viernes, 16 de enero de 2009

“A la memoria del auténtico forastero”, de Viviana Geeregat






Nueva York 11. Tras la puerta de entrada, el retrato de un antiguo cliente. Dentro, los parroquianos discuten la vida y la muerte libando mostos propios de la barra. Hasta hace unas décadas la mítica Unión Chica olía a tertulia, a literatura, a pólvora poética. Ahora, Teillier nos observa desde aquella discreta imagen, con una sonrisa enigmática.

Y es que el vate lautarino fue impredecible. Bautizó la poesía “lárica”, pero rechazó el título cuando se lo aplicaron a él. Manifestó que el poeta es el guardián del mito y la imagen, pero en alguna entrevista respondió: “Eso lo dije por pura retórica, para lucirme”. ¿Nos reímos o nos lamentamos? La opción adecuada pareciera ser la sonrisa. Porque su poesía habla por sí sola, aunque Teillier se muestre modesto.

Lo importante es que más que escribir poesía, aprendió a vivir como poeta. Cómo no, si vino al mundo entre el We Txipantu de los mapuche y el trágico accidente que se llevaría a Carlos Gardel.

Jorge tuvo suerte, se crió en una casa donde parte del sueldo de su padre se invertía en libros. Eran otros tiempos, definitivamente.

Es cierto que su poesía trata de las “cosas simples” pero contiene un alto grado de sabiduría impregnada de fascinantes tardes de lectura. Para leer el “Libro de Homenajes” es imprescindible leer antes al Laureado para disfrutar el placer de esa exquisita intertextualidad.

Estudiante de Pedagogía en Historia en el Instituto Pedagógico, en Santiago potenció todas las aptitudes que nacieron en la Araucanía. Encontró más camaradas con quienes gastar codos y horas en tertulias eternas sobre lo cotidiano o sobre lo onírico, pero jamás dejó de vivir en la capital como provinciano. Quizá esa fue la clave: apreciar la simplicidad y vivirla con elegancia. “Y la Panimávida tiene sabor a Veuve-Clicquot”, valorar la belleza de lo sencillo.

Por otro lado, la memoria, la inagotable memoria utópica de Teillier. Cada poema nos invita a presenciar un ritual. Una evocación a los trenes de la memoria, aquellos que surcan ramales y vías centrales remontándonos a la aldea. No sólo a la idílica, sino a la aldea que se desconecta de todo, a pesar de la vieja radio a pilas relatando el último pugilato o el viejo tocadiscos embebido de la voz de Zarah Leander. En ese onírico viaje, nuestro eterno pasajero nos invita a su pueblo natal, a recorrer sus calles polvorientas y las cantinas que reciben los pies gastados del forastero con aserrín. Y nos damos cuenta que en aquella aldea, hemos vivido siempre.




Tú, que lo conociste, si lees estas líneas,
ve a beber en su nombre.

Epitafio, en Para un Pueblo Fantasma, 1978.














sábado, 29 de noviembre de 2008

"Cuando todos se hayan ido", de Claudio Sanhueza

Remix de "Cuando todos se vayan", de Jorge Teillier




Quedaré a los pies de aquellos árboles
Estaré durmiendo bajo sus aromos
cuando todos se hayan ido

Volarán aún algunos pájaros
y me levantaré a observarlos
para no creer en nada más

Y si dudo de mis años
o si he empeñado ahora mi cuerpo
vendré al río de nuevos colores

y al asomarme a su ventana
una sombra marcada me sonreirá
y sabré que me dice:

Mira mira a tu alrededor
Todos se han ido
Sólo yo no te he abandonado









1995







sábado, 1 de noviembre de 2008

"Imagen nada imaginaria de Jorge Teillier", de Alfonso Calderón





No hay ya cuenta de los años, pero desde el primer día en que Jorge Teillier trazó, a cordel, las líneas de un territorio, poniéndolo bajo la protección de los lares, ya el país no pudo volver a ser el mismo -como no lo fue, tampoco, tras haber cruzado el "desaguadero" don Alonso de Ercilla-. Los cardos, que podían ser los del Baragan o los que se aislaban para llorar a solas el fin del verano, en los rieles de una línea de desvío en la estación de Lautaro: el golpe ronco del chucao, en su vuelo que simula un perdigonazo frío y solemne; los alimentos terrestres, sin excluir el fluir enloquecido de las herramientas, que exaltaban la epopeya del trabajo en una Frontera que siempre está naciendo; los hallazgos de la pajarería, de las flores, del canto triste del mapuche, que parece llorar el despojo; las historias de los boxeadores, de las actrices de cine, de los hombres del tango o del jazz, de las figuras del mito de Cautín, sin excluir los sobresaltos que causa el río en los períodos de aluviones, y el mundo de los libros, desde Salgari a Dylan Thomas, pasando por Neruda, J.M. Barrie, Lewis Carroll, los surrealistas, Francis Jammes, y el alba de oro del folletín heroico o sentimental: todo halla un registro tonal en la poesía de Jorge Teillier.

No entiendo un mundo en que él no esté presente, y aspiro a verlo reaparecer siempre en esta novela de la vida, como algún héroe de las historias de Honoré de Balzac, llevando en su fenomenal memoria el registro del mito, de la patraña, de la historia, de los dolores del hombre y de las buenas causas que permitan creer en una sociedad utópica, pero justa, capaz de convertir el territorio de "Ningún Lugar" en un país como Chile, más temprano qué tarde, por cierto, como dijo aquel Presidente que fue el último a quien nos fue dado querer y no odiar. Teillier, con el cuello del abrigo subido, como los héroes del cine de los años cuarenta, o alabando una fuente de digüeñes o un texto de Jarry; Teillier, subiendo a un globo de Montgolfier o amando a la dulce Manzana de Anís; Teillier, en un diálogo de bar con un colono francés que vino después de El Marne; Teillier creciendo con sus hijos, especies de hermanos mayores hermosos; Teillier, que vive para ver volver, nos halla siempre dispuestos a admirar su fe en la poesía, su constancia en el verso vivido, su admirar su fe en la poesía, su constancia en el verso vivido, su admiración por el hombre común y corriente. Y, sobre todo, nos va legando ese territorio en donde otros hemos tratado siempre de construir nuestras casas, apoyándonos en una visión común, en el deseo fervoroso de descubrir, quizás por un azar, el lugar en donde Ella o Ayesha, que no es la Muerte, nos permitirá perdurar, viendo todos los hombres y todos los tiempos, sacudiendo dulcemente esa botella de cerveza que uno lleva como el alma, sujeta por el pulgar durante todos los mejores años de la vida. Hasta donde sea posible -si se me permite decirlo-. ¡A la salud de Jorge Teillier, esa "viva moneda que nunca se volverá a repetir"!







Carahue, agosto de 1985









jueves, 23 de octubre de 2008

"La otra cara de la prosa", de Jorge Teillier





En un encuentro de Escritores Americanos realizado hace unos pocos años en Concepción, Allen Ginsberg declaró que era urgentemente necesario importar algunos kilos de marihuana para los escritores chilenos a fin de que despertaran su dormida percepción. Naturalmente, ésta era una de sus acostumbradas bromas para “asustar burgueses”, pero siempre pensamos (dejando a un lado la marihuana, por supuesto) que tenía algo de razón el poeta beatnik. Lector asiduo y en cierto modo obligado de la prosa de nuestro país, suelo echar de menos, como rasgo fundamental, esa agudeza de percepción que caracteriza a los escritores que ven más allá de las apariencias, que “se atreven a abrir las puertas ante las cuales todos pasan de largo”. Pienso que a través de nuestra narrativa sólo se presenta fundamentalmente la faz mediocre de la realidad, no se hace un esfuerzo por superar la vida cotidiana mostrando la otra cara de la realidad, aquella que vemos en las obras de un Bradbury, Truman Capote, Julien Green, Julien Gracq para nombrar a unos pocos. En cambio, los poetas han logrado traspasar la barrera del convencionalismo y su voz es por ello más universal. No sólo lo digo yo, lo ha dicho un novelista y crítico, Fernando Alegría, el cual exalta la audacia de nuestra poesía y señala que “Chile cuenta con una de las novelísticas más conservadoras de América” (en la revista venezolana Zona Franca, noviembre de 1966). Me parece que en la polémica desatada en torno a la situación de la novela chilena, se hace demasiado caudal en la precariedad de elementos técnicos usados por nuestros novelistas. Jaime Valdivieso lo ha señalado bien al lanzar a la palestra a Carlos Sepúlveda Leyton, su “caballo de batalla,” desde que lo revalorizara en Un asalto a la tradición (1962); no es la falta de estructura novedosa la debilidad de la novelística del país. (Un pelo de la cola, para hacer una observación a Valdivieso: Kafka era conocido antes de 1938 en el ámbito hispanoamericano a través de traducciones de la Revista de Occidente). Por lo demás, considero que la novedad estructural, el uso de distintas técnicas no es señal de modernidad. El convencionalismo puede estar en el uso de trucos, de la técnica por la técnica. Kazantzakis, Sholojov, Laxness, Carson McCullers son ejemplos de autores que no han precisado de técnicas novedosas para realizar obras maestras.

En la novelística americana actual de moda, se puede ver mucho de pastiches de procedimientos de Joyce y Faulkner, sin que a veces tengan nada que ver con el espíritu de lo tratado.

Si consideramos una mirada a la literatura chilena que se puede llamar “oficial”, instituida así por críticos y profesores, prácticamente se ve un espíritu chileno que vendría a ser el señalado como típico por Encina: falto de imaginación, pacato, gris. Pareciera no existir el ensueño, la fantasía, la apetencia por lo desconocido que ha impulsado al hombre hacia la conquista del Cosmos o del interior del yo, o a pasar del otro lado del espejo presentado por la realidad. (Estoy hablando, por supuesto, recargando líneas para destacar más una tesis. Autores como Manuel Rojas, Rubén Azocar, Francisco Coloane, no dejarán de ser significativos desde cualquier ángulo de consideración).

En la valiosa Antología del cuento chileno realizada por el Instituto de Literatura Chilena, esta situación que describo se presenta particularmente clara. Sólo tres autores sobrepasan los marcos de un realismo convencional: Hernán del Solar, Diego Muñoz y María Luisa Bombal. A esta última se le asigna haber asimilado antes que nadie influencia surrealista. Me parece que tal lugar correspondería a un Rosamel del Valle con su País blanco y negro (1929), y que la Bombal tiene más bien influencias de Neruda, Jules Supervielle y la Woolf. Sin embargo, como en un desierto, existe un río escondido de una prosa chilena diferente que merecería un serio estudio, más allá de estas simples y volanderas indicaciones.

Se cumplen cuarenta años de El habitante y su esperanza, considerada en su tiempo un acertijo, y que en verdad reducido a términos lineales tiene una clara anécdota. En unas pocas páginas está viva la vida de un pueblo sureño más que en trescientas páginas de muchos criollistas. Ya lo señaló una vez Volodia Teitelboim comentando la insuficiencia de Ventarrón, de Lomboy, frente a la novela de Neruda, ambientadas en parajes similares. Recordemos otra obra paralela en tiempo a la de Neruda: La mano de Sebastián Gaínza, de Tomás Lago, sombrío y acechante relato escrito en novedoso y ajustado estilo que hace deplorar que el escritor no reuniera en un volumen su obra (tampoco se han reunido África y Una mujer, las extrañas novelas de Alberto Rojas Giménez). En 1929, Rosamel del Valle publicaba País blanco y negro, que quiebra la rutina de la prosa y hace aparecer un Santiago transformado por los sueños y el amor, recordando Nadja, de André Bretón. Tampoco ha sido valorizada la obra en prosa de Vicente Huidobro, iniciada con el fastuoso Mío Cid (1931), al que en 1934 Alejo Carpentier consideraba una gran obra. Y recuerdo que Sátiro era considerado por Anderson Imbert como un antecedente de Lolita. Permanece olvidada de nuestra historia literaria oficial la figura de Juan Emar, de tan desenfrenado, rabelesiano y singular humor, sobre todo en Miltín (1934). En el crucial año 38, Miguel Serrano publica la Antología del verdadero cuento en Chile, encabezada por un “Prólogo” que es un verdadero desafío al realismo imperante. Como reacción, aparecerá luego la Antología del nuevo cuento, de Nicomedes Guzmán. Para Miguel Serrano, en Chile no habían existido cuentistas, sino simples narradores, así como eran simples narradores Bret Harte, Gorki, Maupassant, Baldomero Lillo. Llamaba a escuchar a la nueva generación (Serrano y Lafourcade han sido inventores de generaciones en nuestro país), pidiendo que cesaran de hablar “...el político radical de los banquetes, el amargado de las siete de la tarde; todo ese desfile oscuro de chilenos aún hundidos y aplastados”. Por lo demás, Miguel Serrano no ha cesado en sus denuestos contra nuestra prosa: “Me parece que la novela chilena actual no vale nada. Es un culto a lo feo”, expresó recientemente en una entrevista.

Dentro de la llamada (por comodidad) “generación del 38” no ha sido suficientemente considerada la obra en prosa de Braulio Arenas, aun cuando hasta Alone declaró que la nouvelle Adiós a la familia significaba el adiós a la vulgaridad dentro de nuestra narrativa. Yacen olvidados los cuentos que Teófilo Cid -quien tan dramáticamente fundió vida y poesía- publicara en 1942: Bouldrud. Inseguridad del hombre, de Anguita, recibió un clamoroso silencio. Tampoco se ha justipreciado la obra de Juan Tejeda -que tan hondo suele calar en nuestro mundo burocrático y alcohólico. Solamente los autores que he nombrado casi de paso configuran un mundo a través de otra manera de verlo. No es casualidad que la mayoría sean poetas, como lo es Luis Oyarzún en Los días ocultos. Se debe lamentar que Pablo de Rokha no entregara su Clase media, de la cual sólo publicó unos capítulos en la fenecida revista Multitud, y que N. Parra no prosiguiera la veta de sus “anticuentos”, como el publicado en la Revista Nueva (1937). El mismo Parra expresó que nadie ha reparado que él es uno de los precursores de la “anti-novela” actual.

Creo, pues, que existe otra cara de nuestra prosa, aún no suficientemente conocida, nacida de una “caza espiritual” y no de un afán de hacer literatura. Y no se entienda esta exposición como un reclamo contra el realismo imperante. “Entrar en lo irreal -ha dicho Michel Carrouges- no es sino una manera de penetrar en el corazón de lo real.”









en La Nación, 14 de mayo de 1967, p. 4.












sábado, 18 de octubre de 2008

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento



X

Vamos a pasear por los extraños pueblos

ELISEO DIEGO


La noche era un trozo de carbón a punto de arder.
Nada más hermoso que ver al fogonero lanzar paladas.
El horno cambiaba el carbón por oro.
Te dejaron subir a la locomotora.
Hay que amar a la locomotora como a un gran animal doméstico,
amar sus resoplidos, sus nubes de vapor,
la lluvia de hollín con que te bautiza cada estación.


Pero ya han pasado todos los trenes. Han pasado los trenes, la segura rotación de los juegos de las cuatro estaciones: el trompo, el volantín, las bolitas, el emboque. Todo eso es triste. Mientras escribo unos gatos nuevos maúllan tristemente. Y recuerdo el placer de poner mi nombre en los cuadernos el primer día de clases.


Te asomas alarmado a la ventanilla del vagón.
Tu padre bajó al andén para hablar con un amigo,
temes oír de un momento a otro el silbato de partida.
Empiezas a conocer los pueblos de la Frontera.
Tienen nombres que en la lengua de la Tierra
quieren decir: “Guanaco echado”, “Río de brujos”, “Lugar
            de cenizas”.
Viste apolillarse los columpios de una plaza de juegos.

Un zapatero nos saludaba con la V de la victoria.
Se hablaba de la pelea de Godoy con Joe Louis y de la batalla
            de Stalingrado.

Hubo un desfile celebrando la caída de Berlín
y la Bomba Atómica era el fin de todas las guerras.

En un pueblo alojabas en casa de una tía y leías el “Pacífico
            Magazine” con noticias de la Guerra del 14,
en otro viste que al atardecer la gente iba llevando sillas
            para asistir a una función de cine,
en otro escuchaste a los músicos de la Banda Municipal tocar
            “Titina” en un kiosco a punto de caer.

Días de descubrir las aldeas
como más tarde el sabor de cada bebida,
peligrosos como los cercos de alambre de púa en donde uno
            puede enredarse al salir de caza.
Aldeas que he recorrido
por calles fangosas que llevan a las afueras.
Allí hay gente que muere sin haber visto nunca el mar.
Hay muchachos jugando fútbol.
Se cantan rondas que ya no se escuchan en las ciudades:

            Yo me quería casar
            con un mocito barbero.
            Me sentaron en una silla
            y me cortaron el pelo…


En el bar del Hotel estuve esperando las campanadas
            que anuncian la llegada del tren.
Pero los nuevos amigos hicieron llegar nuevas botellas
Y allí estuvimos hasta el alba de los trenes de carga.

Una vez aguardando la llegada de un tren, bajo un aguacero,
me hice amigo de un pobre organillero.
El viento, el frío y la lluvia velaban con nuestra espera,
antes que subiéramos al carro de tercera.

Sí, he vuelto a los pueblos tantas veces
porque el tiempo me suele tener en su guarda.
Y siempre llego por calles barrosas a las afueras
donde los hijos de mis compañeros de curso
juegan el mismo eterno partido de fútbol.


















jueves, 11 de septiembre de 2008

"Con nostalgia del futuro: Jorge Teillier", de Enrique Morales Garrido





1. Jorge Teillier nació y creció en medio de grandes acontecimientos que marcaron a toda su generación: el más trágico fue la segunda guerra mundial. La bomba marcó el comienzo del derribo de los mega relatos, tanto políticos como artísticos. Por otra parte, los crímenes de Stalin, confirmaron hasta qué punto podía llegar la corrupción de los ideales, del mismo modo que lo corroboró el aplastamiento de la primavera de Praga. Finalmente, en Chile, el golpe militar de 1973 sólo vino a reforzar el estado de barbarie en que el mundo se empecinaba. Estos sucesos no sólo marcaron a Teillier sino a todas las generaciones posteriores de poetas -que así apartaban los grandes tonos de Huidobro, Neruda y De Rokha-.

Frente al estado de ruina en que se halló la civilización occidental después de 1945, poetas y artistas renunciaban a la idea de transformar el mundo a través de imágenes novedosas, de imágenes inventadas al modo ejemplar de la ciencia, en cuanto ella, en la forma fatídica de la bomba atómica, dio un anticipo del fin de la humanidad modernizada. “Los poetas ya no se deleitan con la velocidad y el amor al futuro, afirma Teillier (1965), incluso no les preocupa demasiado la posibilidad de los viajes espaciales, ni el progreso de la ciencia que, lo hemos visto, puede llevar finalmente al exterminio.”

Algunos escritores de su generación, como Lihn y Edwards, tomarán para sí el tono escéptico y, a veces, más cosmopolita. Otros, incluyendo a poetas de generaciones anteriores como Parra o Braulio Arenas, se empeñarán en recuperar un tono propio de la tierra chilena, de su lengua. Teillier, en clara divergencia con los primeros, y más cercano a los segundos, recuperará al poeta cotidiano, terrestre, -sobretodo al de provincia- que también se pierde entre la multitud de las ciudades y que sufre las mismas tribulaciones cotidianas de los demás seres humanos.

En el texto "Los poetas de los Lares", Teillier (1965) aclara que: “...los poetas ya no se sitúan como centro del universo, con el yo romántico y desorbitado al estilo de Huidobro..., Neruda o Pablo de Rokha, sino que son cronistas, observadores, transeúntes, simples hermanos de los seres y de las cosas. Los habitantes más lúcidos, tal vez, pero en todo caso, habitantes más de la tierra. Y, quizás, consecuencia de esta actitud es la de que el lenguaje poético no se diferencia fundamentalmente ya del de la vida cotidiana: no se buscan palabras brillantes y efectistas, se emplean frases y giros corrientes, sin desdeñar por esto las experiencias de renovación verbal...” Pero esto no significa que el poeta deba renunciar a la universalidad, al contrario, debe hacerse universal, pero a través de imágenes reconocibles en todas partes. Para Teillier no existían diferencias entre poetas chilenos y extranjeros, porque ya no se trataba a esas alturas del desarrollo poético de preguntarse qué es lo chileno, más bien, como personas maduras, de preguntar cómo vamos a actuar.

Al poeta del lar no le interesa la política “contingente” o, de modo afirmativo, le interesa una “poética” de lo contingente no sólo como descripción, sino que influya en la vida cotidiana de las personas. No se trata de que el poeta en tanto hombre o ciudadano no participe en alguna lucha, pero se trata de que los poemas no se transformen en un programa de política contingente, porque ellos son el lugar de un mundo plenamente poético.

En cierto modo, podemos decir que Teillier propone, a su manera, una resistencia a la modernidad mediante la afirmación de la poesía, que en sí misma ya es tal. Esto es lo que creo le da su carácter no sólo universal sino también epocal. Porque este rechazo de un mundo y la afirmación de otro, se encuentra detrás de todo poeta surgido al alero de la modernidad.

Poesía que también manifiesta por omisión, conciente o inconsciente, su rechazo a la cara más horrible de esta época: la muerte en vida. “Los poetas nuevos [1] han regresado a la tierra, y sacan su fuerza de ella.” (Teillier, 1965)

“La nostalgia como mal poético por excelencia, no basta para explicar este fenómeno. Creo que es más bien un rechazo incluso a veces inconsciente de las ciudades, estas megápolis que desalojan el mundo natural y van aislando al hombre del seno de su verdadero mundo. En la ciudad, enfatiza Teillier, el yo está pulverizado y perdido...” (Olivares, 1993) “Al revés de lo que comúnmente se cree, pensamos que la poesía -al igual que la revolución- aspira al orden. Enfrentado al caos, el poeta rehace el mundo, entrega luego un nuevo mundo cerrado al cual invita a habitar: el poema.” (Teillier, 1965) Esto se aprecia aun más claramente en la descripción que hace del paisaje en sus primeras obras. “El paisaje visto como signo que esconde otra realidad.” (Teillier, 1971):

Cuando las amadas palabras cotidianas
pierden su sentido,
y no se puede nombrar ni el pan,
ni el agua, ni la ventana,
y la tristeza ha sido un anillo perdido bajo la nieve,
y el recuerdo una falsa esperanza de mendigo,
y falso todo diálogo que no sea
con nuestra desolada imagen
aún se miran las destrozadas estampas
en el libro del hermano menor
es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
y ver que en el viejo armario conservan su alegría
el licor de guindas que preparó la abuela
y las manzanas puestas a guardar.

(Para Ángeles y Gorriones, “Otoño Secreto”)


La modernidad aparece a los ojos de Teillier como una época de degradación de la cultura y de las facultades humanas que hicieron posible esa cultura. Pero no se trata de hacer en los poemas una descripción pesimista de la modernidad, sino que yuxtaponerle un universo propio que se considera mejor. “Mi instrumento contra el mundo, es otra visión del mundo, que debo expresar a través de la palabra justa, tan difícil de hallar.” (Teillier, 1971) [2]

La poesía retoma su antigua función de ordenar el mundo. O como lo expresa el propio poeta: “restablecer la antigua relación con el dínamo de las estrellas.” (Teillier, 1965) Se trata de una revolución que trae orden a una cotidianeidad descentrada y falta de todo arraigo. Frente al mundo siempre cambiante, y basado en la individualidad, se apela a un orden inmemorial, a un tiempo de arraigo que pareciera estar grabado en una memoria mítica sepultada por la vida contemporánea. Así lo manifiesta Teillier (1965) claramente: “Frente al caos de la existencia individual y ciudadana los poetas de los lares (sin ponerse de acuerdo entre ellos) pretenden afirmarse en un mundo bien hecho, sobretodo en el del mundo del orden inmemorial de las aldeas y campos, en donde siempre se produce la misma segura rotación de siembras y cosechas, de sepultación y resurrección, tan similares a la gestación de los dioses y de los poemas. Por omisión, se repudia entonces el mundo mecanizado y estandarizado del presente, en donde el hombre medio sólo aspira a las pequeñas metas del confort como el auto, la televisión; en donde el habitante de nuestros países pierde su individualidad gracias al lavado mental y deslumbramiento impuestos por el ejemplo y la propaganda de formas foráneas de vida...; en dónde la ciencia amenaza con llevarnos a una destrucción atómica final.”

La mirada vertida hacia una Edad de Oro tiene que ver también con echar una mirada a un momento en el pasado, en que el trato con las cosas que nos rodean era distinto.

Tú eres ese niño
y eres el niño que a campo traviesa
va hacia la casa de los vecinos
con un ganso bajo el brazo
bajo la luna espiada por cohetes
en la que no se verán ya nunca más
la Virgen, San José y el Niño.

(Muertes y Maravillas, “Imagen”)


Sin embargo, esta apertura hacia otro plano de la realidad, no indica una falta de receptividad frente al mundo en que se vive, un cerrarse a su experiencia. Al contrario, desde su rechazo, el poeta quiere con la humildad de sus palabras “transformar la vida cotidiana del prójimo gracias a una poesía que muestra el verdadero rostro de la realidad: he ahí la tarea.” (Olivares, 1993)

Teillier delinea su programa de la poesía lárica a partir de lo que él cree es una coincidencia de temple con otros poetas, una especie de espíritu de época dirigido a la transformación de lo cotidiano por medio de “hacer presente” otra realidad, la verdadera realidad que alguna vez fue en la tierra y de la cual nuestra niñez -y quizás nuestro inconsciente- es su último vestigio.

En la casa ha empezado la fiesta.
Pero el niño sabe que la fiesta está en otra parte,
y mira por la ventana buscando a los desconocidos
que pasará toda la vida tratando de encontrar.

(Muertes y Maravillas, “Poema de invierno”)


No se trata de recuperar el mundo de la infancia sólo por amor a ella, sino en un gesto político de contrastar ese testimonio de la verdadera vida con el mundo mecanizado y que encuentra su símbolo en la ciudad, esa que Teillier habitó -para ganarse la vida-. “Y no importa que [La poesía] sea incomprendida, escuchada entretanto sólo por unos pocos, porque a la negación siempre un poeta responde con el `sí universal'.” (Olivares, 1993)

“...no se trataba de la nostalgia por vivir allí [en el lar]. Era la nostalgia para que las ciudades no siguieran creciendo, para que por último la vida fuera provinciana en Santiago. Lo que yo decía era que las ciudades se iban a autodestruir. No pueden seguir creciendo, sino que deben transformarse en pequeñas aldeas. Si no se van a transformar en ciudades monstruosas donde todos vamos a estar aislados.[3]” (Olivares, 1993)

Frente a la catástrofe, el poeta de La Frontera logró rescatar ciertos vestigios con los cuales no retrató un mundo intacto en su memoria, sino que creó uno distinto, que sólo vive en su mente. Ya Enrique Lihn había detectado esta situación al darse cuenta que la memoria “...efectúa el mismo trabajo que la escritura: la creación de la infancia en la palabra poética [...] la 'verdadera vida' se realiza en el lenguaje como nostalgia de lo que la memoria constituye como pasado.” (Lastra, 1980) A su vez, Teillier consideraba que “el paisaje ya es mental. No existe más. Pero está en mi mente.” (Olivares, 1993) “..., el pueblo que está en mi alma, como decía Marc Chagall... es mi pueblo, es un pueblo donde pueden habitar todos los que comparten mi poesía.” (Warnken, 1997)

Se trata entonces de crearse un universo propio, pero, al tener un carácter poético, se contrapone como modelo de vida al mundo moderno. Teillier no invoca un retorno a algo ya sido -”No se trata de resucitar lo que no se puede” (Larraín, 1993)-, sino que constituye un modelo, un mito. “Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos.[4] ” (Teillier, 1971)



2. A riesgo de parecer contradictorio, digamos que el poeta modelo de Teillier, no es un ser extraordinario, pero sí un sujeto que quiere llevar una vida extraordinaria. Piensa que “la poesía es querer ser más de lo que ya se es.” (Olivares, 1993) ¿Cómo? Consagrándose a la vida que ama, la poesía.

Los poemas son la expresión de un temple que Teillier cree necesario para transformar la vida cotidiana, quienes se dejen envolver por ese temple, ya sea que escriban, lean o simplemente vivan, habrán entendido las posibilidades de otra vida en esta vida, estar vivo. Se comprende así lo que Teillier quiere decir con una expresión como “asumir la poesía.” (Olivares, 1993)

Por lo tanto, cuando me refería a que este poeta propone la creación de un mundo propio, alternativo al de la modernidad, quería resaltar dos cosas: una, que el mundo al que insta Teillier nace de nuestra experiencia pasada, experiencia rescatada por la memoria -consciente e inconsciente- del poeta, no es un creado en el vacío de la imaginación. Segundo, y quizás lo más importante, que este mundo que propone Teillier sirve -al lector como al poeta- de modelo para conducirnos en la vida. Ese mundo viene a “modelar” la vida cotidiana, porque es un mundo habitado por nosotros y por quienes se nos asemejan.

Por consiguiente, para Teillier no se trata de ser buen o mal poeta, sino transformarse en poeta, para así superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptando los valores que no sean poéticos: “la poesía no ha calmado el hambre ni remediado injusticia social alguna, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias.” (Teillier, 1971)

Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo
te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni
para los iniciados. Es para la niña que nadie
saca a bailar, es para los hermanos que
afrontan la borrachera y a quienes desdeñan
los que se creen santos, profetas o todopoderosos.

(Cartas para reinas de otras primaveras, “Botella al mar”)


En Teillier el poeta es un ser marginal, condición de la cual emana la fuerza para transformar a la poesía en experiencia vital, trascendiendo el mundo en que vive hacia otro mundo.

Esto explica las simpatías que tenía por personajes de la ciudad con oficios o costumbres de tipo outsider como boxeadores, futbolistas, hípicos, cantantes de tangos:

La tarde cuelga frente a su ventana
como una raída y sucia bata de combate,
y él vuelve a bailotear en el ring,
siente ovaciones en la tarde muerta.
No crean que está solo
mientras prepara el café
y hace guantes frente al espejo
que le muestra su nariz rota y sus orejas de coliflor.
Todas las tardes regresan sus admiradores
que en la estación se empujan para llevarlo en hombros
a la vuelta de su gira triunfal
y lo dejan en la primavera del césped de pez-castilla donde -como le prometió a su madre-]
sueña que ha esquivado -sin despeinarse- los golpes del olvido.

(Cartas para reinas de otras primaveras, “A un viejo púgil”)


Teillier entendió que volcarse a lo que se ama es una manifestación auténtica de la vida, y eso se hace siendo poeta, o también en actividades como el box, los caballos, el cine, el tango, el fútbol y los bares, ya que en todas ellas reside una pasión. “El tipo marginal por voluntad, dice Teillier, es alguien que consagró la vida a lo que realmente amó... si soy un outsider y estoy fuera de la máquina entonces no ingreso nunca. No entro a un partido político, no entro a un gobierno, no me interesa lo contingente. A lo mejor eso es lo que me interesa. Si me interesa la poesía antes que nada, soy un outsider.” (Olivares, 1993) Personas sin grandes éxitos que “Construyeron un mundo propio, no diré marginal, porque marginal tiene un tono peyorativo; pero se trata de un mundo personal, completamente autónomo, con sus jerarquías y noblezas.” (Olivares, 1993)

El propio Teillier nos recuerda que: “Asumir una calidad de poeta significa asumir una conducta. Hay una conducta de vida que hace que la gente pueda escribir poesía mejor. Un poeta debe tener una ética, no puede robar, no puede mentir demasiado” (Olivares, 1993). Aquí está el centro de gravedad de esa transformación de la vida cotidiana del prójimo. El que asume la poesía, asume la vida porque también asume una ética, una conducta auténtica frente al mundo. Desde ahí es desde donde escribe el poeta, si no, se escriben sólo formalidades. “En la poesía no puedes entrar a la mentira, señala Teillier, [...] Es como Gardel, tú sabes que está sufriendo cuando canta” (Olivares, 1993). Así, lo que este poeta se propone es un acuerdo entre la conducta, la manera de ser, la vida, y lo que se escribe. En cierto modo, de nada vale escribir poesía si se es un personaje antipoético, es decir, si ella no sirve para transformarnos a nosotros mismos, y seguimos atado a los valores convencionales. Sentencia Teillier, “El poeta que es negativo, que es mala persona, no puede escribir un buen poema” (Olivares, 1993).

Pasado el tiempo desde que elabora su teoría poética del arraigo, Teillier pondrá el acento cada vez más fuertemente en la actitud del poeta, llegando a reafirmar, a contrapelo de la poesía moderna, el cultivo del yo. ¿Significa esto que Teillier quiere volver a una teoría romántica de la poesía? En cierto modo, sí; y en otro, no. El cultivo del yo le sirve al poeta para confirmar que su yo es más fuerte que el yo genérico, que el yo colectivo. Sin embargo, en un cuadro de contextualización de la actual cultura de masas, de un yo arrasado por la publicidad y el marketing, un yo rebajado al estatuto de consumidor, evidentemente que cultivar mínimamente el yo en estos tiempos supone un acto de resistencia. “El ego. Yo creo que debo cultivar mi ego. Cuando hablan mal del ego, yo digo que quiero tener mucho más ego. Si no tengo ego, ¿qué voy a hacer? Cuando yo escribo un poema, ¿qué quiero? Mi yo es secreto. Mi poesía es secreta. Cuando no es una crónica. Los verdaderos lectores saben lo que es crónica y lo que es poesía. Si no cultivo mi yo, voy a ser un hombre medio. La poesía sirve para confirmar que mi yo es más fuerte que el yo genérico, que el yo colectivo. Nunca me he sentido muy incorporado a la sociedad. La historia de Chile me interesa en la memoria.” (Olivares, 1993)



3. A modo de conclusión, intentaré resumir toda la propuesta que hasta ahora he venido insinuando en los puntos anteriores a partir de lo que Teillier señala como estética. Seré breve.

Lo que entiendo por estética en Teillier, encuentra en su poética la acepción más simple que se le pueda atribuir: belleza. Es un elemento que halla su razón de ser en la propia vida poética que Teillier propone frente a la que actualmente nos empeñamos en llevar adelante. A la negación, la poesía responde con el sí universal.

Frente a una afirmación sobre lo lindo de su poema “Despedida”, el autor responde que “Ahora escribiría un poema al Encuentro... Al encuentro de la belleza. De la belleza y del asombro” (Larraín, 1993)

Se habrá notado en el curso de este texto que la poesía de Teillier implica una profunda relación entre ética y belleza, al punto de pensar que la belleza se traduce como vida y esta como poesía. Cuando este poeta habla de belleza no se refiere a ningún canon particular, sino que entiende que la belleza es justamente aquello que le hace bien a la gente. “¿Qué es bonito para uno? Yo no tengo ninguna duda de qué es lo bello para mí. ...supongo que una forma bella de vivir, dice Teillier, es una forma bella de conducirse y una forma bella de producir... Bello es quien buenamente lo hace. Bello es quien bellamente actúa. Es lo mismo....” (Olivares, 1993)






Referencias Bibliográficas

Binns, Nial. (2001). La Poesía de Jorge Teillier: La tragedia de los lares. 1ª ed., Ediciones Lar, Concepción.
Larraín, Ana María. (1993). “Voy al encuentro de la belleza y del asombro”, en Revista de Libros (El Mercurio). Santiago, 3 de enero, pp. 1, 4-5.
Lastra, Pedro. (1980). Conversaciones con Enrique Lihn. 1ª ed., Universidad Veracruzana, Centro de Investigaciones Lingüístico-literarias, Instituto de Investigaciones Humanísticas, Veracruz, México.
Olivares, Carlos. (1993). Conversaciones con Jorge Teillier, 1ª ed., Editorial Los Andes, Santiago.
Quezada, J. (1998). Por un tiempo de arraigo. 1ª ed., Lom ediciones, Santiago
Teillier, Jorge. (1956). Para ángeles y gorriones, 1ª ed., Ediciones Puelche, Santiago.
___________. (1965). “Los poetas de los lares”, en Boletín N° 56 de la Universidad de Chile, pp. 48-62.
___________. (1971). Muertes y maravillas, 1ª ed., Editorial Universitaria, Santiago.
___________. (1985). Cartas para reinas de otras primaveras, 1ª ed., Eds. Manieristas, Santiago.
Warnken, Christian. (1997). “Mi utopía es la nostalgia del futuro”, en Revista de Libros (El Mercurio). Santiago, 19 de agosto, pp. 38-41.






[1] El subrayado es nuestro.
[2] Véase también fragmento de una entrevista de Christian Warnken: “Mi utopía es nostalgia del futuro”. El Mercurio (Revista de Libros), Santiago, 19 de agosto de 1997: 38-41.
[3] Si bien aquí podríamos reconocer lo que Binns deja entrever como un discurso ecologista, no es menos cierto que la ascendencia francesa de Teillier hace más verosímil los ecos de un Rousseau o incluso de un socialista utópico como Fourier.
[4] Al respecto es interesante revisar las Cartas de Jorge Teillier con J. Quezada (1998). En ellas Teillier no deja de manifestar su esperanza de una vida poética para todos los hombres.











jueves, 4 de septiembre de 2008

"Quiero hablar con alguien", de Jorge Teillier







Tengo miedo. Tengo sed. Quiero hablar con alguien
En este pueblo no hay un bar abierto.
Hay sólo un carpintero
Un viejo carpintero
Tallando hermosas figuras
En la puerta de su casa
Le pido un vaso de agua
Su retrato está en la pared
De cuando hizo el Servicio Militar
Él no me responde
Está barnizando una cuna para un niño muerto
Qué va a ser de mí
Cuando atardezca
Sólo oigo cantos de evangélicos
Mi tío era dueño del Molino
Pero nadie se acuerda de mi tío
No puedo ir al Pueblo del Recodo
Nadie me puede rescatar
He olvidado rezar
Estoy sentado con terno y corbata y zapatos de gamuza
Unos niños harapientos se ríen de mí
Estoy en la cuneta
No sé lo que pueda pasar en este pueblo en la noche
Este pueblo que era sólo un fuego de artificio
La alegría de ser sobrino del dueño del Molino
Fue un verano
No sé por qué llegué a este pueblo
No sé por qué nunca llegaré a ver a mis primas.










miércoles, 27 de agosto de 2008

"Teillier, no la leyenda", de Floridor Pérez





Cuento en pantalla otras cincuenta direcciones que recibirán el mismo correo electrónico que leo —uno de esos mensajes tipo "para fulanodetal@yotros.cl"— y no puedo dejar de pensar en Jorge Teillier con su más creativo aporte a la poesía de los años sesenta, su revista «Orfeo». Abro un ejemplar y cuento veinticuatro corresponsales en el país y quince en el extranjero. Como entonces no bastaba apretar una tecla, había que escribir esas cartas, meterlas en sobre, pegar estampillas, llevarlas al Correo. ¡Él lo hizo! Además, para tejer tamaña red que abarcó a Talca, París y Londres; y se extendió de Madrid o Genova a Buenos Aires; de Argelia a Islas Canarias; de California a Sao Paulo, se necesitaron muchos contactos previos. ¡Él los hizo!

"Un día seremos leyenda" escribió Teillier. Desgraciadamente, cumplido el vaticinio, su leyenda no le hace justicia. A una época que comenzaba a farandulizarse le interesó más el poeta de los bares que en los años noventa le creyó a Esenin: "es mejor morir de vino que de tedio", que el poeta de los lares que en los años sesenta —a través de esas corresponsalías de «Orfeo»— actualizó en el mapa literario lugares como Chuquicamata, Ovalle, San Bernardo, Licantén, Tomé, Angol, Lautaro, Pitrufquen, Los Lagos, Panguipulli... Y no se me suponga la tonta pretensión de blanquear su imagen bohemia, sabiendo que su propia poesía vendría a desmentirme: "sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones". Seria injusto ocultar ese Teillier. Pero es justo mostrar también el otro.

Y el verdadero Teillier, que se sentía tan a gusto en la biblioteca como en el bar, el Teillier de los años sesenta —más claramente, de antes de 1973— fue un buen ejemplo de poeta que se gana honestamente la vida como funcionario, pero no se burocratiza. No abandonó su oficina en el Boletín de la Universidad de Chile, pero abrió sus puertas a cuanto poeta provinciano descendió de un bus en Plaza Almagro, o como yo —para no pasarse ni perderse— se vinieron caminando desde la Estación Central. Algunos darían cuenta de nuevos suscriptores para «Orfeo», otros entregarían colaboraciones, muchos simplemente vendrían a conocer al poeta. Allí se fraguaron viajes, recitales, publicaciones. Por esos años la Universidad financiaba la bella colección de los premios «Alerce», y a ese aporte a nuestra literatura debería agregarse el reconocimiento por esa oficina de su Casa Central que —Teillier mediante— durante un tiempo hizo de consulado en Santiago de los poetas de Chile. Para que no se me critique un sesgo regionalista, mi última visión de ese lugar: giro la manilla y desde adentro alguien hace fuerza en sentido contrario.

¿Me estarán cerrando la puerta? No, era que salían N. Parra, Waldo Rojas y Jorge Teillier. Y una aclaración para los poetas más jóvenes, que compartieron con él después: no atacamos de frente, hacia la Unión Chica, sino por el flanco derecho, hacia el Indianápolis. ¡Claro que el bar de entonces, en el Santiago de entonces!








"Revista de Libros" de El Mercurio, viernes 3 de junio de 2005








viernes, 22 de agosto de 2008

“Los patanes no se suicidan ni son alcohólicos”. Entrevista a Jorge Teillier por Elga Pérez-Laborde





¿De qué tienes miedo?
M
e asusta ver que la gente es tonta. Yo soy también bastante tonto. Tengo miedo a la crueldad. ¿Lees los diarios? Ayer leí con horror cómo un hombre fabricó las circunstancias para matar a un muchacho de diecisiete años por robarle un pan de mantequilla. Una especie de Marqués de Sade... ¿Has leído al Marqués? Uno está a merced de gente desatinada y uno mismo a su vez obra de verdugo ...

¿Te cuesta menos escribir que hablar?
Me cuesta mucho escribir, porque es un proceso de desdoblamiento... Tú dirás que nadie me obliga, pero me sentiría muerto si dejara de escribir, es como privarse de los sueños... El psiquiatra te los quita.

¿Qué sueñas?
¿Tú me los quieres quitar?

No, sólo quiero saber tus inquietudes, tus motivaciones, tus dolores.
Soy alcohólico. Bueno, fui alcohólico. Ya no; hace tres meses que no tomo. Tú sabes, es una enfermedad...

¿Por qué? Hablame de ti...
No me gusta tener amigos, sólo compañeros de juego. Tomo porque no tengo tiempo, el alcohol contrae el tiempo...

¿No preferirias estar lúcido?
Prefiero no estar lúcido... Tú sabes, el aburrimiento, el tedio. Bebo cuando no estoy en lo que me gusta...

¿Qué te gusta?
Leer. Leo por leer. Leo de todo. Tú que eres periodista debes saber lo que dijo MacLuhan: el mensaje es el medio. Me dio rabia descubrir eso... Me carga ese gallo. Me di cuenta que leo por leer, que la motivación no está en el contenido, sino en la mecánica de leer... Veo películas viejas cuando veo televisión. Me interesan para reconstruir cosas, recuerdos. Me gusta mirar para atrás, pero eso no quiere decir que no me guste el progreso.

¿Te interesa la magia?
Como forma literaria. Tienen la misma raíz la magia y la poesía. Creo que algunos poetas pactaron con la naturaleza. Hicieron conjuros. Todos los pueblos tienen un poeta; es práctico. Entre los esquimales saben encantamientos para cazar focas; saben hacer llover entre los mapuches. Saben pactar con los elementos naturales. Saben, como Orfeo, domar a las fieras con el canto.

¿Y cuál es tu poder como poeta?
Domar a las fieras. Conjurar a los poderes del mal...

¿Pero tienes miedo? ¿De qué más tienes miedo?
El siglo veinte. Siglo de los slogans. Me da miedo el miedo de la gente. No les gusta pensar. Uno es rebelde sin darse cuenta, no acepta valores establecidos. Me gusta el dinero, pero me puedo pasar sin él; he aprendido a prescindir...

¿Y qué sientes ahora, después de –haber ganado- los Juegos Florales?
Es molesto ser poeta laureado. La empleada, cuando supo, me llevó un cartapacio de poemas de su marido, un ex-carabinero. Antes, ni me cotizaba.

Cuéntame algo del poeta...
Soy antiaventurero. Mis viajes son sólo imaginarios. Por eso creo que no me interesan los viajes espaciales... Prefiero soñar y anoto algunos sueños. Sueño poemas.

¿Qué sueñas? Cuéntame algún sueño.
Sueno con la vuelta a un pueblo, que a veces es Lautaro, pero no estoy seguro. Una vez soné que llegaba en verano. Estaban mis parientes y encendían el fuego en la chimenea. Yo subía al segundo piso y allí estaba una niña muy linda que era como para mí. De pronto se ponía vieja, como en Shangri-La, y era porque mis parientes dejaban de atizar el fuego... Así, soné un poema. Lo soné entero y lo mandé a Paula. En realidad mandé cuatro poemas. La gente no quiere soñar, la autocensura, por eso no lee poesía...

¿EI trago te ayuda a soñar?
Bueno, borra cierta inhibición, pero siempre es dañino.

Te habrá acarreado muchos problemas, sobre todo con tus mujeres.
Las mujeres siempre tienen conflictos. La del pueblo es más sabia, sabe que el que bebe va a llegar a la casa. Claro que a veces se extralimita y le pega, pero ésa es una muestra de amor del marido que no tiene lenguaje... El chileno no tiene lenguaje. Nos falta expresarnos, somos pobres de expresión. Cuando decimos “tropicalismo” les tenemos envidia a los tropicales. Ellos son mucho más sanos. La mujer humilde ve al hombre que bebe como un niño que anda con sus amigotes. Las más civilizadas o intelectuales creen que pueden cambiarlo. Se aprobleman.

¿Y qué mujer sería Ia adecuada?
Francis Jammes repitió algo que dijo Baudelaire y que yo pienso ahora: la mujer que convive con el poeta debe ser adolescente o prostituta. Son menos conflictivas. Claro que si pones eso mi mujer va a decir que soy un inmaduro...

¿Cómo es tu mujer?
Mi mujer es sensible y encantadora. Ella es estimulante.

¿Qué edad tienes?
41 años. Mi cumpleaños lo celebré quebrándome la nariz.

¿Por qué dices que las intelectuales son conflictivas?
La mujer madura y realizada es conflictiva porque tiene su mundo propio y quiere incorporarte. Uno está entregado al prójimo y éste es algo abstracto. ¿Sabes? No me gustaría que mi hija estuviera casada con un poeta de verdad.

¿Cuáles son los poetas de verdad para ti?
Góngora, Eliseo Diego (se parece a mí en versión mejorada), Baudelaire, Dylan Thomas. A veces leo traducciones y eso me hace sospechar. Pero también leo poetas en alemán aunque no entiendo nada. Puedo sentirlos e invento poemas sobre ellos. Tengo afinidad con los nórdicos. Es el sur que pesa...

Dijiste que tenías miedo del siglo XX.
Nos apoderamos de las cosas y después las cosas se apoderan de uno. Yo no quiero tener cosas. Quiero vivir en el siglo XIX en algunos aspectos.

¿También le temes al dentista?
No. Soy dejado, como buen chileno. Mi parte francesa me lo reprocha mucho...

Háblame de tu mundo afectivo.
Me da miedo la falta de disponibilidad de uno mismo en la pareja. Yo soy muy egoísta, mezquino. No me gusta pedir y no me gusta dar nada. Soy poco afectivo, poco efusivo. No me gusta prestar libros. No presto cosas. Sólo quiero relacionarme de paso no más con la gente.

¿Qué haces en un día cualquiera habitualmente?
Escribo cartas a mi familia. Le escribo a un rumano que admira a Teófilo Cid, a quien le debo el Premio Paula.

¿Por qué a él?
Hice una manda (no la puedo decir). Sólo que en homenaje a Teófilo Cid.

Háblame de él.
Fundador del surrealismo chileno, grupo Mandrágora. Un «dandy» de la miseria. Un tipo que se autoinmoló.

¿Por qué te encomendaste a un poeta?
Algo harán por uno los poetas en el paraíso. Se preocuparán de lo que les preocupaba en la Tierra. A lo mejor hacen concursos.

A los miedosos suele gustarnos el humor. ¿Te interesa?
Leo mucho humor. Me gusta cuando muestra el lado verdadero de las cosas. El humorista es un hombre que se atreve a algo. Un rebelde valiente. Me gustan los actos de humor.

¿Cuál es un acto de humor?
Anunciar que uno se va a suicidar y hacerlo.

¿Eres un suicida latente?
Soy un suicida latente como toda persona respetable. Los patanes no se suicidan ni son alcohólicos...

Supongo que hay algo a lo que no le temes...
No le tengo miedo a la muerte. EI temor a la muerte es señal de buena salud. Quiero creer en la inmortalidad, pero no me la imagino. Por eso no soy un gran poeta: me falta la capacidad de visión, de revelación.




Santiago, I976
en Jorge Teillier: Entrevistas (1962-1996)






miércoles, 20 de agosto de 2008

"No fue el helado viento", de Jorge Teillier





                                        No fue el helado viento
                                        quien marchitó las ramas.
                                        Quien marchitó las ramas
                                        fui yo, que les conté mis sueños.

Conozco los senderos de hojas holladas por las brujas
que vienen con husos de lana
y sé donde relumbran los pies de las hadas
en la pálida espuma.

Conozco el país dormido
donde vuelan en círculo las garzas
donde vuelan graznando
sin librarse de sus cadenas de plata.
Por allí erran un padre y una madre
ciegos y sordos a cuanto no sea
el graznido de las garzas.
Errarán hasta el fin de los tiempos.
Ya lo sé. Y lo saben también las garzas.

                                        No fue el helado viento
                                        quien marchitó las ramas.
                                        Quien marchitó las ramas
                                        fui yo, que les conté mis sueños.








Publicado en el libro EN EL MUDO CORAZÓN DEL BOSQUE, 1997.








lunes, 18 de agosto de 2008

"El bosque mágico", de Jorge Teillier




In Memoriam Henry Treece


Y el Poeta me dijo:
            “El bosque está lleno de crepitantes pasos.
            El bosque está lleno de agonizantes chillidos.
            ¡Nadie debe entrar esta noche a ese bosque!”

Allí encontré una mujer de ojos de amaranto
y de uñas creciendo como amistosas orugas
Su pelo tenía el color de las hojas insomnes
y una rama la guiaba como sabia serpiente.

Ella me cantó nuevas villanelas
y me mostró el dragón que la protegía en el aire.
Un jabalí defendió con sus dientes mi mente
y supe que una risa oculta se burlaba de mí.

Ella me hizo dejar mi amuleto sobre una lápida
y me mostró cómo matar mis amadas alondras
con una mueca, un silbido, un susurro,
con una hoja transformada en el licor prohibido.

Ella me preguntó mi nombre y el nombre de mi casa.
Yo sólo le mostré el Libro de los Libros.
Ella me dijo que podíamos dejar el bosque
e ir al Baile de los Reyes del Valle de la Luna.

Yo vi sus ojos volviéndose hogueras implacables,
vi sus uñas creciendo como amenazantes culebras
y recordé de golpe los rezos de mis parientes
y me encontré solo en mi tierra natal.























domingo, 10 de agosto de 2008

"Melusina", de Jorge Teillier





Infiel como el ala de los pájaros infieles
Tú siempre serás mía:
Los eucaliptus sangraban,
Un caballo ciego fue a agonizar entre los rieles
Porque no quería ver el fin de nuestro amor
Mientras se marchitaban los dedales de oro sembrados
            por un loco,
Tú siempre serás mía.
Infiel como el ala de los pájaros infieles.
























domingo, 3 de agosto de 2008

"Aparición de Teófilo Cid", de Jorge Teillier






Antes del lóbrego fluir
de los taxis por la ciudad nocturna,
antes de los gatos y perros vagabundos
rodeando los tarros de basura
que crecen para el alba de los desventurados
antes que los brocales de la Frontera
fueran cerrados
por el trabajo de las abejas de la muerte
en los turbios espejos de las pensiones,
el río recién nacía al reflejo de su rostro
unido al rostro de su amada,
y a su paso florecían las lomas de la infancia,
el sol brillaba como el yelmo del Conquistador
y el bosque le entregaba el tótem de los aucas
que nadie supo describir
bajo sus tristes párpados entornados.

Antes de esos bares donde comen los pobres
estrujando sus últimos billetes
como un invierno mendicante las hojas de los álamos,
antes del tiempo estepario de los bares y el Café
antes del despertar friolento en las plazas sin fotógrafos,
antes del cáliz del cloroformo del hospital,
y de la implacable costra de cemento
que se preparaba a sellar sus días,
resonaba siempre en sus oídos
como el mar en los caracoles
el rumor de la casa natal
y el sueño le traía
el regazo de los verdes paraísos.

Ahora
que el náufrago de la noche,
el viejo gladiador vencido
desdeñado por la luz de la ciudad
“servidora sólo de los ricos”
sea hallado por la lluvia del Ñielol
que piadosa lave sus huesos
y nos devuelva su rostro original.

Ahora que su recuerdo sea la llama azul que remienda los puentes
preparando el paso de la primavera
que viene a oprimir locamente los timbres
y su palabra
esa flor que nos aguarda entre los escombros
del tiempo que nos vence
y que él ya ha vencido.


























lunes, 21 de julio de 2008

"Quien entra por azar en la casa de un poeta", de René-Guy Cadou






Quien entra por azar en la casa de un poeta
No sabe que los muebles se apoderan de él
Que cada nudo de la madera encierra
Más gritos de pájaros que el corazón del bosque
Y basta que en la tarde sobre un rincón brillante
Una lámpara pose su cuello de mujer
Para liberar de pronto mil enjambres de abeja
Y el olor a pan fresco de cerezos floridos
Pues tal es la alegría de esa soledad
Que una caricia cualquiera de una mano
Devuelve a los muebles pesados y taciturnos
La levedad de un árbol en la mañana









Traducción de Jorge Teillier








Texto original:

Celui qui entre par hasard dans la demeure d'un poète

Celui qui entre par hasard dans la demeure d'un poète/ Ne sait pas que les meubles ont pouvoir sur lui/ Que chaque noeud du bois renferme davantage/ De cris d'oiseaux' que tout le coeur de la forêt/ Il suffit qu'une lampe pose son cou de femme/ A la tombée du soir contre un angle verni/ Pour délivrer soudain mille peuples d'abeilles/ Et 1'odeur de pain frais des cerisiers fleuris/ Car tel est le bonheur de cette solitude/ Qu'une caresse toute plate de la main/ Redonne à ces grands meubles noirs et taciturnes/ La légèreté d'un arbre dans le matin.//










viernes, 18 de julio de 2008

"¿Por qué este lugar no me dice nada?", de Jorge Teillier






¿Por qué estoy en un lugar
que no me dice nada?

¿Y por qué surge dentro de mí una voz
que me habla en el sueño más profundo
y me despierta sin que pueda recordarla?

Hablar no es vivir,
pero vivir sin esa voz es mi doble muerte.

Si yo muero
¿quién va a escuchar esa voz
que me habló y nunca pude oír?

          “Entre el olvido y yo
          se despierta una mujer desconocida”.
               (escuchado en sueños)











Publicado en el libro EN EL MUDO CORAZÓN DEL BOSQUE, 1997.














jueves, 17 de julio de 2008

A Georg Trakl (1887-1914)





“Entre avellanos juegan niños a la gallina ciega
como enamorados que se abrazan en sueños.
Zumban las moscas junto a una carroña
o, tal vez, llora, antes de nacer un niño”.

Ya no se juega sino en la Escuela de la Cimarra
que aplastará el Talón de Hierro.
Los niños del Futuro prefieren yacer bajo tierra
y hablan por ellos sólo moribundos avellanos.

Hay enamorados que se abrazan en sueños.
Lloraron por ellos Johny Ray y una nubecita blanca.
Lloran por ellos los que ya no se abrazan.
Zumban las moscas alrededor de una carroña.

Es tarde. Sonrío, Georg, ante nubes como las que veías pasar
junto a las drogas, la Guerra y tu suicidio.
Sonrío indiferente, antes de escribir un poema esfumado
aunque en algún regazo esté llorando un niño.














martes, 15 de julio de 2008

"Nadia", de Jorge Teillier





Nadia teme a los gatos y vive frente a una iglesia.
Nadia resuelve puzzles y va a mirar los trenes.
Nadia lleva el nombre de una muchacha muerta
En año que filmaron “Grandes Ilusiones”.

Nadia es silenciosa como un cuaderno de croquis.
Nadia creció en el pueblo como el árbol más simple
Y con ella me entiendo sin decir palabra
Porque los árboles se entienden tocando sus raíces.

Nadia no tiene edad porque ella es la nube
Que siempre va a volver a mirarse en el río.
Nadie vivirá en mí sin que yo me dé cuenta
Como un guijarro blanco brilla al fondo de un pozo.






Lautaro, Marzo de 1972.








sábado, 12 de julio de 2008

"En la última página de un libro de Robert Louis Stevenson", de Jorge Teillier





In Memoriam del Capitán J. W. Flint,
muerto en Savannah, 17...

              En el lecho moriste
sin gaya multitud que bendecir
con la última pirueta allá en la horca.
              El fiel Darby Mc Graw
buscaba el ron postrero. El Segundo traía
las monedas de plata para sellar tus párpados
a espaldas del temido Cocinero.

              Por la ventana abierta
el aliento del pantano presagiaba el Infierno.
Pero tú aún cantabas: “Quince hombres quieren
el cofre del muerto”... Y había
blancos gritos de gaviotas y blancos esqueletos
entre los pinos de la Isla lejana.

Y ahora, Capitán resucitado,
siempre irás en pos de otro Tesoro
y surcas la viva luz, el Mar de los Recuerdos
de quienes son los fieles pasajeros
de los crueles y puros navíos de la infancia.

























miércoles, 9 de julio de 2008

"Romeo Murga, poeta adolescente", de Jorge Teillier






I

El personaje


En la Generación poética del año 20, Romeo Murga nos parece el ángel guardián que llega a la casa de la poesía por sólo un instante, la ilumina silenciosamente con una linterna, y luego desaparece. Si, el ángel guardián al lado de aquel ángel caído que era Alberto Rojas Giménez, y del ángel perseguido: Joaquín Cifuentes Sepúlveda, aquel que llevaba escrito "mala estrella en caracteres misteriosos en los repliegues de la frente" [1].

Nacido en 1904, en Copiapó, el 18 de junio, muere Romeo Murga en la villa de San Bernardo el 22 de mayo de 1925. Como el lector puede deducir, nuestro poeta no alcanzó a vivir veintiún años. Dejando de lado el ejemplo clásico de Tomás Chatterton, suicida a los dieciocho años, o Medardo Ángel Silva, suicida a los veinticuatro, encontramos en estas latitudes americanas sólo dos casos semejantes de poetas muertos tan precozmente, cuando todo hacía anunciar una futura gran obra: el argentino Francisco López Merino y el uruguayo Andrés Héctor Lerena Acevedo [2], con los cuales está emparentada singularmente la voz poética de Murga.

Cuando para conocer la imagen terrena del poeta acudimos a sus coetáneos, nos impresiona como uno de aquellos seres de los cuales habla Maurice Maeterlinck en El Tesoro de los Humildes, llamándolos “los advertidos” y a quienes caracteriza de la siguiente manera: "Los conocen la mayor parte de los hombres, y los han visto la mayoría de las madres. Son indispensables como todos los dolores, y aquellos que no se les han acercado son menos dulces, menos tristes y menos buenos...". Y más adelante: "A menudo no tenemos tiempo de advertirlos, se van sin decir nada y permanecen desconocidos para siempre. Otros se demoran un poco, nos miran sonriendo atentamente, y hacia los veinte años se alejan con rapidez, como si vinieran a descubrir que se equivocarían si permanecieran pasando su vida entre hombres que no le conocían... Están casi al otro extremo de la vida, y se siente que al fin tendrán su hora de afirmar una cosa más grave, más humana, más real y más profunda que la amistad, la piedad o el amor; una cosa que aletea mortalmente en la garganta, y que se ignora y que no ha sido jamás dicha; y que ya no será posible de decir, pues tantas vidas se pasan en el silencio".

La hermana de Romeo Murga, Berta –depositaria de sus poemas por veintiún años, hasta que los publicara en 1946–, escribió que siempre ella y su madre tuvieron conciencia de que Romeo Murga era un poeta y vivieron en la devoción hacia él [3].

"Un visitante de un planeta de sueños que sólo ha descendido a la Tierra para caminar con los ojos vendados o perdidos". Con estas palabras lo caracteriza Elías Ugarte Figueroa [4], que fuera alumno suyo en el Liceo de Quillota.

En medio de la efervescencia de sus años universitarios, plenos de algarabías estudiantiles, huelgas, discusiones de nuevas ideologías, furiosas polémicas literarias, permaneció siempre al margen, en silencio. Así lo recuerda González Vera: "Romeo Murga, alto, magro, de sombrero alón, nunca entreabrió los labios. Las pocas palabras que podía juntar las ponía en sus versos" [5]. Su aspecto físico era correspondiente a lo que –convencionalmente, por cierto– se estima que debe ser un poeta: "Alto. Excesivamente delgado. De rostro moreno, pálido y de ojos verdes. Hablaba poco, reposadamente. Preocupado de algo que no era de este mundo" [6].

Quizás esta actitud no era enteramente instintiva. Elías Ugarte en su artículo ya citado dice que Murga pensaba en los consejos del místico alemán F. J. Alexander, al cual leía: "Si sientes maravillosos estados de espíritu, permanece silencioso, no sea que por hablar les restes intensidad. Custodia tu sabiduría toda y todas tus realizaciones, como el ladrón custodia sus posesiones. Debes conservarte a ti mismo y cuando hayas practicado el silencio durante algún tiempo, estando demasiado lleno, rebosará tu corazón, y te convertirás en un tesoro y en una fuerza para los hombres". Pero la muerte incorporó demasiado prematuramente a Romeo Murga a su sociedad secreta, sin dejar que ese mensaje entero alcanzara a ser pronunciado, después del periodo de atesoramiento. Sin embargo, por una excepcional precocidad de concentración expresiva, sus versos sobreviven. Y para quienes lo conocieron, también su imagen terrestre, pues, como dijo Eugenio González: "En la persistente primavera de su recuerdo palpita, confundida, toda nuestra juventud" [7].



La vida breve de un poeta

Como ya lo estampamos, Romeo Murga nació en Copiapó, ciudad en decadencia a principios de siglo, melancólica, añorante de un pasado de fábula, convaleciente para siempre de la fiebre de plata de Chañarcillo y tantos otros minerales. Algo de esta tranquila decadencia debió haber impregnado los primeros años de Romeo Murga, algo melancólico y triste que conservaría durante toda su breve vida.

Cuidado por su madre y por su hermana mayor, Berta, creció en un ambiente ordenado y tranquilo, como una especie de Sinclair de sus primeros años, ese personaje de Demian. Pablo Neruda habló alguna vez de esa infancia de su amigo: "En todas partes el poeta es el niño entristecido que no habla... así veo a mi amigo el poeta Romeo Murga en una casa blanca, la madre que cosía y callaba... y ese niño solitario y dormido / atravesando en silencio las piezas anochecidas" [8].

Estudió en el Liceo Alemán de Copiapó, y después realiza el viaje bautismal de todos los adolescentes provincianos a Santiago. Llega a la Capital en marzo de 1920 y luego estudia pedagogía en Francés, en el viejo local del Instituto Pedagógico, ubicado en calle Cummings. "En el cuadrilátero de corredores que se formaba, en aquel tiempo, en el Instituto Pedagógico, se paseaba con Eugenio González, Pablo Neruda, Armando Ulloa, Rubén Azócar, Eusebio Ibar, Víctor Barberis, Yolando Pino Saavedra", dice Norberto Pinilla. Y agrega: "En el Liceo Nocturno Federico Hanssen tuve ocasión de intimar con Romeo Murga. Era silencioso; su conversación, tranquila; su conducta, correcta; su trato, afable" [9].

Alguna vez vimos una ya borrosa fotografía de esos tiempos en la cual aparecen en el escenario de una sórdida pieza de pensión los poetas adolescentes Romeo Murga y Pablo Neruda, quizás en esa calle Maruri, cuyos crepúsculos empezaba a descubrir Neruda, cuya alma se transformaba entonces en un "carrusel vacío" [10].

Pronto empezó a publicar sus primeros versos en revistas de la época, sobre todo en Claridad, en Educación y Cultura, en Zig–Zag, no sólo poemas, sino también traducciones de autores franceses y críticas de libros.

En el lenguaje cursi (y encantador, añadiremos) de esos días, el prologuista Norberto Pinilla expresa que por esos días a Romeo Murga: “...el dorado pájaro de la gloria le cantó sus dulces trinos." Quizás uno de estos trinos más notables fue el primer premio en el Elogio a la Reina de la Primavera que obtuvo en las fiestas de 1923 Romeo Murga, con su "Poema de la fiesta" [11]:

        Hay un ciclo sin nubes, de azul sonrisa inmensa
        ardiente y vasto cielo sobre la tierra ardiente.
        En este luminoso cielo de Dios, destella
        la cabellera rubia de un sol adolescente.

Nos complace el pensar en aquellas fiestas memorables, en las cuales tantos poetas empezaron a hacerse famosos. Ya Neruda en 1921 había desplazado, encabezando a los "novísimos", como se decía entonces, a los habituales ganadores de concursos primaverales, como Roberto Meza Fuentes. Junto a la farándula, la poesía reinaba brevemente [12]. El poema premiado aparece como un pequeño libro (similar al que publicara Neruda "Canción de la Fiesta") y junto al poema de Murga, aparece uno de Víctor Barberis [13]. Así nuestro poeta iba tomando notoriedad entre los cincuenta poetas de menos de veinticinco años que rodeaban la Federación de Estudiantes, al decir de González Vera. Su vida se desarrollaba entre "amar, leer y escribir" [14]. En el Santiago de la década del 20 paseaba Romeo Murga con sus amigos poetas, compartiendo esa negra miseria "decente" de nuestra pequeña burguesía. Pablo Neruda ha recordado a Romeo Murga vestido siempre con un traje negro muy cepillado pero ya hecho hilachas, muy digno, muy pobre. "Toda una generación, dice Neruda, fue consumida por las pensiones. Recuerdo a Armando Ulloa, también muerto de tuberculosis...” "Romeo Murga era altísimo, con una cabecita de niño, muy pequeña allá arriba... silencioso entre los extraños, tenía un gran sentido del humor, y sabía reírse, como todos nosotros..." [15].

Se titula tras correctos estudios, de profesor de Estado en la asignatura de Francés en el Instituto Pedagógico y es nombrado profesor en el Liceo de Quillota (1924). Así, nuestro poeta abandona la ciudad y vuelve de nuevo a esa provincia donde: "La monótona vida provinciana / rueda olorosa, tímida, inocente; / llora un cantar, rezonga una campana / y las tardes se apagan mansamente" [16]. Atrás queda la vida de Santiago: esas noches en el Zum Rheim y el Teutonia, en el Jote; las noches de las cuales es reina Hortensia Arnaud; el torbellino de Claridad y la Federación de Estudiantes; las luchas estudiantiles cuando Schnake y Eugenio González son expulsados del Pedagógico; el sospechoso ruido de sables que la oficialidad descontenta empieza a hacer; las prédicas de los anarquistas; la vida literaria con sus encuestas, donde Edwards Bello declara que "Jorge Cuevas es mi autor preferido" y el auge de la nueva generación, con la consagración de Neruda, después que (entre otros) Pedro Prado declara que su obra "se eleva como un surtidor entre la de sus coetáneos", y que va a mostrar su vitalidad en la antología Nuestros Poetas, de Armando Donoso. Romeo Murga, tras el intervalo santiaguino, vuelve a la provincia. A la calma de Quillota. En el Liceo, lo recuerda su alumno Elías Ugarte: "Me parece estarlo viendo en los recreos, con los ojos fijos en el enorme pimiento que ensombrecía el patio de la escuela". Fue su alumno allí también el futuro poeta y novelista Luis Enrique Délano y Rector del Liceo era el escritor Darío Cavada. Este profesor poeta, "alto, delgado, de rostro moreno pálido, de ojos verdes" vivía más que para la pedagogía, para el amor y para los libros. "Tal vez le faltaba carácter y energía para maestro", señala su alumno Elias Ugarte [17].

En Quillota empieza ya a sentirse enfermo. Se traslada, cuidado por su familia, a San Bernardo. De esa época es uno de sus últimos poemas, en donde dice:

        Mi madre está diciendo que me muero de fiebre.
        No es verdad. Voy viajando por ciudades remotas.
        Quizás dentro de poco mi espíritu se quiebre
        por este mar donde llevo mis alas rotas
[18].

No se considera enfermo de una simple tuberculosis (por lo demás, el flagelo clásico de los poetas) sino que se asimila al albatros cantado por su maestro Baudelaire. Era grande y noble ave, espejo de la poesía, que con sus alas rotas se asemeja al poeta que quiere abandonar un mundo en donde no tiene cabida (no nos imaginamos a Romeo Murga como un digno y correcto profesor) y como un nuevo Ícaro, por acercarse al sol termina por caer al mar. En este caso "el mar de la muerte" [19]. El mar de la muerte esperaba a Romeo Murga en la apacible San Bernardo.

Cuidado sin descanso por su madre y por su hermana Berta, la cual veintiún años cabalísticos después de su muerte publicara sus poemas, Romeo Murga fue al encuentro de su muerte. No la deseaba, pero la aceptó. En la pura, fría y simple luz de las últimas horas, su serenidad se hizo mayor, se mostró aun más como él mismo. Su hermana cuenta que esperó tranquilamente su fin, tomó sus últimas disposiciones y dictó sus últimos versos. Una muerte digna de un poeta, en suma. Murió en un tibio día de otoño, esa estación que tanto amaba, antes de llegar a la mayoría civil de edad, igual a uno de esos predestinados de los que habla Maeterlinck.

Su muerte apenas encontró eco en una pequeña nota necrológica en Claridad: "Era un poeta y eso bastaba. ¿Qué más?". Dicen así, quizás con cierta razón. ¿A quién le pueden importar mucho también los poetas y los versos en esta época, diríamos, cuando los altos cohetes cruzan el espacio?

Sería un poeta quien lo recordaría bellamente, melancólicamente también, por cierto. Ángel Cruchaga, en uno de sus "Poemas del pueblo de San Bernardo” [20]:

        Aquí vino a morir Romeo Murga,
        pálido joven de cristal herido.
        Aquí oyó un horizonte
        de pájaros creando la mañana;
        y entre sus manos la canción caía
        como cálida esencia derramada.




II

La poesía chilena hacia 1920


Cuando Romeo Murga empieza a publicar hacia 1922 sus primeros poemas, incorporándose a los "nuevos" –como se llamaba a los jóvenes de esa época– los poetas chilenos de mayor influencia y reconocidos como maestros eran Pedro Prado, que ya había publicado sus grandes poemas de Los pájaros errantes y La casa abandonada (era, además, el poeta favorito de Murga, según testimonio de su hermana Berta), y Gabriela Mistral. Los más populares y los más recitados (en esos tiempos se practicaba, al parecer, la declamación en casi todos los hogares) eran el tribunicio Víctor Domingo Silva y Daniel de la Vega, que empezara a cantar a la provincia, cursi y sentimental.


Ya hemos estampado en otra parte de este ensayo que Vicente Huidobro, pese a haber sobrepasado la docena de libros publicados, era escasamente considerado en Chile. "Hasta 1920 nada sabíamos del Creacionismo", dice Rubén Azócar en el prólogo de su antología Poesía Chilena Moderna. La influencia de Huidobro se empieza a hacer sentir después de 1930, y sin duda alcanza su culminación hacia 1935-40.

Junto a Vicente Huidobro, en lo que llamaremos con un término sin duda demasiado generalizador, vanguardia poética, se hallaba Pablo de Rokha que conmueve el ambiente con Los Gemidos (1920-22). Otros poetas menores, luego, empezarían a incorporar elementos tomados ingenuamente, nos parece ahora, del futurismo, como algunos versos de Loopings de Juan Marín: "anatomía deshecha / como un cuadro de Picasso / prisionera doliente de nuestra civilización / los marineros rubios te levantan / con sus risas de whisky / con sus brazos de sport. O.K. OK."

Se podría también distinguir como una novedad la aparición de un grupo de poetas, encabezados por Salvador Reyes (con su Barco Ebrio, 1923), que buscan motivos en el exotismo de los grandes viajes, las lecturas de Lord Dunsany, Farrére, Mac Orlan.

Naturalmente, este escuetísimo panorama es sólo una introducción para situar la poesía de Romeo Murga, que aparece en el grupo que ya hemos señalado varias veces: aquel encabezado por Pablo Neruda, y en donde está Rojas Giménez, Joaquín Cifuentes Sepúlveda, Armando Ulloa, Víctor Barberis, Rubén Azócar, y un poco más tarde, Gerardo Seguel, Tomás Lago, Luis Enrique Délano, Samuel Letelier Maturana, Antonio Rocco del Campo. Un grupo de poetas que en su mayoría conservan un tono de exacerbado romanticismo, con una dicción elegíaca y melancólica, preocupados de cantar en forma directa y sentimental –poesía hecha de sentimientos, no de razonamientos–, y cuyo más alto exponente en este sentido es (creemos, junto a Neruda de sus primeros libros) Romeo Murga.

Sobre la posición poética de Murga nos ilustra un artículo que con el titulo de "Divagaciones sobre Poesía" publicara en Claridad [21]. Allí plantea su divergencia frente a las nuevas tendencias poéticas, que asimila notoriamente al futurismo de Marinetti (al parecer, todavía se desconocían las experiencias surrealistas nacientes, y la última palabra de la vanguardia poética eran los postulados de Marinetti). Murga no niega que pueda cantarse la belleza del avión o del automóvil, pero protesta ante la tendencia a englobar toda la poesía ante la exaltación de los progresos físicos del nuevo siglo. Nombra como poetas cardinales a Baudelaire y sobre todo a Verlaine, a quienes considera los más altos representantes del verdadero espíritu poético, que sobrepasa las épocas y las modas, expresando los temas llamados eternos: el amor, el dolor, los celos, la muerte, etc. Sobre la técnica poética hace también acotaciones interesantes, señalando como paradigma a Verlaine de una poesía aliada a la música de la palabra; y frente a las nuevas tendencias que la destruyen con un extremado versolibrismo, protesta contra la disolución de las formas.

La lectura de este artículo cauto y medido, en que con notable exactitud define su programa poético, Romeo Murga (recordemos que el poeta tenía apenas diecinueve años) nos confirma en nuestra opinión que el poeta (junto al grupo que tratamos) todavía no hace sino mantenerse en una línea poética que no difiere fundamentalmente de la línea antimodernista de los poetas chilenos con representantes como Gabriela Mistral, Angel Cruchaga, Max Jara (admirado particularmente por Neruda), Carlos Mondaca. Su particularidad, en el caso de Murga, consistirá en una fusión admirable de continente y contenido, en una expresión aún no alcanzada hasta ese momento, del espíritu de una adolescencia melancólica.

Sobre la orientación poética de Murga nos guía también el conocimiento de un artículo que escribió sobre Crepusculario de su amigo Pablo Neruda [22]. En el citado artículo expresa que Neruda "ha buscado los grandes temas eternos y a todos les ha dado originalidad"; luego, indica que "ha vivido mucho, y en consecuencia ha sufrido mucho" (palabras que podrían aplicarse al mismo Murga. Y es notable observar cómo indica que ha vivido mucho un poeta que tiene sólo diecinueve años. Bien que la vida de un poeta alcanza una intensidad, que hace caber en breve lapso experiencias largas). Si resumimos nuestras observaciones, vemos cómo Murga está ubicado junto al grupo que se reunía alrededor de Claridad en una línea definidamente romántica (casi lo diríamos en el sentido al uso de sentimental), ajena a la experiencia de vanguardia poética, que sigue la corriente de los maestros del siglo XIX de la poesía francesa. Y he aquí un fenómeno digno de estudio aparte, y que ahora sólo podemos tocar tangencialmente: que la influencia de la poesía española contemporánea es casi nula en el grupo de poetas que estudiamos, que en cambio admira a Baudelaire y Verlaine. Vemos esta predilección por lo francés en Romeo Murga particularmente, que traduce a Paul Fort (traducido anteriormente por el poeta Enrique Ponce, 1916); Charles Nodier, Henri Barbusse, Anatole France, Marcel Schow. Entre los poetas contemporáneos de la lengua, Romeo Murga sintió especial predilección no por un español (ya que Garcilaso, como de sobra se sabe, es renacentista) sino por el gran Rubén Darío, como lo indica Norberto Pinilla [23]. La influencia de los poetas españoles contemporáneos que había sido fuerte en la generación anterior a la de Murga a través de Juan Ramón Jiménez, y de un poeta menor como Andrés González Blanco (que influye, sobre todo, en Daniel de la Vega), volverá sólo una década más tarde con García Lorca, cuyo ejemplo provocó una invasión de "guitarreros" en la poesía chilena.




Poesía de Romeo Murga

La obra de Romeo Murga es, naturalmente, escasa. Los pocos años de vida del poeta impidieron que llegara a realizar toda su tarea poética.

Su obra fundamental es El canto en la sombra, publicado por su hermana Berta en 1946. En vida, alcanzó a tener entre sus manos un pequeño opúsculo: El Libro de la Fiesta, del cual ya hemos hecho mención. En 1955 en los cuadernillos "Hacia", publicados en Antofagasta, bajo la dirección de Andrés Sabella apareció Clara Ternura, un conjunto de poemas en prosa, que creemos no agregan mucho a su obra, e incluso a veces parecen borradores de sus poemas. Sin embargo, presentan un interés biográfico, y allí aparecen evocaciones de su infancia, del pueblo, de las Fiestas de la Primavera, en una prosa clara y simple, de ritmo lento.

Sin duda, Murga fue un intenso trabajador, pues aún quedan inéditos dos de sus libros: Voz clara y Alma (del cual se hizo una selección, que es Clara Ternura). Además, publicó varios artículos y traducciones de autores franceses: Andrea Chenier, Barbusse, Anatole France, Paul Fort, Charles Nodier, uno de los primeros románticos, cuyo poema "Elle était bien jolie" resulta, al ser traducido, curiosamente murguiano:

        Era bella, muy bella, cuando por la mañana
        iba hollando su blanco jardín de maravillas,
        buscando en los panales las abejas sencillas,
        y del florido parque la senda más lejana.

La poesía de Murga ha llegado a nosotros principalmente gracias a la edición de El Canto en la Sombra. Por este motivo, al analizar su obra, nos referiremos en especial a este libro. Más que experiencias, ya lo hemos dicho, Romeo Murga tuvo sentimientos. En su obra, vida y poesía no se separan: esta última es plasmación de la primera. Se ha dicho por quienes lo conocieron que Romeo Murga era un hombre sereno, silencioso. Su poesía responde a esta descripción: casi toda ella escrita en verso solemne, digno, medido, que contrasta con la soterrada pasión o exaltación que encierra. En la vida de Romeo Murga el amor ocupó el primer lugar, lo habrá de ocupar asimismo en su poesía:

El mismo cuida de advertirlo, diciendo:

        Toda mi poesía, oh Amada, no es más que eso:
        el vasto nombre ardiente de amor con que te llamo.
        Estás en mis cantares, bella y eterna y sola,
        mostrando tu divino modo de ser hermosa.
        ¡Las que se inclinen sobre mi río de canciones
        sólo verán al fondo tu imagen temblorosa!

        ...
        Si tú eres amorosa canción rubia y humana,
        mi voz no es más que el eco triste de esa canción...


("Mi voz no es más que el eco" de El Canto en la Sombra).


De los treinta y un poemas que componen El Canto en la Sombra, dieciséis están incluidos en la sección llamada "Mujer, eterno estío". Igualmente, la mayoría de sus poemas en prosa están consagrados al tema del amor. La poesía para nuestro autor será especialmente el canto de la o las mujeres amadas. El poema nace inconteniblemente ante la amada, es la manera más secreta y verdadera de dirigirse a ella, la poesía es una clara llamarada. Actitud sensual, característica, por lo demás, de gran parte de la poesía hispanoamericana de aquella época.

La particularidad de la poesía erótica de Romeo Murga la constituye una lucha constante entre la sensualidad y la castidad: cada caída (en el sentido cristiano) aumenta luego el sentido de culpa, como era característico –se sabe– de Paul Verlaine, uno de los maestros poéticos de Murga. Como él, Murga ruega a Dios y a los santos, para que lo ayuden a salvarse. Escuchémoslo, un poco:


        Por mi cuerpo doliente, tosco vaso de tierra
        que envuelve la lujuria con sus llamas malditas.
        Cuando la carne mata todo el goce que encierra
        en el silencio enorme, eres Tú quien nos grita.

        Por mis manos, morenas serpientes voluptuosas
        que fueron tentación para la frágil Eva;
        y mis pies, lastimados de zarzas dolorosas,
        que cada día fueron por una senda nueva.



(De "Invocación", en Cantos en la Sombra)


O bien en su "Oración a San Luis":


        Mi oración, San Luis de Gonzaga,
        llegue hasta tu virginidad.
        Con tu divino aliento, apaga
        mi hoguera de sensualidad.

        Tú, San Luis, que nunca supiste
        del hondo deseo saciado;
        tú, San Luis, que jamás mordiste
        la dulce fruta del pecado;

        y que ahuyentaste la lascivia
        con tu virtud santificada,
        y que nunca probaste la tibia
        caricia de la carne amada;

        dame tu gracia transparente,
        y hazme puro como tu voz,
        sin mi pasión de adolescente
        y lleno de gracia de Dios.



Frente a las mujeres mantiene Romeo Murga un dualismo que se manifiesta luego en un amor hacia, por una parte, "las que nunca deshojó como rosas" y, por otra, a aquella como la protagonista del poema "Gracias": "la inquieta, la de este pueblo quieto, con quien vivió": "esa noche de amor corta como un instante"... "la de los rojos besos interminables".

Este dualismo tiene claros antecedentes en la actitud de Baudelaire oscilando entre el tenebroso amor hacia Juana Duval o el platónico a Madame Sabatier; o Francis Jammes, el que en uno de sus poemas se declara "amante de las putas y de las niñas claras". En todos ellos hay una represión de origen cristiano, provocadora de un constante conflicto.

Esta actitud de Murga hace que para él resulte el amor (utilizando una expresión de la Mistral) "un amargo ejercicio". En uno de sus poemas ("Con baja y lenta voz") se lamenta de no haber: "Amado siempre desde lejos". Y en uno de sus poemas en prosa declara:


        Nunca gocé de su intimidad, por suerte. La intimidad habría destrozado mi amor, como me ha destrozado tantos otros. Lejos de su presencia, yo divinizaba su vida sencilla, aureolada de romanticismo provinciano. La llevaba en mi mismo, como un eco, como un perfume, como un dulce pensamiento de felicidad. Por eso, Ella vive más alta que todas en mis recuerdos; cubre, como un vasto cielo puro, mi pasado inocente, y se prolonga infinitamente en todos los caminos que recorro. Por eso tiene sobre las demás mujeres de mis recuerdos la vaga superioridad de lo ideal, de lo que casi fue y todavía espera ser. Por eso es Ella, entre ellas.



(De "Atolondradamente, vivía su adolescencia", en Clara Ternura).



No es quizás por causalidad que se nos viene a la memoria el nombre de la Mistral. Pero más que ella, hay cierto acercamiento de Romeo Murga a Ángel Cruchaga Santa María, alabador también de la mujer lejana e inaccesible: "Era tu amor el único digno de hacerme triste / se me volvió una llaga eterna tu belleza"... o "Tú que eres pura y clara / como si eternamente el Cristo te mirara". ("En el éxtasis"). Un poema esencialmente instructivo sobre la concepción del amor en Murga lo da su poema "Lejana", justamente incluido en numerosas antologías, y quizás el más difundido de los poemas de Romeo Murga:


        Como el sendero blanco porque vuela mi verso,
        eres tú, toda llena de cosas lejanas.
        Llevas algo de extraño, de sutil y disperso
        como el polvo que dejan atrás las caravanas.

        Amas la lejanía y temes la lejanía.
        No has soñado jamás con la paz de tus lares.
        Tienes el gesto claro y la blanca osadía
        de las velas que parten hacia todos los mares...

        Todo camino sabe de tu huella. Los montes
        y el viento te desean. Tú –sin saber, acaso–
        reclinas tu cabeza sobre los horizontes,
        como sobre un regazo.

        Y otra vez al camino, al viaje comenzado,
        a las cosas lejanas del dolor y la muerte.
        Si alguna vez, mujer, pasaras por mi lado
        yo no podría detenerte.

        Me quedaría inmóvil. No me querría asir
        a tu pálida veste de ensueños y azahares;
        sólo por la tristeza de mirarte partir
        como una vela blanca hacia todos los mares...




(De El Canto en la Sombra).


Se ha hablado de la similitud evidente de tono entre los primeros poemas de Neruda y los de Romeo Murga. Creemos que no será ocioso detenerse en este punto un momento. Como ya lo hicimos notar en el estudio sobre la poesía de Rojas Giménez, todo el grupo de poetas que se reunía alrededor de la Federación de Estudiantes del año 20 y de Claridad presenta una constante común, en temas y tonos. Más estrecha que la relación entre Rojas Giménez y Neruda es la de Murga y Neruda. ¿Acaso no podríamos leer estos versos como versos de Crepusculario o de los Veinte poemas?:


        Todo yo fui un camino que tú hollaste, al acaso
        Todo yo fui un camino y sobre ese camino
        no ha de borrarse nunca la huella de tus pasos.

        ...
        Tú eras la que hubiera podido ser un día
        amadora de todas las horas del amado.

        ...
        Y hasta la tierra en sus surcos profundos
        tiembla de gozo como una mujer.
        
...
        Brillan las estrellas. Sollozan los álamos.
        Al extremo del camino se ven las casas
        que aguardan al desesperado.
        Y llega, de lejos, el canto.


Incluso, hay un poema de Murga: "Cuando seamos viejos", que parece ser la contrapartida del "Nuevo soneto a Helena", de Neruda.

Ambos amigos quizás trabajaron juntos sobre un mismo tema. Citaremos como ejemplo el "Poema de la ausente", de Neruda y "Ausencia", de Romeo Murga.
Citaremos sólo algunos fragmentos de este poema en prosa, de Neruda:


        A ti este arrullo, Pequeña, donde estás, donde vayas. Caliente río trémulo, la ternura moja mi voz, mi voz que te nombra. Un hueco aquí entre mis dos brazos... eso eres, Pequeña. Te llamo y mi voz arrastra, pero la oyes...


Y de Murga:


        Veinte ciudades de hombres me separan de ti,
        pequeñita que llenas mi corazón tan grande.
        Entre nosotros dos, la distancia enemiga
        aleja nuestros cuerpos ávidos de estrecharse.
        Estás ausente tú, la que no ha muchas tardes
        se ceñía a mi cuerpo con amoroso lazo;
        la que llenó de amor con su carne aromada
        la trémula oquedad que le hicieron mis brazos.



Sin embargo, existe entre Neruda y Murga una diferencia de fondo. La poesía de Neruda presenta desde sus comienzos un tono desesperado y rebelde, una sensualidad casi vegetal o pantanosa, una vitalidad que son ajenas al espíritu de Murga. Este mismo dinamismo nerudiano hace que rompa cada vez más con las formas, que entre en contradicción de estilos, contradicción que se resuelve en nuevas formas y dicción. Al revés, nos parece que Murga tendía más bien a un ahondamiento en el mismo estilo, una depuración expresiva a partir del estatismo. Pero el campo de las conjeturas es demasiado vasto. Lo que se debe tomar es la obra que nos llegó de Romeo Murga, y no la obra que pudo realizar.

Volviendo al tema amoroso, esencial en la obra de Murga, estimamos en especial su poema "Y morirás un día", en el cual se plantea como todo poeta de verdad, el problema de la supervivencia del amor sobre la muerte, y la consideración de que el amor y la muerte son, en verdad, hermanos gemelos.

Dignos de nombrarse son dos poemas: "La niña rubia" y "Morena", ambos realizados con un sabio tratamiento técnico.

"La niña rubia" está escrito en octosílabos que acentúan la claridad cromática, la impresión de levedad que requiere el tema:


        Melena como el sol de rubia,
        cuerpo de dulces líneas claras,
        rostro risueño y de ojos puros
        como el cielo que ella mirara;
        toda luz, de aurora y de oro
        por los anchos caminos va,
        y entre la claridad del día
        pasa como otra claridad.



Este poema, bañado de luz, contrasta con el tono grave y nocturno de "La morena", donde cambian incluso las vocales, primando las a y las o.


        Morena como el sueño, como la sombra y como
        la cara eternizada de la tierra morena.



Es necesario considerar que en ocasiones Murga no lograba superar un lenguaje gastado poéticamente, y cae en formas de expresión ya hechas; sin lograr transmutar su sentimiento –como lo hace muchas veces– en su tono personal, intransferible, que puede iluminar las palabras más simples, como las que usa habitualmente: soledad, ausencia, canto, camino, arroyo, agua... o esos colores simples y puros, como los de los pintores prerrafaelistas: oro, azul, blanco, amarillo... Sí, a veces nuestro poeta no logra la transfiguración del lugar común en poesía. Así:


        Te esperé esa tarde nublada;
        vino la lluvia y no viniste.
        Cayó una sombra acongojada
        sobre mi gran ensueño triste.
        Vino la llama no esperada
        y no viniste.




("La lluvia y tú").

O:


        Pero al hallarnos fuimos como dos barcos locos
        que se cruzan en medio de la mar.
        Tus ojos me miraron, te miraron mis ojos
        y ya no nos veremos nunca más.



Como reacción tal vez contra la agitación de la época, al tenso ambiente de los años del 20, la poesía de Romeo Murga se hace contemplativa, y el poeta anhela llevar una vida que llamaremos bucólica, exalta esa vida. Es un fenómeno que ha afectado a muchos poetas en épocas análogas, recuérdese el ejemplo de Luis de León, cabalmente analizado por Dámaso Alonso. El volver a la tierra es un cauce de evasión para Murga, como lo es para varios poetas de su generación: citemos a Ulloa, Barberis (que reside largos años en provincia) y Joaquín Cifuentes Sepúlveda, de quien podríamos citar estos versos del "Adolescente sensual":


        Mi abuelo fue labriego. Yo también quiero serlo.
        En el campo conozco que me mejoro mucho.
        ¿Será porque en los pueblos hallo junto a tu imagen
        la imagen de mi negra vida de trotamundos?



La provincia es mirada como una entidad incomparable por Romeo Murga, que traslada al poema las virtudes de un medio comarcano, del cual se espera la salvación:


        Sería una casa rústica, y a su espalda una ancha
        huerta perfumada. Allí terminaría mi mundo
        Hablaría casi sin nostalgia de los viejos caminos, de
        las ciudades, de los barcos.



(de "Sería una casa rústica" en Clara Ternura).

Romeo Murga loa a "las buenas gentes del campo", entre quienes (sin decirlo explícitamente) se adivina que él quisiera vivir, porque:


        No hay inquietud que en sus almas florezca,
        no hay ilusión que los vende los ojos.
        Aman con clara ternura lo humilde:
        gleba y maleza, guijarros y abrojos.



Creemos que el poema que describe mejor su estado de ánimo frente al paisaje, su deseo de alejarse de las ciudades es "El viaje", que nos parece también quizás el mejor de los poemas de Romeo Murga (al lado de "Madres de los poetas", ese poema de estirpe baudelariana, impresionante muestra de madurez). "El viaje" parece escrito quizás en el mismo tren que lleva al poeta de la ciudad a la provincia, como aquel personaje de "El pintor Pereza", o aquel del famoso "Apunte", de Jerónimo Lagos Lisboa: "Parte el tren y el vocerío se dispersa. ¡Adiós poeta!" Con unos pocos trazos, Murga describe un paisaje escueto, de colores intensos y puros, donde en la lejanía se ven algunas figuras. El lenguaje es sobrio, el poema está hábilmente construido, y es digno de observar el recurso de la reiteración, que proporciona a la primera estrofa un tono más intenso, de mayor fuerza expresiva:


        Mi espíritu sonríe como un espejo claro
        que recogiera todos los tonos del paisaje.
        Voy buscando un rincón de soledad y amparo
        pero siento el deseo de eternizar el viaje.
        Voy buscando un rincón de soledad y amparo
        pero el paisaje enorme me da su emoción ruda.
        Mi espíritu sonríe como un espejo claro
        que copiara la imagen de una mujer desnuda.




(de "El Viaje", en Canto en la Sombra)

Para no hacer excepción a los poetas de su grupo, Romeo Murga es un personaje vuelto en numerosas ocasiones a la infancia (ese reino secreto, de propiedad personal): el paraíso perdido que suelen tener los poetas.

La niñez es vista como una época edénica, pura, hasta en el amor; que es claro, desarrollándose en un escenario preparado por la mano de Dios, expresamente casi para que pasee la pareja infantil:


        Fue nuestro amor de niños como un comienzo de égloga,
        lleno de sol, de paz, de horizontes inmensos.
        Dios doró aquel año, con amor, los trigales
        y embelleció de amor los soles y los vientos.



("Como una égloga" en El Canto en la Sombra).



Esta reminiscencia de una época edénica, no puede sino terminar en forma elegíaca. Se canta al irrecuperable "paraíso perdido", añorado como Franz de Galais, ese héroe de El Gran Meaulnes, añoraba su infancia aventurera.


        Se me ha muerto una vida mía,
        vida de juegos y alegría
        bajo el sol de los mediodías
        del verano;
        vida de risas transparentes
        y de beber en las vertientes
        con el hueco de nuestras manos.
        Haber podido hacer eternos los instantes
        de esa aurora perdida,
        y con los ojos húmedos y el corazón fragante,
        haber quedado niños, para toda la vida.




(de "Elegía en recuerdo de mi infancia", en El Canto en la Sombra).



Poesía del corazón, sin aderezos; evocación de la infancia, deseos de volver a esa provincia remota y cercana, en donde aún existe la pureza; todas esas características románticas natas las hallamos en Romeo Murga: ¿será reprochable a un poeta de no más de veintiún años? Su vocación era tan firme que ya a los ocho años escribía poemas –según testimonio de su hermana Berta. Su obra mejor, casi sin parentesco en la poesía chilena basta para darle un lugar preferente en la historia de nuestra poesía. Pese a las dificultades para transmitirlas, pese a los años en que su voz permaneció virtualmente inédita, no hay quien no escuche, entre los amantes de la poesía chilena, la voz de este adolescente que llega a conmover a gentes de tan distintas generaciones a las suyas.

La tisis –ese "mal del siglo" de nuestros años 20– nos privó, que duda cabe, de un poeta excepcional. Pero basta lo que alcanzó a decir. No dejará de ser oído. Y como verdadero poeta, "vate por encima de todo, ya lo señala Romeo Murga, al decir en una de sus estrofas:

        Mi voz ungida en suavidades
        irá a través de las edades
        como el rumor de un claro río.


Así sea.


En Atenea, Concepción, Nº395, del 01 de febrero, 1962.







Notas:

[1] Baudelaire, en su prólogo a su traducción de los cuentos de E. A. Poe.

[2] Francisco López Merino nació en Mar del Plata en 1904 y murió en 1928. Lerena Acevedo nace en Montevideo, Uruguay en 1898 y muere en 1922. Ambos sólo publican un libro en su vida.

[3] En “Evocaaón fraternal”, que prologa Clara Ternura, Ed. “Haga”, Antofagasta, 1955.

[4] En “Invocación al recuerdo de un gran poeta muerto”, Revista Atenea, sept/oct, 1946.

[5] González Vera en Cuando era muchacho (capítulo "La banda de Neruda").

[6] Elías Ugarte Figueroa, publ. cit.

[7] Del discurso de Eugenio González en la romería a San Bernardo, en homenaje a Romeo Murga. Zig-Zag, 7 de junio de 1935.

[8] "Figuras en la noche silenciosa. Infancia de los poetas", por Pablo Neruda. Zig-Zag, abril de 1923.

[9] Norberto Pinilla en su "Prólogo" al Canto en la sombra.

[10] En Crepusculario, 1923.

[11] Publicado en forma de libro junto a un poema de Víctor Barberis con el título de El libro de la fiesta, 1923.

[12] Sería interesante un trabajo acerca de las Fiestas de la Primavera en la poesía chilena. Además de Neruda, Romeo Murga, Barberis, podemos recordar entre los laureados de estas fiestas nada menos que a la Mistral y luego, Barrenechea, Oscar Castro, N. Parra, etc. Podremos comentar que difícilmente algún poeta nuestro no ha empezado su carrera ganando este premio, cantando a la Reina, por decirlo así.

[13] Víctor Barberis publicó luego, en minúsculo folleto, “El Poema de octubre”. Nacido en 1899, dejó de escribir poemas hacia 1926. En sus versos
se reflejaba la vida aldeana de esos años, con notable colorido y exactitud. Actualmente profesor de francés jubilado, espera su obra la justicia de una compilación y edición.

[14] Elías Ugarte Figueroa, publ. cit.

[15] Pablo Neruda, en declaraciones al autor de este trabajo.

[16] Daniel de la Vega, "Prólogo" al Bordado inconcluso, 1916. La acción de este poema se desarrolla en Quilpué, vecina a Quillota.

[17] Elías Ugarte Figueroa, publ. cit.

[18] Poema inédito.

[19] Pablo Neruda, en su poema de homenaje a Cifuentes Sepúlveda, "Ausencia de Joaquín".

[20] Ángel Cruchaga en "Poemas de San Bernardo", en Paso de sombra, 1938.

[21] "Divagaciones sobre poesía", Claridad, junio 9 de 1923, N° 9.

[22] "Crepusculario", comentario de Romeo Murga, Claridad, septiembre 15 de 1923, N° 15.

[23] En "Prólogo" al Canto en la sombra, 1946.




BIBLIOGRAFÍA

Obras de Romeo Murga


El Libro de la Fiesta, en colaboración con Víctor Barberis. Publicado por la Federación de Estudiantes. Contiene el "Poema de la Fiesta", premiado en las Fiestas de la Primavera. Publicado en 1925.

El canto en la sombra, con prólogo de Norberto Pinilla. La aparición de este libro había sido señalada por una nota de Claridad, de agosto de 1924, Nº124. Fue publicado tal como el poeta la dejó listo para las prensas, por su hermana Berta, veintiún años después de la muerte del poeta. Contiene 51 poemas, en 175 páginas. Editorial Tegualda, Santiago, 1946.

Clara Ternura, con prólogo de Andrés Sabella y una "Evocación fraternal", de Berta Murga Sierralta. Contiene 10 poemas en prosa. Cuadernillo Nº3 de las ediciones Hacia. Edición de 300 ejemplares. 16 páginas. Antofagasta, julio de 1955.

En el prólogo a El Canto en la sombra, Norberto Pinilla indica que entre los papeles del poeta se han encontrado notas y apuntes para los proyectos de un libro titulado Voz Clara. En su nota que precede a Clara Ternura, Berta Murga indica que esa publicación es una síntesis de Alma, obra que componía Romeo Murga desde 1923.

"Noticias Literarias", en Claridad, agosto de 1924, Nº124.

"A la muerte de Romeo Murga", poema firmado por Manzur. Iris, de Copiapó, 16 de octubre de 1925.

"Romeo Murga", artículo de Hersalí. Iris, Copiapó. 28 de junio de 1925.

"Romeo Murga", por Mario Vergara Gallardo. La Provincia, Iquique, mayo de 1926.

"Romeo Murga", en El Trabajo, Vallenar, 12 de mayo de 1924.

"Hora de Romeo Murga", Revista Letras, diciembre de 1928.

"Romeo Murga Sierralta", artículo en el Diccionario Histórico y Bibliográfico de Chile, por Virgilio Figueroa, 1931.

"Crónica del año. La poesía en 1923", El Libro de la Fiesta, comentado por Raúl Silva Castro. Claridad, diciembre 8 de 1923. Nº117.

"Romeo Murga Sierralta", por Hernán Sánchez Alister, en Revista Atacama, mayo de 1932.

"Romeo Murga", por Andrés Sabella. Millantún, Nº11, julio de 1943. Acompañada de algunos poemas de Romeo Murga.

"Invitación al recuerdo de un gran poeta muerto", por Elías Ugarte Figueroa. Atenea, septiembre de 1934.

"Romeo Murga", por Andrés Sabella. Últimas Noticias, 9 de junio de 1946.

"El Canto en la Sombra", por Ricardo Benavides. Atenea, marzo, 1947.

"Romeo Murga, poeta de ausencia", por Claudia Solar. Las Noticias de Victoria, 9 de marzo de 1953.

Nuestros Poetas, antología de Armando Donoso. Nascimento, 1925.




Otras publicaciones de Romeo Murga

Artículos:

"Divagaciones sobre Poesía", Claridad, junio 9 de 1923, Nº91.

"Cosas de Francia", Claridad, 14 de julio de 1923, Nº96.



Poemas (no incluidos en libros):

"Canciones" (Soledad y silencio, Evocación, Eva de todos los caminos): Claridad, julio 7 de 1923, Nº95.

"Canciones" (En ese hondo silencio, El último día), Claridad, Nº104, septiembre 8 de 1923.

"Poemas en prosa", Claridad, octubre 13 de 1923, Nº109.

"Sombras de mujeres" (La harapienta, La zagala), Claridad, Nº117, diciembre 8 de 1923.



Traducciones:

Como ya lo indicamos en el texto de nuestro trabajo, Romeo Murga realizó numerosas traducciones, publicadas en Claridad, Zig-Zag, y el periódico Iris, de Copiapó. Tradujo trabajos de: Anatole France, Marcel Shwob, Paul Fort, Andrea Chénier, Henri Barbusse y Charles Nodier.



Nota:

Romeo Murga ha sido incluido en las antologías de poesía chilena de Armando Donoso, Rubén Azócar, Hernán del Solar, Carlos Poblete, Carlos René Correa y Hugo Montes (Antología del Medio Siglo, Ed. Pacífico, 1955).