viernes, 29 de febrero de 2008

"Último día de vacaciones", de Jorge Teillier




El Waltham del abuelo cae en el lago
y muere su último tictaquear de plata.
Los hongos venenosos esperan la lluvia.
El atardecer vierte yodo
sobre las heridas de los tejados.

Las vendedoras de castañas han juntado dinero
para comprar levadura o un almud de carbón. Yo
preparo el Bachillerato. Pero sólo veo
la araucaria olfateada por el Lobo Estepario.

Sin embargo, en el Club la vida es verdadera:
se discute el precio del trigo,
el abogado recuerda su destreza al billar;
ebrio, el profesor de matemáticas
se declara a la niña del calendario,
un jubilado pregunta por el Diario Oficial.

Llueve sobre los hongos venenosos, sobre castillos
de madera podrida. Pero el tren anuncia silbando
que nos llevará hacia el Norte, hacia el verano.
















jueves, 28 de febrero de 2008

"Por última vez", de Jorge Teillier



Por última vez
fui a tu casa
y frente a la reja de calle
sólo había un pájaro muerto,
y yo no te vería nunca más
y la ciudad era un monumento fúnebre.
De vuelta
todas las muchachas hermosas se parecían a ti,
no quería oír más
las canciones que escuchábamos juntos,
como siempre
vi como se entrelazaban
las vigas de fierro del gran osario de la Estación,
y juré no verte más,
no verte nunca más,
y tú habías citado un verso mío
escrito en la misma Estación:
“Me acostaré con cualquiera menos contigo”.
Las ruedas del tren me repetían esa frase
y yo me desperté cerca del pueblo
que no sería más el mismo pueblo
porque un día te llevé a él,
y quisiera estar en alguno
donde nada pudiera hacerme recordarte,
pero qué cosas pueden no hacerme recordarte.






* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".







miércoles, 27 de febrero de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento





14



Podremos saber
que nada vale más
que la brizna roída por un conejo
o la ortiga creciendo
entre las grietas de los muros.
Pero nunca dejaremos de correr
para acompañar a los niños
a saludar el paso de los trenes.










Santiago-Lautaro, 1963





* Publicado originalmente en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS (1964) y posteriormente publicado en MUERTES Y MARAVILLAS, en 1971. Este poema aparece por primera vez con el número “15” en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS, siendo ambas versiones idénticas.

© Nota de Juan Carlos Villavicencio








lunes, 25 de febrero de 2008

"A un niño en un árbol", de Jorge Teillier




Eres el único habitante
de una isla que sólo tú conoces,
rodeada del oleaje del viento
y del silencio rozado apenas
por las alas de una lechuza.

Ves un arado roto
y una trilladora cuyo esqueleto
permite un último relumbre del sol.
Ves al verano convertido en un espantapájaros
cuyas pesadillas angustian los sembrados.
Ves la acequia en cuyo fondo tu amigo desaparecido
toma el barco de papel que echaste a navegar.
Ves al pueblo y los campos extendidos
como las páginas del silabario
donde un día sabrás que leíste la historia de la felicidad.

El almacenero sale a cerrar los postigos.
Las hijas del granjero encierran las gallinas.
Ojos de extraños peces
miran amenazantes desde el cielo.
Hay que volver a tierra.
Tu perro viene a saltos a encontrarte.
Tu isla se hunde en el mar de la noche.


















domingo, 24 de febrero de 2008

"Andenes", de Jorge Teillier




Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea,
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar el viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras –para los parientes que te esperaban—
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.











sábado, 23 de febrero de 2008

"Encuentros con Teillier", de Juan Cameron




No recuerdo bien cuando conocí a Jorge Teillier, sino por unas borrosas imágenes que aún guardo fichadas para su elaboración posterior. Allí vislumbro un ejemplar de los premios CRAV que hojeo desaprensivamente en clase de francés. Su escritura me sorprende; por alguna razón en aquellos años de curiosidad e ignorancia, la considero poética. Las aguas cambian de color. Una barca negra se acerca. Pero no son las negras aguas del símbolo de la muerte, sino el montaje de dos detonaciones lo que produce ese efecto, ese desaliento. Y sin embargo aquella escritura de más rica figuración no logra llevarme a los campos donde pasta el logos. Siempre guardo sus poemas en secreto, por temor a quienes pudieran indicarme que tal expresión no correspondiera al verdadero oficio.

Una segunda imagen se reproduce en el Refugio López Velarde. Es una fotografía fechada en abril de 1979, en la cual comparto con Jaime Goycolea, Rolando Cárdenas, María Angélica Selman y Jorge Teillier. Su autora, Leonora Vicuña, se ha subido a una silla para destacar las dos botellas de Santacarola blanco que bebemos en atento conversatorio, a juzgar por los rostros. Atrás un calendario traiciona mis afirmaciones: 1978, un 78 tres o cuatro veces repetido, Jorge luce de perfil, sano, brillante; de chaqueta y camisa negra sonríe a un punto intermedio entre Rolando y Jaime. La cámara oscura nos rescata y fija en el tiempo acusando la piel de la desidia. Pero antes, un rato antes, a fines de la década anterior, la de Tlatelolco, Los Beatles, la de mayo del 68 y Viet-Nam y el triunfo de tanta y tanta revolución, le pregunto, “¿tu padre también es Teillier?”; “¿crees que soy huacho?”, contesta. Cuando preside la mesa no se habla de metáforas, ni de asuntos trascendentes; menos aún de seudónimos. Sólo el fútbol, el tango y el juego de palabras puede compartir el ruido de las copas.

En las sombras aparece vinculado a León Ocqueteaux, el de Cuerno de Caza, el de los Pájaros 1943 ¿Qué será del andino y dulce guatón Ocqueteaux? A través de él, creo, llegó a la Unión Chica donde los viejos veteranos del setenta y tres proclaman la independencia de cualquier cosa.

Poco después, movido por el amor y los Ferrocarriles del Estado desciendo en Talca para estirar las piernas. Hace frío; el andén solitario y nocturno invita a la reflexión. Alguien, en iguales menesteres, camina en dirección contraria. Es Jorge, quien invitado por la Ilustre (la de esos tiempos) Municipalidad de Chillán, viaja a la inauguración del mural de Escames. Con algunas botellas -no las de más arriba- compradas en el coche comedor, continuamos viaje bien hablando de Esenin, de las mujeres y de sus hermanos boxeadores. En Chillán quiere bajarme. Me niego; otros asuntos me arrastran más al sur. Insiste: estará lo mejor las diestras cabezas de una generación dispersada. Más nunca bajé en Chillán. Gracias, le digo ahora a ese muchacho de 35. Nadie jamás se salva. El nombre de aquella lo borré bajo las vías férreas como todo lo pasado bajo el cuerpo.

Regreso a Chile a comienzos del 77. Desde allí la poesía nos ha reunido en diversos eventos: en el triángulo de las Bermudas, en Temuco, en cierto homenaje a Nicanor, a través de una línea telefónica entre la Sociedad de Escritores y la Clínica Suecia. Aquellas, y ninguna otra, son las mejores vinculaciones. Pero tampoco ahora paso en sus territorios. Algunos compartimos esas libaciones: Álvaro Ruiz, Aristóteles España, Enrique Valdés. Pero esos lares no son los mismos de la página en blanco. Aquellos se encontrarán en ciertos “trilces”, Pérez, Embry, Quezada, en otros posteriores, Rosabetty Muñoz, Sergio Mansilla, Mario Contreras Vega, Elicura Chihuailaf, Ramón Díaz Eterovic, unos pocos más. No importa. O el mundo es de los mejores o estamos en el mejor de los mundos. Tal vez no sea sino una manzana. En todo caso, salud Jorge. Mañana será otro día.






en Revista Contramuro, 1987.






viernes, 22 de febrero de 2008

"Reconstrucción", de Jorge Teillier

Fragmentos








II


Fuiste el único rayo de sol en mi ventana
(Espero que no te dé celos que rime con Mariana)
tan inexistente como la lluvia que esperaba en el Sur.




IV


Me persiguen nombres de gatos
(“My Lord”, “Pimienta”, “No me olvides”,
Perdónenme Molly Ingenio (señorial dueña de casa)
y María Celeste, enana misteriosa como un barco desguazado.
En mi muñeca hay un gato negro
que Isabel, Reina de los Gitanos, me regaló en la iglesia
sin pedirme en cambio
sino un gato blanco y una hostia.




X


PD: Te amo
(sabes que soy un buen plagiario)
Soy el único habitante del Club Social,
y ni siquiera “pasaré por la
República a bordo de una nube”.


























jueves, 21 de febrero de 2008

"A mi madre", de Jorge Teillier




De ti guardo el amor a las casas de madera,
al olor de la harina tostada
y del pan amasado
y del fuego que crepita dulcemente en la chimenea
y de contar sólo hermosos sueños.

Comprendo que no supe comprenderte
que creí poder vivir solo.
Vuelvo a mirarte
en un campo que tú amarías
aunque aquí no llueva sobre el techo de alerce rojo
de tu casa que te quitaron.

Vuelvo a mirarte
en una ciudad tan lejana,
tan fría, tan ruidosa.
Añorando los cerezos de tu patio, el huerto del patio,
la flor de la pluma,
escribiendo tus simples poemas
sobre tu niñez sureña y cantarina
como el galope del caballo de tu padre.

Ahora te recuerdo
mucho más que cuando se te empañaban los ojos
cuando yo partía alegremente a la ciudad
esa ciudad que era tu enemiga.

Ahora te recuerdo
y quizás tu muerte
me haría menos daño
que tu exilio.






* Poema publicado en HOTEL NUBE, el año 1996.

* Doña Sara Sandoval Matus fue la madre de Teillier. Originaria de Chillán, tuvo que partir al exilio con don Fernando Teillier cuando los golpistas se tomaron el gobierno del Presidente Salvador Allende Gossens en 1973.


© Nota de Juan Carlos Villavicencio





miércoles, 20 de febrero de 2008

"Murió Cárdenas", de Jorge Teillier




El poeta Lorenzo Peirano llega desde Coinco
a la calle Esperanza, luego, respirando
callejones, pasa por Libertad y me envía a La
Ligua un telegrama: “Murió Cárdenas”.
Nos vimos por última vez un 18 de Septiembre
en Inés de Suárez, la ciudad estaba
embanderada en honor de nuestro encuentro.
Ahora sólo puedo esperar que nos encontremos
junto a Samuel Donoso para leer a Saint—John—
Perse y cantar: “Oh que dulce es el misterio de
la vida”. Espérame Rolando. Has dado la señal.”







1990

* Publicado en EL MOLINO Y LA HIGUERA, 1993.

* La calle Esperanza está ubicada cerca del barrio Brasil, en Quinta Normal, Santiago de Chile.

* El parque Inés de Suárez (En conmemoración a la amada española del conquistador Pedro de Valdivia) está ubicado en la comuna de Providencia, bordeado por las calles Antonio Varas y Bilbao, en Santiago de Chile.

* Samuel Donoso González, "Chamelo", fue amigo de Teillier. Nació en Lautaro en 1933 y fue también integrante de la “Cofradía de las República de Lautaro y Guacolda”, publicando los poemas "Elegía al regreso", "Elegía a la despedida", "Cuando el día" y "Exordio a la manera de León Felipe".

* Saint-John Perse (realmente llamado Alexis Saint-Legér Léger) nació el 31 de mayo de 1887 y murió el 20 de septiembre de 1975. Fue un poeta de origen francés que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1960.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio



martes, 19 de febrero de 2008

"Ahora que de nuevo", de Jorge Teillier




Ahora que de nuevo nos envuelve el Invierno
enemigo de los vagos y los ebrios,
el viento los arrastra como a las hojas del diario de la tarde
y los deja fuera de las Hospederías,
los hace entrar a escondidas a dormir hasta en los Confesionarios.

Conozco esas madrugadas
donde buscas a un desconocido y un conocido te busca
sin que nadie llegue a encontrarse
y los radiopatrullas aúllan amenazantes
y el Teniente de Guardia espera con su bigotito de aprendiz de nazi
a quienes sufrirán la resaca por no pagar la multa.

Ahora que de nuevo nos envuelve el Invierno
pienso en escribir
sobre los areneros amenazados por la creciente
sobre un reo meditabundo
que va silbando una canción,
sobre las calles del barrio
donde los muchachos hostiles al forastero
               buscan las monedas para el flipper
y los dueños del almacén de la esquina
esperan entumecidos al último cliente,
mientras en el clandestino
los parroquianos no terminan nunca su partida de dominó.

Ahora que de nuevo nos envuelve el Invierno
veo un farol transformado en santo por un nimbo de niebla
y los amantes desamparados
besándose apegados a los cercos.

Ahora que de nuevo nos envuelve el Invierno
pienso que debe estar lloviendo en la Frontera.
Sobre los castillos de madera,
sobre los perros encadenados,
sobre los últimos trenes al ramal.
Y vivo de nuevo
junto a Pan de Knut Hamsun lleno de fría luz nórdica y
               exactos gritos de aves acuáticas,
veo a Blok errando por San Petersburgo contemplado por el
               Jinete de Bronce
y saludo a Sharp, a Dampier y a Ringrose jugándose en Juan
               Fernández el botín robado en La Serena.

Me han llegado poemas de amigos de provincia
hablando de una gaviota muerta sobre el techo de la casa
del rincón más oscuro de una estrella lejana
de navíos roncos de mojarse los dedos.

               Y pienso frente a una chimenea que no encenderé
en largas conversaciones junto a las cocinas económicas
y en los hermanos despojados de sus casas y dispersos
               por todo el mundo huyendo de los Ogros
esos hermanos que han llegado a ser mis hermanos
y ahora espero para encender el fuego.







* Este poema fue publicado en CARTAS PARA REINAS DE OTRAS PRIMAVERAS, en 1985.

* Los versos "sobre un reo meditabundo / que va silbando una canción" son parte del tango "Silbando", compuesto en 1923 y fue cantado por primera vez por Azucena Maizani, pero fue grabado por primera vez en 1925por ella acompañada por la Orquesta de Francisco Canaro, mientras por otra parte -el mismo año- Carlos Gardel también grababa "Silbando" con las guitarras de Ricardo y Barbieri. Compuesta por Cátulo Castillo y Sebastián Piana, la letra pertenece a José González Castillo. La letra es la siguiente: "Una calle en Barracas al Sur,/ una noche de verano,/ cuando el cielo es más azul/ y más dulzón el canto del barco italiano.../ Con su luz mortecina, un farol/ en la sombra parpadea/ y en un zaguán/ está un galán/ hablando con su amor...// Y desde el fondo del Dock,/ gimiendo en lánguido lamento,/ el eco trae el acento/ de un monótono acordeón;/ y cruza el cielo el aullido/ de algún perro vagabundo,/ y un reo meditabundo/ va silbando una canción...// (Silbido) Una calle... Un farol... Ella y él.../ Y llegando, sigilosa,/ la sombra del hombre aquél/ a quien lo traicionó una bella ingrata moza.../ Un quejido y un grito mortal,/ y, brillando entre la sombra,/ el relumbrón/ con que un facón/ da su tajo fatal...// Y desde el fondo del Dock,/ gimiendo un lánguido lamento,/ el eco trae el acento/ de un monótono acordeón;/ y al son que el fuelle rezonga/ y en el eco se prolonga,/ el alma de la milonga/ va cantando su emoción.//" (La negrita es mía.)

* Knut Hamsun (de verdadero nombre Knut Pedersen) nació el 4 de agosto de 1859 en Lom, Noruega, y murió en Grimstad, el 19 de febrero de 1952. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1920. Escribió en 1884 la novela Pan. El mundo lo castigó severamente con la pobreza y su espalda luego de la caída de los nazis, a los que había brindado su apoyo.

* Alexandr Alexándrovich Blok (en sirílico: Александр Александрович Блок) nació el 28 de noviembre de 1880 y murió el 7 de agosto de 1921.

* San Petersburgo fue fundada por el zar Pedro el Grande el 16 de mayo de 1703 y fue conocida como Leningrado durante el regimen soviético entre 1924 y 1991.

* El "Jinete de bronce" es un monumento en San Petersburgo en honor al fundador, el zar Pedro el Grande. Los bocetos estuvieron a cargo del escultor francés E.M. Falconet, quien fue invitado por Catalina II. La creaciçon del modelo duró 3 años, desde 1768 a 1770). La cabeza de Pedro I fue realizada por el alumno de Falconet, M.A. Collot, mientras que el diseño del pedestal estuvo a cargo del arquitecto Yuriy Velten. El pedestal pesa 1600 toneladas y es un enorme monolito de granito encontrado en las cercanías de San Petersburgo. Como un témpano de piedra, sólo es presenciada su parte superior. Tomó 9 meses para llevarlo al lugar de construcción y simboliza una ola que representa la inspiración de Pedro el Grande de conquistar el Mar Báltico para Rusia. Por otra parte, el caballo encabritado es símbolo de la reformulación de Rusia por el zar, mientras que la corona de laurel en la cabeza de Pedro el Grande simboliza la gloria. La serpiente pisoteada por el caballo es una alusión de los episodios de la Guerra del Norte.

* Los famosos bucaneros del Mayflower -Bartholomew Sharp, William Dampier y Basil Ringrose- recalaron en los primeros días de enero de 1681 a la Isla Juan Fernández. Venían maltrechos tras la muerte de su valiente Capitán Sawkins y haber sido aullentados de Ilo, Coquimbo y La Serena por la armada Española. Sharp fue depuesto en la Isla y John Watling fue elegido por la tripulación para tomar el comando.

* El último verso de la penúltima estrofa está constituido por un verso ("navíos roncos de mojarse los dedos") de Mario Contreras Vega (nacido el 14 de octubre de 1947 en Coyhaique, Chile) del libro Entre Ayes y Pájaros (1981), particularmente del poema "Invierno en Chiloé", que dice así: "Y no hay nadie./ No hay nada.//Salvo el sabor salobre del mar que esparce el viento/ entrañas de cipreses galopando en la orilla/ de la lluvia.// Y no hay nadie,/ no hay nada/ en este invierno nuestro.// (Agazapados los hombres admiran ese viento/ los árboles que vuelan sin alas en la noche/ los feroces alambres que silban alumbrando...)// Y los navíos roncos de mojarse los dedos/ que en la muralla verde se hunden, dormidos.//" (La negrita es mía.)

* En el original de CARTAS PARA REINAS DE OTRAS PRIMAVERAS, en la quinta estrofa, el v9 dice: “veo a Block errando por San Peterburgo contemplado por el Jinete de Bronce".



© Notas de Juan Carlos Villavicencio








lunes, 18 de febrero de 2008

"Señales de vida. Primera parte", de Jorge Teillier y Juan Cristóbal

Fragmentos

Los tiempos cambian,
pero yo no cambio

BILL HARRIGAN


               1

Ancón Inn el paraíso de los hombres solteros
Donde las noches son verdes y las cervezas azules


               2

Miss Allison K0 Martínez la recuerda
Le envía un cesto de frutas
Y un canto de sirenas


               4

En Huancayo las campesinas hacen blusas a mano
Con sueños de diferentes colores


               5

Ésta es la isla de John Silver
Donde los loros se desmayan tomando un vaso de leche
Y viendo pasar los traseros más hermosos del universo


               10

En el Parque Universitario juegan ajedrez
(En las noches asan fritanguitas / Y en octubre se visten
          de morado)
Mientras en los niños que lustran zapatos de ojos profundos
Se ven joyas que alguna vez se apagaron


               11

Pero nosotros seguimos bebiendo «un vaso de muerte»
«Como quien lanza un trompo de siete colores por el patio
          de la escuela»
Sin embargo no entramos a ningún monasterio


               12

Amigo de los muelles y de las antiguas tristezas y
          las viejas retamas
No des señales de muerte
Esquiva en el alba los golpes de la vida
Y sigue desayunando como los viejos granujas sueños y cervezas





en LA ISLA DEL TESORO, 1982.








domingo, 17 de febrero de 2008

"Lluvia inmóvil", de Jorge Teillier



No importa que me hayas cortado siete espigas
yo he roto todos los espejos
he cerrado todas las ventanas
y estoy condenado a permanecer
inmóvil en este pueblo
donde entre la lluvia y la vida hay que elegir la lluvia
donde el Hotel lo he bautizado Hotel Lluvia
donde los plateados élitros de la Televisión
relucen sobre tejados marchitos.

Tú me dices que todo se recupera
y que mi rostro aparecerá
en un río que ya he olvidado
y hay un camino para llegar a una casa nueva
creciendo en cualquier lugar del mundo
donde nos espera un niño huérfano
que no sabía éramos sus padres.

Pero a mí me han dicho que elija la lluvia
y mi nuevo nombre le pertenece
un nombre que no puede borrar ninguna mano
sino la de alguien que me conoce más que a mí mismo
y reemplaza mi rostro por un rostro enemigo.





* Poema perteneciente a la primera parte de PARA UN PUEBLO FANTASMA, publicado en 1978, sección que fue llamada "I. Nadie ha muerto aún en esta casa". Este poema también está contenido en HOTEL NUBE, siendo ambas versiones idénticas.

* Las "siete espigas" del primer verso tienen como referente al texto bíblico ubicado en el libro del Génesis, espécificamente en el cápitulo 41 de éste. En la versión Reina-Valera (1602) dice entre el primer y séptimo versículo: "1. Y aconteció que pasados dos años tuvo Faraón un sueño: Parecíale que estaba junto al río; / 2. Y que del río subían siete vacas, hermosas á la vista, y muy gordas, y pacían en el prado: / 3. Y que otras siete vacas subían tras ellas del río, de fea vista, y enjutas de carne, y se pararon cerca de las vacas hermosas á la orilla del río: / 4. Y que las vacas de fea vista y enjutas de carne devoraban á las siete vacas hermosas y muy gordas. Y despertó Faraón. / 5. Durmióse de nuevo, y soñó la segunda vez: Que siete espigas llenas y hermosas subían de una sola caña: / 6. Y que otras siete espigas menudas y abatidas del Solano, salían después de ellas: / 7. Y las siete espigas menudas devoraban á las siete espigas gruesas y llenas. Y despertó Faraón, y he aquí que era sueño." (Las negritas son mías.)

© Notas de Juan Carlos Villavicencio





sábado, 16 de febrero de 2008

"Carta", de Jorge Teillier




Cuando al fin te des cuenta
que sólo puedo amar los pueblos
donde nunca se detienen los trenes,
ya podrás olvidarme
para saber quien soy de veras.

Sabrás quien soy de veras
y los anillos de la corteza del árbol
serán señal de nuestros desposales,
y podrás entrar al bosque
donde te hallé antes de conocerte.

Y el bosque donde te hallé sin conocerte
se llenará con las hojas de mis palabras.
La noche será luminosa de ojos de caballos
que vienen a beber las aguas del recuerdo
para que siempre haya un amor que no muere.

Porque siempre hay en mí un amor que no muere
y eso te lo dirán los pueblos donde el tren no se detiene,
y el guitarrista ebrio
que entona la canción que te escribí
hará detenerse el remolino de las calles
para mostrarte el camino hacia el bosque.






* Poema perteneciente a la primera parte de MUERTES Y MARAVILLAS (de un total de ocho), publicado en 1971, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".






viernes, 15 de febrero de 2008

"No vi su rostro muerto", de Lorenzo Peirano




Ya han pasado más de cuatro años... cuatro años que uno no logra asimilar. Jorge Teillier murió ayer o quizás hoy día. Su entierro en La Ligua aún se lleva a cabo: alumbra un sol humosamente claro, como neón de funeraria; una banda, por otros motivos, toca cerca de la iglesia; los escritores se saludan; hay evocaciones y lecturas de los poemas del amigo muerto. En la entrada del cementerio recitan "El poeta de este mundo" y hablan en nombre de "La Unión Chica", desde la tragedia de Edgar Allan Poe y Teófilo Cid, Miguel Serrano pronuncia palabras entrañables: "Tu hermana muerta permanece en ti, y por eso ahora no estás solo, y ella te enseñará el camino de la patria mágica"; luego cantan "Un desconocido silba en el bosque", mientras la urna va camino hacia la tumba.

Sin embargo, junto a ese "ahora" doloroso que es recuerdo, existen otros recuerdos: Santiago, una tarde de verano, una pieza vieja en la penumbra (escapamos del calor) a la que llamamos living; Jorge Teillier dice: La vida es trabajo; enseguida busca entre sus papeles, comentando: No me acuerdo cómo es (se refiere a un poema reciente); lo escribí en un bar; al fin comienza a leer: Esto ocurre en un bar-restorán en el barrio oriente. La garzona me dice que si soy de verdad Jorge Teillier, mientras abre una botella de vino blanco, el más barato. Yo le digo que sí lo soy, y le regalo un cuarteto de Apollinaire sin firmarlo, escrito en una servilleta. Ella me dice "estudié literatura y conozco a Apollinaire, pero usted me gusta más que Apollinaire". Perdón, Guillermo, yo digo ahora. Tú sabes que eres mucho mejor que yo. Esto pasó en Santiago de Chile. Blaise Cendrars también creía que tú eras mejor que él. Después fui a tomar el metro, los ciegos cantaban peor que nunca; pero me di cuenta de que la poesía existe y dije "Guillaume, recuerda, el otoño es nuestro". Terminada la lectura, Teillier sonríe con timidez y agrega: Es un poema cómico, anecdótico; es como una página de diario; lo escribí inmediatamente; después lo voy a cambiar, por supuesto; pero la anécdota es verdadera. Y comprendo entonces que esta tristeza y esta nostalgia forman parte de un "claroscuro" que otro poeta y hermano me ha enseñado. Porque, ya lo sabemos, Jorge Teillier no llegaba, sino que aparecía.

Nuevamente estoy en la iglesia; me encamino hacia el ataúd (Pero una banda de músicos ebrios / nos guía hacia circos pobres / para que hallemos a todos los amigos), me encamino hacia su rostro seguramente ya distinto; me encamino y me detengo; no veré su rostro muerto; es imposible todo esto. ¿Qué han visto los que han mirado a través del vidrio de esa urna? (Yo me invito a entrar / a la casa del vino / cuyas puertas siempre abiertas / no sirven para salir). Quiero hablar del hombre vivo; recuerdo los años ochenta, cuando algunos sostenían que Teillier era un poeta en decadencia, casi un personaje. Pero el poeta de Lautaro, el niño que a campo traviesa / va hacia la casa de los vecinos / con un ganso bajo el brazo / bajo la luna espiada por cohetes / en la que no se verán ya nunca más / la Virgen, San José y el niño, el hombre tranquilo que todo lo sabía, se encontraba en un "plano de existencia - aquí y ahora, como diría Armando Uribe- superior". En aquellos días colaboraba en revistas y folletos; cosas que editaba la gente joven. En los noventa empezó un reconocimiento más "efectivo" (en el mundo práctico): traducciones de sus poemas al inglés, antologías y una candidatura al Premio Nacional: Me interesa la parte económica. Así me salvo del asilo de ancianos o del Hogar de Cristo, del que estoy muy cerca, declaró al respecto entrevistado por Las Ultimas Noticias. También aparecen en mi mente ciertos impostores que pretendían contraponer Hotel lucero a Hotel nube. Ciertas astutas discusiones sobre la "rigurosidad" en el lenguaje y los puntos medios de los lados del triángulo y los estribillos periódicos... Hablar del hombre vivo, de aquella vez en que con una tristeza inmensa me dijo no entender por qué hacían esto, tras leer "Un largo día viernes". Todavía lo escucho comentar muy sorprendido, ante la reedición de "Para ángeles y gorriones". Me lo van a publicar de nuevo... dicen que les gusta a los jóvenes, cosa muy rara... El hombre vivo que, como escribió Sara Vial, "supo decirnos, casi al oído, la belleza".

El poeta Jorge Teillier murió en el año bisiesto de 1996, cuando el sol se encontraba en Tauro, un lunes del mes de abril. No voy a referirme a esa mañana espantosa. Tengo junto a mí algunos recortes de diario; lo que se publicó después de su "deceso". El Dr. O'Connor, un señor de rasgos marcados y cigarrillo en la comisura de los labios, escribió: Y ahora, la misma chunga cultural que ha logrado ponerlo en boca de todos, y que supo derramar lágrimas de cocodrilo, a la hora undécima (cuando ya estaba bien frío y no podía molestar a nadie), nunca fue capaz de darle un saludo con el sombrero en la calle. ¿Qué pueden tener que ver con la poesía, sobre todo cuando alcanza niveles sublimes?

En días pasados se discutió mucho sobre el último Premio Nacional de Literatura. El hecho es que podemos pensar si es merecido o no; podemos, ya lo entendemos, tratar el tema a viva voz. Sin embargo, los ataques de que ha sido objeto el galardonado se encuentran bien lejos de la prudencia y, evidentemente, de la literatura. Teillier y Zurita no fueron amigos, eso está muy claro; pero imagino que a Teillier no le gustaría el nivel de la controversia. Por último, no olvidemos que a Jorge Teillier este "reconocimiento" le fue negado, y eso es lo grave, y para siempre.





Domingo 29 de Octubre de 2000





jueves, 14 de febrero de 2008

"Los trenes de la noche", de Jorge Teillier

Fragmento





13



Sobre el techo recién pintado de azarcón
de la bodega triguera
enredada en la humareda que deja el tren nocturno
aparece una luna con cara de campesino borracho,
enrojecida por el resplandor de los roces a fuego.









Santiago-Lautaro, 1963





* Publicado originalmente en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS (1964) y posteriormente publicado en MUERTES Y MARAVILLAS, en 1971. Este poema aparece por primera vez con el número “14” en LOS TRENES DE LA NOCHE Y OTROS POEMAS.


Alteración histórica detectada:
(En negritas el cambio dado entre los distintos libros. El verso por estrofa está designado como vX, siendo X el número del verso que corresponda.)

* La única diferencia se da en que en la versión original, al final del v4 no va la “,”.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio





miércoles, 13 de febrero de 2008

"Tarjeta postal", de Jorge Teillier




Me decías que no me enamorara de tu hermana menor,
aquella que aún temía a los duendes
que salen de los rincones a robar nueces.
Y yo te contestaba
que en el cielo podía leer tu nombre
escrito por los pájaros
y que las nubes flotaban como los gansos
en el patio dominical de tu casa
que me hablaba con su lenguaje de gorriones.

Este domingo me veo de nuevo en el salón
mirando revistas viejas y daguerrotipos
mientras tú tocas valses en la pianola.

Alguien me ha dicho en secreto que la primavera vuelve.
La primavera vuelve pero tú no vuelves.
Tu hermana ya no cree en los duendes.
Tú no sabrías escribir mi nombre
en los vidrios cubiertos de escarcha,
y yo sólo puedo contar mis recuerdos
como un mendigo sus monedas en el frío del otoño.






* Este poema fue publicado en POEMAS DEL PAÍS DE NUNCA JAMÁS (1963), siendo la presentada aquí su versión definitiva, publicada en MUERTES Y MARAVILLAS, en 1971.


Alteraciones históricas detectadas:
(En negritas los cambios -introducción, yuxtaposición, error o supresión- dados entre los distintos libros. Los versos por estrofa están designados como vX, siendo X el número del verso que corresponda.)

Segunda estrofa: en la versión de POEMAS DEL PAÍS DE NUNCA JAMÁS, esta estrofa iba unida a la primera y decía: “Y este domingo me veo de nuevo en el salón/ mirando revistas viejas y daguerrotipos/ mientras tú en el autopiano tocas valses añejos.//

Tercera estrofa: sólo pequeñas modificaciones. El v1 de esta versión corresponde al v1 y v2 de la versión de POEMAS DEL PAÍS DE NUNCA JAMÁS. En el último verso una breve modificación: “como el mendigo sus monedas en el frío del otoño.”


© Notas de Juan Carlos Villavicencio







sábado, 9 de febrero de 2008

"Un año, otro año", de Jorge Teillier




El que durmió largo tiempo despertó en la fría tarde,
foráneo y solo en el sur donde nace la lluvia.


Juan Cunha

I

En el confuso caserío
la luna escarcha los tejados.
El río echa espumas
de caballo enfurecido.
Se extingue una nube rojiza
que es el último resplandor de la fragua.

Nadie mira hacia las ventanas
después que el día huye
entre las humaredas de los álamos.
Ha huido este día que es siempre el mismo
como la historia contada por el anciano que perdió la memoria.

Termina el trabajo. Y todos: miedosos avaros
que alguna vez disparan contra las sombras del patio,
carpinteros ebrios, con las ropas aún llenas de virutas,,
ferroviarios enhollinados, pescadores furtivos,
esperan en silencio
la hora del sueño pronunciada por relojes invisibles.

Nadie mira hacia las ventanas.
Nadie abre una puerta.
Los perros saludan a sus amos difuntos
que entran a los salones
a contemplar el retrato
que un domingo se sacaron en la plaza.
El pueblo duerme en la palma de la noche.
el pueblo se refugia en la noche
como una liebre asustada en una fosa.



II

Bebo un vaso de vino
con los amigos de todos los días.
Gruñe desganada la estufa.
El dueño del Hotel cuenta las moscas.

Los desteñidos calendarios
dicen que no se debe hablar.
“No se debe hablar”, “no se debe hablar”
repiten las moscas, la estufa, la mesa
donde nos agrupamos como náufragos.
Pero bebemos mal vino
y hablamos de cosas sin asunto.



III

El viento silba entre los alambres del telégrafo.
Malas señales: aullidos frente a una puerta que nadie abre.
Y tras la máscara del sueño
me espera el día que ahora creo abandonar.






* Versión definitiva que aparece en MUERTES Y MARAVILLAS (1971), pero que originalmente está incluida en EL ÁRBOL DE LA MEMORIA (1961). En la versión inicial el epígrafe correspondía al epígrafe general de la última de las tres partes en que se dividió EL ÁRBOL DE LA MEMORIA.

* Juan Cunha nació en Sauce de Illescas (Florida, Uruguay) en 1910 y murió en 1985. Fue poeta y gran amigo de Humberto Díaz-Casanueva.


Alteración histórica detectada:
(En negritas el cambio dado entre los distintos libros. El verso por estrofa está designado como vX, siendo X el número del verso que corresponda.)

Parte “I”

Segunda estrofa: entre el v2 y el v3 había un verso en la versión primera: “como chirriante carruaje”. Hay modificaciones en los dos últimos versos de esta estrofa, pues antes rezaban: “Ha huido este día que siempre es el mismo/ como historia de ancianos que pierden la memoria.”

Tercer estrofa: el poeta agrega la primera “,” del v3 en la versión final. El v5 en la versión anterior dice: “esperan en “silencio –sin saber por qué-”.

Cuarta estrofa: en la versión original esta estrofa se dividía en dos estrofas y rezaba: “Nadie mira hacia las ventanas. / Nadie se atreve a abrir una puerta. / Los perros saludan a sus difuntos amos/ que entran a los salones/ a contemplar el retrato que se sacaron un domingo/ en la plaza. /El pueblo duerme en la palma de la noche/ como un trompo en la mano de un niño enfermo. // El pueblo se refugia en la noche/ como una liebre en una fosa abandonada.//

Parte “II”

Primera estrofa: en el último verso, la palabra “hotel” no iba con mayúscula, en la versión de EL ÁRBOL DE LA MEMORIA.

Segunda estrofa: el v3 y el v4 eran, originalmente, de la siguiente manera: “‘No se debe hablar’, repite/ el viento, repiten las moscas, la mesa”.

Parte “III”

Estrofa única: entre el v2 y el v3 iba en la primera versión otro verso: “Me sigue la sombra retorcida de un árbol.”.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio





viernes, 8 de febrero de 2008

"Twilight", de Jorge Teillier





Todavía yace bajo el manzano
el tílburi cansado de los abuelos.
¿Quién recogerá esas manzanas
donde aún brilla un sol de otra época?
El cerco se pudre.
La ortiga invade al jardín.
Alguien mira el tílburi
y apenas lo distingue
en la luz oscilante
entre la tarde y la noche.

Bodas y entierros.
Una tarde entera luchando contra el barro
cuando íbamos al pueblo recién fundado.
Un viaje de ebrios entre la susurrante penumbra
esquivando las ramas enloquecidas.
Viajamos y viajamos
aún sabiendo que todo no puede sino terminar
en una casa miserable desde donde se mira
esa luz obstinada en pelear contra la noche.

¿Quién recogerá las manzanas
donde aún puede vivir un sol de otra época?
La ortiga invade el jardín.
El día no alcanza a refugiarse en la casa.
Para huir de la oscuridad sólo hay un tílburi cansado
que no se cansa de luchar contra la noche.





* Si bien ésta es la versión definitiva publicada en MUERTES Y MARAVILLAS (1971), originalmente este poema fue publicado en EL CIELO CAE CON LAS HOJAS, en 1958. En MUERTES Y MARAVILLAS pertenece a la primera de ocho partes, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás".


Alteraciones históricas detectadas:
(En negritas los cambios -introducción, yuxtaposición, error o supresión- dados entre los distintos libros. Los versos por estrofa están designados como vX, siendo X el número del verso que corresponda.)

Primera estrofa: en la versión original el v4 decía: “donde aún destella un sol de otra época?”. El v2, en EL CIELO CAE CON LAS HOJAS, reza: “La ortiga invade el jardín”. El v8 y el v9 correspondían a un solo verso en EL CIELO CAE CON LAS HOJAS: “y apenas lo distingue en la luz oscilante”.

Segunda estrofa: mientras que en MUERTES Y MARAVILLAS esta estrofa va en cursivas, en EL CIELO CAE CON LAS HOJAS iba entre comillas. Originalmente esta estrofa comenzaba con el verso: “ ‘Rodar, rodar.’ ”. El v2 de la versión de EL CIELO CAE CON LAS HOJAS era: “Una noche entera luchando contra el barro”. El v7 en la versión primera tiene un error al faltar el acento de la primera palabra del verso: “aun sabiendo que todo no puede sino terminar”.

Tercera estrofa: los dos versos iniciales son los mismos que en la versión original, pero luego hay varias diferencias como se puede apreciar a continuación: “La ortiga invade el patio. / El día, con sus pasos de viejo, / no alcanza a refugiarse en la casa. / Para huir de la obscuridad sólo hay un tílburi cansado / que apenas se distingue bajo la luz del manzano / obstinado en luchar contra la noche. // ”.


© Notas de Juan Carlos Villavicencio






jueves, 7 de febrero de 2008

"La última isla", de Jorge Teillier




De nuevo vida y muerte se confunden
como en el patio de la casa
la entrada de las carretas
con el ruido del balde en el pozo.
De nuevo el cielo recuerda con odio
la herida del relámpago,
y los almendros no quieren pensar
en sus negras raíces.

El silencio no puede seguir siendo mi lenguaje,
pero sólo encuentro esas palabras irreales
que los muertos les dirigen a los astros y a las hormigas,
y de mi memoria desaparecen el amor y la alegría
como la luz de una jarra de agua
lanzada inútilmente contra las tinieblas.

De nuevo sólo se escucha
el crepitar inextinguible de la lluvia
que cae y cae sin saber por qué,
parecida a la anciana solitaria que sigue
tejiendo y tejiendo;
y se quiere huir hacia un pueblo
donde un trompo todavía no deja de girar
esperando que yo lo recoja,
pero donde se ponen los pies
desaparecen los caminos,
y es mejor quedarse inmóvil en este cuarto
pues quizás ha llegado el término del mundo,
y la lluvia es el estéril eco de ese fin,
una canción que tratan de recordar
labios que se deshacen bajo tierra.






* Ésta es la versión definitiva publicada en MUERTES Y MARAVILLAS, publicado en 1971, perteneciente a la primera de ocho partes, sección que fue llamada "I. A los habitantes del País de Nunca Jamás", siendo ahí el sexto poema. La versión original de este poema fue publicada en 1956, en el libro PARA ÁNGELES Y GORRIONES.


Alteraciones históricas detectadas:
(En negritas los cambios -introducción, yuxtaposición, error o supresión- dados entre los distintos libros. Los versos por estrofa están designados como vX, siendo X el número del verso que corresponda.)

Segunda estrofa: el v2 y el v3 cargan con pequeñas diferencias en la versión de PARA ÁNGELES Y GORRIONES; estos versos son: “pero sólo encuentro esas palabras irreales, / que los muertos les dirigen a los astros y las hormigas,”.

Tercera estrofa: son de todo tipo las diferencias entre las dos versiones, estando la mayoría de ellas aproximadamente en la mitad de la estrofa, por lo que prefiero –para una mayor claridad—transcribir íntegramente la estrofa de la versión original: “De nuevo sólo se escucha / el crepitar inextinguible de la lluvia / que cae y cae sin saber por qué, / parecida a la anciana que teje / sin recordar que su nieto ha muerto. / Y se quiere huir / hacia un pueblo donde aún es joven la vida, / y el un trompo lanzado por un niño / todavía no deja de girar, / esperando que yo lo recoja, / pero donde se ponen los pies / desaparecen los caminos, / y es mejor quedar inmóvil en este cuarto, / pues quizás ha llegado el término del mundo, / y la lluvia es el estéril eco de ese fin, / una canción que tratan de recordar / labios que se deshacen bajo tierra. // ”.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio






miércoles, 6 de febrero de 2008

"Al fin la noche se ha decidido a partir", de Jorge Teillier



Al fin la noche se ha decidido a partir
La noche ha atravesado
Sin esfuerzo
Las paredes

El cielo abre las manos cerradas
Y muestra el sol
Ese aromo florecido

Y tú sonríes sin motivo
Siempre sin motivo
Pues nada ha cambiado
El mundo gira en torno a sí mismo
Como tú hoy
Siempre
Y hay que vivir
Vivir es suficiente.




* Poema inédito regalado a Eduardo Castro Le Fort, aparecido en la recopilación Lo soñé o fue verdad (2003). Este poema fue escrito entre fines de los años 50 y principio de los 60.






martes, 5 de febrero de 2008

"Jorge Teillier, un poeta de la Tierra de Nunca Jamás", de Álvaro Ruiz





Conocí a Jorge Teillier en el refugio “Ramón López Velarde”, de la Sociedad de Escritores de Chile, en el invierno de 1977. Un bar que reúne a escritores, que vende vino y empanadas fritas, al interior; en un subterráneo de esta casa que consiguió Pablo Neruda para el gremio durante el gobierno del presidente Jorge Alessandri (1958-1964), situada en pleno centro de Santiago y cuya vajilla fue donada por el gobierno mexicano a través de su embajada, razón por la cual el refugio lleva el nombre del poeta López Velarde y sin duda, también por aquella preferencia de Neruda.

Él tenía cuarenta y un años y yo recién veintitrés. Hacía pocos meses había publicado mi primer libro. Una mutua empatía hizo fácil el desarrollo de una amistad que se extendió hasta el día de su muerte, en abril de 1996.

Conocí a Jorge Teillier lo suficiente como para referirme a su origen, su entorno, sus influencias, su postura intelectual, sus amistades y su obra; fundamentalmente su obra, la cual admiro hasta el día de hoy.

Nació en Lautaro, en el sur de Chile, cerca de Temuco, tierra donde se educó Neruda, el 24 de junio de 1935, cuando en otro suceso moría en un accidente aéreo cerca de Medellín Carlos Gardel. Jorge Teillier siempre sostuvo, con cierto honor, haber nacido el día que murió Gardel.

Esa zona es conocida como la región de La Frontera, ya que las autoridades españolas durante la colonia determinaron que al sur del río Bío-Bío era territorio inexpugnable, de alta peligrosidad dada la fiereza, el espíritu indómito y guerrero de los araucanos. Entre el 80 al 90% de los españoles en la conquista de América muere en la Araucanía, el actual sur de Chile (para satisfacción de aquellos espíritus anti-hispanos). El poeta y soldado español Alonso de Ercilla y Zúñiga los describe como orgullosos, soberbios y belicosos entre otras características en su extenso poema épico La Araucana, donde canta con emocionados versos el valor de los araucanos. De hecho, la guerra de la Araucanía duró trescientos años.

De ahí proviene Jorge Teillier. Su abuelo paterno era francés, venía de Burdeos y tomó residencia en esta región. Quizá por aquella sangre que en cierta medida corría por sus venas, Teillier siempre admiró a aquel loco de Orelie Antoine Primero, un aventurero francés que se hizo proclamar Rey por los araucanos en 1861 cuando Chile ya poseía su independencia de España, el cual fue apresado y expulsado del país por las autoridades chilenas de la época. Pero porfiadamente reingresó a través de la Argentina a sus míticos territorios siendo apresado otra vez y deportado definitivamente a Francia donde hoy un tataranieto sostiene ser descendiente directo del Rey de la Araucanía. Eso por el lado francés del poeta, degustador de ostras, calamares y otras delicias oceánicas y su inigualable amor por el vino tinto, amor tan profundo que lo prefirió a muchas mujeres que pretendieron su corazón de alondra.

Siempre me habló de su tío abuelo Jorge, razón por la cual él llevaba su nombre, un francés que había participado en la Primera Guerra Mundial, que bebía vinos de buena cepa y narraba sus hazañas con lujos de detalles.

El vate se casó joven con Sibila Arredondo Ladrón de Guevara, digo los dos apellidos para señalar a su madre, la escritora Matilde Ladrón de Guevara. Tuvieron como en los cuentos de hadas unos años felices y dos hijos. Teillier había estudiado Historia y Geografía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, en Santiago, y tiempo después fue director del Boletín de la misma universidad, órgano de gran prestigio en el medio literario e intelectual chileno, cargo que abandonó voluntariamente años después cuando las Fuerzas Armadas derrocaron violentamente al Presidente constitucional Salvador Allende Gossens. Chile cae en el peor de los oscurantismos. La situación de los escritores se hace extremadamente difícil. Su ex esposa Sibila se empareja con el escritor indigenista peruano José María Arguedas, al cual acompaña sentimentalmente hasta poco antes del suicidio de éste ocurrido en Lima, Perú.

A partir de este hecho Jorge Teillier, a mi juicio, comienza a guiñarle el ojo del corazón a muchas distintas etiquetas de vino. Bebe a destajos. Se enamora de la novia del poeta Enrique Lihn, una buenamoza llamada Beatriz (como en la Divina Comedia), Beatriz Ortiz de Zárate, con la cual contrae segundas nupcias (náuseas dicen algunos pícaros chilenos) y cuyo matrimonio duró otros escasos años. Solo otra vez, recorre el femenil firmamento de las bellezas chilenas, siempre acompañado de un trago alentador. Así conoce a Cristina Wenke, una hacendada chilena de origen alemán que lo acompañará hasta el final de sus días, quien lo cuida y protege a su manera. A su manera, porque lo interna muchísimas veces en clínicas y hospitales siquiátricos contra su voluntad. Recuerdo una carta que me entregó para que la publicaran los diarios, donde fustigaba a Cristina, al escritor Enrique Lafourcade y al poeta Fernando de la Lastra, a quienes acusaba de traición e hipocresía a raíz de la trampa que se le tendió cuando por ellos invitado al bar de la plaza Mulato Gil de Castro se encontró que lo esperaban violentos enfermeros del sanatorio El Peral que lo redujeron a camisa de fuerza y lo internaron en dicho hospital público.

Guardo la carta como un recuerdo ya que jamás la hice publicar por considerar que el contenido de ésta atentaba contra su seguridad inmediata.

Sus visitas a mi casa de Pérez Valenzuela, en la comuna de Providencia, fueron frecuentes. Bebíamos algunos brindis y conversábamos de cualquier cosa a excepción de poesía, tema que le causaba un gran tedio.

También nos reuníamos casi a diario en el legendario bar “La Unión Chica”, el famoso “Nueva York 11”, lugar de encuentro de escritores, pintores y poetas, especie de escuela literaria capitaneada por el mismísimo Teillier y constituida, entre otros, por los poetas Rolando Cárdenas, Eduardo Molina Ventura, Roberto Araya, Aristóteles España, Ramón Carmona Carrasco, Mardoqueo Cáceres, Ronnie Muñoz Martineaux (a su regreso del exilio); los escritores Iván Teillier, Ramón Díaz Eterovic, Carlos Olivares, Enrique Valdés, el ensayista Juan Guzmán, el pintor Germán Arestizábal, y el hípico y amigo de todos, Augusto Morales.

Un grupo heterogéneo con cuyos cófrades se publicó una antología titulada Nueva York 11, que era la dirección del bar, en pleno centro de Santiago. Esta antología, hoy una rareza, tuvo un éxito insospechado y se vendió rápidamente. Los medios de información cultural le dedicaron sendos artículos y muchos amantes de la literatura comenzaron a acercarse a nuestras mesas, sin embargo, eran sistemáticamente rechazados ya que el grupo era un tanto díscolo y cerrado a nuevos tripulantes, lo que trajo antipatías y comentarios ensañados, con aquella saña que produce el rechazo y la envidia.

Teillier era un poeta de pocos amigos y muchos conocidos. La rutina cotidiana le aburría enormemente. Más de una vez me confesó que bebía para rehuir esta escalofriante realidad. Parodiando el título de las memorias de Neruda declaraba “Confieso que he bebido”. Decía que un poeta que escribía tres poemas buenos durante su vida ya cumplía su misión literaria, la cosa era escribir estos tres poemas y no mil quinientos malos.

La “Unión Chica” fue una estricta academia literaria en un mar de botellas de vino, donde la presencia esporádica de otros autores, entre ellos, Francisco Coloane, Jorge Edwards, Gonzalo Rojas, Enrique Lafourcade, Mario Ferrero, Gonzalo Drago y muchos otros, no hacían sino confirmar que las voces del grupo de escritores que ahí se reunían habían traspasado los muros del bar, en gran medida muros impuestos por los tiempos salvajes y represores de la dictadura militar.

En la “Unión Chica” se intercambiaban libros y revistas sin permiso de circulación. Había que saber expresarse y saber defenderse porque en cualquier minuto uno podía ser blanco de una agresión verbal, aumentada por los vaporosos efluvios de un Cabernet Sauvignon.

Había dos grandes cuadernos empastados. Uno era la bitácora, donde se llevaba el registro de los días, y el otro era un libro de actas, donde se especificaba quienes eran miembros, cuales eran las reglas de admisión, declaraciones juradas sobre algún hecho puntual y respuestas de algunos miembros que ausentes habían sido víctimas de injuria. Todo se anotaba en estos libros y también a veces poemas sobre un tema sugerido. Recuerdo que Teillier una vez propuso con gran nostalgia y como buen sureño el tema del tren y todos escribieron algo sobre el mundo ferroviario.

Tiempo después dada la confusión de miembros y allegados se llamó a reunión general y en aquella sesión se nombró Presidente Honorario, Relativo y Transitorio al mítico poeta Eduardo “Chico” Molina, por ser el mayor de todos. Este desde su cargo presidencial determinó crear la Cofradía de los Botones Negros. Uno de los contertulios fue al bazar más próximo y trajo una docena de ellos, los cuales fueron repartidos entre los miembros formalmente inscritos en el Libro de Actas y de ahí en adelante para sentarse a la mesa de los poetas era necesario mostrar el botón negro, negro, negro de los días oscuros y tristes. Si algún miembro era sorprendido sentado con extraños era castigado a pagar dos botellas de vino. El aspecto lúdico de aquellos días, sin duda, hizo más llevaderos los tiempos en que “la delación era una virtud”.

Se me viene a la memoria una anécdota de la cual fui testigo. Una tarde Teillier me citó al Bar Baquedano, en la Plaza Italia, en Santiago. Llegué antes que él, me senté en una mesa desde la cual observaba las cabelleras primaverales de los árboles del Parque Bustamante. Ordené un Casillero del Diablo, un vino de buena calidad, pensando que era menos dañino para el deteriorado hígado del poeta. A los diez o quince minutos lo vi entrar, venía pálido y preocupado. Hace unos días había muerto su hermano menor Iván, al cual me referiré más adelante. Se sentó, bebió unos sorbos de vino y me confesó que algo extraño le ocurría. Que desde hacía dos días al bar que entraba se le acercaba un extraño, un extraño distinto cada vez, que le ofrecía servirse un Campari, lo invitaba a beber una copa de este trago de dudoso origen italiano.

A decir verdad, pensé que era un cuento, un hecho real trastocado o que se hallaba en el umbral del delirium tremens. Le pregunté de qué cosa hablaba, que la realidad a veces era imaginaria. A lo que me respondió un tanto alterado, que todo era absolutamente real y que la situación se reiteraba una y otra vez. A los pocos minutos un hombre desconocido que solitario bebía en la barra se acercó a nuestra mesa y derechamente a él le ofreció por su cuenta un Campari. Yo enmudecí y perplejo ordené otra botella de vino. Ahora pienso que su hermano Iván venía a brindar desde un estadio abstracto y a susurrarle al oído que morir es mentira.

A su madre, Sara Sandoval, originaria de Chillán, no la conocí. Sí a su padre, Don Fernando Teillier, una vez que vino a Chile no sé si de Rumania o Mozambique, países en los que residió durante su largo exilio a la caída del Presidente Salvador Allende (Nota del Editor: Don Fernando fue Gobernador de Lautaro durante el período de la Unidad Popular en Chile). Recuerdo que le hicimos una recepción en mi casa y también recuerdo que bebí agua mineral todo aquel atardecer observando el rostro del padre de Teillier. Él, a su vez, observaba con agudeza a Jorge e Iván –hermano este último del poeta- también escritor, de cuentos, novelas y relatos, los que firmaba como Iván Teillier. No así la poesía cuyos libros llevaban como autor a I. A. Stern. Don Fernando observaba a ambos beberse sus tintos con cierto dolor en medio de los recuerdos y narraciones de aquellos lugares en los cuales había residido. Sin caer en chauvinismo le regalé la bandera de Chile doblada para que la llevara a su casa en la selva de Mozambique.

En sumas, Jorge Teillier hizo de su vida una renuncia a gananciales. La dedicó a la observación, de un paisaje a otro, bucólico o urbano, a la observación por sobre todas las cosas, a la observación de la naturaleza y del hombre, a sus oficios (a lo Whitman) y a la lectura, no solamente de la Poesía, de la cual conocía prácticamente la Historia Universal, sino también a la lectura de la Historia y de la Geografía (por él pasaban los ríos y golpeaban las olas de todos los océanos del mundo) lo cual había estudiado detenidamente. Le interesaba enormemente la botánica y el esoterismo, donde siempre el misterio le hacía sonreír. Teillier en una época fue el favorito de Neruda aunque eludió hábilmente ese honor. Años después, ya muerto el Nobel, declara en una entrevista que Pablo Neruda era un poeta de cortes y él lo contrario, un poeta del silencio, que le debía más a los bosques, a las aguas, a los ríos, que al Partido.

Admiraba a Sergei Esenin, a Paul Verlaine, a René Char, a Georg Trakl, a Heinrich Heine, de cuya obra extrajo un verso para intitular su primer libro, me refiero a Para Ángeles y Gorriones, a Lewis Carroll, a Dylan Thomas, al cubano Eliseo Diego y a varios otros, a Rilke, a Pavese. Nunca a autores por ser militantes del partido que fuesen, derechas o izquierdas, sino a poetas comprometidos con la Poesía, con el Hombre, con la Belleza (aunque ésta sea amarga).

En los últimos diez años de su vida no le interesó viajar. Decía que un viaje a La Ligua (pequeña ciudad al norte de Santiago) ya era suficiente para él. No le interesó ni siquiera viajar a Congresos, lo vi arrojar al basurero invitaciones y pasajes a Suecia y a la India. No recibir periodistas. Cerrar las puertas. Desechar los quince segundos, los famosos quince minutos de gloria a lo cual se refería Andy Warhol, la fama, ese asunto de vanagloria. El éxito siempre a Jorge Teillier le pareció algo casi vulgar, aunque el orgullo de ser poeta tocado con la vara de los dioses fue más que suficiente en él, soberbio ante los desconocidos, un poco creído para los ninguneados. Para muchos un selectivo. Recuerdo que una vez me regaló un libro que se llamaba (se llama) Un pedante sobre un poeta del poeta ruso Alexander Blok. El título ya dice bastante.

Teillier sostenía que un iluminado de Cabildo, tierra última de él, le había revelado que poseía un ángel de la guarda andrajoso pero sumamente poderoso. Subentendiendo el poeta que no debería preocuparse demasiado de las cosas mundanas, dejaba pasar las horas observando los detalles de los días.

¡Salud!




Monterrey, octubre de 2002.





lunes, 4 de febrero de 2008

"En invierno se habla en voz baja", de Jorge Teillier





He pasado toda la tarde sin hacer nada, inmóvil en esta habitación que se halla frente a la huerta.

Estoy acodado en una mesa sobre la cual hay una jarra de greda y un vaso de vino a medio llenar.

Escucho el tictaqueo del reloj de péndulo. Me adormece ese tictaqueo, me adormecen los zumbidos de las alas de las moscas, el parloteo monótono del viento con los esqueletos de las ramas y de las hojas.

Me gustaría dormir.

Pero no he llegado a este pueblo a dormir. No, claro que no. Me desperezo y paseo por el cuarto. ¿Para qué habré venido? ¿No abandonaré nunca ese mal entendido sentimentalismo que me hace ir de un lado a otro? Sólo porque recibí una carta en la que me hablaban de la muerte de un amigo dejé la ciudad, para emprender un viaje aburridor, en un carro de tercera desde el que contemplé por centésima vez el paisaje que conozco de sobra enmarcado en los sucios vidrios de una ventanilla.

Y ahora estoy comprometido en una aventura absurda.

Miro hacia afuera. Qué ganas de ver algo que no fuera el esqueleto de los árboles, las rumas de leña, la llovizna desganada que empieza a caer, el humo arrastrándose con pereza por los tejados de las casas vecinas. Si pudiera siquiera dormir, mientras llega Teodoro.

En fin, es invierno, no puedo esperar ver otras cosas. Esto era también (llovizna desganada, esqueletos de arbustos, humo perezoso), lo que veía en el invierno del año pasado cuando estuve unas semanas en este pueblo, en esta misma casa, invitado por René, compañero de liceo en otro tiempo. Pero ahora René está muerto, me lo comunicó Teodoro –su primo. Encontraron su cuerpo destrozado en los rieles de la línea ferroviaria. Oficialmente se dictaminó que era un suicidio. Pero Teodoro me ha dicho que a su primo lo asesinaron por orden del Alcalde y el Teniente de Carabineros, cuyos robos de tierra a los mapuches y sus abusos de autoridad eran denunciados por René hasta en los diarios de la Capital. Teodoro quiere vengar a su primo. Apenas llegué me enteró de esta decisión.

"No se puede hacer nada, le dije. El asunto está terminado; ya lo hicieron pasar como suicidio después de la investigación legal. ¿Y cómo puedes tú probar que no fue suicidio, que en realidad a René lo llevaron a la Comisaría, lo golpearon hasta matarlo y después lo pusieron en la línea, para que el tren nocturno pasara sobre él? Sería inútil pedir una nueva investigación, las autoridades se protegen entre ellas, no van a castigar jamás al Alcalde ni al Teniente que son íntimos de tantos senadores y diputados de los partidos del gobierno. ¿Cuántos abusos no cometen desde hace años sin que les pase nada? ¿Qué ganó René con denunciarlos, con pelear contra ellos? Y otra cosa: yo creo que la mayor parte de la gente de este pueblo está más bien contenta por la muerte de René, tú lo sabes, para ellos era un agitador, un revoltoso que los molestaba mucho".

Pero Teodoro es porfiado. Lo veo en su mandíbula que se proyecta hacia adelante, en su frente estrecha que se frunce con rabia. Claro, él está de acuerdo conmigo, sería tonto pedir ayuda a las autoridades para castigar un crimen cometido por ellas mismas, y él no cree en los jueces ni en la policía. Pero está seguro de que a René lo asesinaron, sí, lo asesinaron don Gilberto, el Alcalde, y el Teniente Faúndez, y él –Teodoro– debe vengarlo.

–¿En qué forma?

Me explicó: la justicia debe hacérsela uno mismo. Entonces, como el Alcalde el domingo próximo irá a visitar a un compadre que tiene una hijuela a la salida del pueblo, se le esperará a la vuelta, de noche, para pegarle algunos tiros. Y por si vuelve acompañado, Teodoro lo aguardará con algunos amigos de René, con los que ya está de acuerdo.

Yo no hice comentario alguno: Teodoro no me entendería, sería inútil decirle que es una locura planear cosas de esa naturaleza. Sí, el muerto era mi amigo, me gustaría que lo vengaran, pero los riesgos de vengarlo de esa forma pesan tanto (para mí) como la amistad. El pobre René está encerrado, nadie puede resucitarlo, y yo estoy vivo y quiero vivir tranquilo.

Teodoro volverá pronto, y de nuevo me pedirá que lo acompañe en la aventura. Si me niego, no le va a parecer nada de bien. ¿Qué puedo hacer? En eso pienso, mientras el viento habla levemente con los esqueletos de los árboles, y las tablas sueltas de la casa chillan como ratones. Hace frío, pero me da flojera moverme, ir a encender la estufa. Me gustaría dormir. ¿Qué otra cosa puedo hacer mientras tanto? Porque es triste y fastidioso mirar hacia afuera, mirar la llovizna desganada, y es triste y fastidioso mirar mi cara sin afeitar en ese trozo sucio de espejo colgado en la muralla.

Hay que dormir.

Chirría la puerta. Me sacuden de los hombros, hasta que despierto por completo. Teodoro se saca la manta y el sombrero, chorreantes de agua, y los cuelga en la percha. "Había temporal por Dollinco", me dice. Luego me presenta a los dos hombres que lo acompañan. Uno es mapuche, viejo, pobremente vestido. El otro, un muchacho con trazas de gringo, medio rubio, con ojos como pedazos de loza verde.

Teodoro se enoja, porque no encendí la estufa. Lo dejo refunfuñar, pues no me interesa explicarle nada. Y mientras él va en busca de leña seca para hacer el fuego, el visitante con trazas de gringo saca una botella de aguardiente que traía bajo la manta, y tomamos unos tragos para calentar el cuerpo.

Después hablamos de René. Ellos eran muy amigos suyos, lo querían mucho: él los ayudó a salir de la cárcel en que los metió acusándolos de robo de ovejas un dueño de fundo.

Teodoro entra con una brazada de leña seca, y enciende la estufa. Luego trae unos tarros de sardina, cebollas en escabeche, pan y una botella de vino, que dispone para que cenemos.

Comemos en silencio, y después, de nuevo se empieza a hablar sobre René. Pienso que sería bueno verlo aquí, tomando un vaso de vino, pues era un buen muchacho, y me gustaba su manera de amar la gente y las cosas. Pero está muerto y es tan inútil hablar de la manera de vengarlo. Teodoro y sus amigos lo tienen todo planeado: cuando vuelva el Alcalde de la visita a la quinta de su compadre, lo esperarán para que no vea nunca más el pueblo. Y, por supuesto, yo, como buen amigo de René, estoy invitado a participar en la expedición ajusticiadora.

Me tiene sin cuidado que maten a quién quieran, pero no estoy dispuesto a acompañarlos. De este asunto sólo se puede esperar un mal fin, en cualquier sentido. El Alcalde es hombre de armas tomar o pueden descubrirnos, o puede venir acompañado. Y yo no sirvo para esta clase de cosas, aunque quizás me gustaría ser como el Alcalde, o como Llaulén, el mapuche que llegó aquí, y que (ahora recuerdo) tiene fama de cuatrero. Pero, claro, no debo decir lo que pienso de veras: quizás de qué serían capaces ellos. Mejor es hacer lo que hago: les digo que acepto participar en la venganza.

Terminamos de comer, ya se ha planeado en detalle el próximo suceso, y como ninguno es de muchas palabras, hace rato estamos callados, y estoy aburrido, porque se terminó el vino. Teodoro de pronto decide ir donde la Gladys, porque recién llegaron una "niñas" nuevas.

Decido no acompañarlos, aunque a ellos les parezca mal. Me quedaré aquí, pues necesito dormir, y no me interesa ir donde la Gladys, en donde sólo hay vino malo y mujeres feas y demasiado usadas.

Quedo solo, mirando la desganada llovizna, y las ramas quebradas por el viento norte que acaba de llegar. Termino de vaciar un resto de vino que quedaba en mi vaso, me miro la cara sin afeitar en el espejillo sucio y quebrado, y me conformo al pensar que mañana cuando todos estén aún durmiendo, partiré poco antes de la madrugada, en un tren de carga, abandonaré por fin este mal negocio, sin despedirme de Teodoro ni de ninguno de sus amigos.




Colaboración enviada a Teillier Aleph
por Ramón Díaz Eterovic.





* Publicado en la antología El nuevo cuento realista de Yerko Moretic y Carlos Orellana, el año 1962.

* Dollinco es un pueblo ubicado a 30 kilómetros de Lautaro, pueblo natal de Teillier, en la Región de la Araucanía, Chile.

© Notas de Juan Carlos Villavicencio




domingo, 3 de febrero de 2008

"Lunes en Calafell", de Jorge Teillier





Lunes en Calafell. Dónde estarán
los monos, los perros, los tenistas.
Sólo queda la hora del fin del mundo
después del tibio fin de semana.

La tibieza que conduce a la muerte,
me trae a añorar el frío austral.
Yo sé todo sobre fenicios y romanos
sólo quiero una explanada y la Calle San Pedro.

He comprado un mapamundi en Barcelona
y una guía turística en este puerto
Fillol, Cornejo, Orantes o Santana,
una vela blanca en el horizonte.

Eso sólo puede traer el domingo.
Ahora pido que el rosario de las olas
rece por mí frente a la Isla de los Muertos
donde mis antepasados enviaron sus canoas.

Adiós Calafell, rascacielos y turistas.
Cala que fue la Cala de los locos
tu silencio no tiene una palabra.
Domesticada arena, pez contaminado.

Mar Mediterráneo condenado
yo camino indiferente hasta tu olvido.
Adiós, fenicios, griegos y romanos,
adiós rascacielos y turistas.
Me voy hacia el frío Sur que no perdona
la Isla de los Muertos allí me espera.






* Publicado en EN EL MUDO CORAZÓN DEL BOSQUE, el año 1997.

* Calafell es un pueblo ubicado en la Costa Daurada, en Cataluña, a orillas del Mar Mediterráneo. Hay noticias desde 999 de Calafell y del castillo de Calafell desde el 1037, alrededor del cuál se forjó la aldea. Su fiesta mayor se celebra el 16 de julio. Acerca de su paso por esos lares, Teillier escribe: "'No es raro echar de menos Madrid, Calafell, el Escorial. Aquí me consuelo leyendo revistas deportivas (1945: Argentina Campeón de S.A. De la Matta, Mendez, Pedernera, Labruna y Loustau en la delantera). Escribo algunos poemas como quien lanza botellas al mar. ¿Seremos los últimos sobrevivientes que recojan las palabras de la tribu de Eddy, Milocz, Dylan, René Guy Cadou, Rojas Giménez (¡Vivan las arbitrarias mescolanzas!), Cendrars, los tripulantes de Stevenson. Aquí estoy con los niños de Dikens sometido a los padrastros que aman sólo la prosa. Bueno, un abrazo a ti y a los muchachos. No seas grasa y escríbeme. Y no silbes demasiado por las calles'. (Santiago del Penúltimo Extremo, 29-VI-1976 (San Pedro y San Pablo. Temperatura máxima 14 grados. Mínima; 2, 5 bajo cero a las 2.30 AM)".

* La Isla de los Muertos está ubicada a 3 kilómetros de Caleta Tortel, en la Región de Aysén, Chile. Debe su nombre a que en 1906 murieron en la zona 120 trabajadores de la Sociedad Explotadora del Baker y fueron enterrados ahí. No se sabe con certeza la causa de sus muertes, que se atribuye desde a una epidemia de escorbuto hasta a una matanza por envenenamiento por parte de los empleadores para ahorrarse el pago de sus sueldos.



© Notas de Juan Carlos Villavicencio






sábado, 2 de febrero de 2008

"A Darío, mi nieto que aún no sabe leer", de Jorge Teillier




Desde el campo junto al otoño con olor a jacarandá
            y buganvilia
Saludos te envía el Perro Toby
A quien amabas como tu tío Sebastián ama a las plantas
Saludos te envía el Gato Pedro
Que ronroneaba bajo tu mano
Te recuerdo en la limpia y clara mañana
Acompañando al jardinero
A llevar leña en la carretilla
Hijo del futuro
Vuelve a Lautaro
A la casa de madera de los antepasados
Al lado de la línea férrea
Remarás en el Cautín aún no contaminado
Son los deseos de quien no teme repetirse
Vuelve al pasado
Acuérdate “que hay que tener un hijo, escribir un libro,
            plantar un árbol”
Sé digno de tu nombre y te digo en nombre de Vallejo
“Darío de las Américas Celestes”.





* Poema publicado en HOTEL NUBE, el año 1996.

* Jorge Teillier tuvo dos hijos (Sebastián y Carolina) con Sybila Arredondo, con quien estuvo casado siete años. Sebastián (nacido el 22 de mayo de 1956 en Lautaro, Chile, el año de Para Ángeles y Gorriones) tiene estudios primarios y secundarios en Santiago, Lima, Lautaro y Bucarest (Rumania), mientras que los universitarios los realizó en Bucarest, Rumania. Biólogo, con especialidad en botánica, particularmente sistemática y taxonomía, es decir, evolución y clasificación de las plantas. Coquetea con la literatura traduciendo del rumano al castellano y viceversa. Soltero con un hijo putativo llamado Alejandro y una nieta guapísima, de nombre Danae. Carolina (nacida el 4 de noviembre de 1957) es madre de Tamia, Adrián Portugal y Darío Pedraglio, de 31, 30 y 17 años a la fecha (23 de abril, 2008).

* El gato Pedro era la mascota de Teillier. Supongo que el perro Toby tambíén.

* Lautaro es un nombre proveniente del mapudungun Leftraru, que significa "Traro veloz" ('
Traro' es un ave rapaz de gran tamaño, de la familia de los falcónidos es también llamado carancho, caracara moñudo, guarro y moñudo.) Así fue llamado el gran cacique mapuche, genial estratega de mediados del s. XVI que se opuso a la invasión española durante la Guerra de Arauco. En su honor se le da el nombre de Lautaro al poblado en el que nació Jorge Teillier. Está ubicado en la Provincia de Cautín, en la Región de la Araucanía, y fue fundado el 18 de febrero de 1881 por Manuel Recabarren.

* El río Cautín (junto al río Quillén) bordea el límite norte de Lautaro.

* "Hay que tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol” es un refrán popular atribuido ligeramente a José Martí. Él da cuenta de una actitud anterior como queda demostrado en el siguiente fragmento del discurso pronunciado por el cubano el 21 de marzo de 1881 en Caracas, Venezuela: "Y vi entonces, desde estos vastos valles, un espectáculo futuro en que yo quiero, o caer o tomar parte. Vi hervir las fuerzas de la tierra; y cubrirse como de humeantes desfiles de alegres barcos los bullentes ríos; y tenderse los bosques por la tierra, para dar paso a esa gran conquistadora que gime, vuela y brama; y verdear las faldas de los montes, no con el verde oscuro de la selva sino con el verde claro de la hacienda próspera; y sobre la meseta vi erguirse el pueblo; y en los puertos, como bandadas de mariposas, vi flamear, en mástiles delgados regocijadas, alegres y numerosísimas banderas; y vi, puestos al servicio de los hombres, el agua del río, la entraña de la tierra, el fuego del volcán. Los rostros no estaban macilentos, sino jubilosos; cada hombre, como cada árabe, había plantado un árbol, escrito un libro, creado un hijo; la inmensa tierra nueva, ebria de gozo de que sus hijos la hubiesen al fin adivinado, sonreía; todas las ropas eran blancas; y un suave sol de enero doraba blandamente aquel paisaje. ¡Oh! ¡qué Calvario hemos de andar aún para ver hervir así la tierra, y correr, por entre nuestras manos, como el agua del río, el fuego del volcán! Mas, como no ha de haber obra atrevida, que, a pesar de sí mismos, si oponerse a sí mismos se les antojara, no puedan realizar cumplidamente los hijos de Bolívar, sus primogénitos, sus herederos obligados, los ejecutores de su voluntad: como no ha de haber fuego potente que no encienda en sus almas nobles los ojos fulgurantes de sus damas, para luchar briosamente ante los cuales quisiera el brazo los tiempos de los antiguos caballeros, los de banda al cinto, armadura de hierro, y barba de oro, como la voluntad humana basta a entorpecer o acelerar el porvenir nunca a impedirlo; bien haya ese calvario que así ha de dar espacio a probar la fortaleza de nuestros hombres, y la energía de nuestra voluntad. Basta, para ser grande, intentar lo grande. Y yo tomo mi cruz humildemente; y la rocío con las amargas lágrimas del desconocido, y ayudaré a este pueblo en sus trabajos... (Las negritas son mías).

* César Abraham Vallejo Mendoza (Santiago de Chuco, 16 de marzo de 1892 - París, 15 de abril de 1938) fue un extraordinario escritor peruano, aunque destaca ostensiblemente como poeta. Sus obras más conocidas son Los heraldos negros (1918), Trilce (1922), España, aparta de mí este cáliz y Poemas humanos, siendo póstumos estos dos últimos. “Darío de las Américas Celestes” es un verso que escribió en el poema "Retablo", de Los heraldos negros. El poema dice así: "Yo digo para mí: por fin escapo al ruido; / nadie me ve que voy a la nave sagrada. / Altas sombras acuden, / y Darío que pasa con su lira enlutada. // Con paso innumerable sale la dulce Musa, / y a ella van mis ojos, cual polluelos al grano. / La acosan tules de éter y azabaches dormidos, / en tanto sueña el mirlo de la vida en su mano. // Dios mío, eres piadoso, porque diste esta nave, / donde hacen estos brujos azules sus oficios. / Darío de las Américas celestes! Tal ellos se parecen / a ti! Y de tus trenzas fabrican sus cilicios. // Como ánimas que buscan entierros de oro absurdo, / aquellos arciprestes vagos del corazón, / se internan, y aparecen… y, hablándonos de lejos, / nos lloran el suicidio monótono de Dios!//". (Las negritas son mías).


© Notas de Juan Carlos Villavicencio








* Mis agradecimientos a Carolina y Sebastián Teillier por ayudarme a confeccionar mejor esta nota.