Mostrando entradas con la etiqueta 1964 Los Trenes de la Noche y otros Poemas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1964 Los Trenes de la Noche y otros Poemas. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de marzo de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier


Fragmento


16


Ha terminado el verano.
Regreso al pueblo como tantas otras veces
en el sudoroso tren de la tarde.
Ha terminado el verano,
no sin antes marchitar los girasoles,
no sin antes resecar los cardos que crecen junto a los rieles.
A la ciudad debía acompañarme el viento del sur.
El viento que se queda rondando por los campos y es el sereno
que los villorrios escuchan todo el invierno
como serenos que en caserones ruinosos pegan sus oídos
          a relojes sin agujas.
El viento que barre con cardos y girasoles.
El viento que siempre tiene la razón y todo lo torna vacío.
El viento.

Quizás debiera quedarme en este pueblo
como en una tediosa sala de espera.
En este pueblo o en cualquier pueblo
de esos cuyos nombres ya no se pueden leer en el retorcido
          letrero indicador.
Quedarme
escribiendo largos poemas deshilvanados
en el reverso de calendarios inservibles
sin preocuparme de que nadie los lea o no los lea,
o conservando con amigos aburridores
sobre política, fútbol o viajes por el espacio
mientras tictaquean las goteras del bar.

Todo empieza a quedar en penumbras.
El viento apaga la luz de los últimos girasoles.
Todo está en penumbras.
La campana anuncia la llegada del tren
y siento el mismo temor del alumno nuevo
cuando sus compañeros lo rodean
en el patio de cemento de la escuela.

Pero debo dejar el pueblo
como quien lanza una colilla al suelo:
después de todo, ya se sabe bien
que en cualquier parte la vida es demasiado cotidiana.

Hasta luego: rieles, girasoles,
maderas dormidas en los carros planos,
caballos apaleados por los carretoneros,
carretilla mohosa en el patio de la casa del jefe-estación.

Hasta luego,
hasta luego.
Hasta que nos encontremos sin sorpresa
viajando por los trenes de la noche
bajo unos párpados cerrados.






Santiago-Lautaro, 1963



 







miércoles, 12 de marzo de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento


15


Los pueblos se arremolinan en mi memoria
como páginas de un libro arrancadas por una ventolera:
Renaico, Lolenco, Mininco, Las Viñas,
Púa, Perquenco, Quillén y Lautaro.

De nuevo aparecen con sus postes de telégrafo
derribados por el último temporal,
con sus casas afirmadas hombro a hombro
como ancianas que se emborrachan
para recordar las fiestas de principios de siglo.

Los pueblos flotan en mi cabeza
que he inundado de vino en este largo viaje
como flotan los viejos troncos
en los ríos en crecida.

Inundo de vino mi cabeza
para olvidar la cancioncilla senil
que tararea el carro de tercera,
para olvidar a los torpes campesinos
con sus canastos con quesos o gallinas,
y a los viajantes que ofrecen naipes y peinetas.

Cierro los ojos
y afirmo mi frente enhollinada
en los vidrios de la ventanilla
mientras la noche hunde en los ríos
su frente arrugada por los peces.






Santiago-Lautaro, 1963










miércoles, 27 de febrero de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento





14



Podremos saber
que nada vale más
que la brizna roída por un conejo
o la ortiga creciendo
entre las grietas de los muros.
Pero nunca dejaremos de correr
para acompañar a los niños
a saludar el paso de los trenes.










Santiago-Lautaro, 1963





* Publicado originalmente en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS (1964) y posteriormente publicado en MUERTES Y MARAVILLAS, en 1971. Este poema aparece por primera vez con el número “15” en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS, siendo ambas versiones idénticas.

© Nota de Juan Carlos Villavicencio








jueves, 14 de febrero de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento





13



Sobre el techo recién pintado de azarcón
de la bodega triguera
enredada en la humareda que deja el tren nocturno
aparece una luna con cara de campesino borracho,
enrojecida por el resplandor de los roces a fuego.









Santiago-Lautaro, 1963





* Publicado originalmente en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS (1964) y posteriormente publicado en MUERTES Y MARAVILLAS, en 1971. Este poema aparece por primera vez con el número “14” en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS.


Alteración histórica detectada:
(En negritas el cambio dado entre los distintos libros. El verso por estrofa está designado como vX, siendo X el número del verso que corresponda.)

* La única diferencia se da en que en la versión original, al final del v4 no va la “,”.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio





viernes, 25 de enero de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento




12



El silbato del conductor
es un guijarro
cayendo al pozo gris de la tarde.
El tren parte con resoplidos
de boxeador fatigado.
El tren parte en dos al pueblo
como cuchillo que rebana pan caliente.
Los vagabundos quedan mirando
a los niños que corren entre castillos de madera.
De las chozas dispersas a lo largo de la vía
salen mujeres a recoger carboncillo entre los rieles,
otras reúnen la parchada ropa
crucificada en los alambres
tendidos en los patios llenos de humo,
y algunas inmóviles y serias como grandes sandías
recogen en los umbrales el lerdo sol de fines de otoño.








Santiago-Lautaro, 1963














jueves, 10 de enero de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento










11






Con un amigo espero la pasada
del Expreso de las 23,15
ese tren fugaz como botella de vino
en manos de mi amigo y yo.
Tendidos bajo las estrellas tiernas
como los agujeros en la carpa de un circo pobre
mi amigo habla de una muchacha
a la que espera ver a la pasada del Expreso.


Yo no espero ver
sino esas sombras que recorren los cercos en busca
               de mi sombra.
No espero escuchar sino esos pasos
que vienen desde el aserradero incendiado.
No espero ver sino los pedazos de botella
que la luna hace brillar entre los rieles,
y no espero oír
sino los maullidos del gato perdido entre los geranios
que cuidó la hija enferma del guardacruzadas.


El oleaje del Expreso
pasa remeciendo la Estación.
Mientras mi amigo corre
hacia ventanas iluminadas y sin rostros,
yo escondo tras los dedos del pasto
mi cara resquebrajada como una hoja
cansada de soportar el peso de la noche.














Santiago-Lautaro, 1963








 









lunes, 24 de diciembre de 2007

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento


9


Yo hubiese querido ver de nuevo
el pañuelo de campesina pobre
con que amarraste tu cabellera desordenada
            por el puelche,
tus mejillas partidas por la escarcha
de las duras mañanas del sur,
tu gesto de despedida
en el andén de la pequeña estación,
para no soñar siempre contigo
cuando en la noche de los trenes
mi cara se vuelve hacia esa aldea
que ahogaron las poderosas aguas.






Santiago-Lautaro, 1963



 







lunes, 10 de diciembre de 2007

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento






7






El sol apenas tuvo tiempo para despedirse
escribiendo largas frases
con la negra y taciturna sombra
de los vagones de carga abandonados.
Y en la profunda tarde sólo se oye
el lamentable susurro
de los cardos resecos.












Santiago-Lautaro, 1963



















lunes, 26 de noviembre de 2007

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier


Fragmento



3



Recuerdo la Estación Central
en el atardecer de un día de diciembre.
Me veo apenas con dinero para tomar una cerveza,
despeinado, sediento, inmóvil,
mientras parte el tren en donde viaja una muchacha
que se ha ido diciendo que nunca me querrá,
que se acostaría con cualquiera, menos conmigo,
que ni siquiera me escribirá una carta.
Es en la Estación Central
un sofocante atardecer
de un día de diciembre.




Santiago-Lautaro, 1963








jueves, 15 de noviembre de 2007

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier


Fragmento


2


Nos alejamos de la ciudad
balanceándonos junto al viento
en la plataforma del último carro
del tren nocturno.

Pronto amanecerá.
Los fríos gritos de los queltehues
despiertan a los pueblos
donde sólo brilla la luz
de un prostíbulo de cara trasnochada.

Pronto amanecerá.
En las ciudades
miles de manos se alargan
para acallar furiosos despertadores.

Pronto amanecerá.
Las estrellas desaparecen
como semillas de girasol
en el buche de los gorriones.
Los tejados palpitan en carne viva
bajo las manos de la mañana.

Y el viento que nos siguió toda la noche
con cantos aprendidos
de torrentes donde no llega el sol,
ahora es ese niño desconocido
que se despierta para saludarnos
desde un cerezo resucitado.




Santiago-Lautaro, 1963



 



miércoles, 24 de octubre de 2007

"Bajo el cielo nacido tras la lluvia", de Jorge Teillier






Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.


O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.


O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: "álamos", "tejados".
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.


Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.


Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.
Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.