tren.
Pero los nuevos amigos hicieron llegar nuevas botellas
Y allí estuvimos hasta el alba de los trenes de carga.

Una vez aguardando la llegada de un tren, bajo un aguacero,
me hice amigo de un pobre organillero.
El viento, el frío y la lluvia velaban con nuestra espera,
antes que subiéramos al carro de tercera.

Sí, he vuelto a los pueblos tantas veces
porque el tiempo me suele tener en su guarda.
Y siempre llego por calles barrosas a las afueras
donde los hijos de mis compañeros de curso
juegan el mismo eterno partido de fútbol.


















domingo, 27 de enero de 2008

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento



IX



Atardecer vibrante de alas acogidas de regreso por el árbol.
Alas y campanas del Convento de San Francisco.
Por los poderes de la noche
el pueblo se transforma en otro pueblo.
Tú también tienes poderes:
transformas una piedra en un soldado,
una rama en un caballo.
Pero la noche es demasiado grande
y te da miedo ir a sacar agua al pozo.

Los muertos quieren dirigirse a ti
con los fríos peces de sus palabras.
Las alas de los tue-tué golpean las ventanas.
Hay que ofrecerles pan y queso:
ellos volverán a pedirlo
transformados en hombres.

Hay que decir:
“Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana”.
Una estrella cae.
Alguien morirá.











miércoles, 26 de diciembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier


Fragmento



VII

A Octavio Smith, en La Habana.



La lluvia torna transparente el puente de cimbra.

En un desorden de campanadas
las casas se dispersan a orillas del río.

Se ha echado a perder el tiempo.
El trigo inclina su cabeza
antes de ser torturado como todo salvado..
Quizás haya mala cosecha.

La lluvia cae en los umbrales donde nacimos.
Pasa descalzo el anciano que vende verduras puerta por puerta.

El guardacruzadas tiene frío.
Toda estación es dura para los pobres.

La casa natal
se empequeñece cuando nos acercamos a ella.

Pero alas vibrantes y campanadas
nos hacen recuperar el espacio perdido.

Crucemos el puente de cimbra.















miércoles, 12 de diciembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento


V


a Gabriel Barra

Un desconocido
nace de nuestro sueño.

Abre la puerta de roble
por donde se entraba a la quinta de los primeros colonos,
da cuerda a relojes sin memoria.

Las ventanas destruidas
recobran la visión del paisaje.
Aparecen en los umbrales las marcas
que señalaban el crecimiento de los niños.

Mientras dormimos junto al río
se reúnen nuestros antepasados
y las nubes son sus sombras.

Se reúnen los que partiendo de Burdeos o Le Havre
llegaron a la Frontera por caminos recién trazados
mientras sus mujeres daban a luz en las carretas.

Se reúnen los que fueron contrabandistas de ganado,
ladrones de tierra, dueños de hoteles o almacenes,
bandoleros, pioneros de hachas y arados.

Los que mataron mapuches y aprendieron de los mapuches
                      a beber sangre de corderos
                     recién sacrificados,
y fueron enterrados en lo alto de una colina
mientras los deudos se reunían a tomar aguardiente
                     en el Bajo.

Hablan de su resurrección
los ríos cuyos primeros puentes construyeron,
las herramientas aún guardadas en los galpones,
y los que ahora son partículas de alerce
creen escuchar las campanadas anunciando
                     el primer incendio
del pueblo levantado con tablas sin labrar
en medio del invierno del fin del mundo.

En los establos y prostíbulos
se entrelazan parejas furtivas.
Se celebran matrimonios en capillas rústicas.
Los hermanos se matan por herencias.
Los hijos volverán cantando canciones de trincheras.
Las carretas cargadas con los sacos de las primeras
                     cosechas llegan a las bodegas.

El sol quiere alcanzar el árbol de nuestra sangre,
derribarlo y hacerlo cenizas
para que conozcamos a los visibles sólo para la memoria
de quienes alguna vez resucitaremos en los granos de trigo
                     o en las cenizas de los roces a fuego,
cuando el sol no sea sino una antorcha fúnebre
cuyas cenizas creeremos ver desde otras galaxias.

El silencio del sol nos despierta.
¿De dónde viene ese chirriar de puertas invisibles?
Los visitantes miran la mesa vacía y tratan de decirnos
                     que hace falta derramar la ofrenda
de vino en las tumbas.
En el corazón de los alerces se apaga un tictaqueo
                     repitiendo:
“No hay tiempo, no hay memoria”.

Griterío de choroyes
en busca de trigales.
A orillas del río
buscamos huellas.
Rápido parpadeo
de un día de verano
que despierta con nosotros.





 




miércoles, 28 de noviembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier


Fragmento



III



Los yuyos derrochan su oro al viento.
Estoy buscando caracoles para ponerlos al sol:
          “Caracol, caracol...”
El primer barco es detenido por un guijarro.
(Quién va a reparar nunca esa pena).

          Te hablo a ti, que has muerto.
          Tú has muerto, tu perro ha muerto ahogado.
          Pero si cierras los ojos vendrá a encontrarte a orillas del río.
          No temas: te hallarás con el niño que vivía a orillas del río.


Vives frente al molino.
La mañana está llena de carretas cargadas de trigo hasta el cielo.
El polvillo de la molienda inunda el patio.
Los mapuches pacientes esperan vender su escaso trigo.
Te asomas a la bodega a ver dormir los sacos.
Cavas la tierra en busca de tesoros guardados por los gnomos.
Si comes toda la sopa te llevarán al circo.
La primera vez que fuiste al cine te dio terror:
soldados en paso de parada se precipitan sobre ti.
Te enseñan a saludar con el puño en alto.
Es en 1938 y va a triunfar el Frente Popular.
Una vez te llevaron a la iglesia, pero sólo sentiste miedo
          ante las imágenes sangrantes.
Una anciana te dio una lámpara.
Durante años has buscado su luz,
para que te saluden las sombras de otro tiempo.

          Una lámpara humilde
          que revele las raíces,
          que haga crecer la oscuridad protectora
          contra la luz cruel y sin memoria.


En los ojos de los bueyes
ves hundirse el río la calle donde creciste.

Te llevan al cementerio
a dejarle flores a la hermana.
Había que arreglar la tumba familiar.
Restos de pequeños huesos chocaban con la pala.
Se sabe, sin embargo, que la vida es eterna.

Mañana de verano (harina y lomas amarillas). Subes a la carretela
          del panadero.
Yo te veo
doblar la esquina
perderte
una mañana de pájaros y leche.





a Octavio Smith, en La Habana











sábado, 17 de noviembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier


Fragmento




II




Veo pasar un rostro desconocido
en el canal que corre frente a la casa.
Ese rostro
será mi rostro un día.

Surge un primo muerto, jinete en un tordillo.
Ahora desaparece en la polvareda de los eternos eneros.
El abuelo se mira en el canal.
El abuelo grita que cierren la puerta
y en la galería bebe su blanco vaso de aguardiente.














sábado, 3 de noviembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier


Fragmento




I


En el fondo de toda lejanía se alza tu casa
HERMANN BROCH


“No hay que silbar en la oscuridad”.
Sí,
no debo llamar al perro ya desaparecido.
Debo regresar solo.

La casa se abre
y es una fosa donde dormir
amparado por las hojas,
un manantial interminable
para el desierto mediodía.
Mi rostro quiere recuperar la luz que lo iluminaba
en el verano traído por la corriente del río.

Frente al molino
descargan los sacos de una carreta triguera
con los gestos de hace cien años.
Los gestos son los mismos
aunque la tierra se llene de cohetes
que llevan hacia otros mundos.

En el patio invadido de colas-de-zorro
un caballo se acerca a oler
la trilladora mohosa.

Frente al umbral
recibo la volcada copa de vino añejo
del sol de un nuevo día.

Los gallos me despiertan
y sus cantos
prometen ayudarme a alzar la casa.