lunes, 10 de diciembre de 2007

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento






7






El sol apenas tuvo tiempo para despedirse
escribiendo largas frases
con la negra y taciturna sombra
de los vagones de carga abandonados.
Y en la profunda tarde sólo se oye
el lamentable susurro
de los cardos resecos.












Santiago-Lautaro, 1963



















domingo, 9 de diciembre de 2007

"La niebla que llega del pantano", de Jorge Teillier




Ahora sólo puedo hablar
para los charcos donde se agitan luces lastimeras.
Para los juncos y los cuervos
que acechan los botes de los pescadores.

Recuerdo que estuve aquí en 1940. Con otros amigos
buscábamos pancoras entre las piedras. Un bote pasó
rozando los juncos. Quizás el mismo que se pierde
rozando por última vez el río.

            Tú recuerdas, tú recuerdas
            esta luna de principios de invierno.
            Pero tu pueblo no era éste, tu pueblo
            era de casas blancas bajo el sol del verano.


Ahora sólo puedo hablar
para la niebla venida del pantano.
La niebla borra la cara de los relojes
y se une al eco de las maniobras de soldados
que despiertan el fantasma del huerto de manzanas.

            Tú recuerdas
            que te hablaba de caminos fangosos
            y de la niebla venida del pantano.
            Pero tú no podías oír, tú eras
            de un pueblo de casas de sol
            bajo un día de verano.












sábado, 8 de diciembre de 2007

"Los conjuros", de Jorge Teillier




a Enrique Rebolledo


Los temerosos de los brujos vecinos
lanzan puñados de sal al fuego
cuando pasan las aves agoreras.
Los buscadores de entierros
en sueños hallan monedas de oro.
Los despierta el jinete del rayo
cayendo hecho llamas entre ellos.

Medianoche de San Juan. Las higueras
se visten para la fiesta.
Eco de gemidos de animales
hundidos hace milenios en los pantanos.
Los chimalenes reúnen las ovejas
que huyen del corral.
Aúllan los perros en casa del avaro
que quiere pactar con el Malo.

Ya no reconozco mi casa.
En ella caen luces de estrellas en ruinas.
Mi amiga vela frente a un espejo:
espera allí aparezca el desconocido
anunciado por las sombras más largas del año.

Al alba, anidan lechuzas en las higueras.
En los rescoldos amanecen huellas de manos de brujos.
Despierto teniendo en mis manos hierbas y tierra
de un lugar donde nunca estuve.






 



viernes, 7 de diciembre de 2007

"Luces de linternas rotas", de Jorge Teillier





Luces de linternas rotas
pueden brillar sobre olvidados rostros,
hacer moverse como antorchas al viento
la sombra de potrillos muertos,
guiar la ciega marcha de las nuevas raíces.

Una débil columna de humo a mediodía
puede durar más que las noches de mil años,
la luz de una linterna rota
ha brillado más que el sol en el oeste.

Una mano sobre las aguas
encuentra las mañanas que perdimos.
En las pupilas de un niño
de nuevo se dibujarán los pescadores
devorados por las viejas mareas.

Alguien escuchará nuestros pasos
cuando nuestros pies sean terrones deformes
alguien soñará con nosotros
cuando seamos menos que un sueño,
y en el agua donde pusimos nuestras manos
siempre habrá una mano
descubriendo las mañanas que perdimos.




 





jueves, 6 de diciembre de 2007

"Nieve nocturna", de Jorge Teillier





¿Es que puede existir algo antes de la nieve?
Antes de esa pureza implacable,
implacable como el mensaje de un mundo que no amamos
pero al cual pertenecemos
y que se adivina en ese sonido
todavía hermano del silencio.
¿Qué dedos te dejan caer,
pulverizado esqueleto de pétalos?
Ceniza de un cielo antiguo
que hace quedar solo frente al fuego
escuchando los pasos del amigo que se va,
eco de palabras que no recordamos,
pero que nos duelen como si las fuéramos
            a decir de nuevo.

¿Y puede existir algo después de la nieve,
algo después de la última mirada del ciego a la palidez
            del sol,
algo después que el niño enfermo olvida mirar
            la nueva mañana,
o, mejor aún, después de haber dormido
            como un convaleciente
con la cabeza sobre la falda
de aquella a quien alguna vez se ama?
¿Quién eres, nieve nocturna,
fugaz, disuelta primavera que sobrevive en el cerezo?
¿O qué importa quién eres?
Para mirar la nieve en la noche hay que cerrar los ojos,
no recordar nada, no preguntar nada,
desaparecer, deslizarse como ella en el visible silencio.





 



miércoles, 5 de diciembre de 2007

"Estación sumergida", de Jorge Teillier





Yo no estoy soñando, lo recuerdo, olvidé cómo se soñaba;
quizás esto sea un mar, bien puede ser la tierra,
encima el cielo deshaciendo su cabellera.
Esto no es un mar sin olas, es una lámina descolorida,
un día muerto por dagas invernales, un día fusilado por lluvias.
De pronto lo rompen manotazos de campanas,
            tictaqueos de sombras,
y se cierra como una cuchillada de trenes oxidados
devorando las cerezas maduras del sol.

Propicio tiempo para levantar cruces de barro
en el pecho de mapuches asesinados, para los caballos
            crepusculares
que se extravían en las acequias.
Ya lo sé, debo escaparme de los ahogados que flotan en los pozos,
voy a beber grandes tragos de poemas silvestres
veo desde el umbral al atardecer mordiendo plazas,
aferrándose gelatinosamente a los tejados rotos,
hasta caer junto a muchachas desfloradas en graneros solitarios
a las antiguas bodegas de la noche.

Pálidamente las horas se reúnen a jugar a las cartas
en torno a la mesa de los días,
desconozco el tren que me dejó entre ellas,
viéndolas alimentarse de cantos estrangulados,
persiguiendo a mis amigos, arrastrándolos en el río del tedio.
Yo no sueño, todo cuanto veo es cierto, ellos pasan
del brazo de mujeres desdentadas, riendo largamente.
Una ola invade mi habitación, recuerdo a mi vecina
cantando hasta que el cielo le llenaba las manos de azul,
yo no besé esas manos, yo tenía al viento cordillerano
arañándome, y la muerte oculta tras viejas
            y profundas fotografías.
Aferrado a un puente de madera,
inclinado sobre las venas turbias de la noche
pasan botellas vacías, libros oxidados de relecturas,
el barrio de las prostitutas pobres
donde cierro los labios por no decir mi nombre.
No es nada esto, sólo que a veces siento temor de saber
            quién soy verdaderamente.

Me gustaría despertar con los labios húmedos
como después de los largos besos de las sabias primas,
como si estuviese tomando café servido por mis hermanas.
Pero si abro los ojos también estaré sumergido,
pues la lluvia hace girar su pausado gramófono,
mientras hay un nevar de alas deshechas por los días,
velorios humedecidos de vino, y esta mano helada en mi garganta,
helada como parroquias y confesionarios que no se desprende,
si la pudiese deshacer un brillar de días felices.

Ahora lo sé, he estado siempre despierto,
mirando silenciosamente la estación sumergida
donde los huesos de las nubes hilachean los árboles.
Alguien me debe esperar –quizás algunos muertos—
pues voy hacia las chimeneas rústicas, los aserraderos vacíos,
las grandes, prestigiosas casas de madera sureña venidas abajo
como flores destrozadas por los duros dientes del olvido,
y busco el sol en los huertos cuyos párpados lo esconden.

Todo me espera en la estación sumergida, nuevamente,
en la empapada de malezas, la crecida de sueños angustiados
            y torvos,
mientras el tiempo detenido cierra sus pesados portones
y confusamente respira en el mar del invierno.





* Poema escrito por Teillier a los 17 años (1952, aprox).






martes, 4 de diciembre de 2007

"Imitando a un poeta de principios de siglo", de Jorge Teillier





He recorrido tan pocos caminos
y he cometido tantos errores.
Risible vida, risibles contradicciones,
así fue y así será siempre.

Me entristece mirarte. Otros labios
desgastaron el calor y el latido de tu cuerpo.
Qué importa. Qué importa que caigan sin sentido
tantas lloviznas muertas.

No las temo. No temo
el moho ni la pobredumbre amarillenta.
No nací para una vida dulce y una sonrisa.

El patio de la casa está sembrado
de los cerezos color de osamenta.
Sí, elegí el invierno
y el marchitarse sin ruido
no debe entristecer a nadie.




En HOTEL NUBE, 1996




lunes, 3 de diciembre de 2007

"Un hombre solo en una casa sola", de Jorge Teillier





Un hombre solo en una casa sola
No tiene deseos de encender el fuego
No tiene deseos de dormir o estar despierto
Un hombre solo en una casa enferma.

No tiene deseos de encender el fuego
Y no quiere oír más la palabra Futuro
El vaso de vino se ha marchitado como un magnolio
Y a él no le importa estar dormido o despierto.

La escarcha ha empañado las ventanas
Pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea
Sólo le gustaría tener una copa que le contara
          una vieja historia
A ese hombre solo en una casa sola.

Una historia como las que oía en su casa natal
Historias que no recuerda como no recuerda
          que aún está vivo
Ve sólo una copa vacía y una magnolia marchita
Un hombre solo en una casa enferma.





Publicado en EL MOLINO Y LA HIGUERA, 1993.




domingo, 2 de diciembre de 2007

"Quizás me escucharías", de Jorge Teillier




a Cristina


Quizás me escucharías
Si supieras que a veces mi lenguaje
Es del ciruelo que teme compartir sus frutos
El de los gatos
Que prefieren el tejado
A las caricias y al plato de leche
El de la estrella
Que muere para anunciar el Nacimiento.

Quizás podrías verme
Si mis manos fueran los pedernales
Que iluminaran los azules pozos de tus ojos.

Quizás me escucharías
Cuando en el País de la Escarcha ya no entonaran mis Salmos
Y se alzará la alabanza al pajar del verano
Donde el asno y el buey esperan a los Magos
y a Medianoche
Los pastores tributan el canto de los gallos.

Escucha –sólo por una vez— escucha:
Cuando mi celosa madre la Luna deje de conducirme
Yo entraré –como entraría el Padre—
Sin temor
A la Nochebuena de la vida
Reflejada en un sacerdotal candelabro de manzanas.










sábado, 1 de diciembre de 2007

"Código del Poeta en «La Isla del Tesoro»", de Jorge Teillier y Juan Cristóbal

Fragmentos del capítulo IV de la serie "La Isla del Tesoro"





        Un poeta tiene la obligación de hacer trabajar a su mujer y dejar que se muera de hambre su anciana madre».

        Un poeta debe pedirle plata a su sobrino para irse a beber con los amigos en la tarde y descubrir desde los espejos los ojos verdes de los ciegos.

        Un poeta jamás debe permitir que el cura le enseñe moralejas a sus hijos, ni religión a sus canarios ni persignarse a sus ahijados entre los geranios de la noche.

        Un poeta debe de hacer de su casa el segundo bar, y del bar su segunda casa.

        Un poeta debe tener amistad con los gitanos para que le adivinen el destino de su vida, para que jamás las cóleras del cielo se desaten en su tumba y para que en verano las luciérnagas lo salven de las garras oscuras de la muerte.

        Un poeta debe exigir a sus hijos que sean futbolistas o cantantes de tango en Europa para que ayuden a sobrevivir a su minusválida familia.

        Un poeta jamás debe llorar cuando una muchacha de ojos de ámbar lo abandona en el silencio de los puentes o en los callejones sombríos de los muelles.

        Un poeta debe soñar todas las noches con su amante y fusilar a los enemigos cuando le roban la memoria o el paisaje de los cantos.

        Un poeta debe morir sólo después de haber tomado la última cerveza en la mañana o después de haber fundado las estrellas y canciones con los niños en la lluvia.




en LA ISLA DEL TESORO, 1982 .




viernes, 30 de noviembre de 2007

"Estas palabras", de Jorge Teillier





Estas palabras quieren ser
un puñado de cerezas,
un susurro –¿para quién?—
entre una y otra oscuridad.

Sí, un puñado de cerezas,
un susurro –¿para quién?—
entre una y otra oscuridad.






* Poema perteneciente a la primera parte de PARA UN PUEBLO FANTASMA, publicado en 1978, sección que fue llamada "I. Nadie ha muerto aún en esta casa". Este poema también está contenido en HOTEL NUBE, siendo ambas versiones idénticas.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio





jueves, 29 de noviembre de 2007

"Ella estuvo entre nosotros", de Jorge Teillier






Ella estuvo entre nosotros
lo que el sol atrapado por un niño en un espejo.
Pero sus manos alejan los malos sueños
como las manos de la lluvia
las pesadillas de las aldeas.

Sus manos que podían dar de comer
a la noche convertida en paloma.

Era bella como encontrar
nidos de perdices en los trigales.
Bella como el delantal gastado de una madre
y las palabras que siempre hemos querido escuchar.

Cierto: estuvo entre nosotros
lo que el sol en el espejo
con que un niño juega en el tejado.
Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
en los patios cubiertos por la primera helada.

Sus huellas perdidas
tras una puerta herrumbrosa
cubierta de azaleas.








miércoles, 28 de noviembre de 2007

"Crónica del forastero", de Jorge Teillier


Fragmento



III



Los yuyos derrochan su oro al viento.
Estoy buscando caracoles para ponerlos al sol:
          “Caracol, caracol...”
El primer barco es detenido por un guijarro.
(Quién va a reparar nunca esa pena).

          Te hablo a ti, que has muerto.
          Tú has muerto, tu perro ha muerto ahogado.
          Pero si cierras los ojos vendrá a encontrarte a orillas del río.
          No temas: te hallarás con el niño que vivía a orillas del río.


Vives frente al molino.
La mañana está llena de carretas cargadas de trigo hasta el cielo.
El polvillo de la molienda inunda el patio.
Los mapuches pacientes esperan vender su escaso trigo.
Te asomas a la bodega a ver dormir los sacos.
Cavas la tierra en busca de tesoros guardados por los gnomos.
Si comes toda la sopa te llevarán al circo.
La primera vez que fuiste al cine te dio terror:
soldados en paso de parada se precipitan sobre ti.
Te enseñan a saludar con el puño en alto.
Es en 1938 y va a triunfar el Frente Popular.
Una vez te llevaron a la iglesia, pero sólo sentiste miedo
          ante las imágenes sangrantes.
Una anciana te dio una lámpara.
Durante años has buscado su luz,
para que te saluden las sombras de otro tiempo.

          Una lámpara humilde
          que revele las raíces,
          que haga crecer la oscuridad protectora
          contra la luz cruel y sin memoria.


En los ojos de los bueyes
ves hundirse el río la calle donde creciste.

Te llevan al cementerio
a dejarle flores a la hermana.
Había que arreglar la tumba familiar.
Restos de pequeños huesos chocaban con la pala.
Se sabe, sin embargo, que la vida es eterna.

Mañana de verano (harina y lomas amarillas). Subes a la carretela
          del panadero.
Yo te veo
doblar la esquina
perderte
una mañana de pájaros y leche.





a Octavio Smith, en La Habana











martes, 27 de noviembre de 2007

"Donde una vez", de Jorge Teillier





Donde una vez
los días fluyeron arrastrando luciérnagas,
ahora los resecos lechos acunan duendes burlones
que en la noche descuelgan las estrellas
que recuerdan los amigos aldeanos.

Donde una vez
las tijeras de las mareas
cortaban las rocas,
ahora las cadenas de la lluvia
amarran a todos los viajeros.

Donde una vez
los niños jubilosos gritaron
su descubrimiento del mar de los delfines,
ahora desiertos sin arcas
no atesoran ni la plata de un pez.

Donde una vez
las trompetas de los bosques amarillos
derribaron los muros de la niebla
ahora ni una mano encontraría
el trébol de la buena suerte.

Ahora solos,
solitarios en el centro del espacio
los proscritos que aún no se conocen
velan al borde las hogueras
esperando el estallido de las nuevas navidades.





 




lunes, 26 de noviembre de 2007

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier


Fragmento



3



Recuerdo la Estación Central
en el atardecer de un día de diciembre.
Me veo apenas con dinero para tomar una cerveza,
despeinado, sediento, inmóvil,
mientras parte el tren en donde viaja una muchacha
que se ha ido diciendo que nunca me querrá,
que se acostaría con cualquiera, menos conmigo,
que ni siquiera me escribirá una carta.
Es en la Estación Central
un sofocante atardecer
de un día de diciembre.




Santiago-Lautaro, 1963








domingo, 25 de noviembre de 2007

"Juegos", de Jorge Teillier



a Sebastián y Carolina

Los niños juegan en sillas diminutas,
los grandes no tienen nada con qué jugar.
Los grandes dicen a los niños
que se debe hablar en voz baja.
Los grandes están de pie
junto a la luz ruinosa de la tarde.

Los niños reciben de la noche
los cuentos que llegan
como un tropel de terneros manchados,
mientras los grandes repiten
que se debe hablar en voz baja.

Los niños se esconden
bajo la escalera de caracol
contando sus historias incontables
como mazorcas asoleándose en los techos
y para los grandes sólo llega el silencio
vacío como un muro que ya no recorren sombras.









sábado, 24 de noviembre de 2007

"Relatos", de Jorge Teillier





I

El vuelo de las aves
es un canto recién aprendido por la tierra.
El día entra en la casa
como un perro mojado de rocío.

Mira: se encienden las hogueras de los gallos.
Los cazadores preparan sus morrales.
Los caballos los esperan
rompiendo con sus cascos
el cielo que apenas pesa
sobre lagunas de escarcha.

Tú eres un sueño que no recordamos
pero que nos hace despertar alegres.
Una ventana abierta hacia el trigo maduro.
Busquemos grosellas junto al cerco
cuyos hombros abruman los cerezos silvestres.



II

Un viento de otra estación se lleva la mañana.
Huyes hacia tu casa
cuando el viento dobla los pinos
de las orillas del río.
Ya no quedan grosellas.
¿Por qué no vuelven los cazadores
que vimos partir esta mañana?
Tú quieres que nunca haya sucedido nada
y en la buhardilla abres el baúl
para vestirte como novia de otro siglo.



III

El abandono silba llamando a sus amigos.
La noche y el sueño
amarran sus caballos frente a las ventanas.
El dueño de casa baja a la bodega
a buscar sidra guardada desde el año pasado.
Se detiene el reloj de péndulo.
Clavos oxidados
caen de las tablas.
El dueño de casa demora demasiado
--quizás se ha quedado dormido entre los toneles--.
Una mañana busqué grosellas al fondo del patio.
En la tarde este mismo viento
luchaba con los pinos a orillas del río.
Se detienen los relojes.
Oigo pasos de cazadores que quizás han muerto.
De pronto no somos sino un puñado de sombras
que el viento intenta dispersar.








viernes, 23 de noviembre de 2007

"Para cantar", de Jorge Teillier





Los caballos se detienen.

Los belfos de los caballos desordenan el agua
y mezclan el rostro de las hojas.
Hemos llegado cerca de un pueblo.
La niebla rodea casas que apenas existen.

               Viajemos, antes que las aves
               den comienzo al verano,
               cuando vuelvan al estero
               en busca de su olvidada imagen.


Vamos hacia un lugar que no conozco,
pero cuyo reflejo me permite vivir.
El camino se pierde en la niebla.
Vamos, lento trote de caballos,
el agua aún no se escurre de vuestros belfos.

               Viajemos, antes que las aves
               den comienzo al verano,
               cuando en el estero encuentren
               su antigua imagen olvidada.






 




jueves, 22 de noviembre de 2007

"Otoño secreto", de Jorge Teillier







Cuando las amadas palabras cotidianas
pierden su sentido
y no se puede nombrar ni el pan,
ni el agua, ni la ventana,
y ha sido falso todo diálogo que no sea
con nuestra desolada imagen,
aún se miran las destrozadas estampas
en el libro del hermano menor,
es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
y ver que en el viejo armario conservan su alegría
el licor de guindas que preparó la abuela
y las manzanas puestas a guardar.

Cuando la forma de los árboles
ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
una mentira inventada
por la turbia memoria del otoño,
y los días tienen la confusión
del desván a donde nadie sube
y la cruel blancura de la eternidad
hace que la luz huya de sí misma,
algo nos recuerda la verdad
que amamos antes de conocer:
las ramas se quiebran levemente,
el palomar se llena de aleteos,
el granero sueña otra vez con el sol,
encendemos para la fiesta
los pálidos candelabros del salón polvoriento
y el silencio nos revela el secreto
que no queríamos escuchar.





 


miércoles, 21 de noviembre de 2007

"Antes de la lluvia", de Jorge Teillier





Recuerdo tus palabras
mientras las nubes se reunían
preparando una lluvia
que yo no esperaba.
Hablabas de ciudades
donde nadie amaba a nadie,
de bares donde sólo hallabas desconocidos,
de gorriones a los que dabas migas de pan
en parques solitarios.

Recuerdo tus palabras,
pero recuerdo más aún tu silencio
que se reunió al gran silencio de antes de la lluvia.
y entonces huimos tomados sin saber cómo de las manos,
ensordecidos por el estruendo de la lluvia.



en El árbol de la memoria, 1961