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miércoles, 9 de julio de 2008

"Romeo Murga, poeta adolescente", de Jorge Teillier






I

El personaje


En la Generación poética del año 20, Romeo Murga nos parece el ángel guardián que llega a la casa de la poesía por sólo un instante, la ilumina silenciosamente con una linterna, y luego desaparece. Si, el ángel guardián al lado de aquel ángel caído que era Alberto Rojas Giménez, y del ángel perseguido: Joaquín Cifuentes Sepúlveda, aquel que llevaba escrito "mala estrella en caracteres misteriosos en los repliegues de la frente" [1].

Nacido en 1904, en Copiapó, el 18 de junio, muere Romeo Murga en la villa de San Bernardo el 22 de mayo de 1925. Como el lector puede deducir, nuestro poeta no alcanzó a vivir veintiún años. Dejando de lado el ejemplo clásico de Tomás Chatterton, suicida a los dieciocho años, o Medardo Ángel Silva, suicida a los veinticuatro, encontramos en estas latitudes americanas sólo dos casos semejantes de poetas muertos tan precozmente, cuando todo hacía anunciar una futura gran obra: el argentino Francisco López Merino y el uruguayo Andrés Héctor Lerena Acevedo [2], con los cuales está emparentada singularmente la voz poética de Murga.

Cuando para conocer la imagen terrena del poeta acudimos a sus coetáneos, nos impresiona como uno de aquellos seres de los cuales habla Maurice Maeterlinck en El Tesoro de los Humildes, llamándolos “los advertidos” y a quienes caracteriza de la siguiente manera: "Los conocen la mayor parte de los hombres, y los han visto la mayoría de las madres. Son indispensables como todos los dolores, y aquellos que no se les han acercado son menos dulces, menos tristes y menos buenos...". Y más adelante: "A menudo no tenemos tiempo de advertirlos, se van sin decir nada y permanecen desconocidos para siempre. Otros se demoran un poco, nos miran sonriendo atentamente, y hacia los veinte años se alejan con rapidez, como si vinieran a descubrir que se equivocarían si permanecieran pasando su vida entre hombres que no le conocían... Están casi al otro extremo de la vida, y se siente que al fin tendrán su hora de afirmar una cosa más grave, más humana, más real y más profunda que la amistad, la piedad o el amor; una cosa que aletea mortalmente en la garganta, y que se ignora y que no ha sido jamás dicha; y que ya no será posible de decir, pues tantas vidas se pasan en el silencio".

La hermana de Romeo Murga, Berta –depositaria de sus poemas por veintiún años, hasta que los publicara en 1946–, escribió que siempre ella y su madre tuvieron conciencia de que Romeo Murga era un poeta y vivieron en la devoción hacia él [3].

"Un visitante de un planeta de sueños que sólo ha descendido a la Tierra para caminar con los ojos vendados o perdidos". Con estas palabras lo caracteriza Elías Ugarte Figueroa [4], que fuera alumno suyo en el Liceo de Quillota.

En medio de la efervescencia de sus años universitarios, plenos de algarabías estudiantiles, huelgas, discusiones de nuevas ideologías, furiosas polémicas literarias, permaneció siempre al margen, en silencio. Así lo recuerda González Vera: "Romeo Murga, alto, magro, de sombrero alón, nunca entreabrió los labios. Las pocas palabras que podía juntar las ponía en sus versos" [5]. Su aspecto físico era correspondiente a lo que –convencionalmente, por cierto– se estima que debe ser un poeta: "Alto. Excesivamente delgado. De rostro moreno, pálido y de ojos verdes. Hablaba poco, reposadamente. Preocupado de algo que no era de este mundo" [6].

Quizás esta actitud no era enteramente instintiva. Elías Ugarte en su artículo ya citado dice que Murga pensaba en los consejos del místico alemán F. J. Alexander, al cual leía: "Si sientes maravillosos estados de espíritu, permanece silencioso, no sea que por hablar les restes intensidad. Custodia tu sabiduría toda y todas tus realizaciones, como el ladrón custodia sus posesiones. Debes conservarte a ti mismo y cuando hayas practicado el silencio durante algún tiempo, estando demasiado lleno, rebosará tu corazón, y te convertirás en un tesoro y en una fuerza para los hombres". Pero la muerte incorporó demasiado prematuramente a Romeo Murga a su sociedad secreta, sin dejar que ese mensaje entero alcanzara a ser pronunciado, después del periodo de atesoramiento. Sin embargo, por una excepcional precocidad de concentración expresiva, sus versos sobreviven. Y para quienes lo conocieron, también su imagen terrestre, pues, como dijo Eugenio González: "En la persistente primavera de su recuerdo palpita, confundida, toda nuestra juventud" [7].



La vida breve de un poeta

Como ya lo estampamos, Romeo Murga nació en Copiapó, ciudad en decadencia a principios de siglo, melancólica, añorante de un pasado de fábula, convaleciente para siempre de la fiebre de plata de Chañarcillo y tantos otros minerales. Algo de esta tranquila decadencia debió haber impregnado los primeros años de Romeo Murga, algo melancólico y triste que conservaría durante toda su breve vida.

Cuidado por su madre y por su hermana mayor, Berta, creció en un ambiente ordenado y tranquilo, como una especie de Sinclair de sus primeros años, ese personaje de Demian. Pablo Neruda habló alguna vez de esa infancia de su amigo: "En todas partes el poeta es el niño entristecido que no habla... así veo a mi amigo el poeta Romeo Murga en una casa blanca, la madre que cosía y callaba... y ese niño solitario y dormido / atravesando en silencio las piezas anochecidas" [8].

Estudió en el Liceo Alemán de Copiapó, y después realiza el viaje bautismal de todos los adolescentes provincianos a Santiago. Llega a la Capital en marzo de 1920 y luego estudia pedagogía en Francés, en el viejo local del Instituto Pedagógico, ubicado en calle Cummings. "En el cuadrilátero de corredores que se formaba, en aquel tiempo, en el Instituto Pedagógico, se paseaba con Eugenio González, Pablo Neruda, Armando Ulloa, Rubén Azócar, Eusebio Ibar, Víctor Barberis, Yolando Pino Saavedra", dice Norberto Pinilla. Y agrega: "En el Liceo Nocturno Federico Hanssen tuve ocasión de intimar con Romeo Murga. Era silencioso; su conversación, tranquila; su conducta, correcta; su trato, afable" [9].

Alguna vez vimos una ya borrosa fotografía de esos tiempos en la cual aparecen en el escenario de una sórdida pieza de pensión los poetas adolescentes Romeo Murga y Pablo Neruda, quizás en esa calle Maruri, cuyos crepúsculos empezaba a descubrir Neruda, cuya alma se transformaba entonces en un "carrusel vacío" [10].

Pronto empezó a publicar sus primeros versos en revistas de la época, sobre todo en Claridad, en Educación y Cultura, en Zig–Zag, no sólo poemas, sino también traducciones de autores franceses y críticas de libros.

En el lenguaje cursi (y encantador, añadiremos) de esos días, el prologuista Norberto Pinilla expresa que por esos días a Romeo Murga: “...el dorado pájaro de la gloria le cantó sus dulces trinos." Quizás uno de estos trinos más notables fue el primer premio en el Elogio a la Reina de la Primavera que obtuvo en las fiestas de 1923 Romeo Murga, con su "Poema de la fiesta" [11]:

        Hay un ciclo sin nubes, de azul sonrisa inmensa
        ardiente y vasto cielo sobre la tierra ardiente.
        En este luminoso cielo de Dios, destella
        la cabellera rubia de un sol adolescente.

Nos complace el pensar en aquellas fiestas memorables, en las cuales tantos poetas empezaron a hacerse famosos. Ya Neruda en 1921 había desplazado, encabezando a los "novísimos", como se decía entonces, a los habituales ganadores de concursos primaverales, como Roberto Meza Fuentes. Junto a la farándula, la poesía reinaba brevemente [12]. El poema premiado aparece como un pequeño libro (similar al que publicara Neruda "Canción de la Fiesta") y junto al poema de Murga, aparece uno de Víctor Barberis [13]. Así nuestro poeta iba tomando notoriedad entre los cincuenta poetas de menos de veinticinco años que rodeaban la Federación de Estudiantes, al decir de González Vera. Su vida se desarrollaba entre "amar, leer y escribir" [14]. En el Santiago de la década del 20 paseaba Romeo Murga con sus amigos poetas, compartiendo esa negra miseria "decente" de nuestra pequeña burguesía. Pablo Neruda ha recordado a Romeo Murga vestido siempre con un traje negro muy cepillado pero ya hecho hilachas, muy digno, muy pobre. "Toda una generación, dice Neruda, fue consumida por las pensiones. Recuerdo a Armando Ulloa, también muerto de tuberculosis...” "Romeo Murga era altísimo, con una cabecita de niño, muy pequeña allá arriba... silencioso entre los extraños, tenía un gran sentido del humor, y sabía reírse, como todos nosotros..." [15].

Se titula tras correctos estudios, de profesor de Estado en la asignatura de Francés en el Instituto Pedagógico y es nombrado profesor en el Liceo de Quillota (1924). Así, nuestro poeta abandona la ciudad y vuelve de nuevo a esa provincia donde: "La monótona vida provinciana / rueda olorosa, tímida, inocente; / llora un cantar, rezonga una campana / y las tardes se apagan mansamente" [16]. Atrás queda la vida de Santiago: esas noches en el Zum Rheim y el Teutonia, en el Jote; las noches de las cuales es reina Hortensia Arnaud; el torbellino de Claridad y la Federación de Estudiantes; las luchas estudiantiles cuando Schnake y Eugenio González son expulsados del Pedagógico; el sospechoso ruido de sables que la oficialidad descontenta empieza a hacer; las prédicas de los anarquistas; la vida literaria con sus encuestas, donde Edwards Bello declara que "Jorge Cuevas es mi autor preferido" y el auge de la nueva generación, con la consagración de Neruda, después que (entre otros) Pedro Prado declara que su obra "se eleva como un surtidor entre la de sus coetáneos", y que va a mostrar su vitalidad en la antología Nuestros Poetas, de Armando Donoso. Romeo Murga, tras el intervalo santiaguino, vuelve a la provincia. A la calma de Quillota. En el Liceo, lo recuerda su alumno Elías Ugarte: "Me parece estarlo viendo en los recreos, con los ojos fijos en el enorme pimiento que ensombrecía el patio de la escuela". Fue su alumno allí también el futuro poeta y novelista Luis Enrique Délano y Rector del Liceo era el escritor Darío Cavada. Este profesor poeta, "alto, delgado, de rostro moreno pálido, de ojos verdes" vivía más que para la pedagogía, para el amor y para los libros. "Tal vez le faltaba carácter y energía para maestro", señala su alumno Elias Ugarte [17].

En Quillota empieza ya a sentirse enfermo. Se traslada, cuidado por su familia, a San Bernardo. De esa época es uno de sus últimos poemas, en donde dice:

        Mi madre está diciendo que me muero de fiebre.
        No es verdad. Voy viajando por ciudades remotas.
        Quizás dentro de poco mi espíritu se quiebre
        por este mar donde llevo mis alas rotas
[18].

No se considera enfermo de una simple tuberculosis (por lo demás, el flagelo clásico de los poetas) sino que se asimila al albatros cantado por su maestro Baudelaire. Era grande y noble ave, espejo de la poesía, que con sus alas rotas se asemeja al poeta que quiere abandonar un mundo en donde no tiene cabida (no nos imaginamos a Romeo Murga como un digno y correcto profesor) y como un nuevo Ícaro, por acercarse al sol termina por caer al mar. En este caso "el mar de la muerte" [19]. El mar de la muerte esperaba a Romeo Murga en la apacible San Bernardo.

Cuidado sin descanso por su madre y por su hermana Berta, la cual veintiún años cabalísticos después de su muerte publicara sus poemas, Romeo Murga fue al encuentro de su muerte. No la deseaba, pero la aceptó. En la pura, fría y simple luz de las últimas horas, su serenidad se hizo mayor, se mostró aun más como él mismo. Su hermana cuenta que esperó tranquilamente su fin, tomó sus últimas disposiciones y dictó sus últimos versos. Una muerte digna de un poeta, en suma. Murió en un tibio día de otoño, esa estación que tanto amaba, antes de llegar a la mayoría civil de edad, igual a uno de esos predestinados de los que habla Maeterlinck.

Su muerte apenas encontró eco en una pequeña nota necrológica en Claridad: "Era un poeta y eso bastaba. ¿Qué más?". Dicen así, quizás con cierta razón. ¿A quién le pueden importar mucho también los poetas y los versos en esta época, diríamos, cuando los altos cohetes cruzan el espacio?

Sería un poeta quien lo recordaría bellamente, melancólicamente también, por cierto. Ángel Cruchaga, en uno de sus "Poemas del pueblo de San Bernardo” [20]:

        Aquí vino a morir Romeo Murga,
        pálido joven de cristal herido.
        Aquí oyó un horizonte
        de pájaros creando la mañana;
        y entre sus manos la canción caía
        como cálida esencia derramada.




II

La poesía chilena hacia 1920


Cuando Romeo Murga empieza a publicar hacia 1922 sus primeros poemas, incorporándose a los "nuevos" –como se llamaba a los jóvenes de esa época– los poetas chilenos de mayor influencia y reconocidos como maestros eran Pedro Prado, que ya había publicado sus grandes poemas de Los pájaros errantes y La casa abandonada (era, además, el poeta favorito de Murga, según testimonio de su hermana Berta), y Gabriela Mistral. Los más populares y los más recitados (en esos tiempos se practicaba, al parecer, la declamación en casi todos los hogares) eran el tribunicio Víctor Domingo Silva y Daniel de la Vega, que empezara a cantar a la provincia, cursi y sentimental.


Ya hemos estampado en otra parte de este ensayo que Vicente Huidobro, pese a haber sobrepasado la docena de libros publicados, era escasamente considerado en Chile. "Hasta 1920 nada sabíamos del Creacionismo", dice Rubén Azócar en el prólogo de su antología Poesía Chilena Moderna. La influencia de Huidobro se empieza a hacer sentir después de 1930, y sin duda alcanza su culminación hacia 1935-40.

Junto a Vicente Huidobro, en lo que llamaremos con un término sin duda demasiado generalizador, vanguardia poética, se hallaba Pablo de Rokha que conmueve el ambiente con Los Gemidos (1920-22). Otros poetas menores, luego, empezarían a incorporar elementos tomados ingenuamente, nos parece ahora, del futurismo, como algunos versos de Loopings de Juan Marín: "anatomía deshecha / como un cuadro de Picasso / prisionera doliente de nuestra civilización / los marineros rubios te levantan / con sus risas de whisky / con sus brazos de sport. O.K. OK."

Se podría también distinguir como una novedad la aparición de un grupo de poetas, encabezados por Salvador Reyes (con su Barco Ebrio, 1923), que buscan motivos en el exotismo de los grandes viajes, las lecturas de Lord Dunsany, Farrére, Mac Orlan.

Naturalmente, este escuetísimo panorama es sólo una introducción para situar la poesía de Romeo Murga, que aparece en el grupo que ya hemos señalado varias veces: aquel encabezado por Pablo Neruda, y en donde está Rojas Giménez, Joaquín Cifuentes Sepúlveda, Armando Ulloa, Víctor Barberis, Rubén Azócar, y un poco más tarde, Gerardo Seguel, Tomás Lago, Luis Enrique Délano, Samuel Letelier Maturana, Antonio Rocco del Campo. Un grupo de poetas que en su mayoría conservan un tono de exacerbado romanticismo, con una dicción elegíaca y melancólica, preocupados de cantar en forma directa y sentimental –poesía hecha de sentimientos, no de razonamientos–, y cuyo más alto exponente en este sentido es (creemos, junto a Neruda de sus primeros libros) Romeo Murga.

Sobre la posición poética de Murga nos ilustra un artículo que con el titulo de "Divagaciones sobre Poesía" publicara en Claridad [21]. Allí plantea su divergencia frente a las nuevas tendencias poéticas, que asimila notoriamente al futurismo de Marinetti (al parecer, todavía se desconocían las experiencias surrealistas nacientes, y la última palabra de la vanguardia poética eran los postulados de Marinetti). Murga no niega que pueda cantarse la belleza del avión o del automóvil, pero protesta ante la tendencia a englobar toda la poesía ante la exaltación de los progresos físicos del nuevo siglo. Nombra como poetas cardinales a Baudelaire y sobre todo a Verlaine, a quienes considera los más altos representantes del verdadero espíritu poético, que sobrepasa las épocas y las modas, expresando los temas llamados eternos: el amor, el dolor, los celos, la muerte, etc. Sobre la técnica poética hace también acotaciones interesantes, señalando como paradigma a Verlaine de una poesía aliada a la música de la palabra; y frente a las nuevas tendencias que la destruyen con un extremado versolibrismo, protesta contra la disolución de las formas.

La lectura de este artículo cauto y medido, en que con notable exactitud define su programa poético, Romeo Murga (recordemos que el poeta tenía apenas diecinueve años) nos confirma en nuestra opinión que el poeta (junto al grupo que tratamos) todavía no hace sino mantenerse en una línea poética que no difiere fundamentalmente de la línea antimodernista de los poetas chilenos con representantes como Gabriela Mistral, Angel Cruchaga, Max Jara (admirado particularmente por Neruda), Carlos Mondaca. Su particularidad, en el caso de Murga, consistirá en una fusión admirable de continente y contenido, en una expresión aún no alcanzada hasta ese momento, del espíritu de una adolescencia melancólica.

Sobre la orientación poética de Murga nos guía también el conocimiento de un artículo que escribió sobre Crepusculario de su amigo Pablo Neruda [22]. En el citado artículo expresa que Neruda "ha buscado los grandes temas eternos y a todos les ha dado originalidad"; luego, indica que "ha vivido mucho, y en consecuencia ha sufrido mucho" (palabras que podrían aplicarse al mismo Murga. Y es notable observar cómo indica que ha vivido mucho un poeta que tiene sólo diecinueve años. Bien que la vida de un poeta alcanza una intensidad, que hace caber en breve lapso experiencias largas). Si resumimos nuestras observaciones, vemos cómo Murga está ubicado junto al grupo que se reunía alrededor de Claridad en una línea definidamente romántica (casi lo diríamos en el sentido al uso de sentimental), ajena a la experiencia de vanguardia poética, que sigue la corriente de los maestros del siglo XIX de la poesía francesa. Y he aquí un fenómeno digno de estudio aparte, y que ahora sólo podemos tocar tangencialmente: que la influencia de la poesía española contemporánea es casi nula en el grupo de poetas que estudiamos, que en cambio admira a Baudelaire y Verlaine. Vemos esta predilección por lo francés en Romeo Murga particularmente, que traduce a Paul Fort (traducido anteriormente por el poeta Enrique Ponce, 1916); Charles Nodier, Henri Barbusse, Anatole France, Marcel Schow. Entre los poetas contemporáneos de la lengua, Romeo Murga sintió especial predilección no por un español (ya que Garcilaso, como de sobra se sabe, es renacentista) sino por el gran Rubén Darío, como lo indica Norberto Pinilla [23]. La influencia de los poetas españoles contemporáneos que había sido fuerte en la generación anterior a la de Murga a través de Juan Ramón Jiménez, y de un poeta menor como Andrés González Blanco (que influye, sobre todo, en Daniel de la Vega), volverá sólo una década más tarde con García Lorca, cuyo ejemplo provocó una invasión de "guitarreros" en la poesía chilena.




Poesía de Romeo Murga

La obra de Romeo Murga es, naturalmente, escasa. Los pocos años de vida del poeta impidieron que llegara a realizar toda su tarea poética.

Su obra fundamental es El canto en la sombra, publicado por su hermana Berta en 1946. En vida, alcanzó a tener entre sus manos un pequeño opúsculo: El Libro de la Fiesta, del cual ya hemos hecho mención. En 1955 en los cuadernillos "Hacia", publicados en Antofagasta, bajo la dirección de Andrés Sabella apareció Clara Ternura, un conjunto de poemas en prosa, que creemos no agregan mucho a su obra, e incluso a veces parecen borradores de sus poemas. Sin embargo, presentan un interés biográfico, y allí aparecen evocaciones de su infancia, del pueblo, de las Fiestas de la Primavera, en una prosa clara y simple, de ritmo lento.

Sin duda, Murga fue un intenso trabajador, pues aún quedan inéditos dos de sus libros: Voz clara y Alma (del cual se hizo una selección, que es Clara Ternura). Además, publicó varios artículos y traducciones de autores franceses: Andrea Chenier, Barbusse, Anatole France, Paul Fort, Charles Nodier, uno de los primeros románticos, cuyo poema "Elle était bien jolie" resulta, al ser traducido, curiosamente murguiano:

        Era bella, muy bella, cuando por la mañana
        iba hollando su blanco jardín de maravillas,
        buscando en los panales las abejas sencillas,
        y del florido parque la senda más lejana.

La poesía de Murga ha llegado a nosotros principalmente gracias a la edición de El Canto en la Sombra. Por este motivo, al analizar su obra, nos referiremos en especial a este libro. Más que experiencias, ya lo hemos dicho, Romeo Murga tuvo sentimientos. En su obra, vida y poesía no se separan: esta última es plasmación de la primera. Se ha dicho por quienes lo conocieron que Romeo Murga era un hombre sereno, silencioso. Su poesía responde a esta descripción: casi toda ella escrita en verso solemne, digno, medido, que contrasta con la soterrada pasión o exaltación que encierra. En la vida de Romeo Murga el amor ocupó el primer lugar, lo habrá de ocupar asimismo en su poesía:

El mismo cuida de advertirlo, diciendo:

        Toda mi poesía, oh Amada, no es más que eso:
        el vasto nombre ardiente de amor con que te llamo.
        Estás en mis cantares, bella y eterna y sola,
        mostrando tu divino modo de ser hermosa.
        ¡Las que se inclinen sobre mi río de canciones
        sólo verán al fondo tu imagen temblorosa!

        ...
        Si tú eres amorosa canción rubia y humana,
        mi voz no es más que el eco triste de esa canción...


("Mi voz no es más que el eco" de El Canto en la Sombra).


De los treinta y un poemas que componen El Canto en la Sombra, dieciséis están incluidos en la sección llamada "Mujer, eterno estío". Igualmente, la mayoría de sus poemas en prosa están consagrados al tema del amor. La poesía para nuestro autor será especialmente el canto de la o las mujeres amadas. El poema nace inconteniblemente ante la amada, es la manera más secreta y verdadera de dirigirse a ella, la poesía es una clara llamarada. Actitud sensual, característica, por lo demás, de gran parte de la poesía hispanoamericana de aquella época.

La particularidad de la poesía erótica de Romeo Murga la constituye una lucha constante entre la sensualidad y la castidad: cada caída (en el sentido cristiano) aumenta luego el sentido de culpa, como era característico –se sabe– de Paul Verlaine, uno de los maestros poéticos de Murga. Como él, Murga ruega a Dios y a los santos, para que lo ayuden a salvarse. Escuchémoslo, un poco:


        Por mi cuerpo doliente, tosco vaso de tierra
        que envuelve la lujuria con sus llamas malditas.
        Cuando la carne mata todo el goce que encierra
        en el silencio enorme, eres Tú quien nos grita.

        Por mis manos, morenas serpientes voluptuosas
        que fueron tentación para la frágil Eva;
        y mis pies, lastimados de zarzas dolorosas,
        que cada día fueron por una senda nueva.



(De "Invocación", en Cantos en la Sombra)


O bien en su "Oración a San Luis":


        Mi oración, San Luis de Gonzaga,
        llegue hasta tu virginidad.
        Con tu divino aliento, apaga
        mi hoguera de sensualidad.

        Tú, San Luis, que nunca supiste
        del hondo deseo saciado;
        tú, San Luis, que jamás mordiste
        la dulce fruta del pecado;

        y que ahuyentaste la lascivia
        con tu virtud santificada,
        y que nunca probaste la tibia
        caricia de la carne amada;

        dame tu gracia transparente,
        y hazme puro como tu voz,
        sin mi pasión de adolescente
        y lleno de gracia de Dios.



Frente a las mujeres mantiene Romeo Murga un dualismo que se manifiesta luego en un amor hacia, por una parte, "las que nunca deshojó como rosas" y, por otra, a aquella como la protagonista del poema "Gracias": "la inquieta, la de este pueblo quieto, con quien vivió": "esa noche de amor corta como un instante"... "la de los rojos besos interminables".

Este dualismo tiene claros antecedentes en la actitud de Baudelaire oscilando entre el tenebroso amor hacia Juana Duval o el platónico a Madame Sabatier; o Francis Jammes, el que en uno de sus poemas se declara "amante de las putas y de las niñas claras". En todos ellos hay una represión de origen cristiano, provocadora de un constante conflicto.

Esta actitud de Murga hace que para él resulte el amor (utilizando una expresión de la Mistral) "un amargo ejercicio". En uno de sus poemas ("Con baja y lenta voz") se lamenta de no haber: "Amado siempre desde lejos". Y en uno de sus poemas en prosa declara:


        Nunca gocé de su intimidad, por suerte. La intimidad habría destrozado mi amor, como me ha destrozado tantos otros. Lejos de su presencia, yo divinizaba su vida sencilla, aureolada de romanticismo provinciano. La llevaba en mi mismo, como un eco, como un perfume, como un dulce pensamiento de felicidad. Por eso, Ella vive más alta que todas en mis recuerdos; cubre, como un vasto cielo puro, mi pasado inocente, y se prolonga infinitamente en todos los caminos que recorro. Por eso tiene sobre las demás mujeres de mis recuerdos la vaga superioridad de lo ideal, de lo que casi fue y todavía espera ser. Por eso es Ella, entre ellas.



(De "Atolondradamente, vivía su adolescencia", en Clara Ternura).



No es quizás por causalidad que se nos viene a la memoria el nombre de la Mistral. Pero más que ella, hay cierto acercamiento de Romeo Murga a Ángel Cruchaga Santa María, alabador también de la mujer lejana e inaccesible: "Era tu amor el único digno de hacerme triste / se me volvió una llaga eterna tu belleza"... o "Tú que eres pura y clara / como si eternamente el Cristo te mirara". ("En el éxtasis"). Un poema esencialmente instructivo sobre la concepción del amor en Murga lo da su poema "Lejana", justamente incluido en numerosas antologías, y quizás el más difundido de los poemas de Romeo Murga:


        Como el sendero blanco porque vuela mi verso,
        eres tú, toda llena de cosas lejanas.
        Llevas algo de extraño, de sutil y disperso
        como el polvo que dejan atrás las caravanas.

        Amas la lejanía y temes la lejanía.
        No has soñado jamás con la paz de tus lares.
        Tienes el gesto claro y la blanca osadía
        de las velas que parten hacia todos los mares...

        Todo camino sabe de tu huella. Los montes
        y el viento te desean. Tú –sin saber, acaso–
        reclinas tu cabeza sobre los horizontes,
        como sobre un regazo.

        Y otra vez al camino, al viaje comenzado,
        a las cosas lejanas del dolor y la muerte.
        Si alguna vez, mujer, pasaras por mi lado
        yo no podría detenerte.

        Me quedaría inmóvil. No me querría asir
        a tu pálida veste de ensueños y azahares;
        sólo por la tristeza de mirarte partir
        como una vela blanca hacia todos los mares...




(De El Canto en la Sombra).


Se ha hablado de la similitud evidente de tono entre los primeros poemas de Neruda y los de Romeo Murga. Creemos que no será ocioso detenerse en este punto un momento. Como ya lo hicimos notar en el estudio sobre la poesía de Rojas Giménez, todo el grupo de poetas que se reunía alrededor de la Federación de Estudiantes del año 20 y de Claridad presenta una constante común, en temas y tonos. Más estrecha que la relación entre Rojas Giménez y Neruda es la de Murga y Neruda. ¿Acaso no podríamos leer estos versos como versos de Crepusculario o de los Veinte poemas?:


        Todo yo fui un camino que tú hollaste, al acaso
        Todo yo fui un camino y sobre ese camino
        no ha de borrarse nunca la huella de tus pasos.

        ...
        Tú eras la que hubiera podido ser un día
        amadora de todas las horas del amado.

        ...
        Y hasta la tierra en sus surcos profundos
        tiembla de gozo como una mujer.
        
...
        Brillan las estrellas. Sollozan los álamos.
        Al extremo del camino se ven las casas
        que aguardan al desesperado.
        Y llega, de lejos, el canto.


Incluso, hay un poema de Murga: "Cuando seamos viejos", que parece ser la contrapartida del "Nuevo soneto a Helena", de Neruda.

Ambos amigos quizás trabajaron juntos sobre un mismo tema. Citaremos como ejemplo el "Poema de la ausente", de Neruda y "Ausencia", de Romeo Murga.
Citaremos sólo algunos fragmentos de este poema en prosa, de Neruda:


        A ti este arrullo, Pequeña, donde estás, donde vayas. Caliente río trémulo, la ternura moja mi voz, mi voz que te nombra. Un hueco aquí entre mis dos brazos... eso eres, Pequeña. Te llamo y mi voz arrastra, pero la oyes...


Y de Murga:


        Veinte ciudades de hombres me separan de ti,
        pequeñita que llenas mi corazón tan grande.
        Entre nosotros dos, la distancia enemiga
        aleja nuestros cuerpos ávidos de estrecharse.
        Estás ausente tú, la que no ha muchas tardes
        se ceñía a mi cuerpo con amoroso lazo;
        la que llenó de amor con su carne aromada
        la trémula oquedad que le hicieron mis brazos.



Sin embargo, existe entre Neruda y Murga una diferencia de fondo. La poesía de Neruda presenta desde sus comienzos un tono desesperado y rebelde, una sensualidad casi vegetal o pantanosa, una vitalidad que son ajenas al espíritu de Murga. Este mismo dinamismo nerudiano hace que rompa cada vez más con las formas, que entre en contradicción de estilos, contradicción que se resuelve en nuevas formas y dicción. Al revés, nos parece que Murga tendía más bien a un ahondamiento en el mismo estilo, una depuración expresiva a partir del estatismo. Pero el campo de las conjeturas es demasiado vasto. Lo que se debe tomar es la obra que nos llegó de Romeo Murga, y no la obra que pudo realizar.

Volviendo al tema amoroso, esencial en la obra de Murga, estimamos en especial su poema "Y morirás un día", en el cual se plantea como todo poeta de verdad, el problema de la supervivencia del amor sobre la muerte, y la consideración de que el amor y la muerte son, en verdad, hermanos gemelos.

Dignos de nombrarse son dos poemas: "La niña rubia" y "Morena", ambos realizados con un sabio tratamiento técnico.

"La niña rubia" está escrito en octosílabos que acentúan la claridad cromática, la impresión de levedad que requiere el tema:


        Melena como el sol de rubia,
        cuerpo de dulces líneas claras,
        rostro risueño y de ojos puros
        como el cielo que ella mirara;
        toda luz, de aurora y de oro
        por los anchos caminos va,
        y entre la claridad del día
        pasa como otra claridad.



Este poema, bañado de luz, contrasta con el tono grave y nocturno de "La morena", donde cambian incluso las vocales, primando las a y las o.


        Morena como el sueño, como la sombra y como
        la cara eternizada de la tierra morena.



Es necesario considerar que en ocasiones Murga no lograba superar un lenguaje gastado poéticamente, y cae en formas de expresión ya hechas; sin lograr transmutar su sentimiento –como lo hace muchas veces– en su tono personal, intransferible, que puede iluminar las palabras más simples, como las que usa habitualmente: soledad, ausencia, canto, camino, arroyo, agua... o esos colores simples y puros, como los de los pintores prerrafaelistas: oro, azul, blanco, amarillo... Sí, a veces nuestro poeta no logra la transfiguración del lugar común en poesía. Así:


        Te esperé esa tarde nublada;
        vino la lluvia y no viniste.
        Cayó una sombra acongojada
        sobre mi gran ensueño triste.
        Vino la llama no esperada
        y no viniste.




("La lluvia y tú").

O:


        Pero al hallarnos fuimos como dos barcos locos
        que se cruzan en medio de la mar.
        Tus ojos me miraron, te miraron mis ojos
        y ya no nos veremos nunca más.



Como reacción tal vez contra la agitación de la época, al tenso ambiente de los años del 20, la poesía de Romeo Murga se hace contemplativa, y el poeta anhela llevar una vida que llamaremos bucólica, exalta esa vida. Es un fenómeno que ha afectado a muchos poetas en épocas análogas, recuérdese el ejemplo de Luis de León, cabalmente analizado por Dámaso Alonso. El volver a la tierra es un cauce de evasión para Murga, como lo es para varios poetas de su generación: citemos a Ulloa, Barberis (que reside largos años en provincia) y Joaquín Cifuentes Sepúlveda, de quien podríamos citar estos versos del "Adolescente sensual":


        Mi abuelo fue labriego. Yo también quiero serlo.
        En el campo conozco que me mejoro mucho.
        ¿Será porque en los pueblos hallo junto a tu imagen
        la imagen de mi negra vida de trotamundos?



La provincia es mirada como una entidad incomparable por Romeo Murga, que traslada al poema las virtudes de un medio comarcano, del cual se espera la salvación:


        Sería una casa rústica, y a su espalda una ancha
        huerta perfumada. Allí terminaría mi mundo
        Hablaría casi sin nostalgia de los viejos caminos, de
        las ciudades, de los barcos.



(de "Sería una casa rústica" en Clara Ternura).

Romeo Murga loa a "las buenas gentes del campo", entre quienes (sin decirlo explícitamente) se adivina que él quisiera vivir, porque:


        No hay inquietud que en sus almas florezca,
        no hay ilusión que los vende los ojos.
        Aman con clara ternura lo humilde:
        gleba y maleza, guijarros y abrojos.



Creemos que el poema que describe mejor su estado de ánimo frente al paisaje, su deseo de alejarse de las ciudades es "El viaje", que nos parece también quizás el mejor de los poemas de Romeo Murga (al lado de "Madres de los poetas", ese poema de estirpe baudelariana, impresionante muestra de madurez). "El viaje" parece escrito quizás en el mismo tren que lleva al poeta de la ciudad a la provincia, como aquel personaje de "El pintor Pereza", o aquel del famoso "Apunte", de Jerónimo Lagos Lisboa: "Parte el tren y el vocerío se dispersa. ¡Adiós poeta!" Con unos pocos trazos, Murga describe un paisaje escueto, de colores intensos y puros, donde en la lejanía se ven algunas figuras. El lenguaje es sobrio, el poema está hábilmente construido, y es digno de observar el recurso de la reiteración, que proporciona a la primera estrofa un tono más intenso, de mayor fuerza expresiva:


        Mi espíritu sonríe como un espejo claro
        que recogiera todos los tonos del paisaje.
        Voy buscando un rincón de soledad y amparo
        pero siento el deseo de eternizar el viaje.
        Voy buscando un rincón de soledad y amparo
        pero el paisaje enorme me da su emoción ruda.
        Mi espíritu sonríe como un espejo claro
        que copiara la imagen de una mujer desnuda.




(de "El Viaje", en Canto en la Sombra)

Para no hacer excepción a los poetas de su grupo, Romeo Murga es un personaje vuelto en numerosas ocasiones a la infancia (ese reino secreto, de propiedad personal): el paraíso perdido que suelen tener los poetas.

La niñez es vista como una época edénica, pura, hasta en el amor; que es claro, desarrollándose en un escenario preparado por la mano de Dios, expresamente casi para que pasee la pareja infantil:


        Fue nuestro amor de niños como un comienzo de égloga,
        lleno de sol, de paz, de horizontes inmensos.
        Dios doró aquel año, con amor, los trigales
        y embelleció de amor los soles y los vientos.



("Como una égloga" en El Canto en la Sombra).



Esta reminiscencia de una época edénica, no puede sino terminar en forma elegíaca. Se canta al irrecuperable "paraíso perdido", añorado como Franz de Galais, ese héroe de El Gran Meaulnes, añoraba su infancia aventurera.


        Se me ha muerto una vida mía,
        vida de juegos y alegría
        bajo el sol de los mediodías
        del verano;
        vida de risas transparentes
        y de beber en las vertientes
        con el hueco de nuestras manos.
        Haber podido hacer eternos los instantes
        de esa aurora perdida,
        y con los ojos húmedos y el corazón fragante,
        haber quedado niños, para toda la vida.




(de "Elegía en recuerdo de mi infancia", en El Canto en la Sombra).



Poesía del corazón, sin aderezos; evocación de la infancia, deseos de volver a esa provincia remota y cercana, en donde aún existe la pureza; todas esas características románticas natas las hallamos en Romeo Murga: ¿será reprochable a un poeta de no más de veintiún años? Su vocación era tan firme que ya a los ocho años escribía poemas –según testimonio de su hermana Berta. Su obra mejor, casi sin parentesco en la poesía chilena basta para darle un lugar preferente en la historia de nuestra poesía. Pese a las dificultades para transmitirlas, pese a los años en que su voz permaneció virtualmente inédita, no hay quien no escuche, entre los amantes de la poesía chilena, la voz de este adolescente que llega a conmover a gentes de tan distintas generaciones a las suyas.

La tisis –ese "mal del siglo" de nuestros años 20– nos privó, que duda cabe, de un poeta excepcional. Pero basta lo que alcanzó a decir. No dejará de ser oído. Y como verdadero poeta, "vate por encima de todo, ya lo señala Romeo Murga, al decir en una de sus estrofas:

        Mi voz ungida en suavidades
        irá a través de las edades
        como el rumor de un claro río.


Así sea.


En Atenea, Concepción, Nº395, del 01 de febrero, 1962.







Notas:

[1] Baudelaire, en su prólogo a su traducción de los cuentos de E. A. Poe.

[2] Francisco López Merino nació en Mar del Plata en 1904 y murió en 1928. Lerena Acevedo nace en Montevideo, Uruguay en 1898 y muere en 1922. Ambos sólo publican un libro en su vida.

[3] En “Evocaaón fraternal”, que prologa Clara Ternura, Ed. “Haga”, Antofagasta, 1955.

[4] En “Invocación al recuerdo de un gran poeta muerto”, Revista Atenea, sept/oct, 1946.

[5] González Vera en Cuando era muchacho (capítulo "La banda de Neruda").

[6] Elías Ugarte Figueroa, publ. cit.

[7] Del discurso de Eugenio González en la romería a San Bernardo, en homenaje a Romeo Murga. Zig-Zag, 7 de junio de 1935.

[8] "Figuras en la noche silenciosa. Infancia de los poetas", por Pablo Neruda. Zig-Zag, abril de 1923.

[9] Norberto Pinilla en su "Prólogo" al Canto en la sombra.

[10] En Crepusculario, 1923.

[11] Publicado en forma de libro junto a un poema de Víctor Barberis con el título de El libro de la fiesta, 1923.

[12] Sería interesante un trabajo acerca de las Fiestas de la Primavera en la poesía chilena. Además de Neruda, Romeo Murga, Barberis, podemos recordar entre los laureados de estas fiestas nada menos que a la Mistral y luego, Barrenechea, Oscar Castro, N. Parra, etc. Podremos comentar que difícilmente algún poeta nuestro no ha empezado su carrera ganando este premio, cantando a la Reina, por decirlo así.

[13] Víctor Barberis publicó luego, en minúsculo folleto, “El Poema de octubre”. Nacido en 1899, dejó de escribir poemas hacia 1926. En sus versos
se reflejaba la vida aldeana de esos años, con notable colorido y exactitud. Actualmente profesor de francés jubilado, espera su obra la justicia de una compilación y edición.

[14] Elías Ugarte Figueroa, publ. cit.

[15] Pablo Neruda, en declaraciones al autor de este trabajo.

[16] Daniel de la Vega, "Prólogo" al Bordado inconcluso, 1916. La acción de este poema se desarrolla en Quilpué, vecina a Quillota.

[17] Elías Ugarte Figueroa, publ. cit.

[18] Poema inédito.

[19] Pablo Neruda, en su poema de homenaje a Cifuentes Sepúlveda, "Ausencia de Joaquín".

[20] Ángel Cruchaga en "Poemas de San Bernardo", en Paso de sombra, 1938.

[21] "Divagaciones sobre poesía", Claridad, junio 9 de 1923, N° 9.

[22] "Crepusculario", comentario de Romeo Murga, Claridad, septiembre 15 de 1923, N° 15.

[23] En "Prólogo" al Canto en la sombra, 1946.




BIBLIOGRAFÍA

Obras de Romeo Murga


El Libro de la Fiesta, en colaboración con Víctor Barberis. Publicado por la Federación de Estudiantes. Contiene el "Poema de la Fiesta", premiado en las Fiestas de la Primavera. Publicado en 1925.

El canto en la sombra, con prólogo de Norberto Pinilla. La aparición de este libro había sido señalada por una nota de Claridad, de agosto de 1924, Nº124. Fue publicado tal como el poeta la dejó listo para las prensas, por su hermana Berta, veintiún años después de la muerte del poeta. Contiene 51 poemas, en 175 páginas. Editorial Tegualda, Santiago, 1946.

Clara Ternura, con prólogo de Andrés Sabella y una "Evocación fraternal", de Berta Murga Sierralta. Contiene 10 poemas en prosa. Cuadernillo Nº3 de las ediciones Hacia. Edición de 300 ejemplares. 16 páginas. Antofagasta, julio de 1955.

En el prólogo a El Canto en la sombra, Norberto Pinilla indica que entre los papeles del poeta se han encontrado notas y apuntes para los proyectos de un libro titulado Voz Clara. En su nota que precede a Clara Ternura, Berta Murga indica que esa publicación es una síntesis de Alma, obra que componía Romeo Murga desde 1923.

"Noticias Literarias", en Claridad, agosto de 1924, Nº124.

"A la muerte de Romeo Murga", poema firmado por Manzur. Iris, de Copiapó, 16 de octubre de 1925.

"Romeo Murga", artículo de Hersalí. Iris, Copiapó. 28 de junio de 1925.

"Romeo Murga", por Mario Vergara Gallardo. La Provincia, Iquique, mayo de 1926.

"Romeo Murga", en El Trabajo, Vallenar, 12 de mayo de 1924.

"Hora de Romeo Murga", Revista Letras, diciembre de 1928.

"Romeo Murga Sierralta", artículo en el Diccionario Histórico y Bibliográfico de Chile, por Virgilio Figueroa, 1931.

"Crónica del año. La poesía en 1923", El Libro de la Fiesta, comentado por Raúl Silva Castro. Claridad, diciembre 8 de 1923. Nº117.

"Romeo Murga Sierralta", por Hernán Sánchez Alister, en Revista Atacama, mayo de 1932.

"Romeo Murga", por Andrés Sabella. Millantún, Nº11, julio de 1943. Acompañada de algunos poemas de Romeo Murga.

"Invitación al recuerdo de un gran poeta muerto", por Elías Ugarte Figueroa. Atenea, septiembre de 1934.

"Romeo Murga", por Andrés Sabella. Últimas Noticias, 9 de junio de 1946.

"El Canto en la Sombra", por Ricardo Benavides. Atenea, marzo, 1947.

"Romeo Murga, poeta de ausencia", por Claudia Solar. Las Noticias de Victoria, 9 de marzo de 1953.

Nuestros Poetas, antología de Armando Donoso. Nascimento, 1925.




Otras publicaciones de Romeo Murga

Artículos:

"Divagaciones sobre Poesía", Claridad, junio 9 de 1923, Nº91.

"Cosas de Francia", Claridad, 14 de julio de 1923, Nº96.



Poemas (no incluidos en libros):

"Canciones" (Soledad y silencio, Evocación, Eva de todos los caminos): Claridad, julio 7 de 1923, Nº95.

"Canciones" (En ese hondo silencio, El último día), Claridad, Nº104, septiembre 8 de 1923.

"Poemas en prosa", Claridad, octubre 13 de 1923, Nº109.

"Sombras de mujeres" (La harapienta, La zagala), Claridad, Nº117, diciembre 8 de 1923.



Traducciones:

Como ya lo indicamos en el texto de nuestro trabajo, Romeo Murga realizó numerosas traducciones, publicadas en Claridad, Zig-Zag, y el periódico Iris, de Copiapó. Tradujo trabajos de: Anatole France, Marcel Shwob, Paul Fort, Andrea Chénier, Henri Barbusse y Charles Nodier.



Nota:

Romeo Murga ha sido incluido en las antologías de poesía chilena de Armando Donoso, Rubén Azócar, Hernán del Solar, Carlos Poblete, Carlos René Correa y Hugo Montes (Antología del Medio Siglo, Ed. Pacífico, 1955).












viernes, 30 de mayo de 2008

"Por un tiempo de arraigo", de Jorge Teillier







Hemos venido siguiendo con interés una reciente polémica planteada en ésta y otras publicaciones por los escritores Luis Enrique Délano y Jaime Valdivieso, en torno al problema de la frustración de los escritores debido a la presión de un ambiente desfavorable y la necesidad del exilio, en otros términos, sobre el arraigo o desarraigo. En el número 3 de la Revista Portal, Enrique Lafourcade insiste en el tema en un artículo suyo sobre La Generación del 50, escrito poco antes de despedirse del país para ir a residir a los Estados Unidos. Curiosamente, en el fondo su planteamiento coincide con el de Valdivieso, pese a las conocidas divergencias ideológicas de ambos. "Quebramos todos los vidrios- dice Lafourcade. Luego, el éxodo". Según él, este éxodo se debe a que aquí un intelectual no goza de ningún rango especial, no se puede ganar la vida, no puede desarrollar su talento. Como ilustración entrega una larga lista de "desterrados" que en el extranjero se dedican a ocupaciones tan espirituales y edificantes como la publicidad, la diplomacia, el buscar casamiento con damas francesas dueñas de castillo, o inaugurar piscinas de viudas de generales mexicanos. Naturalmente, en nuestro país estas actividades no cuenta con demasiado campo. Y a escritores como Carlos Sepúlveda Leyton, Baldomero Lillo, Nicomedes Guzmán, que nunca se expatriaron y lucharon bravamente contra toda clase de postergaciones, no hay para qué tomarlos en cuenta. Tal estado del espíritu es previsible y justificable en Lafourcade, talentoso escritor, por cierto, y buen representante del pequeño burgués ubicuo y cosmopolita, pero resulta alarmante cuando se extiende a un no reducido número de escritores de izquierda. Hemos visto como algunos declaran que este país es una selva, un desierto, que no hay tradición cultural, que vivimos en el paraíso de la frustración. Se desdeña nuestra historia (casi siempre ignorándola totalmente) y nuestra literatura.

La actitud de niños mimados, es bien propia de muchos intelectuales. Piensan que por el hecho de serlo, son seres superiores, y casi en forma inconsciente desean todas las oportunidades y pleitesías posibles. Lo curioso es que las esperan del régimen dominante, sin mostrar la menor confianza por las clases trabajadoras, pese a ingresar muchas veces en sus organizaciones. Frente a ellos, recuerdo a tantos poetas amigos como aquellos que son maestros primarios rurales, que afrontan heroicamente, sin queja alguna, toda suerte de persecuciones y postergaciones, prosiguiendo siempre sus tareas de hombres y de escritores. O en los muchachos como los del Grupo Arúspice y Vanguardia de Concepción; o Trilce, de Valdivia, que en ciudades más bien inhóspitas para los creadores luchan contra el medio transformándolo paulatinamente con sus esforzadas actividades.

Sí, la actitud cínica o desesperanzada no es total. Caracteriza sólo a la mayor parte de los escritores de la generación del 50, representantes de una pequeña burguesía citadina, o de una burguesía venida a menos. Contra ellos, si no teóricamente, en forma vital, se levantan escritores como Edesio Alvarado, que ha confirmado tan abrumadoramente su talento con su obra enraizada en el profundo sur. Y luego, Marta Jara, Nicolás Ferraro, Luis Vulliamy, José Miguel Varas, entre otros. Ellos y poetas como Efraín Barquero, Pablo Guíñez, Rolando Cárdenas, Sergio Hernández, Floridor Pérez, son todos indagadores del espíritu del hombre y del paisaje nuestro, como lo fueron los hombres –de todas las banderas– de la generación del 38.

No tratamos de postular principios de nacionalismos estériles. Menos aún de pedir el encierro. Es necesario viajar, escuchar otras voces, recorrer otros ámbitos, así como superar la nefasta incomunicación cultural que nos impide el acceso a tantos libros, films u obras teatrales.

Un creador debe estar siempre alerta frente al diálogo con los creadores de otras latitudes. Pero los que eligen el éxodo no serán sino zombies, no estarán ni aquí ni en ninguna parte, serán los hombres desarraigados. El autodestierro indica falta de confianza en sí mismo, y es a la vez un peligroso estado de yaconismo intelectual. Si un escritor se considera revolucionario (y siempre todo verdadero escritor ha estado en pugna contra los órdenes sociales injustos), elegirá la lucha contra su medio ambiente, tratará de superarse y superarlo por todos los medios. El lujo de desarraigo se lo pueden dar sólo los pueblos antiguos, ya seguros de sí mismos. El cosmopolitismo es un lujo que puede darse sólo cuando se ha logrado, como ha señalado Juan Rivano, llegar al tiempo del arraigo verdadero: "los tiempos en que haya suelo firme bajo nuestros pies y podamos hablar de una cultura y de un espíritu nuestro, sin que importen sus dimensiones".








Publicado en El Siglo, Santiago, el 13 de noviembre de 1966.










viernes, 7 de marzo de 2008

"La poesía de los lares. Nueva visión de la realidad en la poesía chilena", de Jorge Teillier




Reconocemos, para empezar, que este trabajo será tal vez arbitrario para la mayoría de los escasísimos conocedores e interesados en el desarrollo de la poesía nacional. Pero nuestro objetivo no es el de hacer un inventario de poetas (inventarios a los cuales son tan adictos nuestros críticos y estudiosos armados cada uno con sus respectivos ficheros) sino de elegir entre muchos valiosos y distintos poetas a aquellos que sin ponerse de acuerdo entre si han dado una línea característica a la poesía chilena nueva de los últimos quince años, la que podríamos calificar como de “poesia de los lares”. Por esto, de antemano señalamos la omisión de varios nombres de indudable interés en cualquier ensayo sobre poesía nueva, pero situados en otros puntos del quehacer poético, y por lo tanto, alejados del sentido de este trabajo.[1]


El regreso de Anteo

Tras estas previas aclaraciones, hablamos de poetas jóvenes aún, pero que contaron con la madurez necesaria para afrontar la obra de nuestros poetas mayores -tan aplastante e incluso distorsionadora, especialmente la de Neruda entre las década del 30 a1 50- y que incluso la han asimilado e incorporado a su obra. Poetas que han tenido una visión personal del mundo natural y cultural, que tomaron conciencia de las preguntas de la época, de la perplejidad en que nos situarnos frente al mundo, y han dado sus propias respuestas, sin recurrir a otras artes que las de la palabra, sin transformar la poesía en seudo política, religión o filosofía. Y entre estos poetas destacamos principalmente a Efraín Barquero, Pablo Guíñez, Alberto Rubio, Rolando Cárdenas, Alfonso Calderón.

Un primer hecho que estableceremos es el de que los “poetas de los lares” vuelven a integrarse al paisaje, a hacer la descripción del ambiente que los rodea. Se empiezan a recuperar los sentidos, que se iban perdiendo en estos últimos años, ahogados por la hojarasca de una poesía no nacida espontáneamente, por el contacto del hombre con el mundo, sino resultante de una experiencia meramente literaria, confeccionada sobre la medida de otra poesía. Esto es importante en un país como el nuestro en donde el peso de la tierra es tan decisivo como lo fuera (y tal vez sigue siéndolo) “el peso de la noche”, en donde el hombre antes de lanzarse a los reinos de las ideas debe primero dar cuenta del mundo que lo rodea, a trueque de convertirse en un desarraigado. Mundo singular el nuestro, que hizo decir hace muchos años a Miguel Serrano que el chileno en el fondo de si mismo suele negarse a creer que pueda existir algo más allá del límite de la cordillera y del océano. Los poetas nuevos han regresado a la tierra, sacan su fuerza de ella. Y este movimiento lírico ha tocado curiosamente a los poetas de generaciones pasadas, como Teófilo Cid [2] y Braulio Arenas [3] que fueran iniciadores del movimiento surrealista en Chile, creadores de paisajes mentales, que sin embargo tomaron a la larga conciencia de la tierra y la reflejan en sus últimas obras; así Teófilo Cid escribe su ambicioso (y formalmente frustrado) Camino del Ñielol, en donde declara que quiere ver “el brocal en donde brillan las raíces”, y Braulio Arenas recorre el país y lo inventaría desde su valle natal del Elqui hasta las regiones magallánicas. Asimismo, podríamos alargar la lista con Luis Oyarzún y su Alrededor, Gonzalo Rojas en muchos poemas de Contra la muerte, Mario Ferrero en su Tatuaje marino, N. Parra que recrea una escondida veta folklórica en La cueca larga. Particularmente notable es el caso de Carlos de Rokha, el cual luego de probar con deslumbrante destreza y pirotecnia verbal las innovaciones de la poesía de vanguardia, llega hacia el fin de sus días a realizar una poesía de profundo contenido terrestre y carga nostálgica.

¿Por qué esta vuelta? No basta para explicarla, creemos, el origen provinciano de la mayoría de los poetas, que atacados de la nostalgia, el mal poético por excelencia, vuelven a la infancia y a la provincia, sino algo más, un rechazo a veces inconsciente a las ciudades, estas megápolis que desalojan el mundo natural y van aislando al hombre del seno de su verdadero mundo. En la ciudad el yo está pulverizado y perdido como dice Gottfried Benn, que sueña -intelectual fatigado- a volver a ser “el antepasado de sus antepasados, una masa de musgo en un tibio pantano”. Sin embargo, no se crea que los poetas que trataremos vuelven a escribir una poesía descriptiva y detallista y a realizar una mera enumeración naturalista que conduciría a una especie de criollismo poético, etapa quizás necesaria, pero superada tanto en nuestra poesía como en nuestra narrativa. Si el poeta toma formas populares (cueca o tonada), a su vez las enriquece, como suele hacerlo Alberto Rubio. Pero más, ya en 1956 señalamos (al publicar Para ángeles y gorriones) que es necesario acudir a un “realismo secreto”, pues es sabido que el mundo exterior contiene pocas enseñanzas, a no ser que se le mire como un depósito de significados y símbolos ocultos. Es preciso interpretar y entrar profundamente en el significado de las costumbres y ritos nuestros, que se han ido transmitiendo de generación en generación, y en este sentido, es notable en muchos pasajes la obra de Barquero Enjambre (1957), y luego su El regreso (1962), en donde en un solo aliento se detalla la muerte y entierro del padre, como cosecha y reparto de un fruto, como cena de los hijos. Asimismo, operan en este sentido (ligados a la vez a los ancestros de la Patagonia) muchos poemas de Rolando Cárdenas en El invierno de la provincia. El poeta no se siente solo, sino siempre rodeado de un mundo físico al cual pertenece y que le pertenece, y de antepasados que lo acompañan en su tránsito terrestre, así como se sabe que uno acompañará en venideros tránsitos a sus descendientes. Poesía genealógica, en el buen sentido de la palabra. Y los antepasados y los parientes aparecen en esta poesía naturalmente no en su condición de mero parentesco, sino elevados a la categoría de figuras míticas, transfigurados en ángeles guardianes.


Cultura y tradición

Al revés de lo que comúnmente se cree, pensamos que la poesía -al igual que la revolución- aspira al orden. Enfrentado al caos el poeta rehace el mundo, entrega luego un nuevo mundo cerrado al cual invita a habitar: el poema. Y tiene conciencia de que su poesía no es sólo un fruto espontáneo, sino cultivado con un conocimiento de su oficio y del orden cultural que le rodea. No en balde enunciaba Louis Aragon: “El principal enemigo del canto es la ignorancia”.

A la improvisación, celebrada en demasía entre nosotros, a la indiferencia incluso por la poesía de otras latitudes, al localismo cultural, sucede entre la mayoría de los poetas una actitud de responsabilidad y estudio de su Mester. Podremos ilustrar nuestro aserto con una reciente declaración de Galvarino Plaza frente a su colección de poemas: Traducción libre sobre el origen y la lluvia[4]: “Cada día creo menos en la poesía fruto de la pura sensibilidad ciega, que se genera como los hongos o las lentejas. Es importante, en este orden, la conciencia de los valores que nos son propios: acervo cultural superpuesto a caracteres étnicos...”

Así sucede entonces que en la nueva poesía se halle correspondencia (más que influencia, sin temer en absoluto a este término) con voces desacostumbradas en el desarrollo, de la poesía nacional, pues los poetas buscan desarrollar su propia voz a través de afinidades con creadores; así en estos últimos años es notorio el aporte no ya de las influencias de nuestros poetas como son Vicente Huidobro, Neruda o Pablo de Rokha, sino de las de Prévert, Rilke, Dylan Thomas, Mary Webb (cuya relación con la obra de Efraín Barquero aún no ha sido señalada) entre los de otras lenguas, y la de César Vallejo y López Velarde, entre los de nuestra lengua, además de la revalorización de poetas tan valiosos como Rosamel del Valle y Omar Cáceres, entre otros.


El poeta, hermano de las cosas: hacia una poesía de la comunicación

Nueva particularidad de esta nueva poesía es la de que los poetas ya no se sitúan como centro del universo, con el yo desorbitado y romántico al estilo de Huidobro (“hablo con una voz venida del principio de los siglos”), Neruda o Pablo de Rokha, sino que son observadores, cronistas, transeúntes, simples hermanos de los seres y de las cosas. Los habitantes más lúcidos, tal vez, pero en todo caso, habitantes más de la tierra. Y quizás consecuencia de esta actitud es la de que el lenguaje poético no se diferencia fundamentalmente ya del de la vida cotidiana: no se buscan palabras brillantes y efectistas, se emplean frases y giros corrientes, sin desdeñar por esto las experiencias de renovación verbal en las cuales suele ser un maestro Alberto Rubio. No se desdeña el lugar común, pero el lugar común ya ennoblecido por el uso, como los guijarros transformados por los ríos en claros homenajes al paso del tiempo. La palabra salvada del prosaísmo es irremplazable y no funciona, por supuesto, sólo en un sentido descriptivo. No se hacen imágenes por la imagen, sino que surgen del contexto del poema, que en cuanto a su estructura vuelve a moldes más tradicionales que los predominantes hasta los últimos años: los poemas están construidos desde un centro emotivo o verbal. Incluso Alberto Rubio esconde brillantes innovaciones tras la máscara de la rima y del ritmo. También a la estrofa regular se ciñen regularmente Pablo Guíñez y Alfonso Calderón. Barquero usa preferentemente el verso libre de gran aliento, incluso el versículo a la manera rilkeana de Canción de vida y muerte del corneta Cristóbal Rilke, en su poema fúnebre a su padre, “El regreso”. Quién sabe si esta forma y este lenguaje puedan cumplir en alguna medida el milagro de acercar al poeta a los lectores, no digamos al gran público, aislado obviamente de la poesía no sólo por ciertas condiciones intrínsecas de ella, sino también por la presión de la publicidad que lo desvía hacia otras expresiones, y de las casas editoriales que la han abandonado en el desván de los malos negocios, en forma superficial, pues de paso recordaremos que ninguna novela chilena se ha acercado ni remotísimamente en tiraje a los Veinte poemas de amor, para no dar sino un ejemplo.

Pues la poesía que tratamos es, sin desdeñar los aportes de la poesía de vanguardia -incluido el surrealismo- predominantemente una poesía de comunicación, en contraste con la poesía que durante varios años imperó en nuestro país, en la cual al amparo de grandes palabras que pretendían confundirse con el tono mayor, el acarreo de irrisorios monstruos verbales de cartón piedra, o discursos de cementerio dichos en la oscuridad, se ocultaba una descarada vacuidad que confundía al público. Si la poesía, por naturaleza, constituye una “sociedad secreta” (al decir de Miguel Arteche), no es menos cierto que su misión es la de -sin ceder en lenguaje y visión- incorporar a ella todo hombre que se le acerque.


Nostalgia de la Edad de Oro

Frente al caos de la existencia social y ciudadana los poetas de los lares (sin ponerse de acuerdo entre ellos) pretenden afirmarse en un mundo bien hecho, sobre todo en el del mundo del orden inmemorial de las aldeas y de los campos, en donde siempre se produce la misma segura rotación de siembras y cosechas, de sepultación y resurrección, tan similares a la gestación de los dioses (recordemos a Dionisos) y de los poemas. Por omisión, se repudia entonces el mundo mecanizado y standardizado del presente, en donde el hombre medio sólo aspira a las pequeñas metas del confort como el auto, la televisión en donde el habitante de nuestros países pierde su individualidad gracias al lavado mental de la propaganda y deslumbramiento impuestos por el ejemplo y la propaganda de formas foráneas de vida (esas formas que causan millones de neurosis en nuestro “Gran Vecino del Norte”); en donde el burócrata “técnico en planeamiento” o locutor de radio, o político de maquinaciones en oscuros pasillos, ha desplazado de la conducción de los pueblos al héroe; en donde la ciencia al servicio de intereses económicos amenaza con llevarnos a una destrucción atómica final. “Progresamos. ¿Por qué no retroceder?”, como decía Rimbaud ya en 1873. 0 como indicaba proféticamente Rilke [5]: “Para nuestros abuelos, una torre familiar, una morada, una fuente hasta su propia vestimenta, su manto, eran aún infinitamente, infinitamente más familiares; cada cosa era un arca en la cual hallaban lo humano y agregaban su ahorro de humano. He aquí que hacia nosotros se precipitan, llegadas de América; cosas vacías, indiferentes, apariencias de cosas, trampas de vida... Una morada en la acepción americana, una manzana americana, o una viña americana nada de común tienen con la morada, el fruto, el racimo en los cuales habían penetrado la esperanza y meditación de nuestros abuelos... Las cosas dotadas de vida, las cosas vividas, las cosas admitidas en nuestra confianza, están en su declinación y ya no pueden ser reemplazadas. Somos tal vez los últimos que conocieron tales cosas. Sobre nosotros descansa la responsabilidad de conservar no solamente su recuerdo (lo que sería poco y de no fiar), sino su valor humano y lárico”. El poeta, entonces, como el artesano, debería conservar las cosas reales, en vías de extinción, frente a esta invasión de las irreales que nos son impuestas en serie.

De ahí entonces que Efraín Barquero escriba un libro llamado Los oficios en donde inventaría y canta los trabajos artesanales (así opera asimismo Rolando Cárdenas en Personajes de mi ciudad). Poesía social de contenido profundo y no de fácil consigna, en la que el poeta mismo toma el lugar del trabajador, al que canta con amor y conocimiento.

De ahí también la nostalgia de los “poetas de los lares”, su búsqueda del reencuentro con una edad de oro, que no se debe confundir sólo con la de la infancia, sino con la del paraíso perdido que alguna vez estuvo sobre la tierra (y en este sentido, la nueva poesía chilena actúa sobre el campo de un Dylan Thomas, de Serguéi Esenin, Gerard de Nerval, Milosz y otros). Los poetas ya no se deleitan con la velocidad y el amor al futuro, incluso no les preocupa demasiado la posibilidad de los viajes espaciales, ni el progreso de la ciencia que, lo hemos visto, puede llevar finalmente al exterminio. En este sentido, es bien definida cierta parte de la poesía de Alfonso Calderón, que busca ensoñaciones y fantasmagorías del “país sin nombre” de la infancia, como refugio contra el presente.

Así, los poetas actuales persiguen una Edad de Oro de la cual se tiene un recuerdo colectivo inconsciente, buscan los verdaderos alimentos terrestres, restablecer “la antigua conexión con el dínamo de las estrellas”.


El poeta, habitante del mundo

Sin embargo, esta apertura hacia otro plano de la realidad, no indica una falta de receptividad frente al mundo en que se vive, un cerrarse a sus experiencias. (Pues el mundo es “sagrado” como señala Gabriel Carvajal en su hermoso libro Los nombres de nadie: “Sagrado el golpe del hombre que parte el cielo, raja la madera...”). Con optimismo vemos que existen poetas que no comparten la angustia y la extrañeza frente al mundo de la mayoría de nuestros contemporáneos, sino que se ubican en la tierra como en la casa paterna y al mundo incomunicado e incomunicable de los maníacos de las teorías, de los devoradores de “papel cansado”, de los lumpen-poetas y de los lumpen-críticos, responden afirmando las más humildes realidades con las palabras más humildes, ganadas a través de largas vigilias y experiencias, y piden, con un sentido casi religioso, ser escuchados por sus semejantes, pues la libertad interior que gana el poeta en la creación debe hacerlo trascender por sobre su condición histórica de criatura alienada y hermanarlo en un solo haz con los poetas de cualquier época. Transformar la vida cotidiana del prójimo gracias a una poesía que muestre el rostro verdadero de la realidad: he ahí la tarea. Y no importa que sea incomprendida, escuchada entretanto sólo por unos pocos, porque a la negación siempre un poeta responde con el “si universal”. Y porque siempre está vigente la consolación de un viejo alquimista a uno de sus discípulos: “No importa cuan alejado estés y cuan solitario te sientas; si realizas tu trabajo a conciencia y verdaderamente, amigos desconocidos te buscarán y llegarán a ti”[6]. Pues para estos “amigos desconocidos” es para quienes, en último término, escriben los poetas y para quienes (también en último término) han sido escritas estas líneas.




ANTOLOGIA [7]


Efrain Barquero. Nació en Teno, 1931. En 1954 aparece su primer libro, La Piedra del Pueblo, con prólogo de Pablo Neruda, poesía torrencial, de índole social. En 1956, La Compañera, cantos al buen amor conyugal. Su personalidad se define ya en Enjambre (1957) y luego en El Pan del Hombre (1960) y El Regreso (1961). Como un paréntesis está Maula, libro de humor y de picardia popular, y luego, recientemente, sus Poemas Infantiles (Zig-Zag, 1969) que parecen un paréntesis dentro de su producción.



El Regreso
Fragmento

Padre, no pensé que un día al sentarnos a la mesa estarías
            tu extendido,como la más copiosa de las cenas.
Y serías tu mismo el dispensador de tu tierra más oscura.
No pensé que al reunirnos una última vez, tu crecerías de
            ti mismo más arriba que nosotros.
Y estarías sentado en el silencio de los frutos.
Como lentos y cansados sembradores, en la gran mesa de
            la tierra todos somosa la vez comensales y extraños
            frutos de los dioses.
Parecemos comer, y que alguien nos devora.
Parecemos coger algo en nuestras manos, y es la boca de
            la tierra que se abre ante nosotros.
Habría que pensar en las semillas, en sus granos
            petrificados y secretos.
Habría que pensar en el instante de precipitarlas.



El Afilador

Veréis un tronco viejo
una rueda partida.
Una piedra del mundo
con la cara vacía.

Veréis sólo mi banco
la luz del cielo fría:
me seguirán los niños
como a un ave caída.
Veréis un árbol seco
veréis la piedra encima,
la rueda de madera
polvorienta y perdida.
Veréis que yo he pasado
con mi pobre angarilla,
veréis sólo el acero
vencedor de los días.

(de Los Oficios, 1962)





Alfonso Calderón: Nació en San Fernando, 1930. Sus años de infancia y adolescencia pasaron en Temuco y Los Angeles. Publicó en 1949 Primer consejo a los arcángeles del viento, libro de inmadurez, con evidente influencia de poetas españoles contemporáneos. Su dicción se afina en El país jubiloso" (título sacado de un verso de Dylan Thomas), 1958; en La tempestad (1961) y Los cielos interiores, 1962. Su obra inédita ha obtenido primeros premios en numerosos concursos. Es miembro del Instituto de Literatura Chilena.



La cueca final

¿Quién tañe, ahora, aquella cueca, si hemos muerto?
Juegan los ángeles chilenos pasándose los tejos
y suena la espuela solitaria. Usan siempre golillas
los aldeanos, al calor de una fogata mortecina.

¿Y nunca más verá ponerse traje de cola a alguna
niña, tras lluviosos feriados escolares? El pitío
enmudece en algún cerco y hace el signo de la secta
misteriosa. El damasco se acicala o canta una tonada.
En trajines del otoño, glorias puras asedian
a la mañana apetitosa y a la lúcuma febril.
Silvestres y sonoros los ríos nos despiertan
mientras ciñe el viento una túnica lineal.
El aire pule las piedras a puro escalofrío.
¡Juro, entonces, o prometo, por las yemas
mismas de tus dedos, preservarte de todo fuego,
guardarte los anillos o quitar de tu alma

el pecado original, que nos descubre a todos!.
Pone la muerte pies en polvorosa: besemos nuevamente
las pestañas de alguna niña antigua. La alegría
procede del agua que separa al fuego lastimable

de la ceniza. Maduras las grosellas reintegran
el perfume de tus manos. Doy al viento su cruz
de caballero. Formulo, para siempre, una promesa.
Y en la cueca rompe el bordón aquella risa niña.

(Inédito, 1964)




Rolando Cárdenas. Oriundo de Punta Arenas, 1932. Ha publicado Tránsito Breve, 1959 (editado por la FECH); En el invierno de la provincia (Premio Alerce de la Sociedad de Escritores, 1963) y Personajes de la ciudad con grabados de Guillermo Deisler, Ed Mimbre, 1964. Lo más logrado y personal de su obra (que se singulariza por su cordialidad y emoción) está en su segundo libro, en donde resucita los mitos de su tierra natal, su historia, su desolado paisaje, en donde el viento y la nieve son los personajes junto a la sombra de corsarios y loberos, y de errantes indios condenados a la extinción.



Fueguinos

Los primeros hombres fueron hechos de arcilla oscura
por un antepasado que residía en el cielo.
Siempre vivían alejándose
entre islotes rocosos
más allá del Cabo Forward
o por las últimas orillas del Beagle
donde las estaciones se parecen.
Conocían el viento helado que soplaba desde el océano
cuando se agitaban las ramas de los arbustos.
Esperaban que los primeros guanacos
bajaran a las playas huyendo de la nieve
para proveerse de su piel todo el invierno.

De un roble hueco nacían las canoas,
mientras las mujeres
buscaban huevos de pájaros en la primavera,
“porque en otra época los árboles no quieren”.

Allí comienza la historia de algún bosque
y la tupida cortina de la lluvia
hace pensar que lloverá para siempre.
Subían pequeñas columnas de humo
desde las silenciosas tolderías.
Ellos sabían abrigarse
haciendo arder leños enteros.
Permanecían a su lado como si tuvieran sueño,
porque era hermoso ver arder un árbol inmenso,
retorciéndose, rojo, en medio de viento y de la noche.

Nunca supieron de la muerte,
porque recobraban el tiempo en el secreto del agua.

Pero vivían alejándose del norte
dentro de un roble hueco.

Ahora son los ríos y los montes,
las estrellas rojas que atraviesan la noche.


(de En el invierno de la provincia, 1962)




Carlos de Rokha. Valparaíso 1920, Santiago 1962. Uno de los pocos casos de nuestra historia literaria de alguien que pasó sus días sin distinguir diferencias entre vida práctica y poética, entre realidad y sueño, hasta que el ángel de los poetas se cansó de tirarle las orejas y le retiró su protección. En sus últimos años derivó desde sus poemas de deslumbrante imaginería, pero desprovistos de tensión emocional, a una poesía de ácido testimonio interior que iluminaba premonitoriamente, como linterna agitada entre sombras, su paso próximo hacia la muerte. Su nombre no puede faltar en este testimonio de una generación que lo tuvo también entre los suyos.



El Viajero Inmolado

Yo era el viajero que volvía de un largo sueño
            como de un sostenido olvido
Pero cansado de la tierra y hastiado ya del cielo
Encontré, sin embargo, la casa de los viejos lares,
A mi paso sonaban laúdes de otra edad
Sólo fantasmas parecían los antiguos huéspedes
Ni una huella en el polvo, ni una flor de gracia leve en
            las raíces, nada, nada.
Comprendí que volvía al tiempo de los muertos
Acaso yo mismo era un cadáver lejano
Dejaba atrás mi rostro, venía sin ojos y no traía piel
            para el encuentro.
Mi padre era una sombra,
Pero el vino y el pan
Estaban como antes sobre blancos manteles
¿Quién me aguardaba? Acaso nadie, nadie.
Sólo molinos de sombra se movían en la sombra.
Sólo el esqueleto sin mortaja de aquel perro con que jugué
            en la infancia descansaba en el huerto
            todavía húmedo de mi casa.
Sólo un sendero perdido me llevaba hasta el encuentro
            de la fuente de plata.
Sólo el recuerdo de mi madre
Se agitaba como un extraño viento junto al muro,
Un viento helado, frío y yerto.
Después los viejos criados de la casa
Repartieron la ofrenda del pan y de los vinos.
Debía seguir mi ruta
Hacia un tiempo aún más desconocido que el de ahora
0 hacia una isla encontrada y perdida en la infancia
Como entonces la vivía conjurada en mi alma
Vieja llave que nunca abriría ninguna puerta.

(Aparecida en Orfeo No 2, nov. 1964)





Pablo Guíñez. Nació en 1929 en Lumaco, lugar de la Frontera que desde Pedro de Oña, Neruda y Juvencio Valle ha dada tantos poetas a la lírica nacional. Su primer libro fue Miraje solitario (1952). Luego, 8 Poemas para una ventana (1958). Mantiene inédito -entre otros- un extenso libro, Este canto de amor, terminado en 1961, cuando fue miembro del Taller de Escritores de la Universidad de Concepción. Como tantos poetas, aún no halla editor.



Poética

El poema es un árbol
que al girarlo
se le cae la música.
En el poema crece la palabra.
Y la palabra canta, como un pájaro,
afirmada en el arco primitivo
que desnuda la sangre.


(de Miraje solitario)



Abuelo

Padre de nuestra sangre, mi abuelo silencioso,
don Juan Nepomuceno, Dios lo tenga en su reino.
Y sea azul su capa de campesino dulce,
y su caballo limpio de males de la tierra.
Que su voz guíe el agua como al viento en el cielo
y cuide en la mañana, del rocío y los pájaros.
Que sus manos de polvo sobre el ganado caigan
suaves como una sombra de laurel por sus ancas.

Que por sus ojos baje a la hornilla caliente
un haz de árboles claros para alumbrar la puerta.
Y levanten su espiga las raíces que el agua
sostiene en la humedad de su corazón virgen.

Su soledad de tierra. Su silencio de tierra.
Sus venas hechas polvo y su sangre muerta,
nos afirman como un árbol suyo. Y dormido recoge
su corazón la lluvia que florece en la piedra.


(de 8 Poemas para una ventana)



Se desprenden los muros

Se desprenden los muros, cuando limpias la casa.
La luz converge en ella.
La mesa se desborda.
Y el mantel, así eterno, como un estanque lleno
de peces, nos avisa que el cielo está en tus manos.


(de Este canto de amor. Inédito)





Floridor Pérez. Nació en Yates (Chile austral), 1938. Profesor rural, al igual que Pablo Guíñez. Publicó recién su primer libro Para saber y cantar (1965) en donde con sencillez y claridad habla sobre su gente y su comarca, iluminándola a veces con revelaciones de mágica prestancia.



Donde crecimos

No hemos vuelto a la casa en que crecimos.
Ella pensaba que pronto regresaríamos
como días de lluvia
pero no la volvimos a ver
como a la primera niña que amamos.
El viento hojea el libro en que aprendimos a leer.
Volvamos al cuarto en que la madre remendaba
y hallemos la aguja y el dedal de la gallina ciega,
y en el baúl de los abuelos aquellas botas de montar
que creímos únicamente hechas para retratarse
            en las plazas de provincia.

La lluvia vuela como todas las bandadas.
La única
calle de la aldea
llega a todas partes
saltando puentes de madera: pasa
frente al Correo, la Escuela, el Retén, el Boliche;
va a la Iglesia los domingos
y el día que partimos
fue con sus dos veredas a la estación del pueblo.


(de Para saber y cantar)





Alberto Rubio. Nació en 1928. En 1952 publica su libro La greda vasija, que causó un fuerte impacto en nuestra poesía. Pese a que escribe regularmente, sólo entregó en 1962 un pequeño conjunto de poemas, en edición limitada de cien ejemplares (Taller 99).



Tierra

Te van reconociendo, amándote tendida,
si a tropezones te hallo, mis besos compañeros.
Abrupta tierra, antigua, mía, reconocida,
si doy pasos en falso serán los verdaderos.

Si por quererte tanto me cayera seguido
tropezando tus brazos, perdóname, mi tierra;
es que hace tanto tiempo que te cargo al olvido,
que mi hueso cayéndose con tu hueso se emperra.

Más con besos burlados tu cuerpo se me pierde,
porque tú lo falseas, abrupta tierra, antigua,
hundido de sorpresas, con una hierba verde,
con hierba verdadera que nos anda contigua.

Fieles ansiosamente, reconocidos bríos
hacia ti desembocan, tropezando tus besos.
Serán tuyas verdades tus falseamientos míos,
tus besos tropezones, mis abruptos tropiezos.


(de La greda vasija, 1952)



Invierno

Los ángeles de lluvia hacen la lluvia.
elevan la guitarra con sus cuerdas de lluvia,
y lanzan la tonada seminal del invierno.
Una cueca de pájaros se cierne inversamente.
Son pañuelos las nubes que cubre todo el cielo.
Allí arriba los ángeles chilenos bailan cueca,
sordamente extendidos, zarandeando los cielos.
Los árboles se embriagan, sin hojas musicales,
de un vino lleno de hojas allá en su savia adentro.
De raíz en raíz van creciendo, creciendo.
Y bailan una cueca primavera los árboles.


(de La greda vasija, 1952)





NOTAS

[1] Entre estos poetas -materia de otro estudio- por el momento sólo queremos destacar a Miguel Arteche (nació en Imperial 1926) de nutrida y variada obra que culmina con su intenso Destierros y tinieblas (1963) y al epigramático y humorista Armando Uribe Arce (1933), además Iúcido ensayista y divulgador de la poesía de Pound, Montale y T.S. Eliot, entre otros.

[2] Teófilo Cid (Temuco, 1914, Santiago, 1964) publicó Bouldroud (1942), Niños en el río (1953), Camino del Ñielol (1954), y Nostálgicas mansiones (1962).

[3] De Braulio Arenas. (Nació en 1913), ver, La casa fantasma (1962), Ancud, Castro y Achao (1963) y En el confín del alma (1963).

[4] Publicado en los Anales de la Universidad de Chile, 1964. Galvarino Plaza (nació en 1931), ha publicado: Se camina por las calles, se saluda (1956) y Algunas cosas (1962).


[5] En carta a Witold von Hulewitz, 13 de noviembre de 1925, al finalizar sus Elegias del Duino.

[6] Citado por Jung en carta a Miguel Serrano, 14 de septiembre de 1960. (Ver El circulo hermético, por Miguel Serrano, Zig-Zag, 1965).

[7] Una antología más completa incluiría -por el momento- Ios nombres de Rubén Campos Aragón, Eduardo Embry, León Ocqueteaux, Ruperto Salcedo ( véase algunos poemas de Imágenes del Hombre), J. Quezada, Gustavo Adolfo Cáceres, Angel Custodio González (en “Crónica”), Sergio Hernández, Edmundo Herrera (en La casa del hombre) Iván Teillier, Luis Rivano.







Publicado en el Boletin de la Universidad de Chile, Nº 56 - mayo de 1965, pp. 48-62.








domingo, 20 de enero de 2008

"Cuando los magos se adueñan del poder", de Jorge Teillier

Una nueva dimensión de la historia: el nazismo desde el punto de vista del realismo fantástico.




Se ha dicho que la historia es una página en blanco que los hombres están libres de llenar a su guisa. Contrariando las formas habituales con las que se ha llenado la página correspondiente al nazismo, Louis Pauwels y Jacques Bergier, los adalides del realismo fantástico, en una de las partes de su obra Le Matin des Magiciens [El retorno de los brujos] conmueve la historia oficial con una nueva visión del nazismo, nacida de una actitud que consiste en interrogar de una manera fantástica y despojándose de cualquier prejuicio sobre los fenómenos históricos. El resultado de esta actitud –que estuvo acompañada por seis años de búsqueda y recopilación de documentos–es una fascinante e incitadora exploración por las zonas ocultas de donde surgió esta "extraña enfermedad" que fuera el nazismo.

Naturalmente no se puede aceptar de plano las interpretaciones de Pauwels y Bergier, pero tampoco podemos llegar a asomarnos a la ventana que abren para la historia hacia el mundo mágico, que a veces nos obstinamos en ignorar, amparados por un racionalismo estrecho.

A primera vista puede parecer repugnante o provocar un simple alzar de hombros el enunciar que en pleno siglo XX un país fuera gobernado por una sociedad místico–política, que preparaba expediciones para conquistar el Santo Grial; cuyos dirigentes pensaban vencer el hielo de las estepas rusas, haciendo sacrificios humanos; que aceptaban una teoría según la cual la tierra es hueca y otra que dice que toda la historia de la humanidad se explica por la lucha entre el fuego y el hielo; que creyeran poder aliarse con los Superiores Desconocidos, hombres venidos quizás más allá del tiempo y del espacio, con poderes semejantes a los de los dioses y que el hombre mismo estaría al borde de una formidable mutación que lo haría tener también estos poderes. Sin embargo, según Pauwels y Bergier, todo esto creído por Hitler y por el grupo nazista original del que formó parte, y que orientó de manera decisiva la historia contemporánea. Porque para nuestros autores el nazismo es el momento –quizás único en la historia– en el que el pensamiento mágico se apodera de las palancas del progreso material para ponerse a su servicio.

El nazismo tendría su génesis en las sociedades secretas iniciáticas que revelaron al Occidente el aspecto luciferiano del pensamiento oriental. Entre ella, los Rosa Cruces; la Golden Dawn, que dirigiera el poeta Yeats, y fundada por Samuel Mathers, el que pretendía estar en contacto con los "Superiores Desconocidos", que eran sus jefes; la sociedad del Vrill, en la Alemania prenazi, continuadora de la Golden Dawn, y finalmente el Grupo Thulé en el cual se hallaba Hitler, Hess y Karl Haushoffer, y del cual hablaremos con más detalle. "Nada en el universo puede resistir el ardor convergente de un número suficientemente grande de inteligencias agrupadas y organizadas", decía Teilhard de Chardin, La historia del Grupo Thulé narrada por Pauwels y Bergier parece confirmarlo. El grupo tomaba su nombre de una isla mítica que se suponía estuvo situada al norte del planeta, y que habría sido el centro mágico de una civilización desaparecida. Pero todos los secretos de esta civilización no estaban perdidos. Seres intermediarios entre los hombres y los seres del Más Allá, dispondrían para los iniciados de una reserva de fuerza que podría dar a Alemania el señorío del mundo, para anunciar la suprahumanidad y el hombre en mutación.

Dietrich Eckardt, miembro del Grupo y uno de los siete fundadores del Partido Nacional Socialista, al cual Hitler, su discípulo, dedicara el Mein Kampf, declaraba al morir: "Seguid a Hitler. Danzará, pero seré yo quien le escriba la música. Le hemos dado los medios para comunicarse con Ellos". Hermann Rauschning en su libro Hitler me dijo, habla de que el Führer le confesaba: "El hombre nuevo vive entre nosotros. Él está aquí. Le voy a revelar un secreto: He visto al hombre nuevo. Es intrépido y cruel. Tengo miedo delante de él".

Hitler, según Pauwels y Bergier, habría sido una especie de médium en manos del Grupo Thulé, dirigido, según declaró Rudolf Hess durante su cautiverio, por Karl Haushoffer, creador de la Geopolítica, pero a la vez iniciado en los centros budistas secretos del Oriente.

Naturalmente, en el poder muestra una faz diferente a la del "socialismo mágico"; aparece sólo como un movimiento político y social. Sin embargo, sería preciso recordar que, según Hitler: "El que entienda el nacionalsocialismo sólo como un movimiento político, no entenderá gran cosa". Y luego habló, asimismo, de que la idea del nacionalsocialismo era secundaria y se había servido de ella sólo por razones de oportunidad. "Llegará el día en que ni siquiera exista Alemania –expresó en una ocasión–. Lo que habrá en el mundo será una cofradía de amos y señores, por una parte, y de sometidos y esclavos, por otra". Pues el fin de Hitler, según lo expresa el Dr. Aquiles Delmas no era la conquista del mundo, sino el de preparar la aparición de una humanidad de héroes. En este sentido, es esencial la idea de que en el hombre hay posibilidades ocultas y aún no desarrolladas. Esta idea conduce al desprecio de la humanidad corriente. El hombre común no sería sino una larva, y el dios cristiano, dios de la igualdad, un "pastor de larvas". De esta consideración no hay sino un paso para despreciar la cultura ordinaria. Algo más que una simple boutade es la frase de Goering: "Cuando oigo hablar de cultura, echo mano a mi pistola". Para los nazis existía una ciencia "nórdica y nacional–socialista" que se oponía a la judío–liberal. Quizá ante estos antecedentes, no es de extrañar que durante la época nazi tuvieran vigencia oficial dos excéntricas teorías opuestas a la ciencia ortodoxa: la de la tierra hueca y la del Wel o hielo eterno. Contra Einstein fue opuesto Hans Hörbirger. La teoría de la relatividad, la psicología, eran máquinas de guerra lanzadas contra el espíritu heroico de Parsifal.

Hans Hörbirger enunció una cosmogonía que estaba en desacuerdo con la astronomía y las matemáticas oficiales, pero que daba una explicación coherente del origen del universo de acuerdo con el espíritu de las leyes nórdicas. Por lo demás Horbirger, que se sentía un profeta que ha tenido la "revelación", no se preocupaba mayormente de las concepciones científicas coherentes. "Las matemáticas son una mentira sin valor"; "Creed en mí y no en las ecuaciones", eran algunas de sus frases a sus discípulos. Era un aficionado, cierto, pero, según sus seguidores, así como Hitler había vencido a los profesionales de la política, así Horbirger aplastaría a los profesionales de la ciencia. Su teoría halló innumerables adeptos en Alemania, e incluso contó con la adhesión de sabios como Lenard, uno de los descubridores de los Rayos X.

El universo, según Hörbirger, nace de la lucha entre el fuego y el hielo, como en los antiguos cantos de los Edda. En el cielo había una masa ígnea a altas temperaturas que entró en colisión con un planeta gigante constituido por una acumulación de hielo cósmico. Después de un tiempo, el vapor de agua lo hizo estallar en muchos fragmentos. Uno de ellos derivó en nuestro planeta. Según la Wel, en el cielo hay masas de hielo atraídas por la tierra. La tierra ha tenido cuatro lunas. Tres de ellas han caído, se producen catástrofes y se marca el término de una época geológica.

Cuando las lunas se aproximan, se produce un período de gigantismo, debido a que cambia el efecto de la gravitación. El hombre aparece a fines del secundario, pero era un gigante muy distinto al hombre actual, pues, además, estaba dotado de poderes psíquicos extraordinarios. Nuestros ancestros directos son hombres aparecidos a fines del terciario, cuando había una luna alta. En los períodos sin luna aparecieron las razas inferiores. Los hombres fueron educados por sobrevivientes del secundario, y de las Atlántidas sumergidas luego de las catástrofes cósmicas. La idea de que los hombres fueron civilizándose paulatinamente, partiendo del bestialismo, es reciente. En verdad, la humanidad recibió una rica herencia de los Superiores Desconocidos.

La cosmogonía hörbirgeriana alentó el racismo nazi, por lo cual se explica el entusiasmo que sintieron por ella Hitler y Rosenberg. Los seres inferiores aparecidos durante las épocas en que la tierra carecía de luna, imitan al hombre, pero no lo son. Está más lejos de él que los mismos animales. Como no forman parte de la humanidad y son ajenos al orden natural, el exterminarlos no sería un crimen. Los negros, los judíos, los gitanos, no son hombres en el sentido real del término. De allí que nuestra mentalidad halle inconcebibles los crímenes cometidos por los nazis, para los cuales el hombre no es uno solo. Pues según Hörbirger, cada setecientos años el hombre toma conciencia de su destino cósmico, y de nuevo los portadores del fuego pueden distinguir entre el hombre–dios y el hombre–esclavo. La última ascensión del fuego sería la de los Caballeros Teutónicos. Luego, vendría la de la Orden Negra de los nazis. Tal era la SS, orden de iniciados que preparaban en sus campos de concentración y territorios conquistados de maqueta de un mundo futuro de señores, de conquistados y de esclavos. Los seres no humanos debían ser exterminados. Así se pueden explicar los experimentos espantosos de la Ahnnerber, institución dependiente de la SS, que tenía por fin "buscar la localización, el espíritu, los actos, la herencia de la raza indogermánica", y la cual permitió que se cometieran las atrocidades de los campos de concentración o el practicar la vivisección en seres humanos. Y en otro aspecto, la organización de expediciones al Tibet para localizar abejas arias, investigaciones sobre el simbolismo de las catedrales, sobre el origen de los rosacruces. En todas estas investigaciones irracionales, Alemania gastó más dinero que el que gastó EE.UU. en fabricar la bomba atómica.

Capacidad de investigación y dinero se gastó también en la expedición fracasada a la isla de Rügen, en 1942, dirigida por el mejor especialista en radar alemán, Hans Fischer, y destinada a comprobar la efectividad de la teoría de Bender de que la tierra es una esfera hueca y cóncava, en cuyo interior habitamos y en donde se encuentran, además, tres cuerpos, el sol, la luna y el universo fantasma, cuyos granos de luz en un universo de gas constituyen lo que astrónomos llaman estrellas. Fischer, que trabajó más tarde en EE.UU., declaró que los nazis lo hacían efectuar "trabajos de loco". Con estos trabajos de loco y con la expulsión de los sabios judíos como Einstein y Teller, retardaron la fabricación de su propia bomba atómica.

La Segunda Guerra Mundial tendría un sentido distinto al que se le da corrientemente, enfocada por el haz de "luz prohibida" que usan los autores de Le Matin des Magiciens. Se trataría no de una lucha entre naciones o sistemas económico–políticos, sino una lucha maniqueísta entre el bien y el mal, entre el pensamiento humanista y el pensamiento mágico. Así se explicaría lo que parece inexplicable para el sentido común: que Hitler se negara a equipar mejor contra el frío a sus soldados durante la campaña a Rusia el 41, pese a los pronósticos metereológicos. "El frío es asunto mío", decía, pensando que, de acuerdo a las concepciones hörbigerianas los "portadores del fuego" vencerían los hielos. Por ello, Stalingrado, señala Paulwels y Bergier, más que la derrota de un ejército o nación es la derrota de los magos, la derrota de una concepción del mundo, como dijo Goebbels. Pues el mundo del capitalismo y del socialismo tienen más parentesco del que a simple vista se podría creer. En ambos se asigna al hombre el mismo lugar en el cosmos; se cree en la igualdad, el progreso, la justicia, la razón y la realidad de las cosas. El ocaso del nazismo es descrito por nuestros autores con tonos de grandeza de poesía épica: "Ellos querían cambiar la vida y mezclarla a la muerte de una manera desconocida. Preparaban la venida del Superior Desconocido. Tenían una concepción mágica del mundo y del hombre... Odiaban la civilización occidental moderna, fuera burguesa u obrera; el humanismo soso de aquí, el materialismo limitado de allá. Debían vencer, pues eran portadores del fuego que sus enemigos, fueran capitalistas o marxistas, habían dejado, desde hacía mucho tiempo, morir entre ellos, dormidos en un destino llano y limitado. Serían los amos por un milenio, pues estaban al lado de los magos, los grandes sacerdotes, los demiurgos... Y he aquí que eran vencidos, aplastados, juzgados, humillados, por gentes ordinarias, masticadores de chewing gum o bebedores de vodka; gente del mundo es la superficie, positivistas, racionalistas, moralistas, hombres simplemente humanos. Millones de hombres de buena voluntad hacían fracasar la Voluntad de los caballeros de las tinieblas destellantes".

Así se cerraría un capítulo de la historia de la humanidad en el que los magos llegan al poder. Hablamos de poesía en un párrafo anterior. Porque quizá este libro, más que nada, es un libro de poesía, dándole a la palabra su sentido primitivo, de creación. Los libros, según definía André Breton, se dividen entre los que se leen en el viaje y los que hacen viajar. La Mañana de los Magos es el de los que hacen viajar por dominios imprevistos y desconocidos, no sólo de la historia, sino también de la ciencia y el arte. Para quienes amen los inesperado y antirrutinario, este libro, escrito por dos hombres que han unido la imaginación a la sabiduría y el vuelo poético, será una ventana abierta hacia un terreno en el cual la oposición entre ensueño y realidad puede dejar de existir, para dar lugar a una nueva realidad: la realidad fantástica.



En Boletín de la Universidad de Chile, Santiago, Nº39, (06.1963), pp. 65-68.
También en La Nación, Santiago (22.09.1963), p. 4