domingo, 30 de diciembre de 2007

"Todo está en blanco", de Jorge Teillier





Todo está en blanco.
El alba reina en el reloj de pared.
Sus agujas se han detenido.
La sangre de mis venas es un lago en deshielo
            una muchacha se ahogaría al cruzarlo.

Mi doble viste de negro
y sonríe.
Cuando él ocupa mi lugar
bajará la escalera de caracol
y se pondrá esos guantes
que el Príncipe de la Mentira entrega a sus discípulos
para que puedan estrangularse
sin la ayuda de los extranjeros que los traicionaron,
frente al espejo que les sonríe por última vez
diciéndoles que creyeron ser bellos tenebrosos
mientras se oye el aplauso de sus admiradores
los blancos pájaros que vaciaron mis ojos
            y detuvieron el fluir de mi sangre
y luego parten en busca de mis únicos amigos
            aquellos que no conocen todavía el blanco
para decirle que cumplieron una misión más
            a su madre
la Gran Esfinge Blanca.





en CARTAS PARA REINAS DE OTRAS PRIMAVERAS, 1985.




sábado, 29 de diciembre de 2007

"A bordo del 'Bachellor's Delights' en el día de San Jorge", de Jorge Teillier y Juan Cristóbal

Capítulo IX de la serie "La Isla del Tesoro"





Amigo de todas las Naciones, vuelvo de un rápido viaje por las peores tabernas del Viejo Continente, donde los náufragos y locos (como nosotros) beben siempre un barril de ron en la mañana. (Discúlpame una pausa, es para beber un Santa Carolina tres estrellas en el incendio de los cielos. Estoy pobre como siempre, pero me he bebido más estrellas que cualquier general chileno. Arrojo esta botella al Mar de los Recuerdos para ver si nos comunicamos con los caracoles en el silencio milagroso de los huertos). Te cuento: nuestro amigo, el Imbunche, el duende devorador de peces y geranios en las cuevas de los mares y en los mares infernales de los hielos, sigue acechando el Asilo de las Ancianas Desamparadas, con malas artes. Algunos vigías, cuidadores de la inocencia, han pedido su expulsión por sus pésimas intenciones. En fin, como dice mi padre, es cosa de los cielos. Estoy leyendo un gran libro que te recomiendo, «Un hombre a quien le está prohibido vivir y morir a la hora de la fiesta». No sé por qué me gusta.

















viernes, 28 de diciembre de 2007

"Aperitivo", de Jorge Teillier





En el Bar del Hotel de France
Pierdo el tiempo para ganar la esperanza
El corazón parpadea como una hoja
Junto al parpadear de cien hojas verdes
De las muchachas que te olvidaron
Tú podrías recobrar a una
Que era una manzana silvestre
Apenas tocada por la primera helada
Pero el aperitivo es tierno
Como un jilguero sobre un alambre de púa
Como el olor de la tierra tras el riego
Como la cansada luz de una bicicleta
En el camino donde el cartero se ha perdido
Ebrio como yo a mediodía.




 











jueves, 27 de diciembre de 2007

"La llave", de Jorge Teillier




Dale la llave al otoño.
Háblale del río mudo en cuyo fondo
yace la sombra de los puentes de madera
desaparecidos hace muchos años.

No me has contado ninguno de tus secretos.
Pero tu mano es la llave que abre la puerta
del molino en ruinas donde duerme mi vida
entre polvo y más polvo,
y espectros de inviernos,
y los jinetes enlutados del viento
que huyen tras robar campanas
en las pobres aldeas.
Pero mis días serán nubes
para viajar por la primavera de tu cielo.

Saldremos en silencio,
sin despertar al tiempo.

Te diré que podremos ser felices.





* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".







miércoles, 26 de diciembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier


Fragmento



VII

A Octavio Smith, en La Habana.



La lluvia torna transparente el puente de cimbra.

En un desorden de campanadas
las casas se dispersan a orillas del río.

Se ha echado a perder el tiempo.
El trigo inclina su cabeza
antes de ser torturado como todo salvado..
Quizás haya mala cosecha.

La lluvia cae en los umbrales donde nacimos.
Pasa descalzo el anciano que vende verduras puerta por puerta.

El guardacruzadas tiene frío.
Toda estación es dura para los pobres.

La casa natal
se empequeñece cuando nos acercamos a ella.

Pero alas vibrantes y campanadas
nos hacen recuperar el espacio perdido.

Crucemos el puente de cimbra.















martes, 25 de diciembre de 2007

"Linterna sorda", de Jorge Teillier






Un hombre verá cosas invisibles.
Cuando los deudos lo abandonen
y las canoas vengan desde el oeste,
cuando los deudos a escondidas hayan dejado los panes redondos
               y sacrificado los caballos,
las hijas del guardahilos tendrán miedo
de ver pasar su ánima al atardecer
y los forasteros tendrán visiones que los harán gemir en sueños.

Un hombre, entonces, se desprende del sol y de la luna.











lunes, 24 de diciembre de 2007

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento


9


Yo hubiese querido ver de nuevo
el pañuelo de campesina pobre
con que amarraste tu cabellera desordenada
            por el puelche,
tus mejillas partidas por la escarcha
de las duras mañanas del sur,
tu gesto de despedida
en el andén de la pequeña estación,
para no soñar siempre contigo
cuando en la noche de los trenes
mi cara se vuelve hacia esa aldea
que ahogaron las poderosas aguas.






Santiago-Lautaro, 1963



 







domingo, 23 de diciembre de 2007

"Resurrección", de Jorge Teillier






Resurrección en la tarde. Ya no está el muro
               de los recuerdos.
Campana de fiesta
repica en la mesa
un plato de salmón del Cautín
y un vaso de vino nuevo.

Ángeles te cuidan
desde el corazón de los cerezos
y el barro de la ciudad
lo quita de tu cara
las manos generosas de la noche.

Como gotas de agua suenan los cascos
de un caballo negro y un caballo blanco
que pasan frente a la ventana.
Ebrio salgo tras ellos
por caminos que inventa la luna
de la que juntos huíamos hace años.














sábado, 22 de diciembre de 2007

"Camino rural", de Jorge Teillier






Solitario camino rural
a fines del verano.
¿Qué puedo hacer
troncos podridos sobre el charco?

Temo llegar al pueblo
cuando la niebla se desprende de la tierra.
Temo llegar al pueblo
porque a otro esperan allí
las mujeres que duermen en montones de heno.
Para otro van a amasar pan las hermanas esta noche.
Para otro contarán historias
los que encienden hogueras en los barbechos.

Aparecen lejanas luces
como débiles tañidos de guitarras.
Las perdices silban
llamando a sus parejas.
El pozo se anega de hojas de castaños.
Alguien cierra las ventanas
para no sentir el cruel olor
a glicinas de otro verano.
Salen estrellas desesperadas
como abejas que no pueden hallar el colmenar.

¡Adiós, troncos podridos sobre el charco!
Voy hacia un pueblo donde nadie me espera
por un solitario camino rural
a fines del verano.













viernes, 21 de diciembre de 2007

"En memoria de una casa cerrada", de Jorge Teillier





Mi amigo se atreve a tocar la guitarra
que en herencia le dejó su padre.
Los pasos del muerto resuenan
por las galerías desiertas.
Una sombra se sienta
frente a la chimenea apagada.

En la cocina quedaron
tazas rotas, ollas sucias.
Junto al cerco,
bajo una desordenada llovizna,
el silencio recién llegado
se hace amigo de los perros.

Frente a la puerta cerrada
nos estrechamos las manos
y partimos sin mirar atrás.














jueves, 20 de diciembre de 2007

"Imagen para un estanque", de Jorge Teillier





Y así pasan las tardes:
silenciosas, como gastadas monedas
en manos de avaros.
Y yo escribo cartas que nunca envío
mientras los manzanos se extinguen
víctimas de sus propias llamas.

Hasta que de lejos
vienen las voces
de ventanas golpeadas por el viento
en las casas desiertas,
y pasan bueyes desenyugados
que van a beber al estero.
Entonces debo pedirle al tiempo
un recuerdo que no se deforme
en el turbio estanque de la memoria.

Y horas que sean
reflejos de sol
en el dedal de la hermana,
crepitar de la leña
quemándose en la chimenea
y claros guijarros
lanzados al río por un ciego.















miércoles, 19 de diciembre de 2007

"Eras una candelilla en tu casa", de Jorge Teillier




Eras una candelilla en tu casa
O si querías una estrella errante en el cielo
En la casona
Yo te buscaba
Tropezando
Con un caballo de madera inmóvil desde la muerte
            de los hermanos
Con mis zapatos hundiéndose en el aserrín de los títeres
Y las muñecas de cabeza rota
Y tú ríes
Porque despierto
Y tú sabías
Que despertaría para seguir soñando contigo
Y sólo me queda
Esperar en vano el timbre del cartero
Y me despierta
El ruido de los vendedores de gas
La casona se la llevó la última crecida
Nunca supe cuál era tu pieza
Nunca supe cuál era la ventana oculta
Por la que te asomabas
La ventana cerrada que nos unía para siempre
En un siempre que nunca ha sido siempre.





en EN EL MUDO CORAZÓN DEL BOSQUE, 1997.





martes, 18 de diciembre de 2007

"Apenas hoy podría soñar", de Jorge Teillier





Apenas hoy podría soñar
Miosotis que pensaban en mí
En terminar mis días
Tras un mostrador antiguo
Vendiendo lámparas a carburo y aperos de labranza
Y hablando con los campesinos
Que lían cigarros en papel amarillento
Sobre la próxima cosecha

Apenas podría soñar
Con ya tener el deseo de no soñar
Ser olvidado como la vía muerta de un vagón
            en un desvío

Dadme
Padre Tiempo
Un lugar donde no recuerde a nadie
Porque todos estarán presentes
Como mi madre frente a un mostrador de Freire
            en 1932.





en HOTEL NUBE, 1996.


 





lunes, 17 de diciembre de 2007

"Supersticiones", de Jorge Teillier




Si dos personas
se miran al mismo tiempo en un espejo
la amistad o el amor se romperán.

Tampoco regales nunca un dedal
aunque sea un dedal de oro.

No es bueno cambiar de sitio en una mesa
ni menos mecer una cuna vacía
porque morirán todos los niños que duerman en ella,
o tal vez nadie querrá tener un hijo en esa casa.






En EL MOLINO Y LA HIGUERA, 1993.




domingo, 16 de diciembre de 2007

"Cuento sobre una rama de mirto", de Jorge Teillier



Había una vez una muchacha
que amaba dormir en el lecho de un río.
Y sin temor paseaba por el bosque
porque llevaba en la mano
una jaula con un grillo guardián.

Para esperarla yo me convertía
en la casa de madera de sus antepasados
alzada a orillas de un brumoso lago.
Las puertas y las ventanas siempre estaban abiertas
pero sólo nos visitaba su primo el Porquerizo
que nos traía de regalo
perezosos gatos
que a veces abrían sus ojos
para que viéramos pasar por sus pupilas
cortejos de bodas campesinas.

El sacerdote había muerto
y todo ramo de mirto se marchitaba.

Teníamos tres hijas
descalzas y silenciosas como la belladona.
Todas las mañanas recogían helechos
y nos hablaron sólo para decirnos
que un jinete las llevaría
a ciudades cuyos nombres nunca conoceríamos.

Pero nos revelaron el conjuro
con el cual las abejas
sabrían que éramos sus amos
y el molino
nos daría trigo
sin permiso del viento.

Nosotros esperamos a nuestros hijos
crueles y fascinantes
como halcones en el puño del cazador.







en CARTAS PARA REINAS DE OTRAS PRIMAVERAS, 1985.





sábado, 15 de diciembre de 2007

"Lo que se oyó desde un barril lleno de armas y cerveza", de Jorge Teillier y Juan Cristóbal

Capítulo V de la serie "La Isla del Tesoro"




Discípulo del viejo John Silver, voy a bordo del «Winnipeg», ese de 20 cañones de a ocho, junto a un amigo del vino y los otoños, del vuelo de las aves y del viejo Dylan Thomas y de los bravos bucaneros, peleadores en los muelles por ruinas o botellas. Prepara, como tú sabes, las amarras: llegaré pronto por tus playas para hacer con las nuestras ojos anaranjados en el día. En tus manos encomiendo mi alma para soñar con las gaviotas y ponernos en contacto con los fantasmas en el alba. Y esta vez, mi llegada no es el cuento del pirata. Prepárame posada y noticias de las almas. Poemas y mensajes a carbón de todos los sindicatos de la estrella, para guarecerme, como un oso, de la lluvia y de todos los brujos y los marinos en la aldea.




en LA ISLA DEL TESORO, 1982.








viernes, 14 de diciembre de 2007

"Nadie ha muerto aún en esta casa", de Jorge Teillier





Nadie ha muerto aún en esta casa.
Los presagios del nogal
aún no se descifran
y los pasos que regresan
siempre son los conocidos.

Nadie ha muerto aún en esta casa.
Lo piensan las pesadas cabezas de las rosas
donde el ocioso rocío se columpia
mientras el gusano se enrosca amenazante
en las estériles garras de las viñas.

Nadie ha muerto aún en esta casa.
Ninguna mano busca una mano ausente.
El fuego aún no añora a quien cuidó encenderlo.
La noche no ha cobrado sus poderes.

Nadie ha muerto pero todos han muerto.
Rostros desconocidos se asoman a los espejos
otros conducen hacia otros pueblos nuestros coches.
Yo miro un huerto cuyos frutos recuerdo.

Sólo se oyen pasos habituales.
El fuego enseña a los niños su lenguaje
el rocío se divierte columpiándose en las rosas.
Nadie ha muerto aún en esta casa.









jueves, 13 de diciembre de 2007

"Tarde", de Jorge Teillier




La tarde es una canción
a veces tarareada
por un viajero solitario.
Cuando la canción se apaga
el viento trae palabras
que los árboles no comprenden.

Hojas miedosas se refugian en los cuartos.
Ellas huyen del árbol lleno de musgo,
ese brujo que ha pactado con la noche
y nos ordena cerrar las ventanas.

Toque de queda en el cuartel. Mis amigos
dejan de hacer tagüitas en el río.
¿A qué viajero que una vez cantaba
aún siguen esperando en este pueblo?

Las sombras nos tienden la mano
para llevarnos al molino
en donde junto a una muchacha
cuentan largas historias a los muros.

Rechazamos las manos de las sombras
pues sólo queremos pactar con la noche.
En un árbol hueco tumbado en el camino
se refugia un viajero,
y a ningún viajero que cantaba solitario
debe esperarse ya en este pueblo.








miércoles, 12 de diciembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier

Fragmento


V


a Gabriel Barra

Un desconocido
nace de nuestro sueño.

Abre la puerta de roble
por donde se entraba a la quinta de los primeros colonos,
da cuerda a relojes sin memoria.

Las ventanas destruidas
recobran la visión del paisaje.
Aparecen en los umbrales las marcas
que señalaban el crecimiento de los niños.

Mientras dormimos junto al río
se reúnen nuestros antepasados
y las nubes son sus sombras.

Se reúnen los que partiendo de Burdeos o Le Havre
llegaron a la Frontera por caminos recién trazados
mientras sus mujeres daban a luz en las carretas.

Se reúnen los que fueron contrabandistas de ganado,
ladrones de tierra, dueños de hoteles o almacenes,
bandoleros, pioneros de hachas y arados.

Los que mataron mapuches y aprendieron de los mapuches
                      a beber sangre de corderos
                     recién sacrificados,
y fueron enterrados en lo alto de una colina
mientras los deudos se reunían a tomar aguardiente
                     en el Bajo.

Hablan de su resurrección
los ríos cuyos primeros puentes construyeron,
las herramientas aún guardadas en los galpones,
y los que ahora son partículas de alerce
creen escuchar las campanadas anunciando
                     el primer incendio
del pueblo levantado con tablas sin labrar
en medio del invierno del fin del mundo.

En los establos y prostíbulos
se entrelazan parejas furtivas.
Se celebran matrimonios en capillas rústicas.
Los hermanos se matan por herencias.
Los hijos volverán cantando canciones de trincheras.
Las carretas cargadas con los sacos de las primeras
                     cosechas llegan a las bodegas.

El sol quiere alcanzar el árbol de nuestra sangre,
derribarlo y hacerlo cenizas
para que conozcamos a los visibles sólo para la memoria
de quienes alguna vez resucitaremos en los granos de trigo
                     o en las cenizas de los roces a fuego,
cuando el sol no sea sino una antorcha fúnebre
cuyas cenizas creeremos ver desde otras galaxias.

El silencio del sol nos despierta.
¿De dónde viene ese chirriar de puertas invisibles?
Los visitantes miran la mesa vacía y tratan de decirnos
                     que hace falta derramar la ofrenda
de vino en las tumbas.
En el corazón de los alerces se apaga un tictaqueo
                     repitiendo:
“No hay tiempo, no hay memoria”.

Griterío de choroyes
en busca de trigales.
A orillas del río
buscamos huellas.
Rápido parpadeo
de un día de verano
que despierta con nosotros.





 




martes, 11 de diciembre de 2007

"Daría todo el oro del mundo", de Jorge Teillier





Daría todo el oro del mundo
por sentir de nuevo en mi camisa
las frías monedas de la lluvia.

Por oír rodar el aro de alambre
en que un niño descalzo
lleva el sol a un puente.

Por ver aparecer
caballos y cometas
en los sitios vacíos de mi juventud.

Por oler otra vez
los buenos hijos de la harina
que oculta bajo su delantal la mesa.

Para gustar
la leche del alba
que va llenando los pozos olvidados.

Daría no sé cuánto
por descansar en la tierra
con las frías monedas de plata de la lluvia
cerrándome los ojos.