miércoles, 22 de diciembre de 2010

Recuerdo de Jorge Teillier hablando sobre Eliseo Diego, de Hernán Lavín Cerda







La primera vez que nos vimos fue en aquella hermosa casa de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), en julio de 1966. Nicolás Guillen nos presentó en su oficina. Recuerdo que mi carta de presentación, aquella carta invisible, fueron los saludos fraternales que le enviaba otro gran poeta-niño de nuestra lengua, Jorge Teillier, desde Santiago de Chile, aquel Chile o País de Nunca Jamás, de siempre, de los dominios perdidos, aquel País de la Infancia sumergida en la bruma que sólo puede alimentarse de memoria. Teillier me había dicho durante el otoño de 1964 en el Parque Forestal, junto al Museo de Bellas Artes: "Si alguna vez viajas a Cuba, pregunta por Eliseo Diego. Es un espíritu sabio y silencioso: un poeta excepcional. En su voz resucita la infancia de todos, que estuvo a punto de extraviarse para siempre. Habla con él, búscalo, no dejes de verlo. Nicolás Guillen es el poeta más conocido y divulgado, pero Eliseo es la otra voz, la visión más íntima, la épica de la niñez prodigiosa, la voz y la imagen sensible de los mundos interiores, la presencia de los espejos familiares que sutilmente rescatan el rostro múltiple de quienes fuimos y seremos durante la infancia. Como yo, Eliseo Diego es un lector muy entusiasta de las novelas David Copperfield, de Charles Dickens, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y El gran Meaulnes, de Alain Fournier. Aún no lo conozco en persona, pero lo leo y voy descubriéndolo con asombro y devoción. Tuve la fortuna de leer algunos poemas de su libro En la calzada de Jesús del Monte, que se editó por primera vez en 1949, y me sentí deslumbrado. Hay algo misterioso y casi clandestino en la voz de Eliseo: es un soplo subterráneo que hace vibrar los vasos comunicantes entre la vida y la muerte. 'Ah el terrible esplendor de estar vivo,' como dice en uno de sus textos. Si algún día viajas hacia el Caribe y llegas a la isla de Cuba, pregunta por él y no dejes de verlo. Búscalo, querido Hernán, y que Nicolás Guillen o Cintio Vitier te digan cómo encontrarlo".

En aquella casa de La Habana, bajo el calor y la humedad indomables, conversamos sobre la nueva poesía de Chile y de Cuba, así como de Teillier y de su libro El árbol de la memoria ("Qué bellos poemas y qué título más afortunado", me dijo)...















Fragmento de "Eliseo Diego: El habitante de la memoria",
en Letras.s5.com














viernes, 29 de octubre de 2010

"Si alguna vez", de Jorge Teillier






Si alguna vez
mi voz deja de escucharse
piensen que el bosque habla por mí
con su lenguaje de raíces.










Publicado en el libro EN EL MUDO CORAZÓN DEL BOSQUE, 1997.











lunes, 18 de octubre de 2010

"La amada vikinga del poeta Jorge Teillier", de Miguel Núñez Mercado






La memoria de sus antepasados persigue a Cristina Wenke. Sus ancestros se remiten a los antiguos vikingos. En la lengua vernácula su apellido significa “valiente guerrero”. Sus raíces familiares están en el norte de Alemania. El pueblo de Olemburgo es el punto de partida.

Su casa está llena de recuerdos y retratos de antepasados de viriles y hermosas figuras. Ostentan uniformes con condecoraciones del Zar y del Káiser. Fueron “valientes guerreros” en conflagraciones de otros tiempos y otras tierras.

En su memoria se mezclan desde Antoine de Saint Exupery -que fue un eventual rival de su padre en los cielos de la Primera Guerra- hasta el creador de los Zeppelines. Hay, también, una historia de amor, que trajo a su abuela, enamorada de Emilio Williams, Cónsul de Chile en Bremen, a vivir a Talca. Allí creó, entre otras cosas, el Molino Williams.

Son los personajes reales de una novela que Cristina Wenke pretende escribir algún día. Por ahora, la guarda entre sus numerosos recuerdos. Su historia más cercana tiene como protagonistas a sus padres, el condecorado piloto alemán de la Primera Guerra Hans Wenke y Senta Williams. Aunque ya no están, su memoria aún le humedece sus ojos azules.

Él trajo a Chile la estirpe vikinga de los Wenke. Trabajó en el Molino Williams y administró un fundo en Colchagua. También, junto a Roger Magdhal -y Luis Bastidas-, fueron los introductores de la Palta Fuerte en Chile. Compró las tierras donde aún existían huellas del antiguo Convento Jesuita de San Pascual (Las Condes).

Allí, Cristina Wenke nació y vivió una hermosa infancia. “Yo -recuerda- conviví mis primeros años con un maravilloso misterio. En la casa descubrí que había subterráneos con viejos túneles y celdas. También me convencí que existían duendes, que se paseaban por todas las piezas. A veces, creía verlos o los escuchaba cuando golpeaban las puertas o ventanas”.

A principios de los años 30 Hans Wenke compró, a la sociedad Mattei y Schwenke, el Fundo el Molino del Ingenio, en el límite entre La Ligua y Cabildo. Su madre se enamoró del valle. “Entonces era una viña. Ella decía que se había enamorado de la magia del valle, de su ambiente, del clima, de la luz que irradiaba. Además, había sido una propiedad de ‘La Quintrala’, lo que, después, para mí fue algo maravilloso”.

La precoz imaginación de Cristina Wenke vaticinaba que en sus genes tenía vocación artística. “Mi bisabuelo -dice- coleccionó valiosas obras de arte y mi abuela fue pintora, poetisa y, además, cantaba”. Los largos años de internado en el Santiago College no lograron aplacarle sus sueños de ser artista.

A los 16 años, dejó el colegio y se dedicó a la danza. Tuvo por maestro a Ernst Uthof. “Aunque demostré que tenía condiciones para el baile moderno, me retiré‚ luego. No soportaba al profesor de ballet clásico, quien me decía que por tener las piernas largas no podría llegar a ser una buena bailarina”.

Ingresó a la Escuela de Bellas Artes a estudiar Pintura y Escultura. Allí conoció al escultor Ricardo Mesa. Se enamoró y se casó con el. Vivió, junto a su marido, años fervorosos. Estudió en Alemania, con el maestro Tomas Stadler. Viajó, seis meses, por Italia con un anafe para ahorrarse la comida. Fue parte de la delegación chilena en el Primer Festival de la Juventud en Rusia. Un viaje que no olvida.

Después de varios años de casados, Cristina Wenke y Ricardo Mesa se separaron. Entretanto, había nacido una hija de ambos: Vinka. Su retrato de niña, pintado por su madre, cuelga de uno de los muros de su mágica casa -ahora modernizada- de la calle San Pascual de Las Condes.

A través de las ventanas se ve a un pequeño “duende” que juega entre los árboles. Es su nieto Andrés. Como los antiguos fantasmas de la infancia de Cristina Wenke recorre, revoltoso, todos los rincones de la casa. De repente, aparece y desaparece en la tenue oscuridad de una tarde que anuncia lluvias.



JORGE TEILLIER: UNA “RARA AVIS”


Sin embargo, la historia de Cristina Wenke está ligada, más que nada, al poeta Jorge Teillier. Se conocieron en las graderías del Estadio Nacional, en una actividad política. Fue un día de fines del año 1972 en que Fidel Castro, de visita en Chile, era el orador principal.

Cristina Wenke recuerda que “fui invitada por el pintor Germán Arestizábal. Él era amigo de Jorge y, ambos, habían quedado de encontrarse en el estadio. Yo no lo conocía personalmente, pero sabía que era poeta. Había leído su libro Para Ángeles y Gorriones.

Entonces, Jorge Teillier era una “rara avis” para la poesía chilena del momento. Era extraño que en un tiempo de profundas definiciones políticas, un poeta escribiera: “Los labios del tiempo despiertan/ y pronuncian, mojada de lluvia/ la primera palabra que recuerdan...”. Era la descripción de un invierno en Lautaro, la ciudad natal de Jorge Teillier Sandoval.

Cristina Wenke recuerda que “aunque yo también escribía -pues he tenido varios talentos, pero no constancia- ese día no hablamos de poesía con Jorge. Creo que conversamos un rato de lo que había dicho Fidel. Luego nos despedimos como dos personas que sólo recién se conocen. Me quedó su imagen de un hombre muy apuesto, inteligente y sensible. Nada más”.

Durante varios días, Cristina Wenke no supo nada del poeta. “Mi amigo, el escritor Armando Casigolli, me dijo que estaba muy mal, pues había tenido un ataque de ‘delirum tremens’. Sin embargo, el sábado 17 de octubre de 1972 llegó a verme a mi casa de San Pascual. Su salud estaba bien y allí comenzó el idilio”.



UN CABALLERO DEL SUR

Pese a la dulce atmósfera de sus poemas, no fue un inicio romántico. “Alguna vez me dijo que para él yo era `infinita, enorme y maravillosa’. Hasta me dedicó más de un poema. Sin embargo, cuando le recordaba su falta de manifestación de afectos, Jorge decía que él era un ‘Caballero del Sur’, que este tipo de señores era duro en mostrar sus emociones románticas”.

“Repetía -agrega Cristina Wenke- que había una serie de normas que le impedían hacer tal o cual cosa. Solía repetir una frase que, según él, era del pistolero Billy the Kid: ‘Los tiempos cambian, pero yo no’. Trajimos sus cosas desde la casa donde vivía en José Miguel de la Barra y comenzamos a vivir en San Pascual”.

Ambos estaban separados. Jorge Teillier había dejado atrás su matrimonio con Sybila Arredondo, quien partió a Perú a vivir con el escritor José María Arguedas. Con ella había tenido dos hijos: Carolina y Sebastián. Además, había terminado una fervorosa relación con Beatriz Ortiz de Zárate, que le costó el odio secular de quien fuera, hasta entonces, su amigo: el poeta Enrique Lihn.

Cristina Wenke sostiene que el poeta Jorge Teillier siempre fue un seductor. “Era un hombre apuesto. Tenía unas facciones perfectas y era delgado, a veces, en extremo. A mí, quizás por mi oficio de escultora, me llamaba la atención su frente. Le decía que allí lo había besado Dios. A él le gustaban esas palabras”.

La escultora sostiene que “no sólo seducía a las mujeres. También los hombres quedaban pasmados por su inteligencia y su memoria. Sus poemas seducen. No se explica de otro modo esta verdadera devoción que tiene entre los jóvenes de hoy”.



CON LOS CODOS EN LOS MESONES


Sin embargo, Jorge Teillier no llegó solo a vivir a la casa de San Pascual. El poeta quien reconocía en sus poemas que “había dejado los codos en los mesones de los bares”, padecía de una grave adicción al alcohol.

Jorge Teillier le dijo al escritor Carlos Olivares, que los publicó en sus Conversaciones... : “Estamos aquí, en un bar, conversando hace tres horas...No va a haber otros como nosotros en unos años más en Chile...Esto es una aristocracia”.

Cristina Wenke dice que tratar de hacerlo entender que debía curarse de su adicción fue su gran batalla. “Desde que llegó a mi casa traté que dejara de beber. Nunca perdí la esperanza. Era un hombre tan inteligente, que no necesitaba estímulo alguno para crear sus poemas o aprender cualquier cosa que se le antojara. Tenía una memoria privilegiada y recordaba hasta las cosas más inverosímiles”.

En unas cuantas oportunidades, Cristina Wenke consiguió internarlo en clínicas de rehabilitación. “Incluso, una vez Enrique Lafourcade lo llevó a su casa y lo invitó a varios tragos donde diluyó pastillas para que se durmiera. Costó mucho, pero al final lo venció el sueño. Allí llegaron los enfermeros que se lo llevaron. Sin embargo, todo era en vano y, después de algunos días, desaparecía de la casa y volvía a beber. Si yo le recriminaba su conducta, me acusaba de nazi”.

Pese a su adicción alcohólica, Jorge Teillier no perdía nunca su condición de “Caballero del Sur”. “A su lado podían estar todos borrachos, pero él no perdía su compostura. Se mantenía lúcido y cuerdo. Se acordaba de todo, citaba poemas enteros. Recordaba cosas, con detalles, que cualquiera otra persona había olvidado. Sabía que el trago, que era su compañero desde la juventud, lo estaba matando, pero él no era capaz de vencerlo”.

Sin embargo, no era un predicador del vino. Cristina Wenke recuerda: “A veces se le acercaban personas que le decían que eran alcohólicos y él se enojaba. Los reprendía diciendo que él sufría mucho por su adicción al alcohol y que no era ninguna razón para estar orgullosos”.

Pero Jorge Teillier seguía en lo mismo y diciendo que se iba a matar en algún momento. “Incluso hasta anunciaba en la prensa la fecha de su muerte. Durante muchos años tuvo una pistola, con la que decía que terminaría suicidándose. Pero, en realidad, se estaba matando, lentamente, todos los días”, sostiene Cristina Wenke.

La escultora cuenta que “una vez le mandé a hacer un horóscopo especial con un astrólogo, que consideraba lugar, fecha y hora del nacimiento. El hombre analizó los datos y quedó impresionado. Preguntó por qué tanta belleza, inteligencia y sensibilidad, en un ser tan autodestructivo. Comentó: ‘se está haciendo pedazos de a poco’. Yo lo sabía y él también”.



EL MOLINO DEL INGENIO

Cuando fallece la madre de Cristina Wenke, el Fundo el Molino del Ingenio se dividió entre los cuatro hermanos. “A mí me correspondió la parcela donde estaba el molino. Me fui con Jorge a vivir allá, en 1987, creyendo que en el campo podría ayudarlo a salir de la bebida. Construimos una casita para que él tuviera un estudio y sus cosas. Allí escribió bastante y pudo leer sus libros, que eran miles”.

En sus primeros tiempos en su nuevo hogar el poeta se sintió tranquilo. “De todos modos, echaba de menos a sus amigos. Hablaba del sur como del Paraíso perdido. Reclamaba porque en La Ligua y Cabildo no encontraba poetas. Decía que los poetas sólo podían nacer entre los bosques y la lluvia sureña. Después aseguraba que todo Chile quedaba al sur del mundo y que la Ligua y Cabildo también eran el sur del planeta”.

Cristina Wenke dice que trataba que el poeta se quedara en casa. “Sin embargo, siempre se las arreglaba para salir. Decía que tenía que ir al Correo o a sacar fotocopias. Alguna vez le dije si no era mejor tener una fotocopiadora en la casa. Uno sabía que era sólo el pretexto para salir a beber en los bares de La Ligua o Cabildo. Por allí había hecho amigos con los que compartía sus tragos. Él prefería a la gente sencilla y le gustaba escuchar más que hablar. Volvía a casa bebido y contando las más extraordinarias historias que había oído”.

Algunos de estos relatos se los contaba en numerosas cartas a sus amigos. “Escribía como si estuviera desterrado, loco o muerto. Los firmaba con nombres de poetas que ya no estaban vivos. Aunque siempre mantenía el remitente de la Casilla 52, El Molino de Cabildo, para que le respondieran. Aunque él decía que ‘el poeta no es de este mundo’, siempre comprendí que necesitaba ese vínculo. Pasábamos algunos meses en la casa de San Pascual en Santiago. Él se trasladaba al Bar ‘La Unión Chica’, donde se juntaba con otros poetas”.

Jorge Teillier le confesó a su amigo, el escritor Carlos Olivares, “El poeta tiene que vivir para escribir, pero cuando de repente una mujer se da cuenta que para un poeta es más importante un poema que estar con ella, empieza el conflicto. Ahora, al trago no sólo le tienen celos, le tienen horror. Pero resulta que muchas personas son insoportables sin trago”. Cristina Wenke define un rasgo desconocido del poeta. “Era machista. Decía que `rara vez surge una buena idea de la cabeza de una mujer’ “.



LA VIDA: UNA MORADA IRREAL

La relación entre el poeta y la escultora se mantuvo en el tiempo. “Jorge -dice Cristina Wenke- vivía conmigo y tenía su estudio aparte. Allí tenía sus libros, sus retratos de equipos de fútbol, de boxeadores que yo desconocía, de cantores de tango, de estaciones ferroviarias. Decía que a La Ligua le faltaba su estación de trenes y que la de Cabildo estaba cerrada. En realidad, los trenes habían partido hacía mucho tiempo, pero él tenía un amor enorme por ellos. En su infancia en Lautaro vivía a media cuadra de las vías férreas”.

El poeta compartía su casa-estudio con perros y gatos. “Su gato ‘Pedro’ aparece hasta en sus poemas. Era un animal astuto, y tenía actitudes como de un ser humano. A veces, cuando veía que el perro ‘Tommy’ iba a pasar por su lado, se hacía el dormido. Apenas estaba al alcance de sus garras lo tomaba de una pata. “Tommy murió un año después de la muerte de Jorge, en la misma fecha”, recuerda Cristina Wenke.

Pese a que la escultora nunca dio por perdida su batalla por rehabilitar del alcohol al poeta, dice que fue no fue tan difícil vivir con él. “Quizás nunca comprendió que todo lo que traté de hacer por él fue por amor. Tal vez yo tampoco comprendí su alma atormentada por todo lo que él creía perdido. Sus poemas reflejan ese mundo de la memoria, donde realmente él habitó siempre. Yo sé que él también me quiso y le gustaba estar conmigo. Unos tres días antes de su muerte, se acercó a mí y me tomó entre sus brazos. Fue una cosa hermosa y emocionante. Sentí que fue como saldar una serie de cuentas que ambos teníamos pendientes”.

Cristina Wenke sabía que el poeta moriría pronto. “Ya no hacía caso de nada. Yo trataba que cumpliera las dietas que aconsejaban los médicos. El decía, como siempre, que moriría pronto. “Me voy a morir -profetizó el poeta- frente a un molino. Si lo quiere Dios y la Virgen Santísima, en la que no creo, excepto en la Virgen de Petorca. El 22 de abril de 1996, la siempre milagrosa Nuestra Señora de la Merced le cumplió su íntimo deseo”.

Un año antes de su muerte, Cristina Wenke, también había tenido un sueño premonitorio. “Era la visión de una mujer que le traía al poeta una túnica alba para que se la pusiera. Jorge, muy contento, se la probó y, ante mi asombro, le sentaba maravillosamente bien... Ella se fue y estuve varios días tratando de descifrar ese sueño. Se lo conté a un amigo, que me preguntó: ‘¿Era una túnica de ángel?’. Sí, eso era. Ahí supe que Jorge debía regresar”.











en La página de Andrés Morales






miércoles, 6 de octubre de 2010

"Notas sobre el último viaje del autor a su pueblo natal", de Jorge Teillier

Fragmento




1

En el pueblo
donde algunos me conocen
como el poeta cuyo nombre suele aparecer en los diarios,
paseo por la Calle Comercio
que ahora se llama Avenida Bernardo O’Higgins
(Como en Santiago).

He comulgado con la tierra.
Voy a la Sidrería
Allí están los parroquianos de siempre
y me saludan mis viejos compañeros de curso
que sueñan con ser alcaldes o regidores o comprarse
            una citroneta.
Ha cerrado el cine.
Aún quedan affiches que anuncian películas de sepia.
A lo largo de los cercos
las ortigas siguen hablando con su indestructible lenguaje.
En el techo de mi casa se reúne el congreso de los gorriones.
Pienso por primera vez
que no pertenezco a ninguna parte,
que ninguna parte me pertenece.






 












martes, 28 de septiembre de 2010

"Conversaciones con Jorge Teillier", de Carlos Olivárez

Extracto





Carlos Olivárez: Yo encuentro que tú tienes simpatías por un tipo de personas con oficios o costumbres medio outsiders, que son boxeadores, futbolistas, hípicos, cantantes de tangos. No son personas de grandes éxitos. Recuerdo que en una oportunidad diste una charla sobre el tango y el estrado estaba en un ring.
Jorge Teillier: El presidente era Ramón Tapia, que fue tercera medalla olímpica en Melbourne, peso medio pesado.

Estabas rodeado de una serie de boxeadores tristes.
Además, era un club de admiradores del tango. Sabían muchísimo. Sabían quien cantó “Percanta que me amuraste”. Yo pregunté: ¿alguien sabe cómo se llamaba originalmente ese tango? Levantaron la mano todos. Se llamaba “Lita” y después se cambió a “Mi noche triste”.

¿Has pensado por qué en este mundo de los tangueros, de los boxeadores y futbolistas se da este tipo de erudición?
Construyeron un mundo propio, no diré marginal, porque marginal tiene un tono peyorativo; pero se trata de un mundo personal, completamente autónomo, con sus jerarquías y noblezas.

Ahora eso no es posible. El margen es donde está la luz.
Tienes razón. Para llegar a ser agregado cultural, primero hay que lavar las calles de las putas. Estar al margen, cierto margen. Para llegar al éxito, primero hay que ser marginal. Lo que hablo es de otra cosa. El tipo marginal por voluntad es alguien que consagró la vida a lo que realmente amó. Un tipo [que] amó la hípica, como quien conocemos de la Unión Chica: Augusto Morales. Fuera de haber estudiado leyes, compañero de Miguel Arreche y Alberto Rubio, se dedicó después a la hípica y al tango, pero no es un hombre marginal: es un hombre realizado.

Los norteamericanos tienen una palabra para esto: el outsider, el que se puso fuera de la maquina de la producción.
Pero si soy un outsider y estoy fuera de la máquina entonces no ingreso nunca. No entro a un partido político, no entro a un gobierno, no me interesa lo contingente. A lo mejor es eso lo que me interesa. Si me interesa la poesía antes que nada, soy un outsider.

O el anarca, el que no reconoce la autoridad.
El anarca es distinto. No es un revolucionario. El revolucionario es un hombre que quiere cambiar la sociedad. El anarca quiere ser él y que todos hagan lo que quieran. Eso es lo que dice Jünger.

Yo podría comprender la erudición de un hípico. De su sabiduría depende el dinero que tiene en juego.
Además, está su respeto de los iguales: ¿cómo va a saber menos? Tiene que saber quién fue el padre o el abuelo de tal yegua, y tiene que saberlo con exactitud.

Pero la erudición de los tangueros...
Conozco gente aficionada al tango que se han dado de combos porque uno decía que “Marionetas” de Tallin la había cantado mejor Florean Ortiz que Gardel. Se armó una batahola.

Bueno, son cosas inaceptables. ¿Quién podría aceptar tamaña falta de respeto?
Son principios de vida, también los futbolistas. ¿Qué pueden decir si alguien les pregunta un dato? Van a dudar. No es posible, ellos deben saberlo todo.

Y tú ¿sabes, por decirte algo, la alineación del Colo Colo del 1941?
¿La alineación del Colo Colo del 1941? (Esto está transcrito textualmente, sin ninguna aclaración posterior). Bueno, creo que sí. Veamos: Diano, argentino, al arco; Salfate y Camus en la zaga; Hormazábal, Pastén y Medina; Zorrel, Zocarrá, peruano, Domínguez, Norton y Rata Rojas. Están los once. Fueron campeones invictos.

¿Esta erudición es inútil?
¿Por qué va a ser inútil? Es una manera de sobrevivir. Todo el mundo necesita un estímulo. Del mismo modo que conozco a gente que compra todo lo que se publica en poesía.

El paco Rivano me dijo que él era quien había publicado por primera vez a Rolando Cárdenas en unas hojas que él editaba.
No. Publicó a Rolando, y a mí también, pero no fue lo primero.

Este tipo de personajes del que estamos hablando, ¿será una especie en extinción?
¿Cómo va a estar en extinción el fútbol y la hípica? Es gente que ha realizado el sueño chileno cuando llegan a saber los detalles de su profesión. Los boxeadores tienen mucho que ver con los escritores, poseen rasgos comunes: tienen éxito si tienen un buen manager; tienen publicidad, popularidad.

¿Éxito con las mujeres?
Todo poder tiene éxito con las mujeres. Al poder llegan las mariposas nocturnas. Después todos quedan abandonados con sus viejos recortes color sepia. La del boxeador –como la del escritor- es una carrera solitaria. Si no es solitaria dejas de ser escritor y empiezas a ser empresa.

Brodsky afirma en el discurso de aceptación del Premio Nobel que los poemas de Valery sólo podían ser escritos por él. El mejor escritor para los poemas de Valery era Valery. Nadie podía ayudarle.
Valery consultaba a Mallarmé.

No importa. Él sabrá si le hace caso o no, igual que el boxeador cuando está peleando es él contra otro que está en las mismas.
Tiene que enfrentarse a un público que es él mismo. Son actividades solitarias y al final, si no se han cuidado, se termina solo y abandonado. Cuando hemos hecho un recuerdo de tantos poetas podemos hacer un recuento de tantos boxeadores. Hay un nacimiento parecido. Un hombre nace para pelear y el otro para escribir. No quiero hace ninguna glorificación del boxeo, pero en este tipo de personas hay algo que me interesa; no puedo explicarlo claramente por qué.














1993














sábado, 11 de septiembre de 2010

"La Unidad Popular y el fin de un mito", de Jorge Teillier





Empiezo a escribir pensando en el Otoño, grávido de semillas y futuro. Y me gusta escribir Otoño y Esperanza con mayúsculas, porque este tiempo es para reflexionar en la Primavera que viene, cuando confío en saludar el triunfo de Salvador Allende con brazadas de aromos, así como en 1838 se saludó el triunfo de Pedro Aguirre Cerda. “El artista es, inevitablemente, un sujeto político. Su nulidad, su carencia de sensibilidad poética probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética”, escribía César Vallejo en 1927. Aun cuando el espectáculo de una elección presidencial tome aspectos neurotizantes y a veces circenses, que no pueden menos que disgustar, considerada en su profundidad es un compromiso ineludible para el escritor que no deja de ser un ciudadano, y que comparte el destino de su pueblo. Recuerdo que en 1952 yo fui allendista, y los allendistas en el Liceo de Victoria nos contábamos con los dedos de la mano. En mi pueblo natal obtuvo 45 votos Allende en 1952, en 1964 fueron 1500, pese a todas las dificultades de la campaña en la zona de Cautín, una de las más dominadas por el latifundio. Del Frente del Pueblo a la Unidad Popular hay una línea inquebrantable, ascendente, una corriente impetuosa que lleva a nuevos destinos. “The people go on”, como dice Carl Sandburg. Hace unos meses recuerdo que con amigos poetas saludamos con emoción el hecho de que Pablo Neruda fuera proclamado candidato a la Presidencia por el Partido Comunista, que reconocía al vate como el exponente máximo de sus filas, cristalizador de la inteligencia y la sensibilidad del pueblo. Neruda y luego Salvador Allende son candidatos humanistas, contrapuestos al frío ingeniero que representa la Derecha.



DE “EL PALETA” A “DON JORGE”


Por lo demás, Jorge Alessandri es un político neutro, que no tiene otra imagen que la proporcionada por su fuerte propaganda. En 1958 se le dio un carácter populachero y se le llamaba “El Paleta”, su eslogan era “Se la puede”. Ahora ya no se puede recurrir a esa simpleza y entonces es “Don Jorge”, el hombre austero, el hombre de los “pensamientos” que no son nada más que perogrulladas. Se pretende mostrarlo como un ente arquetípico, “El Padre” o más bien dicho “El Patrón”. Para quienes forjan esta imagen, el pueblo es sólo objeto de menosprecio, una masa que no puede pensar ni bastarse a sí misma, evidentemente menor de entendimiento y de edad. La imagen de la demagogia de derecha en todo el mundo, la de un Oliveira Salazar, el sanguinario dictador “tecnócrata” e “independiente de los partidos políticos”. Justamente al revés de un candidato popular, que es el aglutinante de la lucha que cada trabajador debe dar para mejorar su situación y la del país. La Derecha pide sumisión; la Izquierda, conciencia. La Derecha comete un profundo error psicológico: el arisco solterón de la calle Phillips no puede dar de modo alguno la imagen del “Padre”, y es, además, en esencia “antichileno”. El hombre de la galleta y el agua mineral si ser apolíneo tampoco es dionisíaco: se moriría de indigestión con sólo leer la Epopeya de las comidas y bebidas de Chile de Pablo de Rokha. Es antidionisíaco y antiheroico, no se le puede comparar en absoluto con un Balmaceda, capaz de dar la vida por su causa. Se equivocan además quienes creen en el mito del “alessandrismo”. Arturo Alessandri encarnó los anhelos de la clase media y el pueblo en 1920, pero fue arrojado al desván de la historia cuando se transformó en un “parvenu”. Su sucesor Gustavo Ross (de mucha similitud con Jorge Alessandri) fue derrocado el 38, y Fernando Alessandri en 1946. Los pueblos no se alimentan de mitos y de palabras: Winston Churchill fue derrotado por los laboristas ingleses en 1945 y el mismo De Gaulle tuvo que retirarse a su pacífica aldea. No hay hombres providenciales ni enviados. En este momento la Unidad Popular a través de su candidato cristaliza la evolución histórica del pueblo chileno, que podemos hacer arrancar de 1812 cuando José Miguel Carrera da forma violenta al ideario de la Independencia política en contra de la oligarquía representada por los “Larraínes” (como lo reconoce el propio historiador reaccionario Jaime Eyzaguirre).



COHERENCIA HISTÓRICA

Una línea que va de Carrera a Portales, enemigo del librecambismo –pieza fundamental de la economía liberal y cosmopolita-, y primer prócer que denuncia el peligro del imperialismo estadounidense, y que continúa en Balmaceda, derrocado por intentar recuperar las riquezas nacionales. La Derecha actual quiere adueñarse de estas figuras a las cuales en su tiempo repudió. Muy bien lo dijo Joaquín Edwards Bello: “El Alessandri de 1920 como el Balmaceda de 1891 no fueron gratos a la clase que le hizo una estatua”. Los mismos ataques recibidos por el revolucionario Alessandri del 20 los recibió Allende el 64 y los sigue recibiendo el 70. “La trama peruano-bolchevique” era el titular de El Diario Ilustrado del 31 de agosto de 1920 (ahora cierto magazine denunció “la unidad moscovita”) y el 9 de mayo en el mismo Ilustrado se declaraba: “Alessandri amenaza con la revolución social, la ruina y el trastorno a la usanza rusa”. En los círculos bancarios circulaba la siguiente consigna: “Si quiere guardar la mitad de su fortuna, gaste la otra mitad contra Arturo Alessandri”. Contra cualquier cambio en las estructuras político-sociales ha habido campañas del miedo y muy bien la palpamos en 1964. La experiencia hará, sin duda, que esta campaña sea derrotada en 1970. Contra esto las fuerzas de la Unidad Popular deben apelar a recursos nuevos y audaces. Quiebra del esquematismo de lenguaje que a veces sufren nuestros políticos (en este sentido nos parece que el discurso de Pablo Neruda al recibir la candidatura presidencial fue ejemplar en el sentido de renovación), y quiebra del molde tradicional de las campañas electorales, como es el caso de la reacción de los trabajadores que desenmascaró y redujo a sus verdaderas proporciones al candidato de la Derecha en la provincia de Concepción, tan audaz y profunda como la próxima primavera y con su misma certeza esperamos el triunfo de la Unidad Popular y la quiebra para siempre de uno de los mitos más nefastos para la historia chilena, junto a la reafirmación de tareas ya iniciadas por los Padres de la Patria.










en Plan (n.48), mayo de 1970











domingo, 29 de agosto de 2010

Testimonio de mi amistad con Jorge Teillier, de Poli Délano







Nos conocimos en 1954, cuando ambos entramos al Instituto Pedagógico, encontrándonos como los pares que se buscan. Él escribía poesías, yo cuentos, y de pronto estábamos reunidos en alguna sala del campus con otros escritores en germen: Jorge Naranjo, Carlos Santander, Cristian Hunneus. Algo así como un taller sin dirección. Asistíamos juntos a los ramos generales de nuestras carreras y tuve el privilegio de leer algunos de los primeros poemas de Jorge garabateados en sus cuadernos de materias. Muy pronto aparecieron editados en su primer libro Para ángeles y gorriones. También, a veces, nos encontrábamos en reuniones "de célula", de la Jota. Además, frecuentábamos las casas de escritores mayores que nosotros, como Armando Cassígoli y Rubén Azocar, así como la del músico-compositor Roberto Falabella, que convocaba artistas de toda disciplina. Tertulias movidas, peleadas, cantadas y bebidas en las que no faltaban las musas. Fuimos amigos durante todas las épocas y hasta nos encontramos durante los años malos, una vez en México, muchas en Chile, a mi regreso.













"Revista de Libros" de El Mercurio,
Viernes 3 de junio de 2005














jueves, 24 de junio de 2010

"Retrato de mi padre, militante comunista", de Jorge Teillier





En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas,
va mi padre en su Dodge 30
por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día,
para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.

Desde hace treinta años
grita “Viva la Reforma Agraria”
o canta “La Internacional”
con su voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución
sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo –su héroe de infancia—
luchaba por Perla White.

Porque su esperanza ha sido hermosa
como ciruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafferte
(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,
cuando al Partido sólo entraban los héroes).

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos
que ha destinado a sus nietos.

Que siga por muchos años
cantando la Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

Que sus días lleguen a ser tranquilos
como una laguna cuando no hay viento,
y se pueda reunir siempre con sus amigos
de cuyas bromas se ríe más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos.

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

















martes, 15 de junio de 2010

"De John Keats: Cuando siento miedo de morir", de Armando Roa Vial *






Cuando me asalta el miedo a morir
sin que mi pluma haya enarbolado mis insignes sentimientos,
o sin que el grano reunido por mis versos
se reparta entre el montón de mis libros;
cuando me asomo al rostro estrellado de la noche,
a la anchurosa estela de los símbolos sombríos
y me turba malograr la vida, el no abrazar
su silueta con la mágica mano de un porvenir;
y cuando siento, delicada criatura de un instante,
que nunca más volveré a contemplar tu rostro,
que jamás volveré a deleitarme con el brío
auroral de tu amor; entonces me quedo a solas,
sobre la costa del mundo, barruntando
hasta que el amor y la fama se hundan en la nada.









en Estancias en homenaje a Gregorio Samsa, 2001
[Edición definitiva (2001-2008)]**









* Consigna Armando Roa vial, que las seis primeras líneas de este poema, de Keats, fueron escritas a cuatro manos, en 1996, con Jorge Teillier. Cabe señalar que este poema está ubicado en la sección denominada "Imitaciones y versiones de Gregorio Samsa", del libro de Armando Roa Vial arriba citado.

** Esta edición definitiva pertenece a Ejercicios de filiación, de Armando Roa Vial, publicado en abril de 2010. Este libro agrupa su "obra poética completa, publicada e inédita, escrita entre 1998 y el 2008".










lunes, 3 de mayo de 2010

"Buenas noches, Jorge", de Omar Lara





Buenas noches
Jorge
Te busqué en el Hotel Orly
como quedamos
No estabas en Buenos Aires y te hubiese gustado
El estallido de la hojarasca del atardecer
Tú estabas en La Ligua
Tú estabas en el Hotel Nube
Con tu traje de caballero de Cautín
El que vestías en el último abrazo
Junto a la tumba de tu padre
Cuando algo como un ángel se tendió a nuestro lado
Que no sea este un homenaje ampuloso
Que no sea siquiera un homenaje
Que sea como pasar junto a ti y saludarte
Con un gesto de la mano
Mientras nos apresuramos a ninguna parte
Buenas noches Jorge
Me pregunto cómo te sientes en la otra Frontera
Creo que sonríes
                                que encoges los hombros
Pero con simpatía
Con algo de piedad por ti y por nosotros
sobre todo con gentileza y con bondad
Arrullado como estás por nuestros corazones
Llenos de amor y gratitud
Por lo que eres y serás.










abril de 1996










martes, 27 de abril de 2010

Entrevista a Jorge Teillier por Hernán Ortega Parada

Fragmento






¿Cree en Dios?
No sé si creo o no creo en Dios pero el hecho de pensar en Dios quiere decir que existe. Ahora, simpatías por alguna religión determinada: no. Por tradición debería ser católico y por un momento sentí que el movimiento Carismático, en Chile, tenía un tercer mundo espiritual que me gustaba en el sentido que la gente se elevara, fuera más allá de sí misma. También me parece interesante el papel de la caridad, que es como la clave de todo –como decía Rimbaud-. La Iglesia es madre de la caridad, de la fe y de la esperanza. Krishnamurti dice que “la esperanza es lo peor que le puede ocurrir a un hombre”. Ningún ser humano debe tener esperanzas... porque ya es desdichado teniéndola. Mejor es ser caritativo. Y la fe también puede ser destruida. En cambio, la caridad no. Tú puedes dar y recibir. Creo en esa permanencia. Soy una molécula en el Universo y nada más. No soy una caña pensante porque pienso muy pocas veces. En eso no soy pascaliano.

¿Qué trabajos extra-literarios ha desarrollado dentro de Chile?
Fui profesor de Historia, de liceo, por dos años, lo que también está relacionado con un trabajo creativo, está relacionado con la literatura. Después, veinte años en la Universidad de Chile, siempre con escritores o científicos, que son creadores porque escriben sus artículos; entonces, gente ligada a la creación literaria en cierto modo. Algo extra-literario sería lo que me pasa ahora, en que realmente vivo más en el campo que en la ciudad. Pero que no me disgusta porque también hay un trabajo creativo, como injertar cosas, hacer jardines, preocuparse de cómo viene el río, el agua, formar una cooperativa con la gente de los pueblos. Creo que nunca he hecho un trabajo extra-literario, fundamentalmente. La literatura vive de las vidas de literaturas.

¿Cómo desea que se le recuerde en el tiempo?
Es una pregunta muy impersonal. Seguramente todo el mundo se va a olvidar de uno, pero... puedo quedar presente en algún texto. Quiero que me recuerde algún muchacho que descubra mis poemas y que le ayuden a vivir. Los poemas de un poeta muerto hace cien años –suponiendo que el mundo viva cien años más-, que yo sea un amigo intemporal. Los poemas que recordaran mis nietos; porque yo tengo un gran arraigo con mi familia.

¿Cómo se genera en su mente la concepción de un poema, cuento o ensayo? ¿Cómo identifica ahora ese principio?
Yo creo que ha habido varias etapas, en cuanto a escribir un poema, para mí. De pronto me nace de una sola frase, incluso al azar. Que “dos personas se conocen y se miran al espejo, una va a morir si se aman”: a partir de eso hay una idea poética muy curiosa. Eso lo escuché en una micro, en un viaje de La Ligua a Cabildo. Los amores siempre son como rayos pero no hay que mirarse en un espejo al mismo tiempo. Eso me pareció como un tema poético. A veces son palabras, a veces son situaciones poéticas, a veces quiero resucitar algo, evocar algo, contar la vida de un personaje. Tengo un poema dedicado a un viejo boxeador, sobre el que Braulio Arenas me dijo que le gustaba mucho porque había un distanciamiento respecto del “objeto” al “sujeto”, de quien crea a quien es descrito Creo en el trabajo últimamente, creo que uno debe estar escribiendo siempre, tomando notas. Ahora, que la lectura es para mí un vicio, entonces me estimula mucho y me dan deseos de escribir. Pero como han escrito lo mismo que yo, a veces digo para qué intentarlo. Pero, pienso que un poeta debe leer mucha poesía. Porque hay una creencia muy extraña –la que he escuchado muchas veces- “Yo no quiero leer o no quiero escribir, para no imitar a nadie y porque no quiero repetir”. Al contrario, uno tiene que desarrollar una sola cosa. Todos los temas están hechos, todos los árboles crecen si tú los plantas. Entonces, el tuyo va a crecer de otra manera que el que plantó el vecino.

¿Cómo y en qué momento califica los méritos de su obra? ¿Sus juicios autocríticos son siempre seguros o le provocan dudas y cambios constantes?
De los méritos de mi obra creo que puedo hablar como de los méritos míos. No estoy conforme conmigo mismo; por lo tanto, no lo puedo estar con lo que he escrito. Y no he escrito lo que debiera, así como en cantidad como en calidad: he sido muy flojo. Me gustan varios poemas míos, los creo bien logrados. En general, estoy disconforme cuando escribo un poema y, a veces, tan conforme que lo leo a los amigos, lo que es una especie de perversidad, “infligir un poema” a alguien es un castigo. Lo que pasa es que escribir me produce un exceso de concentración: no puedo dedicarme a otras faenas. La autocrítica es muy fuerte. Escribo diez o quince veces cada poema. No los corrijo sino que escribo otros poemas. Después, leo los diez poemas y elijo el que me gusta más; sólo entonces ése lo paso a máquina. ¿Y las contraversiones? Al tacho, como dicen los jugadores de poker.

¿Ha sentido flaquear su vocación literaria alguna vez?
No, porque sería como dejar de respirar. Me sentiría muy molesto, estaría muerto. Puedo dejar de escribir pero siempre tengo el remordimiento de no escribir; entonces, tendría que encontrar –y no he encontrado- algo que reemplazara no diré esa vocación sino esa forma de vida. Ganar mucho dinero en algo, hacer una empresa de colonizador, o sea una cosa creativa, o si no retirarse sencillamente a la meditación. Pero eso no es gratis, no tengo vocación de ermitaño.

Sobre lo que llaman “ego”, ¿el suyo lo estima normal, menor o mayúsculo? ¿Y cómo lo definiría?
Creo que todo el mundo tiene un ego mayúsculo. Yo no lo demuestro pero creo que soy más bien orgulloso que vanidoso. Me gustaría tener un ego normal. No tengo la capacidad de introspección para decirlo pero hay momentos en que me siento demasiado por sobre los demás, por circunstancias parciales, por haber escrito un buen poema. Pero no es mirar con desprecio a los demás, sino decir que he hecho algo que pocos pueden hacer. Y otras veces me siento muy disminuido por el caso de no poder alcanzar un mayor bienestar para los míos. Ahí siento disminuido mi ego. Pero, son situaciones muy contingentes, muy oscilantes. Tan oscilantes como la vida.

¿Cree que es suficiente la preparación de un escritor sin salir de Chile?
Creo que sí. Aunque pienso que es bastante bueno que todos salieran una vez en su vida para que no estuvieran soñando con el Viejo Mundo, con Tenochtitlán, con los Estados Unidos, con Nueva York y otras ciudades estimulantes. Claro, si hubiera una república ideal se debería dar un viaje a un escritor para que viera realmente como es otro mundo. Nuestro querido Chico Molina vivió en París durante diez años... mentalmente, o toda su vida. Cierta vez le llegó una beca de una señora norteamericana, que le regaló cinco mil dólares y el pasaje de ida y vuelta en primera clase de barco. Porque él escuchó hablar de París, sabía más de París que ella y entonces lo premió con ese viaje.

Yo creo que un escritor puede desarrollarse en Chile. Ahí está Pezoa Véliz, que nunca salió de Chile. Yo he leído su diario de vida y no demuestra mayor interés por viajar. Un González Vera viajó pero también no era hombre de viajes. Creo que estamos en un universo planetario en el cual ya no es tan necesario viajar como antes. Lo que pasa es que en Chile (de 1988) estamos aislados culturalmente. Eso me parece peligroso. Por ejemplo, a la Universidad, cuando yo estaba allá, llegaban setecientas revistas en canje, de todo el mundo. Ahora, como la Universidad no tiene revistas no llegan revistas. Entonces, hay un aislamiento que apenas puede ayudar a mejorar. Los institutos de cultura no lo hacen tan bien como antes, tampoco. Yo creo que es conveniente para un escritor que viaje a lo menos una vez en su vida, que esté un año afuera... para que eche de menos a Chile, por último. Para la Mistral fue más fundamental que para Neruda: vivía recordando a Chile pero odiaba, según entiendo yo, vivir en Chile. Ella misma dice, creo que en una de sus cartas, que “en Chile sería una jubilada y me llamaría la Gaby”. En cambio, en el extranjero le dieron el Premio Nobel antes que el Premio Nacional de Literatura en Chile. Neruda tuvo su gran experiencia de soledad en el extranjero, donde escribió su mejor libro, tal vez, “Residencia en la Tierra”. Huidobro también era un cosmopolita. De Rokha, siendo un hombre esencialmente chileno, también estuvo tres años en el extranjero, viajando como pícaro, o sea, explotando un poquito su fama y su prestancia. Viajó hasta México, estuvo en China. Todos nuestros grandes poetas han vivido en el extranjero y yo creo que les ayudó mucho eso para su divulgación internacional y para que aquí los respetaran; porque el chileno tiene la curiosa costumbre de descalificar al que no ha viajado al extranjero y creer que en el extranjero es un punto más.

Cuando hablé con Neruda, él hablaba más bien del sur porque, como éramos coterráneos, prácticamente nuestras conversaciones eran sobre la infancia de él en Temuco y la mía en Lautaro. No hablaba mucho conmigo del extranjero pero en sus memorias le daba una importancia fundamental. Llegó a Rangún, después estuvo en Calcuta, en Nueva Delhi, donde hace muy mala referencia de Nehru. En cambio, Malraux habla muy bien de Nehru. Neruda partió escribiendo “Residencia en la Tierra” desde aquí porque “Galope Muerto”, el poema con que me parece se inicia, fue publicado por “Atenea” el año 27; o sea, ya partió con una nueva forma de escribir, que venía precisamente de sus lecturas inglesas. Tiene mucho que ver con James Joyce, incluso él fue traductor de Joyce. Yo publiqué dos poemas de James Joyce traducidos por Neruda. Para él fue muy importante España, también. Como él mismo dice: “lo marcó en el corazón”. Allí se pasó al partido comunista y se hizo militante de fila. Y los que dicen que Neruda se echó a perder por la política, no es cierto; porque yo creo que el “Canto de Amor a Stalingrado” es un hermoso poema, bien hecho. También cayó en populacherismos pero él se sirvió del partido más que el partido de él, ya que Neruda era un hombre muy “habiloso”, muy astuto, muy inteligente también. Claro, creo que sin el extranjero Neruda habría sido un poeta local y nada más.

¿Cree que es posible ser “escritor” sin publicar libros?
Creo que Jean Cocteau decía que “poeta es un escritor que no escribe”; pero él escribía mucho y por eso aquello no pasa de ser una boutade. Una broma. Bueno, nuestro inolvidable Chico Molina era un escritor que no escribía; un “hablante”, como dirían los aficionados a la literatura. Hay muchos que nunca han publicado y guardan sus manuscritos por inercia o por horror al público, como por horror a arrepentirse de haber publicado. Está el caso de Alberto Rubio, que demoró veintiséis años en publicar su segundo libro porque tenía horror –creo yo- a superar el primero. Y es una cosa muy extraña: nadie comenta el libro de Alberto Rubio, como si hubiese dejado de existir en 1952.


¿Cuál es su obra –a juicio suyo- más completa y representativa?
Mis obras más completas y representativas son mis hijos, por supuesto. De carne y hueso, Sebastián y Carolina. Ella escribe poesías también y ha publicado en revistas peruanas; y es actriz.

Si tuviera que elegir un libro, sería Muertes y Maravillas, una antología de 1953 a 1971, donde hay muchos poemas rescatables, creo. Alone puso siete poesías mías entre las cien mejores chilenas. Con Alone, tuve correspondencia: me escribió pidiendo mi opinión sobre su última edición de las Cien Mejores Poesías Chilenas, de 1963. Preparaba una nueva edición y pedía mi permiso para publicarme poemas. Cosas que no hacían y no hacen los antologadores. Yo le mandé diez poemas para que él eligiera y, además, dándole otros nombres. Publicó a Rolando Cárdenas. Y yo le dije, entre paréntesis, que aunque él se ofendiera, De Rokha había escrito algunos de los cien mejores poemas chilenos, aunque él lo tratara de todo. Es decir, a Neruda lo tenía como enemigo público número uno y a De Rokha como el número dos. Y Alone publicó un poema de De Rokha, o dos, no recuerdo. Era un caballero.

¿Su obra es de qué complejidades si pudieran observarse algunas líneas?
Yo mismo me autocalifiqué como poeta lárico; o sea, me puse como insecto dentro de un insectario. Tengo una línea similar a poetas que admiro. He aprendido mucho a usar algunas técnicas de poetas como Apollinaire, Blaise Cendrars y René Caddou, otro poeta francés, de provincia, que tiene una gran relevancia actualmente. He estado leyendo una antología francesa en la que, curiosamente, los autores de 50 ó 60 años están vueltos hacia el paisaje, como René Char, poeta surrealista: su obra fue totalmente así. Para navidad una amiga me regaló las obras completas de René Char y tiene un poema sobre un molino y una higuera. Resulta que la casa de Cristina está frente a un molino y a una higuera. “Correspondencias” se llama eso, supongo yo.

¿Por qué escribe?
Es difícil decirlo. Es difícil dejar de escribir. No soy grafómano. Puedo dejar de escribir pero estoy escribiendo mentalmente y me despierto reprochándome no haber escrito. No importa qué. Cuando no puedo escribir, empiezo escribiendo cartas o conversando y así corro el peligro de transformarme en un charlatán y entonces eso me da un poco de miedo. Por eso es bueno estar solo. Hablo con los gatos, que entienden bastante bien de todo: son muy psíquicos.

¿Qué horarios dedica a escribir? ¿Se siente búho o alondra?
Por favor, no quiero ser la alondra que interrumpió el coloquio de Romeo y Julieta. Sería un pérfido pajarito esa alondra. No. Soy un búho, pero no un sabio como los búhos. Más bien un tucúquere, que es un búho chileno. Escribo de noche; cuando estoy en trance de escribir, por supuesto.

¿Le ha dado la literatura tranquilidad económica?
Una pregunta que en Chile es muy difícil responder en forma afirmativa. La Mistral vivió siempre de la diplomacia y no de sus obras; Huidobro era millonario –lo que no es un defecto; al contrario, da placer: me gustaría mucho ser millonario-; De Rokha vivió vendiendo libros de puerta a puerta, prácticamente. Me ha dado formas de viajar lo que es otra manera de ganar dinero,¿no es cierto? Viajar por ocho o nueve países es una buena compensación económica. He ganado premios y dinero, pero no para vivir. Para vivir en Chile de la literatura hay que dedicarse al periodismo o ser un profesional del arribismo, cosas que no me gustan. Arribismo social, literario y político: es ser muy blando para aparentar ser fuerte; o sea, hay que ser muy falso. Yo puedo ser muy hipócrita pero no quiero practicarlo.

¿Qué pienso del Premio Nacional de Literatura?
Pienso que me gustaría mucho recibirlo. Eso significaría una tranquilidad económica. Fuera de eso, pienso que ha estado generalmente dado en forma vergonzosa y que en este momento (1988) los escritores no forman parte del jurado: es como para que un escritor serio y digno deba rechazarlo, no podría aceptarlo.

Por favor, mencione tres autores chilenos y tres extranjeros que gocen de su especial preferencia (no importa época). Razones breves en cada caso.
Hoy puedo tres y tres, y mañana otros tres y tres. Supongo que no importa mucho. Serán los primeros que me vengan a la memoria, mejor eso. En estos momentos tengo de cabecera –aunque nunca duermo con un libro en la cabeza ni pongo un libro bajo mi cabeza-, estoy leyendo mucho, a Francois Villon: cómo se ríe de él mismo, cómo sufre; me parece un poeta totalmente de ahora, de este tiempo. Rilke, sí; pero Rilke no me gusta demasiado porque asumió la posición de “el poeta”, aunque eso es casi indispensable. Mucho me gusta también Blaise Cendrars, aunque él y Apollinaire son casi parecidos. Chilenos: curiosamente, me gusta Alberto Blest Gana, por El Loco Estero, que escribió a los ochenta años; también Juan Emar, por un libro que se llamaba Ayer; y ciertas prosas de Braulio Arenas –no todas-, como El Libro del Ajedrez y “El Firmamento de Mónica”.

¿Cómo define la vocación del escritor?
No sé bien lo que significa vocación. No podría ser orientador vocacional. ¿Es el deseo de ser algo para siempre? Es decir yo quiero ser éste y no otro, yo quiero ejercer esta tarea o no ejercerla. Nací para esto y no para esto otro... Porque hay tantas vocaciones. T.S.Eliot era un correcto empleado bancario y un gran poeta. Wallace Stevens, jefe de una compañía de seguros norteamericana y un gran poeta. Son como esquizofrenias: cuando tú eliges ser escritor ya se tiene, en Chile, un punto en contra: tienes que ganarte la vida como escritor, empresa casi imposible. Yo creo, como dice la vieja gente, que uno puede elegir ser escritor, cuando viste buena ropa, cuando puede ganar a mucha gente. Pero yo sé quién es un verdadero escritor apenas hablo con él, cuando sé lo que come, lo que bebe, lo que habla, los lugares que le gustan. Nunca pensé que mi vocación era llegar a ser escritor. A mí me gustaba la historia pero mi ambiente me llevó a escribir, a expresarme y expresar cosas –yo te digo- más bien inconscientes. Conscientemente yo debiera ser profesor de historia o historiador, pero mi dirección la hizo otro que no soy yo. Me di cuenta que era un mundo donde yo realmente estaba vivo: escribir poemas, leer poemas, mis amigos escritores, el rechazo de la sociedad hacia mí también era bueno; me gustaba no por masoquismo sino porque me daba cuenta que era bueno ser diferente para [sentir que] “yo tengo un mundo propio y ustedes no pueden entrar si no son parecidos a mí”. Es como el amor, ¿no? Tú no te enamoras de alguien que no te pertenece. De la poesía y la literatura no puedo decir que soy “dueño”, pero sí pertenezco a ellas. Ahí me siento bien. O es como son los ajedrecistas: nacen jugando ajedrez y no saben por qué; no saben por qué aprendieron a mover las piezas mirando al papá. Como Capablanca, que fue campeón mundial.

¿Cómo define usted la literatura?
Ya te dije: como el arte de decir bien las cosas, organizar bien un pensamiento, llevar adelante un mínimo de vocación. Con respecto al visionario, para mí la poesía es de visionarios. El literato no es un visionario, es un obrero del ring. Los boxeadores dicen lo siguiente, o los managers: que el verdadero boxeador suele ser errático, o sea, nunca sabe lo que va a improvisar. En cambio el otro, es un obrero que hace bien las cosas pero siempre hace lo mismo. Es la diferencia.

¿El escritor nace o se hace?
Pregunta de sastre. El bien vestido nace o se hace. ¿Escritor o poeta? Son dos cosas distintas. El escritor puede hacerse, por supuesto. El poeta, creo que no, porque hay algo, yo diría, de piel. Tú sabes quién es poeta y quién no lo es. Por lo menos yo distingo a un poeta verdadero aunque sea malo, de alguien considerado buen poeta que utilizando nada más que su cerebro y ciertos trucos al final va a [dejar] poco o nada.

¿Tiene el escritor alguna misión especial? Favor, explique.
Tiene la misión de leer lo más posible. De publicar lo menos posible.

¿Cree posible el desarrollo de la literatura sin el aporte de la crítica profesional?
Dado el caos de circunstancias que hay ahora, creo que no. Bueno, si yo soy un escritor millonario, como era Valéry, publico cien ejemplares para mis amigos y me da lo mismo la crítica. Pero el muchacho que está surgiendo o el escritor que quiere ser conocido, necesita que un crítico tome su libro para bien o para mal. Mal necesario y bien necesario, da lo mismo.

















en Jorge Teillier, arquitectura del escritor, 2004















jueves, 15 de abril de 2010

"Variaciones sobre la noche", de Jorge Teillier







“He sido un conocido de la noche. He salido a pasear bajo la lluvia y he vuelto bajo la lluvia. He ido más allá de la luz más lejana de la ciudad. He contemplado la callejuela más triste de la ciudad. He pasado junto al sereno que hacía su ronda...” Entre estos conocidos, de los cuales habla el gran poeta norteamericano Robert Frost (el predilecto de John Kennedy), sin duda los más fieles los poetas y escritores. La noche es la gran compañera de la mayoría de ellos, aún cuando por supuesto no faltan excepciones como las de Ramón Gómez de la Serna, el cual prefería madrugar para ver aparecer el alba antes de empezar a escribir, y nuestro Joaquín Edwards Bello que en una de sus crónicas se autodeclara “chiflado” porque le gusta estar durmiendo a las diez de la noche, y levantarse temprano para dar una vuelta descalzo por el pasto o regar un árbol. Pero basta decir “la noche” para verla junto a Francois Villon en el París de cellisca y rondantes aullidos de lobos, cuando el mal colegial y gran poeta salía con sus compañeros a robar las enseñas de las posadas, basta nombrarla para tener junto a nosotros al pálido Edgard Allan Poe yaciente en ella en una calle de Baltimore, después de amarla tanto como Dupin, su personaje (el precursor de Sherlock Holmes) que no soportaba la luz del día y vivía iluminado por bujías en una casa de persianas eternamente cerradas.

El romanticismo practicó el culto nocturnal, a partir del melancólico Young que conmovió a Europa con sus Noches. No hubo poeta romántico que no la cantara o exaltara como la faz verdadera de la vida. Y no es raro que, como reflejo, el siglo diecinueve llegara a estas playas portando también su cargamento nocturno. Pues la vida noctámbula comienza en Santiago casi al fin de la Colonia, hacia 1808, según cuenta José Zapiola en sus Recuerdos de Treinta Años. En ese tiempo se instalaron los primeros Trucos como se llamaban los cafés (uno estaba instalado en el Portal Fernández Concha), en donde desde mediodía a cualquiera hora de la noche se jugaba al naipe (o sea, al monte, la malicia, el mediator, la báciga, etc.). El billar se introdujo hacia 1820. Los espíritus más festivos pasaban el Mapocho para acudir a las casas de fonda y chinganas en donde campeaban música y baile. En 1884 se inauguró un establecimiento que estaba abierto toda la noche. Era el Hotel Central (Merced esquina de San Antonio) que tenía un restaurant en la parte baja. Cerrado éste por las autoridades el más popular fue el Café de la Bolsa, en donde, según cuenta Vicuña Cifuentes, se bebía preferentemente (y en copas de plaqué provistas de correspondientes bigoteras) un ponche llamado Tomayeri (abreviatura de Tom y Jerry). El estremecimiento finisecular alargaba las noches santiaguinas antes de despertarse a un nuevo siglo. Entonces surgió el primero de nuestros poetas malditos, el baudeleriano Pedro Antonio González (“quizás soy un mago maldito”, decía de sí mismo), paseante solitario, bebedor solitario de los bodegones de la Chimba, en los cuales el tinto se transformaba para él en “ardiente Falerno”, y las pobres y desarrapadas mujeres de la vida en hetairas (“Vírgen báqueica y tísica, bebe”). De él escribió Francisco Contreras: “Solía vérsele a veces por las calles errando solitario apoyado en su bastón, descuidado el traje, el cigarrillo en los labios, un libro bajo el brazo como persiguiendo intangibles visiones del aire con la mirada siniestra de sus ojos divergentes”. En la primera década de este siglo un grupo de poetas concurría al “Cola de Mono” situado en San Diego con Plaza Almagro. Otros a la llamada “Piojera”, gran expendedora de la nacional chicha baya, situada en calle Zañartu. Y los más encopetados concurrían al restaurant de “Papá Gage” en calle Huérfanos, al “Coppola” de Agustinas con Miraflores, a la “Confitería Palet”, de la calle Estado. Pero, simplemente, era corriente que los jóvenes poetas de ese entonces recorrieran las calles bajo la dudosa luz de los mecheros de gas, conversando y recitando hasta la llegada del alba.

Extraños fantasmas entregó la noche santiaguina la llamada Generación del Año 20. El más típico fue Alberto Valdivia, más conocido como “el cadáver”, precoz y extraordinario poeta consumido por la morfina, que recorría los bares con su violín al brazo. Homero Arce en un reciente artículo sobre el poeta Rosamel del Valle recuerda los cenáculos de la que fue (tal vez) la más bohemia de las generaciones: “El Jote” donde había buenos platos por sólo cuarenta centavos, “El Hércules”, “La Bahía”, los bares alemanes con orquestas de ciego de San Pablo y Esmeralda, un poco más tarde el “Black and White”. Y la “Ñata Inés” de calle Eyzaguirre en donde, según se cuenta, el adolescente Neruda, llegado de la noche oceánica poblada de ladridos y de coigüillas de Temuco, dejaba en prenda de pago su capa heredada del padre ferroviario. Coetáneamente, transnochaban también –pero sólo tomando café con leche– en “Los Inmortales” Manuel Rojas, González Vera, Silva Castro y otros no devotos al más popular entre los chilenos de los dioses olímpicos.

También se desplazaron hacia San Diego muchos de los integrantes de la Generación del 38. Uno de ellos, el más extraño y prometedor de todos (para hablar en lenguaje deportivo) Héctor Barreto, personaje lunar que vivía viajes imaginarios sin salir días enteros de su lecho, y que dejara antes de los diecinueve años cuentos de una imaginación inusitada en la narrativa chilena, fue muerto a la salida del Café Volga por un grupo de nazistas el año 1937. Pero de esa generación, el más notable de los “conocidos de la noche” fue sin duda Teófilo Cid, el poeta y escritor que de dandy del Ministerio de Relaciones, pasó a ser –según el decir de Gonzalo Rojas, su compañero en poesía– “el lobo estepario de las noches santiaguinas”. Teófilo Cid, hombre de desusada cultura, llevado de una irresistible animadversión a un medio donde impera la mediocridad prefirió inmolarse en la noche, como un budista en las llamas, antes que aceptar los convencionalismos. “Hay estrellas en tu nombre/ Cuando una lenta espera me domina/ con su atroz desesperanza” le escribía a la noche. Consumido por ella murió en 1963, no sin pronosticar antes que más de alguien en sus funerales diría que “había muerto el último bohemio”. Yo mismo –nos decía– he asistido al entierro de una infinidad de “últimos bohemios”. Sin duda, los escritores (corriente universal de estos días) han tomado conciencia de ser trabajadores de un oficio, y se cuidan de cumplir horarios regulares y llevar una vida de orden. Sin embargo, habrá siempre un último bohemio, habrá siempre quien se acode a los mesones de los bares abiertos toda la noche, habrá siempre quien salga andar bajo la lluvia y vuelva bajo la lluvia y vaya más allá de la luz lejana de la ciudad, sabiendo que un reloj luminoso proclama que el tiempo no es verdadero ni falso.













en Viaje, Santiago, marzo de 1972 (N°460).













miércoles, 31 de marzo de 2010

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento



XII



Estoy afirmado
en el cerco rodeado de ortigas.
Leo
hasta que la tarde entrando a la casa del cerro
cierra el pozo luminoso del patio.
Los salmones vuelven a sus cobijos.
Un coipo asoma su chata cabeza. Los matapiojos
vuelan entre juncos. Las trilladoras
trepidan hasta pasada la puesta del sol.

En el bosque oigo rechinar los eucaliptos, ese
millar de puertas que se cierran. Voces lejanas
llaman a los bueyes. El
viento sopla los dedos friolentos de los pinos.
Los mapuches vuelven a sus reducciones por la Calle del Medio.

En el cementerio, la hermana espera que la visiten.
Los amigos de siempre
encapuchados por la vaga neblina del crepúsculo
juegan al tejo después del asado al palo.

Camino,
camino
hasta donde se alarga
la llama de una vela
en la ventana de un pobre zapatero.
Alguien ha regresado
con un libro de Dickens bajo el brazo.
¿Dónde están los demás? ¿Ya los héroes
de “La Hispaniola” no agitan sus linternas sordas
para indicar los derroteros de la Isla?

No me espera sino el miedo
que golpea los muros.
Una sombra hace estremecerse los trigales.
Los árboles acogen a la sombra
y dicen: “Moriremos,
moriremos”. Pero no importa ser abandonado
por los cansados ángeles de la guarda. Para el
forastero, los villorrios
donde aguardan el pan y el vino de los prostíbulos
que transforman las ranas en princesas.

Es el fin del paseo.
Una vaga onda en la laguna
donde el coipo esconde su cabeza.

















lunes, 8 de marzo de 2010

"Jorge Teillier: en el umbral de la ilusión", de Jaime Giordano







Jorge Teillier es uno de los primeros poetas de lo que podríamos llamar la “era actual”, el post o “neovanguardismo”, y que sucede a la tres fases “superrealistas” o “vanguardistas” o “contemporáneas” (Neruda - De Rokha - Huidobro, Díaz Casanueva - Rojas - Parra, Lihn – Barquero - Arteche). Su rápido éxito -publica Para ángeles y gorriones a los 21 años- es comparable al de Raúl Zurita en la generación siguiente. A lo largo de las provincias sureñas, Teillier llegó a ser una especie de príncipe de la poesía, y tuvo innumerables discípulos, algunos de los cuales todavía son figuras destacadas de nuestra poesía. Su aparición meteórica generó confusión en la crítica. Volvieron a desempolvarse términos de la parafernalia romántica (o neorromántica), y Teillier se convirtió en uno más de los inagotables “últimos románticos”.

Lo que la generación del 50 (!) no alcanzó a percibir (para qué hablar de los anteriores) es que por debajo del “esplendor sobre la hierba”, la “nostalgia de la provincia o del pasado o de la infancia o de...”, había algo más drástico, una pérdida más radical que jamás se iría a recuperar en nuestra lírica. Era fácil y deleitable sufrir con ese pálido escepticismo de amargos recuerdos perdidos o vagamente atesorados, convertidos en melancólica fe de ensueños. Pero este camino no iba a tener regreso para Teillier ni para su generación. El resto de su historia y de su poesía (nuestra poesía) es un largo, moroso suicidio, donde no hay ni puede haber inocencia ni redención. Los lectores que han seguido a Teillier hasta sus últimas consecuencias: Para un pueblo fantasma (1978), Cartas para reinas de otras primaveras (1985), tienen dos alternativas: lamentarse de que el poeta siga en “lo mismo”, que no haya cambiado, como si los poetas tuvieran que estar siempre sorprendiendo a un lector viciado por la insaciabilidad consumista actual, o felicitarse por lo mismo, por el hecho de que el poeta no se haya corrompido ni haya renegado de su mundo.

Trataremos de hacer explícito el proceso que va desde la esperanza en los recuerdos ingenuos, incorruptibles hasta su paulatina desintegración, fases que parecen ocurrir simultáneamente como si siempre el poeta hubiera estado perdiendo y recobrando su ilusión:


        Pero debo dejar el pueblo
        como quien lanza una colilla al suelo:
        después de todo, ya se sabe bien
        que en cualquiera parte la vida es demasiado cotidiana.
(TN, 13,7.)





(a) La voluntad rendida

Como en Lihn, Barquero y otros poetas de la generación dentro de la que Teillier, más joven, se forma, el presente temporal carece de intensidad. Nuestra circunstancia oscila entre el temblor y el fastidio. El mundo de los sentidos nos encierra en un marco intrascendente. La voluntad perece entre los hilos que nos amarran.

Y el problema es que toda invención salvadora es ilusoria; toda redención a través de un principio eterno o absoluto es falsa, conforma nuestro autoengaño: una droga que nos enajena.

Si hay afirmación de entidades absolutas, son ellas negativas: en vez de bendecirnos nos maldicen. Son las antimetáforas (metáforas en que el plano evocado no confiere más valor al plano real, sino precisamente lo contrario) del “barro eterno” de uno de los poemas de Lihn, o la “nieve nocturna” del segundo poema de Para ángeles y gorriones:


        ¿Quién eres, nieve nocturna,
        fugaz, disuelta primavera que sobrevive en el cerezo?
        ¿O qué importa quién eres?
        Para mirar la nieve en la noche hay que cerrar los ojos,
        no recordar nada, no preguntar nada,
        desaparecer, deslizarse como ella en el visible silencio
(AG, 10)



La visión de la circunstancia cotidiana es desoladora, campos de ruinas cuya única participación en la eternidad es negativa: pervivencia de lo estéril y deshabitado.

Sobre este limbo reina implacable “la cruel blancura de la eternidad”, el ángel demoníaco: el amado mundo cotidiano que nos ha traicionado.

El hombre rinde su voluntad ante su fracaso identificado con el fracaso de su mundo. Extiende sus manos y sólo encuentra restos, residuos, fragmentos sobrevivientes en sucesión de catástrofes.




(b) La búsqueda angustiosa


        Sentados frente al fuego que envejece
        miro su rostro sin decir palabra.
        Miro el jarro de greda donde aún queda vino,
        miro nuestras sombras movidas por las llamas. (AG, 23)


Es tortuoso el camino que nos podría llevar hacia el milagro de lo maravilloso. Difícil es conciliar el sueño cuando se lo desea demasiado, cuando nuestra conciencia vigila con la luminosa claridad que nos mantiene despiertos.

Los elementos que nos pueden indicar el camino, están todos convocados ante nosotros. El “vino” ha sido consumido a medias. El “fuego” está a punto de apagarse. Pero todavía el final no ha llegado. Se puede esperar algo de “nuestras sombras” todavía herméticas, egoístas aún en prodigarnos su magia.

En otra ocasión, es la desesperada búsqueda de “huellas”, señales, síntomas, hitos del camino que pueda conducirnos hacia el lugar perdido.


        Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
        en los patios cubiertos por la primera helada.
        Sus huellas perdidas
        tras una puerta herrumbrosa
        cubierta de azaleas (AM, 14)


La “puerta herrumbrosa, cubierta de azaleas” tampoco se ha abierto. Los arbustos, las flores la ocultan. Vieja y herrumbrosa, difícilmente se abrirá para dejarnos pasar. Las “huellas” siguen ocultas bajo la “helada”.




(c) El umbral de la ilusión


        Cuando las amadas palabras cotidianas
        pierdan su sentido,
        (...)
        aún se miran las destrozadas estampas
        en el libro del hermano menor. (AG, 7)


De pronto, nuestra cotidianeidad parece iluminarse, y entramos a ella en la inminencia de un hallazgo fabuloso. Primero es la sospecha. Sólo escuchamos sonidos:
- “los pasos del amigo que se fue,/ eco de palabras que no recordarnos,/ pero que nos duelen, como si las fuéramos a decir de nuevo”;
- “pasos de ladrones despertando ancianos”;
- “hasta que de lejos/ viene el llamado/ de ventanas golpeadas por el viento/ en las casas desiertas”;
- “esta noche duermo bajo un viejo techo,/ los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo”;
- “pero una banda de músicos tristes/ nos guía hacia circos pobres/ para que hallemos a todos los amigos/ (...) y cuando salgamos de nuestro encierro/ la lluvia encontrará caminos aún sin nombres/ para escribir de nuevo nuestra historia”.

Un poema de El cielo cae con las hojas: “La puerta del jardín sigue abierta”, explicita este momento en que todo parece nuevamente posible:


        La puerta del jardín sigue abierta,
        el viento la hace golpear
        y volver a golpear el cerco (CH, 19)


El sonido provoca en el poeta un pánico traducido en suspenso ante lo misterioso. Es el camino del recuerdo, pero no nuestro recuerdo interior, “falsa esperanza de mendigo”: es la propia realidad la que recuerda. Son las cosas visibles, cotidianas, las que ahora nos indican el camino.

La lluvia, las ranas (“las ranas repiten inútilmente su mensaje”), las huellas, el viento, las sombras, el eco, los reflejos, las viejas estampas, las añejas canciones, el vino, las luciérnagas, etc., conforman un vastísimo coro de la realidad que se sueña a sí misma como materia de ilusión. El tiempo se sueña a sí mismo en estas imágenes, semi abriendo sus puertas hacia lo que el mismo tiempo desconoce. En los poemas que elaboran sus visiones sobre este movimiento de la imaginación quizás se halle lo mejor y más calificado de la obra de Teillier. No hay un sujeto que perciba el misterio que se abre a partir de una puerta que el viento hace golpear sobre el cerco; son la puerta misma y el viento los que sueñan y objetivan la ilusión.

“El aromo” (AG, 41- 42) está íntegramente construido según este momento de hallazgo mágico:


        El tiempo lo guardó en su memoria
        para soñar con él, en las noches de invierno.
        Los labios del tiempo despiertan,
        y pronuncian, mojada de lluvia,
        la primera palabra que recuerdan.
        Y se enciende la llama del aromo
        sin temor al viento, sin envidia al sol.


“El tiempo” es aquí la instancia activa que sueña, despierta, pronuncia, recuerda, a través de sus “labios”. La segunda instancia activa es el “aromo” cuya “llama” se enciende. En el primer dístico, se anuncia uno de los motivos que con mayor acierto se identificó con el mundo poético de Teillier: guardar las imágenes en la memoria para soñar después con ellas. Pero el hablante es como la conciencia poética que percibe este movimiento como dándose en la realidad, en los objetos. Las visiones de verano serán recordadas (se recordarán a sí mismas), pero también a la inversa:


        Lo que importa no es la lluvia
        sino su recuerdo tras los ventanales en pleno verano (PP, 15)


Lo más característico de la poesía de Teillier no es la simple selección de imágenes de entre lo recordado, sino el recuerdo mismo, dado como una realidad preexistente al sujeto que recuerda. El recuerdo se convierte, así, en una reflexión de la realidad misma, infinita, insaciable. Elección libre del suplicio de Tántalo, complaciéndose en el goce misturado de esperanza y frustración.

El motivo de las “huellas” se vuelve a repetir en otros versos de “Los dominios perdidos”, por ejemplo en los siguientes:


        Lo que importa no es el carruaje
        sino sus huellas descubiertas por azar en el barro (PP, 14)


Esta vez, las huellas han sido “descubiertas”. Son los residuos del pasado y constituyen un modo objetivo de recordar, en el sentido de soñar a partir de lo que sobreexiste. El valor de su existir deriva de su carácter de restos, de pervivencias. El mundo de Teillier no vive tanto como sobrevive. La dificultad de percibir el llamado para un poeta sofocado por la circunstancia, se explicita de manera enigmática en la indicación de lo azaroso del hallazgo: “descubiertas por azar en el barro”. Es decir, las huellas preexisten el acto de ser descubiertas hasta el punto de que si no fuera por el azar su sueño quedaría a merced de su soledad material, ajeno a toda conciencia.

Aquí, como en otros poemas, el lugar del hallazgo está ubicado en un punto que escapa a la atención convencional y rutinaria. Suele éste ser un escondrijo, un desván, un rincón alejado u oscuro, un extremo distante.

Esta independencia (del sueño que cada objeto sueña) respecto de un soñador, nos lleva a afirmar de inmediato la complicidad entre tiempo y espacio en la poesía de Teillier. El tiempo sólo puede ser sentido en los espacios; sólo puede ser recuperado a través de las sombras, los residuos presentes ante nosotros y que nosotros vemos, descubrimos o presentimos. Ver, descubrir, presentir no es fácil. Requiere previamente de un apartamiento del foco convencional de nuestro existir hacia los espacios secretos, olvidados, ocultos. Requiere de la búsqueda de lugares aparentemente desolados, pero en el fondo privilegiados en cuanto se constituyen en los umbrales de la ilusión.

Así es como vemos una indisoluble identificación entre lo temporal y lo espacial. El espacio es el modo como el tiempo se manifiesta ante nosotros; el espacio encubre tiempo. Los lugares que pisamos rutinariamente son nuestro presente. Los que olvidamos y hacia los cuales nos dirigimos como en peregrinación, constituyen el espacio secreto de los desvanes, los rincones, las orillas, bajo los arbustos, “los patios cubiertos por la primera helada”, las plazas que nadie visita, etc.

En Teillier, la provincia ha funcionado como espacio secreto, umbral de ilusión. Más que recuerdo o nostalgia de la provincia, se trata de una presencia mágica, activa, fundadora de ilusión:


        Un amigo del sur
        me ha enviado una manzana
        demasiado hermosa
        para comerla de inmediato.
        La tengo en mi mano:
        es pesada y redonda
        como la Tierra (PP, 17)


Hay en estos versos el resultado de la acción de un mensajero, formulador del llamado hacia umbrales de ilusión. Es “un amigo del sur”. La manzana convertida en símbolo se coge con la voluntad de Tántalo. “Pesada y redonda/ como la Tierra”, se cierra sobre sí misma y conforma un mundo aparte, un mundo espacialmente distante de la rutina de una ciudad poco pródiga en espacios auténticamente secretos. El “regalo” lo incita a partir, a abandonar el centro convencional. Esta actitud de partida se concretará, en otro poema, en la imagen: “bueyes desenyugados”.

La complicidad entre el espacio secreto y el tiempo perdido, se explícita en dos versos de “El lenguaje del cielo”:


        Todo lo que está aquí
        parece estar verdaderamente en otro lugar (AG, 12).


El poeta, sin embargo, nunca perderá la conciencia de que (la felicidad hubiera sido siempre perder esa conciencia que ya vive escindida de la existencia, en permanente actitud de severo distanciamiento y sabiduría del fatal destino) este espacio secreto es sólo un resto supérstite del espacio que siempre se pierde, proyección tardía de lo ya transcurrido:


        Los jóvenes no pueden volver a casa
        porque ningún padre los espera
        y el amor no tiene lecho dónde yacer (AG, 12)


Allí está la puerta aún sin cruzar. Nos comunica con un campo florecido de ilusiones, ilusiones que no pueden ser las del sujeto y que viven como prendidas de sí mismas en un “país de nunca jamás”. Pero la ilusión que logra captar ese intruso en el umbral es alegría deshecha en dolor, vida deshecha en muerte.

Es una imaginación que construye su mundo a partir de la progresiva invisibilidad del sujeto, el diálogo hermético entre los objetos, su desapego de cualquier centro sustancializador, su marginalización y su distanciamiento abismal de los valores de los focos aceptados de poder. Ya ni siquiera se construye su poesía como modo de rebeldía, ni como desafío escéptico, irracional a una sociedad corroída por diferentes formas de degradación, sino que se construye, por decirlo así, después... después de la rebeldía. Con lo cual se va dibujando más y más la relación de Teillier con las tendencias poéticas actuales hasta tal punto que su carácter de figura de tránsito entre eras distintas y sucesivas queda marcadamente sugerida. No son los poetas anteriores quienes van a decidir quién tiene la palabra.




(d) Intruso en tiempos de ilusión.


Según la poética romántica al modo de Schiller, hay dos momentos estéticos que se suponen perfectos: el momento ingenuo en que la alegría careció de valor porque no era consciente (la infancia), y el momento dolorido y sentimental en que la alegría se recuerda o, peor, se postula (la infancia contemplada desde su falta). Esta es otra evidencia de que los esquemas románticos no deben desempolvarse para engalanar el siglo veinte. En Teillier no existe la recuperación romántica de esa edad, sino un recuerdo consciente de su insuficiencia, atenaceado por la terrible amenaza de nuevos despertares. La categoría romántica del idilio, que encarna esa catarsis del impulso dionisíaco a desbordar la felicidad y el dolor, se halla aquí distante, como en un grado cero. Es, en realidad, un idilio que ni se recuerda ni se siente ni se promete, pero que, de todos modos, funciona como una ausencia significativa (un “trace”, para usar el término de Chomsky), no porque se echa de menos sino porque, aunque no se nota, las imágenes parecen construidas alrededor de ese vacío. Es más que la negación del centro. Es un vivir sin él, pero padeciendo el ímpetu devorador de su ausencia.

Si Hölderlin fue un intruso en la Grecia de los dioses antiguos, pudo como Prometeo robar un poco de ese fuego y pagar por ello. Para Teillier, en cambio, todo esto no sería más que una fábula pretensiosa:


        Sólo quiero una Luna de papel
        una luna de mentira
        que sería de verdad
        si creyeras en mí (CR,41)


En El árbol de la memoria (196l), tenemos una de tantas evocaciones construidas de acuerdo a la estructura del idilio, sólo que falta el centro que todo idilio debe tener (un árbol, una fuente, una montaña, un trono, un hogar etc.)


        El dueño de casa baja a la bodega
        a buscar sidra del año pasado.
        Se detiene el reloj de péndulo.
        Clavos oxidados
        caen de las tablas.
        El dueño de casa demora demasiado
        -quizás se ha quedado dormido
        entre los toneles y las ratas-.
        El viento quiere abrir las ventanas.
        Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
        En la tarde, este mismo viento
        luchaba con los pinos a orillas del río.
        Se detienen los relojes.
        Se desclavan las tablas.
        Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
        De pronto no somos sino un puñado de sombras
        que el viento intenta dispersar (AM, 12)


En este fragmento de la parte III de “Relatos”, puede apreciarse claramente que la perspectiva del hablante no es la del recuerdo ingenuo, sino del idílico: la realidad está amenazada por su misma perfección destemporalizada o destemporalizándose. Hay como un espectador lírico del pasado que ve sus sueños amenazados por lo que entonces no se podía prever: la sucesión de las horas. Obsérvese que mientras las horas caen, la madre está dormida: “Las horas son madejas rodando / desde la falda de tu madre dormida / (...) Es tarde. / En tu casa la cena se enfría, las madejas ruedan / desde la falda de tu madre dormida” (CH,11-12). El tiempo no avisa sino cuando es demasiado tarde. El aviso, por lo demás, sólo existe en la conciencia del que recuerda. Es irresistible la comparación con las imágenes de infancia en Fresas salvajes, el filme de Ingmar Bergman, donde también se alternan la palidez casi espectral de los recuerdos y ciertas presencias premonitorias como la bandada de aves de rapiña que vuela sobre el pasado. Sólo que el director sueco, inmerso en una poética expresionista, valoriza las dimensiones contradictorias y grotescas, establece un centro claro de valor en el recuerdo (su propia inocencia y la valorización del mundo idílico perdido), tal como en Vallejo también existe un centro substanciador perdido: el padre (Trilce, passim); o tal como en Lihn la desacralización del juego infantil se disfruta sangrienta y voluptuosamente desde el goce escéptico de un hablante adulto que se coloca en actitud de saber más (o menos, que viene a ser lo mismo) que “los niños que fuimos” (“La pieza oscura”).

Aquella forma de resolución del tema, comunes (dentro de las diferencias) a Bergman, Vallejo, Lihn, aunque parezca extraño, no se da en Teillier. Desaparece la figura del recordante (como foco esencializador); desaparece cualquier centro de valor que pueda recuperarse en el pasado; desaparece hasta la relación ahora-entonces que, aun difuminada como en los autores citados, hubiera parecido lógico conservar.

En el poema transcrito, el mundo está poblado de amenazas: primero, el espacio secreto de la “bodega” de donde el dueño de casa traerá la “sidra” (de la serie paradigmática que incluye desde el “pipeño” hasta el “Tom Collins” -vehículos de embriaguez, camaradería y sueño-). Esta sidra es también algo sobrante de la tarea destructora del tiempo (es “del año pasado”), y que se ha conservado en el espacio secreto.

El tiempo del idilio, en consecuencia, no es tampoco el tiempo del origen o del principio de las edades. No existe esa visión superrealista que generara tanta literatura. El tiempo teillieriano surge desde “un abismo sin fondo”... De este modo, el escenario donde esperábamos un idilio, resulta ser más bien supervivencia. No se trata de una edad de oro, ni un “et in arcadia ego”. Pero la casa tiene una “bodega”, no las bodegas de Neruda, ni siquiera las de Barquero, sino simplemente ‘una bodega donde se baja a buscar sidra’.

Hay mecanismos expresionistas que implicarían el surgimiento de un tiempo idílico, como la detención de los relojes, acto mágico (o maravilloso) que, en la leyenda, inicia el acceso hacia otro inundo. Pero aquí se trata de un anuncio de desintegración, no del ser o del fundamento, sino del marco del idilio mismo en cuanto idilio. El péndulo al detenerse impide que el dueño de casa reaparezca trayendo la sidra: “quizás se ha quedado dormido”. Como en Bergman o Vallejo, la muerte idílica es un dormirse, pero el dormirse, en estos autores, tiene una cierta, por decirlo así, importancia; aquí parece que el dueño de casa se ha dormido de borracho o se ha tomado él solo la sidra o ambas cosas. No hay ningún valor sustanciador en este “dueño de casa”: no es padre, no es semi-dios, no es anti-dios, ni siquiera antihéroe.

La misma casa amenaza desintegrarse, no de una manera apocalíptica como podría serlo en algunos poemas de Vallejo, Borges, Marechal o Gelman, sino un deterioro más bien íntimo, contemplado en su simplicidad objetal: “Clavos oxidados / caen de las tablas”. Ni pompa ni circunstancia.

Y el viejo viento que en tanto poesía sopla donde quiere, es ahora un luchador algo vagabundo que se pelea con los pinos “a la orilla de río”. Ya no es ni el Loge de Wagner ni el verde viento de Lorca ni los tantos que soplan en nuestra gran poesía superrealista. Las ventanas están cerradas, pero el viento quiere abrirlas. El viento, pues, que en la leyenda es un elemento agresivo, amenazante, y cuyo origen es extraño y misterioso, es aquí un viento objetivo, sureño o austral, que como todo viento quisiera abrir las ventanas; un viento del que hay que cuidarse, naturalmente, pero que no son los cuatro jinetes del Apocalipsis. De todos modos, es un viento que como todo viento puede destruir y provocar hechos lamentables como que se caiga una casa. Es así que el acto de querer abrirlas ventanas, intentar dispersar el “puñado de sombras” que “somos”, debe entenderse como la agonía de un mundo idílico que fue, y aquí estaba encerrado entre cuatro paredes. El epígrafe de “La tierra de la noche” (CH, 13) es elocuente: “Abrir una ventana es como abrirse una vena”, de Boris Pásternak. Es la imagen de un mundo en destrucción que aún así tiene miedo a abrirse a los otros mundos en destrucción. Esto es, la estructura del idilio está dada aquí en forma de un “trace”, porque todo está configurado como para describir una secuencia y un espacio idílicos, pero lo que ocupa este “hueco” es siempre lo cotidiano. Ahora ya no nos quedan sino cajas chinas, donde no hay expectativa de nada maravilloso, pero el tener noticia de las otras cajas: abajo, la “bodega”; afuera, el “viento”, crea la atmósfera de sueño en que ya no hay un “protagonista” que sueñe, no hay “alguien” que sueñe, sino que la realidad misma está vista como sueño que se sueña así mismo.

Es como un caminar al borde de un vacío. La salida al exterior a buscar “grosellas”, es peligrosa. Es un comienzo de abandono del recinto cerrado, hueco idílico. Es alarmante el sitio donde están ubicadas: “al fondo del patio”, espacio apartado donde cualquier concreción de la amenaza es posible. Las “grosellas” ejercen misteriosa tentación, y el viento aparece como si hubiera sido expresamente convocado. Los “cazadores”, los que han salido también a la aventura, no llegan, “quizás han muerto”; han reducido su existencia a simples “pasos”.

“De pronto”, la escena se oscurece, ya no distinguimos nada. Los tiempos de ilusión se han apagado sin siquiera haberse bebido la botella de sidra. Entonces queda claro que no sólo el hablante es un intruso en estos tiempos, sino que la ilusión misma no era más que un dato impertinente dentro de la cotidianeidad.




(e) No sólo hay los umbrales de la ilusión, sino los umbrales del pánico.


Dentro de la poesía de Teillier, son innumerables los elementos de amenaza temporal que se ciernen sobre espacios que hubieran sido de ilusión. Y es natural que estos elementos abunden más en su última poesía: “Dicen que la sífilis de nuevo será incurable / y que nuestros hijos pueden soñar en ser economistas o dictadores” (CR,37).

Ejemplos notorios son:
- Instrumentos musicales aterradores: “surge un redoble de tambores”;
- un miedo inexplicable como “los gansos silvestres huyen del pantano;
- la súbita presencia del vacío, de lo deshabitado como definición de lo idílico: “Nidos vacíos caen desde la enredadera marchita”;
- caballos, animales que montamos en riesgosas salidas al campo, lejos del marco protector de la ciudad: “los hocicos de los caballos desordenan el agua/ y mezclan los rostros de las hojas”;
- los trenes que pasan por la estación pueblerina: “el último tren pasa como un temporal/ remeciendo las casas de madera,/ las madres cierran todas las puertas”.
- la inevitabilidad de esa fascinación ante la cual siempre seremos impotentes: “Pero nunca dejaremos de correr/ para acompañar a los niños/ a saludar el paso de los trenes”;
- un relámpago destructor: “De nuevo el cielo recuerda con odio/ la herida del relámpago”, después de la cual se ofrece una imagen no apocalíptica sino más bien post-apocalíptica: “ha llegado el término del mundo,/ y la lluvia es el estéril eco de ese fin”:
- las siempre terribles aves: frutas caídas y “pisoteadas por los pájaros” o “los temerosos de los brujos vecinos/ lanzan puñados de sal al fuego/ cuando pasan las aves agoreras”, o “pero tú debías extraviarte:/ los pájaros se comían las migas/ que sembraba para señalarte el camino”;
- el frío, temperatura que puede ser más demoníaca que el calor: “El frío con su guadaña corta la aldea,/ esa espiga a quien nadie defiende”; etc

Un mundo hundido en las mutuas referencias metonímicas, rara vez utiliza el símbolo para apuntar a planos diferentes misteriosos. Cuando lo hace, le confiere una altura más bien enigmática, de referencia rayana en lo hermético, como ocurre en textos de Gonzalo Millán, Oscar Hahn, Juan Luis Martínez o Raúl Barrientos. Por ejemplo: “Un jinete nocturno enmascarado” (AG,43), imagen que, aunque pudiera resolverse como una metonimia, aspira a un plano referencias enigmático. También en los siguientes versos: “Ojos de extraños peces/ miran amenazantes desde el cielo”.




(f) La traición.


Es evidente que ante todo esto, el poeta fortalecerá su convicción de que ha sido traicionado. Puesto que es “lo único verdadero:/ que respiramos y dejamos de respirar”, es inevitable nuestra condición mendicante, parecida a la que podemos advertir en Vallejo, aunque muy distante de elevar aquello de lo que se carece a rango divino o sustancializador. El hombre es sentido como carencia de algo, pero ese algo no es asumido con una fe heideggeriana que nos obligue a confiarnos a una actitud de espera del ser, más tranquila y pasiva que agonizante. Nuestra condición humana, en simples palabras, atraviesa dos momentos que eternamente retornan alternándose: los momentos inconscientemente felices y de cuya felicidad nos damos cuenta cuando ya han transcurrido, y los momentos en que, aunque sólo nos encontramos con sobras de aquella “felicidad”, pero en los cuales tenemos la ventaja de adquirir conciencia (aunque mendicante) de ella. Esto supone que el verdadero disfrute sólo es posible en el recuerdo, disfrute relativo pues está constantemente herido por la evidencia de una pérdida ya consumada.

La traición es, entonces, un hecho inevitable. Se realiza a través de un agente exterior. No debe (o no debiera) existir sentimiento de culpabilidad íntima.


        Un día fui a decirle que la amaba.
        Ella no entendió nada.
        Yo me fastidié, y fui a la estación
        a ver pasar el tren (AG, 51)


El acto aparentemente absurdo, irresponsable, de ir “a ver pasar el tren”, es en realidad desesperado y se asocia a un elemento destructor: “el tren” (lo destructor no quita lo placentero). Lo importante de este fragmento lírico es destacar que, más allá de los tiempos y las distancias, el agente inmediato de la traición suele ser., hasta Muertes y maravillas (1971), “la amada”. Después, como se ve sobre todo en Cartas para reinas de otras primaveras (1985), a “las buenamozas” se van a agregar “mis perseguidores”:


        Por la calle principal
        pasan tomadas de la mano con mis sobrinos
        las buenamozas del pueblo,
        y mis perseguidores
        que me condenaron a muerte:
        los carabineros, los dueños de fundo, los abogados (CR,43)


El dueño de casa no ha regresado con la sidra; el viento no ha terminado de arrasar la casa; seguimos saliendo a buscar grosellas. Pero todo eso puede terminar.


        He perdido el amor a la sombra y al misterio.
        Los astros son testigos que perderé hasta la pena (CR,22)


Y el miedo es de que mañana ya todo esté solucionado, para bien o para mal:


        Al claro de luna, mi amigo Pierrot,
        no me pidas pluma pues ya no escribo nada.
        No hay puerta que abrir ni amor a Dios.
        y mañana no iré a buscar ágatas a la playa. (CR, 11)












En Dioses, Antidioses. Ensayos críticos sobre poesía hispanoamericana. Santiago, Ed. Lar, 1987










NOTAS:
AG: Para ángeles y gorriones. Ediciones Puelche, Santiago, 1956
CH: El cielo cae con las hojas. Ediciones Alerce, Santiago, 1958
AM: El árbol de la memoria. Arancibia Hnos., Santiago, 1961
PP: Poemas del país de nunca jamás. Colección “El Viento en la Llama”, Arancibia Hnos, Santiago, 1963
TN: Los trenes de la noche y otros poemas. Ediciones de la Revista Mapocho, Separata del Tomo 11, N° 2 de 1964, pp.132-142
CR: Cartas para reinas de otras primaveras, Ediciones Manieristas, Santiago, 1985


Otros libros importantes de Jorge Teillier:
Crónica del forastero, Arancibia Hnos., 1968
Muertes y maravillas (que reúne su producción completa hasta entonces), Editorial Universitaria, Santiago, 1971
Para un pueblo fantasma, Ediciones Universidad Católica de Valparaíso, 1978.